Con las manos en la masa 10
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Adrián caminó por Sant Antoni con las manos en los bolsillos del abrigo mientras el aire fresco de octubre todavía olía a lluvia reciente.

Por primera vez en muchísimo tiempo, iba sonriendo solo por la calle como un idiota, lo cual era preocupante, porque normalmente las citas no le afectaban así.

Cenaba, hablaba, la otra persona intentaba impresionarlo demasiado o actuar diferente en cuanto sabía quién era él…

y aquello terminaba cansándolo rápidamente, pero Daniela…

Daniela había sido distinta desde el primer momento.

Ni siquiera sabía quién era y eso hacía que todo fuera muchísimo más fácil y más real, aunque más peligroso también.

La imagen de ella riéndose en el restaurante volvió automáticamente a su cabeza, la forma en que le brillaban los ojos cuando hablaba de la cafetería, la pasión con la que defendía su barrio, la manera en que se había puesto nerviosa cuando él la había mirado bajo el paraguas.

Y luego estaba aquella sonrisa. Esa sonrisa completamente luminosa que le había desordenado el cerebro desde la primera vez que cruzó la puerta de La Santa Massa. Desde el primer instante había conseguido llamar su atención.

La había visto detrás de la barra manchada de harina, discutiendo con un cliente sobre el nombre absurdo de un cruasán, riendo con Inés y, desde entonces, no había dejado de pensar en ella.

Lo peor era que, además, luchaba por sus ideales con una intensidad que le fascinaba, aunque esos ideales fueran actualmente: “que le den a Vanguard”. Lo cual, objetivamente, era un problema.

Porque en ocho días Daniela iba a descubrir exactamente quién era él y, probablemente, querría matarlo con una bandeja.

Perfecto.

Cuando llegó a La Santa Massa vio inmediatamente la pancarta colgada sobre la fachada.

MENOS CORPORACIONES,

MÁS CRUASANES.

¡QUE LE DEN A VANGUARD!

Sin duda, seguía haciéndole gracia.

Entró en la cafetería y el sonido de conversaciones, platos y cucharillas lo envolvió inmediatamente junto al olor cálido a café recién hecho.

Allí estaban, Daniela e Inés detrás de la barra, hablando muy concentradas sobre algo, hasta que lo vieron entrar y automáticamente se callaron.

Demasiado tarde, porque alcanzó a escuchar perfectamente a Inés.

—Ya está aquí el hombre que quiere empotrarte.

Adrián tuvo que contener una sonrisa, sobre todo al ver a Daniela abrir muchísimo los ojos y darle directamente un golpe en el brazo a Inés mientras intentaba fingir normalidad.

—¿Puedes callarte cinco minutos? —le susurró.

—Solo digo la verdad —le respondió Inés.

—Te juro que un día de estos voy a despedirte.

Desde luego, Inés no tenía ningún tipo de instinto de supervivencia.

Adrián se acercó tranquilamente a la barra, como si no hubiese escuchado nada, y, automáticamente, Daniela se puso un poco más recta.

—Buenos días —dijo él.

—Hola —respondió ella, intentando parecer profesional mientras Inés, literalmente, observaba la escena como si estuviera viendo Netflix. Solo le faltaban las palomitas.

Adrián apoyó ligeramente una mano sobre la barra.

—Lo pasé muy bien ayer.

Daniela levantó la vista hacia él y, durante un segundo, aquella sonrisa tímida volvió a aparecer.

—Yo también.

Desde algún punto detrás de la cafetera exprés se escuchó un suspiro exagerado por parte de Inés.

—Necesito un café urgente.

—Eso puedo solucionarlo —le sonrió ella.

Él fingió mirar la vitrina de cruasanes.

—Y un “Que le den a Vanguard”.

Daniela soltó una pequeña risa.

—Excelente elección.

—Hoy me siento especialmente revolucionario.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Él se alejó hacia su mesa habitual mientras Daniela empezaba a preparar el café e Inés se abalanzaba sobre ella.

—¿Qué hicisteis?

—Nada.

—Daniela.

—Solo cenamos.

—¿Y? —insistió Inés.

—Y ya está.

—¿No os besasteis?

Daniela casi tiró una taza.

—¡Inés!

Marcos empezó a reírse desde el fondo de la cafetería.

—Toda la cafetería quiere información —las interrumpió.

—No pienso comentar mi vida privada.

—Eso significa que hubo tensión sexual —declaró Inés, orgullosa.

Daniela resopló mientras colocaba el café sobre la bandeja.

—Hubo tapas.

—Ajá.

—Y vino.

—Ajá.

—Y conversación normal.

Inés entornó lentamente los ojos.

—¿Te acompañó a casa, al menos?

Daniela tardó medio segundo demasiado largo en responder y entonces Inés abrió la boca, sorprendida.

—Oh, Dios mío.

—No hagas eso.

—Te acompañó a casa —sentenció Inés con la mandíbula desencajada.

—Estaba lloviendo —se excusó.

—¿Y?

—Y sacó un paraguas —acabó diciendo con poca paciencia.

Inés se llevó las manos al pecho como si fuera a desmayarse.

—Es literalmente un protagonista romántico.

—Baja la voz —la amenazó con el café.

—¿Y te besó?

Daniela agarró la bandeja inmediatamente.

—Voy a llevar esto.

—¿Eso es un sí o un no? Vamos, no puedes dejarme así… —suplicó con una mano en el corazón.

Adrián tuvo que mirar hacia otro lado para no empezar a reírse solo desde la mesa porque, sinceramente, escuchar sus conversaciones era divertidísimo, sobre todo cuando ellas creían que no lo hacía.

Daniela llegó finalmente hasta él con expresión de persona que acababa de sobrevivir a un interrogatorio policial.

—Tu café revolucionario.

—Gracias.

Ella dejó la bandeja frente a él y Adri levantó ligeramente la vista. Seguía estando guapísima.

—¿Has podido descansar algo? —preguntó él.

Daniela asintió.

—Más o menos. Aunque creo que Inés va a matarme a preguntas durante semanas —se sinceró.

—Parece muy implicada emocionalmente en nuestra cita —acabó diciendo él, cogiendo la taza.

Aquello le arrancó una pequeña risa, sobre todo cuando de reojo vio cómo Inés se daba la vuelta disimuladamente.

—Demasiado —comentó Daniela, situando sus manos en su cintura.

Él apoyó el brazo sobre la mesa observándola tranquilamente.

—¿Y cómo va vuestra cruzada contra Vanguard?

Daniela puso al instante cara de absoluta indignación teatral.

—Fatal. Seguimos oprimidos por el capitalismo.

—Terrible noticia.

—Carla quiere hacer camisetas.

—Puede ser rentable —dijo, pensativo.

—Y Marcos quiere vender pegatinas del cruasán ofensivo.

—Es todo un visionario.

Ella iba a seguir hablando cuando Marcos gritó desde el fondo.

—¡Daniela! ¡Mesa cinco!

Ella cerró los ojos un segundo.

—¿Ves? No puedo ni liderar correctamente la revolución.

Adrián sonrió apoyándose mejor en la silla.

—Mucho ánimo, líder sindical panadera.

Daniela lo señaló amenazadoramente con el dedo mientras retrocedía.

—No te burles del movimiento.

—Jamás me atrevería —dijo alzando las manos.

Y la sonrisa que le dedicó justo antes de girarse para volver a trabajar… definitivamente iba a convertirse en problema enorme para él.

—No, perdona, voy a repetirlo porque sigo sin entenderlo. —El abogado dejó varias hojas impresas sobre la mesa de cristal con expresión de absoluto agotamiento profesional—. ¿La mascota oficial de la protesta es… un cruasán haciendo una peineta?

Adrián levantó la vista del portátil, y sí, definitivamente seguía haciéndole gracia, muchísima gracia.

La sala de reuniones de Vanguard estaba completamente en silencio, salvo por la lluvia golpeando los ventanales del edificio.

La mesa enorme de madera oscura estaba llena de planos, contratos y renders digitales del nuevo proyecto urbanístico de Sant Antoni y, justo en medio de toda aquella seriedad corporativa, había una foto impresa del cruasán revolucionario.

La vida, a veces, era maravillosa.

—También están las camisetas —añadió otro abogado con tono fúnebre.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

Los tres abogados lo miraron como si acabara de perder completamente la cabeza.

—Adrián —dijo uno de ellos lentamente—. La situación está escalando bastante.

—¿Escalando?

—Está haciendo campaña pública contra Vanguard.

Él apoyó tranquilamente un brazo sobre la silla.

—Es una cafetería con TikTok —dijo, como si no tuviese tanta importancia.

—El barrio está empezando a posicionarse en contra del proyecto.

—El barrio ya estaba en contra del proyecto antes del cruasán.

Uno de los abogados suspiró pesadamente.

—No nos lo estamos tomando lo bastante en serio.

Adrián cogió una de las hojas donde había otra fotografía que habían extraído de otro vídeo viral donde Daniela pintaba la pancarta mientras Marcos gritaba: “¡El pueblo necesita mantequilla!”.

Dios santo, tuvo que contener otra sonrisa.

—Esto no es gracioso —insistió el abogado.

Él levantó la vista tranquilamente.

—Un poco sí.

Los tres volvieron a mirarlo como si fuera clínicamente inestable.

—Necesitamos responder —continuó uno de ellos—. Hacer un comunicado, presionar legalmente, atacar la narrativa…

—No.

El tono calmado con el que lo dijo fue suficiente para cortar la conversación y que los abogados guardasen silencio.

Adrián dejó las hojas sobre la mesa.

—No vamos a iniciar una guerra pública con una cafetería —dijo Adrián.

—Pero…

—Ni tampoco vamos a intimidarla.

Los abogados intercambiaron miradas incómodas; estaba claro que ya habían pensado en ello.

Eso consiguió borrar por completo la diversión de la cara de Adrián.

—Ni se os ocurra —dijo esta vez mucho más serio. El silencio se hizo de inmediato—. Nada de inspecciones absurdas. Nada de presión agresiva. Nada de intentar asustarla.

—Solo intentamos proteger la operación.

—Y yo estoy diciendo que no.

El abogado acabó reclinándose en la silla, resignado.

Adrián respiró hondo y volvió a mirar los documentos del proyecto.

—¿Cuántos años le quedan de contrato?

Uno de ellos revisó rápidamente una carpeta.

—Cuatro años y medio, aproximadamente.

Aquello le hizo chasquear la lengua suavemente. Demasiado tiempo.

Conocía ya suficientemente a Daniela para entender una cosa: ella jamás iba a marcharse voluntariamente.

—El resto de inquilinos ya han aceptado prácticamente todas las ofertas —continuó el abogado—. Es la única que sigue resistiéndose.

Eso volvió a arrancarle una pequeña risa y otra vez lo miraron como si estuviera loco.

—¿Qué tiene de divertido?

Adrián se reclinó ligeramente en la silla.

—Que claro que es la única resistiéndose.