10 #2
Sinceramente, ¿habían conocido a Daniela? Aquella mujer probablemente discutiría con una excavadora en persona si hiciera falta, y eso le gustaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Giró entonces la vista hacia el arquitecto principal, que seguía revisando los planos digitales del proyecto sobre la pantalla.
—¿Contamos con alguna opción comercial para ella dentro del nuevo desarrollo?
El arquitecto levantó la vista.
—Sí. Se puede ofrecer uno de los nuevos locales premium de planta baja.
—¿Qué dimensiones tiene?
—Más amplias que el actual. Mejor distribución, fachada renovada, instalaciones nuevas…
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—La inquilina no quiere un local nuevo.
—Bueno, técnicamente todavía no hemos…
—Quiere su cafetería. —Adrián apoyó ambos brazos sobre la mesa mientras miraba el render del nuevo edificio—. La esencia del sitio es precisamente el local antiguo, el barrio, la fachada y el espacio.
El arquitecto asintió lentamente.
—Lo entiendo, pero estructuralmente, justo esa finca, no puede mantenerse.
—¿Por?
El arquitecto amplió el plano técnico en pantalla.
—El edificio tiene daños importantes en la estructura de carga posterior.
Además, necesitamos abrir toda esa zona para conectar el nuevo patio interior comercial con el acceso subterráneo.
—Señaló varias líneas sobre el plano—. Si dejamos esa construcción intacta, nos rompe completamente la circulación del proyecto y limita la nueva distribución de locales.
Adrián observó la pantalla en silencio.
Perfecto, justo el local que Daniela amaba de verdad era el único que no podían conservar fácilmente.
—También hay problemas con la cimentación —añadió el arquitecto—. Técnicamente podríamos intentar conservar fachada parcial, pero económicamente sería bastante ineficiente.
Uno de los abogados aprovechó para hablar.
—Precisamente por eso deberíamos endurecer la negociación cuanto antes.
Adrián volvió a levantar la mirada.
—No —sentenció, señalándolo con el dedo.
—Adrián…
—He dicho que no.
Esta vez ya no sonaba divertido ni relajado.
La sala volvió a quedarse completamente en silencio y él cruzó lentamente los brazos.
—La reunión del día veintiuno sigue adelante. Hablaremos con ella allí —dijo él.
—¿Y si sigue negándose?
La imagen de Daniela apareció automáticamente en su cabeza, cruzándose de brazos, mirándolo desafiante y defendiendo su cafetería como si fuera parte de ella.
Sí, probablemente seguiría negándose.
Adrián soltó aire lentamente antes de responder.
—Entonces encontraremos otra forma.
El silencio flotó unos segundos alrededor de la mesa.
Adrián empezó a sospechar seriamente que se había metido en un problema enorme. El problema ya no era solo urbanístico; el problema tenía ojos azules, olor a café y un cruasán ofensivo contra su empresa.
Uno de los abogados volvió a aclararse la garganta.
—Debemos tener claro el escenario legal si la señora Costa decide judicializar el conflicto.
Adrián levantó apenas la vista.
—No va a hacerlo.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Porque había conocido lo suficiente a Daniela como para entender que ella no quería dinero ni abogados, ni siquiera quería una guerra judicial. Lo que quería era su cafetería, su rutina y su barrio.
—Intuición —respondió simplemente.
El abogado no pareció muy convencido.
—Aun así, deberíamos preparar una estrategia más agresiva, por si continúa incentivando rechazo vecinal.
Adrián empezó a perder ligeramente la paciencia.
—Está haciendo TikToks con un cruasán —acabó burlándose del abogado.
—Está generando narrativa pública.
—Son vídeos inofensivos.
—Que funcionan —contraatacó el abogado.
Eso sí era verdad.
El director de comunicación, que hasta entonces había permanecido callado revisando métricas en la tableta, interrumpió la conversación.
—La repercusión es bastante alta para un negocio local.
Adrián giró la cabeza hacia él.
—¿Cuánto es bastante?
El hombre deslizó la pantalla.
—Uno de los vídeos pasó ya de las cuatrocientas mil visualizaciones.
Aquello sí consiguió sorprenderlo un poco.
—¿Cuánto?
—El hashtag del cruasán revolucionario se está moviendo bastante en Barcelona.
Uno de los abogados parecía directamente ofendido por la existencia de internet.
—Es ridículo.
—Sí —admitió el de comunicación—, pero funciona muy bien a nivel emocional.
Adrián apoyó lentamente la espalda en la silla, intentando no imaginar a Daniela celebrándolo con Carla y Marcos, aunque la imagen apareció igualmente y sonrió un poco.
El abogado más veterano lo observó desesperado.
—No entiendo por qué esto le hace tanta gracia.
Adrián levantó una ceja.
—Porque es divertido.
—Es un problema reputacional.
—Es una cafetería de barrio haciendo memes de nosotros.
—Precisamente por eso.
Adrián dejó escapar aire lentamente mientras miraba otra vez el render arquitectónico del nuevo complejo.
Todo aquello llevaba meses ocupándole la cabeza: inversores, licencias, negociaciones, costes, presión constante…
y, aun así, las únicas reuniones que realmente esperaba cada mañana eran las de La Santa Massa.
Qué desastre.
—¿Qué sabemos exactamente de la inquilina? —preguntó entonces, mirando otra carpeta.
El abogado revisó documentos.
—Veintisiete años. Lleva varios años explotando el negocio. Historial financiero bastante limpio. Ningún procedimiento abierto y bastante querida en el barrio.
“Bastante querida” era probablemente la subestimación del siglo.
—¿Familia?
—Padres en Tarragona. Vive sola en Barcelona.
Adrián asintió distraídamente mientras seguía leyendo.
—¿Qué es esto?
El abogado miró el documento.
—La facturación de la cafetería.
Adrián observó los números unos segundos más.
Habían mejorado muchísimo en pocos años. Eso no ocurría por casualidad.
Ella realmente había levantado aquel negocio sola.
Sintió una sensación extraña en el pecho. De pronto, todo aquello dejó de parecer una simple negociación inmobiliaria.
Ahora podía verla perfectamente: las mañanas abriendo temprano, los problemas económicos, las reformas, el esfuerzo… y entendió aún mejor por qué estaba luchando tanto.
—La reunión del día veintiuno será complicada —advirtió uno de los abogados.
Adrián dejó los papeles sobre la mesa lentamente.
Sí, iba a ser un desastre. Daniela iba a entrar en aquella sala esperando enfrentarse a abogados, corporaciones y ejecutivos desconocidos y, en cambio… iba a encontrarse con él.
—¿Debemos mantener la oferta actual de reubicación? —preguntó el director financiero.
Adrián volvió a mirar el plano. Podían ofrecerle un local premium nuevo, más grande y más moderno… y, aun así, sabía perfectamente que Daniela odiaría la idea.
La Santa Massa no era solo un negocio. Era ella.
—Mejoradla —dijo finalmente.
Los abogados levantaron la vista.
—¿Cómo?
—Manteniendo condiciones preferentes. Alquiler reducido los primeros años. Terraza garantizada y libertad estética total del local.
—Eso reduce el margen.
—Lo sé.
—Y, aun así, podría rechazarla.
Adrián se quedó unos segundos mirando la lluvia tras los ventanales.
Probablemente rechazaría la oferta. El verdadero problema era que Daniela Costa no quería negociar con Vanguard; solo quería que la dejaran en paz.