8 #2
—No puedes decir eso en Barcelona —protestó Daniela, señalándolo con la copa de vino.
—Estoy siendo valiente.
—Estás siendo incorrecto.
Él sonrió mientras daba otro sorbo al vino tinto.
La visión de aquel hombre sonriendo bajo la luz cálida debería estar prohibida.
—Entonces, ¿cuál sería tu top tres de tapas? —preguntó él.
Daniela se apoyó un poco sobre la mesa.
—Bravas.
—Clásico.
—Croquetas.
—Acabas de criticar las croquetas —rio él.
—Algunas de ellas, no todas. En general, sigo respetándolas y, para ser sinceros, no sabría vivir sin ellas. Bueno, sin las de setas podría ir tirando…
Aquello le arrancó otra risa.
—¿Y la tercera?
Ella fingió pensarlo sesudamente.
—Pan con tomate cuando está realmente bien hecho.
—Muy catalán por tu parte. —Él la observó unos segundos—. ¿Siempre has vivido aquí?
Daniela asintió.
—Sí. Bueno, nací en Barcelona y siempre he vivido en Sant Antoni.
—Se nota que quieres mucho este barrio.
Aquello le salió completamente natural.
—Claro. Está lleno de vida y de gente auténtica.
Él bajó ligeramente la mirada hacia la copa de vino un instante, como pensando algo.
—Yo vivía en Madrid.
Daniela levantó la vista.
—Ah, ¿sí?
Él asintió.
—Pero me trasladé aquí hace unos meses.
—¿Y qué tal Barcelona?
Una sonrisa traviesa cruzó su rostro.
—Me gusta más de lo que esperaba.
—Eso es porque todavía no has intentado alquilar piso.
Él sonrió.
—Lo tendré en cuenta.
—¿Y estarás aquí mucho tiempo?
—Sí, bastante.
Aquella respuesta fue sencilla, pero algo en el tono hizo que Daniela sintiera una sensación rara, como si hubiera más detrás de aquella frase, aunque no insistió.
—Madrid me gusta —continuó ella—, he estado varias veces.
—Barcelona parece una ciudad que quiere pasárselo bien incluso cuando todo va mal —comentó él.
—Dímelo a mí con el cruasán peineta… —rio.
Él se quedó observándola mientras hablaba y otra vez tenía aquella mirada tranquila y atenta, como si realmente escuchara cada cosa que ella decía.
—¿Y tú? —preguntó él entonces—. ¿Cómo acabaste quedándote con la cafetería?
Daniela soltó aire lentamente, apoyándose mejor en la silla.
—Fue una locura.
—Eso suele significar una buena historia.
Ella sonrió un poco.
—La antigua dueña quería jubilarse. El local iba fatal, estaba medio vacío y necesitaba muchísimas reformas.
—¿Y aun así te hiciste con el negocio?
—Sí, no soy una persona mentalmente equilibrada, lo sé.
Aquello le arrancó otra risa.
—¿Y qué hiciste?
Daniela empezó a contarle lo de las paredes horribles, las goteras, las mañanas trabajando sola, las veces que creyó que no llegaría a final de mes, cómo empezó cambiando pequeñas cosas, las recetas, las redes sociales y la idea de los desayunos con nombres absurdos y graciosos.
Y mientras hablaba se dio cuenta de algo: le encantaba contarle cosas. Él no la interrumpía, no fingía interés ni miraba el móvil. Simplemente la escuchaba, como si todo lo que decía le importara de verdad.
—Y ahora míralo —dijo él finalmente—. Está lleno todos los días.
Daniela sintió un orgullo cálido en el pecho.
—Sí.
Porque había costado muchísimo remontar el negocio, y escuchar a alguien decirlo así le hizo ilusión.
—Además, ahora lideras una revolución panadera.
Ella soltó una carcajada.
—Todavía no entiendo cómo ha pasado eso.
—Creo que el cruasán ofensivo conectó con la población.
—Es un símbolo del pueblo.
—Sin duda.
Pidieron otra copa de vino y la conversación siguió fluyendo.
—Las mejores películas son las de acción —dijo él—. Sobre todo cuando explotan cosas —rio.
—No entiendo cómo puedes disfrutar viendo coches explotando durante dos horas —insistió Daniela, llevándose la copa de vino a los labios.
Adri apoyó tranquilamente un codo sobre la mesa.
—Es relajante.
—Eso no es relajante. Eso es testosterona audiovisual.
Él soltó una pequeña risa.
—¿Y tus comedias románticas sí son realistas?
—Por supuesto.
—Claro. Gente guapísima enamorándose bajo la lluvia en noventa minutos.
—Eso podría pasar —lo señaló.
Él levantó una ceja.
—Ah, ¿sí?
Daniela sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario y el muy desgraciado sonrió lentamente, como si supiera perfectamente lo que acababa de hacer.
Ella decidió beber vino inmediatamente para recuperar cierta estabilidad emocional.
—Además —continuó ella—, las comedias románticas hacen feliz a la gente.
—Las explosiones también.
—Eso explica muchas cosas sobre los hombres.
—Generalización peligrosa.
—Pero correcta.
Él seguía observándola divertido mientras el camarero dejaba otra pequeña tapa sobre la mesa y otra vez Daniela tuvo esa sensación rara de estar completamente cómoda, como si llevaran mucho más tiempo conociéndose.
—¿Y qué haces cuando no estás salvando cafeterías revolucionarias? —preguntó él entonces.
Ella sonrió.
—Nada espectacular.
—No me lo creo.
Daniela se encogió ligeramente de hombros.
—Me gusta leer. Cocinar cuando no estoy trabajando, aunque eso suena bastante triste. A veces veo películas tirada en el sofá, como una abuela de treinta años.
—Veintisiete —corrigió él automáticamente.
Ella parpadeó.
—¿Cómo sabes mi edad?
Una sonrisa apareció en su boca.
—Lo dijiste una vez.
Madre de Dios. ¿En serio lo había dicho?
Carraspeó y dio un sorbo a su vino mientras pinchaba unas bravas.
—También me gusta caminar por Barcelona —continuó ella, intentando no pensar demasiado en eso—. Ir a mercadillos, desayunar fuera cuando no tengo que servir yo los desayunos… cosas normales.
—Eso suena bastante bien.
—¿Y tú?
Él dio un pequeño sorbo al vino antes de responder.
—Corro bastante. —Daniela lo miró automáticamente de arriba abajo—. Además, me gusta ir a la montaña siempre que puedo.
—¿A la montaña?
Él asintió.
—Sí, escaparme un poco de todo. Caminar, desconectar… respirar aire limpio.
Daniela lo observó unos segundos.
Y otra vez aquella sensación rara, porque no encajaba con la imagen mental que ella tenía de él.
—Últimamente no puedo ir mucho por trabajo —continuó él—, pero en cuanto tenga algo de tiempo libre, volveré.
Daniela apoyó el codo sobre la mesa.
—No te imagino subiendo montañas.
—¿No?
—Te imagino más… no sé… reservando hoteles con spa.
Él volvió a reírse.
—También hago eso a veces.
—Ajá. Ya decía yo.
Entonces él inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.
—Podrías venir conmigo algún día.
Daniela se quedó quieta un segundo.
—¿A la montaña?
—Sí.
Ella soltó una carcajada.
—No sobreviviría.
—No es tan terrible.
—Adri, me canso subiendo las escaleras de mi piso.
—Eso es porque no has probado una montaña buena.
—¿Las clasificas?
—Por supuesto.
Daniela negó lentamente con la cabeza y rio.
—Estás completamente loco.
—No las subo corriendo, si eso te preocupa.
—Me preocupan muchísimas cosas de esta conversación.
Él sonrió otra vez.
—Se va poco a poco —explicó tranquilamente—. Hablas, caminas… y luego llegas arriba y todo está en silencio. —Daniela lo observó mientras hablaba y había algo distinto en él en ese momento, algo más relajado—. Además, se respira un aire increíble.
—Eso ha sonado bonito.
—A veces digo cosas bonitas —alzó sus cejas repetidas veces.
—Qué peligroso —bromeó ella.
Él sostuvo su mirada un segundo más.
—Mucho.
Daniela decidió que analizar demasiado aquella mirada era una pésima idea, así que volvió a darle un trago a su vino y dejó que la copa resolviera la emergencia.