9
Durante unos minutos siguieron hablando tranquilamente mientras el bar continuaba lleno de ruido cálido alrededor de ellos. Copas chocando, camareros cruzando entre mesas y conversaciones mezclándose bajo la luz tenue del local.
Daniela se dio cuenta de algo peligroso: no quería que terminara la noche, estaba bien allí, demasiado bien.
Él seguía mirándola con esa atención tranquila que la hacía sentir extrañamente importante.
—Me pareces encantadora —pronunció él de golpe.
Así. Sin más.
Daniela tragó saliva automáticamente mientras sus neuronas colapsaban.
Nadie decía ya cosas así, y menos hombres como él.
Notó calor subiéndole otra vez por el cuello mientras una sonrisa pequeña, involuntaria y tímida aparecía en su boca.
Daniela bajó un segundo la mirada hacia la copa intentando reorganizar sus pensamientos. Él seguía observándola como si realmente quisiera decirlo otra vez.
—Gracias —susurró sin atreverse a mirarlo. Al final, soltó un pequeño suspiro antes de mirar la hora—. Creo que será mejor que nos vayamos o mañana moriré madrugando.
Él asintió lentamente.
—Tienes razón.
Aunque había algo en su expresión que decía claramente que tampoco quería irse todavía.
Hizo un gesto al camarero para pedir la cuenta mientras Daniela buscaba automáticamente el bolso.
—Ni lo intentes.
Ella levantó la vista.
—Puedo pagar mi parte.
—Ya lo sé, pero te he invitado yo.
Daniela abrió un poco más los ojos.
—Adri…
—Ese era el trato.
—Ya, pero…
Él negó suavemente con la cabeza y, sinceramente, hasta para negarse era elegante.
—Déjame invitarte a cenar, Daniela.
La forma tranquila en que dijo su nombre hizo que ella perdiera inmediatamente fuerza argumentativa.
—No tienes por qué pagar todo.
—Quiero hacerlo.
Y lo dijo con tanta naturalidad, con tanta sencillez, que Daniela soltó un pequeño resoplido, entre divertida y resignada.
—Eres extremadamente caballeroso.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca.
—Lo tomaré como un cumplido.
Cuando salieron del restaurante, el aire fresco de octubre los golpeó de inmediato.
La calle brillaba húmeda bajo las farolas y el cielo estaba todavía más oscuro que antes. Sí, estaba empezando a llover.
Daniela levantó un poco la vista.
—Perfecto.
En ese mismo momento, empezaron a caer algunas gotas.
Adri la observó un segundo.
—Te llevo.
Ella negó automáticamente.
—No hace falta, de verdad. Voy en autobús.
—Está empezando a llover.
—No pasa nada.
—Daniela… —Maldita voz—. Te dejo en tu puerta y me voy.
Ella abrió la boca para volver a negarse, pero, sinceramente, la idea de meterse en un autobús lleno de gente mientras empezaba a llover ya no le parecía tan buena. Sobre todo porque él seguía mirándola de aquella manera, paciente y tranquilo, como si no tuviera ninguna prisa por verla marcharse.
Al final acabó asintiendo.
—Vale.
La sonrisa que apareció en su cara hizo que el corazón volviera a latirle demasiado rápido.
Caminaron juntos hasta un aparcamiento subterráneo cercano mientras la lluvia empezaba a caer cada vez más fuerte sobre Barcelona.
Adri la condujo hasta un vehículo negro y elegante, de esos coches caros que parecían deslizarse incluso estando aparcados.
—Adri…
Él abrió el vehículo con tranquilidad.
—¿Qué?
—¿Esto cuesta más que mi cafetería?
Aquello le arrancó una risa baja.
—Espero que no.
—Eso no ha sido un no convincente.
Él abrió la puerta para ella otra vez. Seguía siendo absurdamente caballeroso.
Daniela entró al vehículo intentando no parecer impresionada, aunque fracasó estrepitosamente.
El interior era precioso, minimalista y elegante, con los asientos color crema. Además, olía increíble: a limpio, a perfume caro… a él.
Eso era un problema.
Él arrancó el sedán y subió la rampa mientras las gotas golpeaban ya con fuerza el parabrisas.
—¿Tienes coche? —preguntó él.
Daniela negó.
—Tengo carné, pero nunca sentí la necesidad de comprarme uno.
—¿No?
—Barcelona ya me estresa lo suficiente andando.
—Lo entiendo.
—Además, siempre voy en transporte público.
La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas mientras el sedán avanzaba suavemente por las calles mojadas de Barcelona. Daniela intentaba comportarse como una persona completamente normal, aunque no lo estaba consiguiendo del todo.
Acababa de mirar cómo Adri giraba el volante y el músculo de su brazo se marcaba ligeramente bajo la camisa remangada.
Madre de Dios, ¿qué necesidad había? En serio, ¿no podía simplemente conducir como un ciudadano cualquiera?
Perfecto.
Daniela apartó rápidamente la mirada hacia la ventanilla antes de empezar a decir tonterías, aunque, sinceramente, Inés estaría ahora mismo gritando dentro de su cabeza: “Mírale los brazos. Mira que músculos tiene. Este hombre te coge por la cintura y te empotra contra la pared y…”.
Resopló. Iba a necesitar terapia.
—¿Qué? —preguntó él de pronto, mirándola de reojo.
Daniela casi dio un respingo.
—Nada.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca, porque claramente no se lo creyó.
—Ajá.
Ella decidió cambiar de tema inmediatamente antes de morir de vergüenza.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
—¿El qué?
—Que Inés va a interrogarme mañana como si hubiera vuelto de una misión militar.
Aquello le arrancó una pequeña risa.
—Parece intensa.
—Muchísimo.
Él seguía conduciendo tranquilamente mientras las luces de Barcelona se reflejaban sobre el interior color crema del vehículo.
—¿Cuántos sois trabajando en la cafetería? —preguntó entonces.
Daniela apoyó el brazo junto a la ventanilla.
—Ahora mismo cinco, contándome a mí.
—¿Y cómo sobrevives mentalmente?
—No sobrevivo.
Eso volvió a hacerlo reír. Sí, aquella risa empezaba a gustarle demasiado.
—Está Inés —continuó ella—, que básicamente vive para decir barbaridades y cotillear sobre mi vida.
—Ya lo había deducido.
—Luego está Toni, que parece enfadado con el Universo desde 1987, pero en realidad nos quiere muchísimo.
—También parece importante.
—Muchísimo. Y Marcos… que es incapaz de trabajar sin convertirlo todo en un espectáculo.
—Eso explica bastante el ambiente revolucionario.
—Y Carla, que probablemente acabará dirigiendo un golpe de estado con TikTok.
Él sonrió mientras tomaba una curva lentamente.
—Parecéis una familia.
Aquello hizo que Daniela se quedara un segundo callada, porque sí, exactamente eso eran.
—Sí —admitió al final con una pequeña sonrisa—. Supongo que sí.
Él la observó un instante antes de volver la vista a la carretera.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Tienes trabajadores a tu cargo?
—Sí.
—¿Muchos?
Él sonrió para sí mismo.
—La verdad es que no sé exactamente cuántos.
Daniela giró la cabeza lentamente hacia él.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Son bastantes.
Ella entornó los ojos, observándolo. ¿Quién no sabía cuánta gente trabajaba para él?
Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, él volvió a hablar.
—¿Haces algo el fin de semana?
Daniela soltó una carcajada inmediata.
—Sí, trabajar.
—Eso no cuenta.
—Pues entonces trabajar más.
Él negó ligeramente con la cabeza, sonriendo.
—¿Cuándo descansas?
Ella suspiró dramáticamente.
—La cafetería cierra los domingos por la tarde y los lunes.
—Entonces tienes algo parecido a una vida.
—Más o menos.
Él la miró un segundo más.
—¿Te apetecería quedar el domingo?
Daniela notó inmediatamente el vuelco absurdo en el estómago.
—¿Otra vez?
—Sí.
La sonrisa apareció sola en su boca.
—¿Vas a llevarme a una montaña?
Él soltó una risa baja.
—No.
—Menos mal —bromeó ella.
—Preferiría algo más tranquilo. —La observó un instante mientras la lluvia seguía cayendo fuerte alrededor del coche—. Dar un paseo contigo. Tomar algo. Hablar.
La manera tan sencilla que tenía de decir las cosas le alteraban completamente el corazón.
Daniela bajó apenas la mirada hacia sus manos antes de volver a sonreír.
—Me encantaría.
La expresión de él se suavizó ligeramente.
—Perfecto.
Ella señaló entonces hacia delante.
—Es la siguiente calle a la derecha.
Él asintió y giró suavemente el volante.
Llevaban muchísimo rato juntos y, aun así, todavía no quería que terminara la noche.
—Puedes parar ahí detrás —indicó Daniela, señalando un hueco junto a la acera—. Ese portal es el mío.
Adri redujo la velocidad suavemente y aparcó detrás de otro coche mientras la lluvia seguía golpeando el parabrisas con fuerza.
Las luces de la calle se reflejaban sobre el cristal mojado y, durante un segundo, todo pareció extrañamente tranquilo dentro del coche.
Daniela se desabrochó el cinturón.
—Gracias por traerme.
—De nada.
Ella iba a abrir la puerta cuando vio que él también se quitaba el cinturón.
—¿Qué haces?
Él la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Voy a buscar un paraguas y te acompaño hasta la puerta.
Daniela sonrió, incrédula.
¿Quién hacía eso ya?
—No hace falta, corro hasta el portal y ya está.
—Ni hablar.
Y lo dijo con tanta tranquilidad que parecía una ley universal.
—Es literalmente cruzar la calle.
—Es literalmente una tormenta.
Ella volvió a reírse, negando con la cabeza.
—De verdad, no…
—Espera ahí dentro.
Directamente salió del coche.
Daniela se quedó quieta, observándolo completamente desconcertada mientras él rodeaba el vehículo bajo la lluvia y abría el maletero.
Sacó un paraguas negro elegante y lo abrió antes de acercarse a la puerta del copiloto.
Luego la abrió para ella, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Daniela se quedó mirándolo unos segundos sin reaccionar, ya no quedaban hombres así o, al menos, ella no había conocido ninguno últimamente. No sabía ni qué hacer con tanta caballerosidad junta.
Él debió notar su expresión, porque una pequeña sonrisa apareció en su boca.
—No quiero que te resfríes. Tenemos una cita el domingo.
El corazón de Daniela volvió a latir más rápido.
Ella acabó sonriendo también mientras salía del coche.
Él sostuvo el paraguas sobre ambos mientras caminaban hacia el portal bajo la lluvia y otra vez Daniela fue absurdamente consciente de él, del perfume, de la cercanía, de lo alto que era y de lo fácil que resultaba caminar a su lado.
Cuando llegaron al portal, Adri bajó un poco el paraguas para cubrirla mejor mientras ella empezaba a buscar las llaves dentro del bolso.
Y entonces sintió aquella mirada.
Levantó apenas la vista. Él la estaba mirando fijamente.
Su cerebro, por un momento, cortocircuitó.
Oh, Dios mío. ¿Iba a besarla? ¿Qué hacía ella ahora? ¿Sonreía? ¿Se acercaba? ¿Había normas para esto?
Madre de Dios. ¿Por qué le temblaban las manos?
Empezó a rebuscar las llaves muchísimo más torpemente de lo normal mientras el corazón le golpeaba el pecho, y encima él seguía mirándola así, tranquilo, cercano y demasiado atractivo.
Inés iba a matarla si desaprovechaba aquello… o quizá no. Quizá tenía que esperar. ¿Y si se chocaban las narices? ¿Y si…?
Él sonrió ligeramente.
—¿Necesitas ayuda?
Daniela casi se atragantó con su propia saliva.
—No. —Justo entonces consiguió sacar las llaves, victoriosa—. Aquí están.
Él asintió suavemente.
—Perfecto.
Se quedaron mirándose un instante más bajo el paraguas mientras la lluvia seguía cayendo alrededor y de nuevo Daniela volvió a pensar sobre el beso.
¿Qué hacía con las manos? ¿Las personas respiraban durante los besos? ¿Por qué olía tan bien?
Entonces él simplemente sonrió de esa manera tranquila y cálida suya que le desordenaba el corazón entero.
Y, tal como había dicho, la había acompañado hasta la puerta. Nada más.
—Buenas noches, Daniela.
Ella pestañeó medio confundida.
—Buenas noches.
Él dio un paso atrás, sosteniendo todavía el paraguas.
—Nos vemos mañana.
—Sí —susurró ella.
Y entonces Adri se giró directamente y volvió hacia el vehículo bajo la lluvia, sin intentar besarla, sin presionarla y sin hacer nada raro. Simplemente siendo absurdamente perfecto.
Daniela abrió la puerta del portal lentamente mientras lo observaba alejarse.
Desde dentro del portal vio cómo cerraba el paraguas, subía al sedán y arrancaba bajo la lluvia nocturna de Barcelona.
Se quedó quieta unos segundos mirando las luces desaparecer calle abajo y luego soltó aire de golpe.
Subió hasta su piso con el corazón latiéndole demasiado rápido y, nada más cerrar la puerta de casa, apoyó la espalda contra ella y suspiró largamente.
Jamás había conocido a un hombre así, jamás. Tan atractivo, tan educado, tan atento… y encima olía tan bien. Eso también era importante.
Se dejó caer lentamente sobre el sofá mientras todavía notaba el cosquilleo nervioso en el pecho.
Definitivamente, era el hombre más atractivo y caballeroso que había conocido en toda su vida. Y eso era peligroso, porque Daniela ya empezaba a hacerse ilusiones. No debía. No podía. Ellos parecían pertenecer a mundos completamente distintos.
Él vestía de traje, conducía coches caros, reservaba en restaurantes y tenía reuniones importantes. Ella, en cambio, se manchaba las manos de harina, servía cafés y hacía TikToks revolucionarios.
No tenía sentido.
Y, aun así, sonrió sola, mirando al techo. Porque por primera vez en muchísimo tiempo… tenía ganas de volver a ver a alguien.