8
—¡No pienso contarte nada obsceno mañana! —protestó Daniela desde la trastienda mientras intentaba ponerse el pendiente correctamente delante del pequeño espejo.
—Eso lo dices ahora —respondió Inés desde fuera—. Luego ya veremos.
Daniela resopló.
La trastienda de La Santa Massa era pequeña y caótica, llena de cajas, bolsas de harina, servilletas apiladas y un perchero improvisado donde ahora colgaba su ropa del día.
El resto de empleados ya estaba terminando de recoger mientras ella intentaba transformarse de dueña agotada de cafetería a mujer funcional capaz de tener una cita con un hombre peligrosamente atractivo y, sinceramente, la presión era innecesaria.
Miró otra vez su reflejo.
Los pantalones negros le quedaban muy bien.
La camiseta naranja, ajustada y con escote cuadrado, hacía que sus ojos claros resaltaran todavía más, y los tacones le daban un punto elegante sin parecer exagerada…
o eso esperaba. Porque si Adri aparecía, como siempre, con un traje impecable y aquella cara de pecado financiero, ella iba a sentirse como una croqueta emocional.
—¿Sigues viva? —preguntó Marcos desde fuera.
—Más o menos.
Inés apareció entonces en la puerta de la trastienda y se quedó mirándola con interés.
—Mírala ella, qué mona.
Daniela puso los ojos en blanco mientras terminaba de recogerse parte del pelo en una coleta baja un poco despeinada.
—No empieces.
—Ese hombre va a perder completamente la cabeza cuando te vea.
—Solo vamos a cenar.
—Sí, claro, y el Titanic era una excursión acuática.
Daniela empezó a maquillarse un poco más rápido para no escucharla. Nada exagerado, solo algo de colorete para no parecer una persona que acababa de sobrevivir a una dura jornada laboral.
Cuando terminó, se quedó observándose un segundo más frente al espejo.
Vale, estaba decente. No espectacular, pero seguía pareciendo ella, y eso la tranquilizó un poco.
Cogió el bolso, dejó la mochila con la ropa sucia en una esquina de la trastienda y, finalmente, apagó las últimas luces.
—Bueno —dijo saliendo ya hacia la cafetería vacía—. Fuera todos.
Inés sonrió lentamente mientras se acercaba a ella.
—Mañana quiero horarios, detalles, si os besáis, si te toca la cintura, si…
—Buenas noches, Inés.
—Y si…
Daniela empezó a empujarla hacia la puerta.
—Adiós.
—¡Lleva preservativos!
—¡Vete ya!
Marcos estaba muriéndose de risa mientras salían.
—Disfruta de la cita, jefa.
—Gracias por absolutamente nada.
Finalmente, se quedó sola, aunque esta vez el silencio se sentía diferente. Más nervioso. Daniela respiró hondo antes de salir.
Por suerte, ya no llovía, aunque la calle seguía húmeda y brillante bajo las luces nocturnas de Sant Antoni, con el cielo completamente nublado y ese aire fresco típico de octubre en Barcelona.
Empezó a bajar la persiana de La Santa Massa lentamente y, entonces, lo vio al final de la calle.
Adri venía caminando hacia ella con el abrigo oscuro abierto y las manos en los bolsillos y, en cuanto la vio luchando con la persiana, aceleró ligeramente el paso.
Daniela sintió inmediatamente el corazón haciendo cosas estúpidas.
Madre de Dios.
—Espera —dijo él, acercándose—. Te ayudo.
Su voz sonó todavía más grave en la calle casi vacía.
Él agarró uno de los lados de la persiana y entre los dos terminaron de bajarla rápidamente.
—Gracias.
—Empiezo a pensar que esta persiana es vuestro verdadero enemigo.
Daniela soltó una risa y entonces él la miró de arriba abajo, despacio, sin decir absolutamente nada. Y fue peor precisamente por eso, porque Daniela sintió de pronto algo peligroso. Que quizá… solo quizá… Inés tenía razón. Y sí, definitivamente menos mal que se había depilado.
Él volvió a levantar la vista hacia ella lentamente y la pequeña sonrisa que apareció en su rostro hizo que el corazón le latiera todavía más rápido.
—Estás muy guapa.
Daniela olvidó respirar durante aproximadamente dos segundos.
—Gracias.
Perfecto, respuesta brillante, intelectual e impactante.
Él seguía mirándola con esa calma tranquila que la desestabilizaba.
—¿Qué tal el día?
Ella consiguió recuperar algo de funcionalidad cerebral mientras se colgaba mejor el bolso al hombro.
—Bien. Mucho trabajo.
—Eso es bueno.
—Sí, aunque creo que accidentalmente hemos empezado un movimiento político basado en cruasanes.
Él soltó una risa.
—He visto gente haciéndose fotos con la pancarta.
—Ya no controlo nada. Se me ha ido de las manos.
—Eso suele pasar en las revoluciones.
Empezaron a caminar juntos calle abajo.
La noche estaba fresca y las calles seguían llenas de luz cálida que escapaba de bares y restaurantes, mientras la gente conversaba en las terrazas bajo las estufas exteriores.
—¿Tienes hambre? —preguntó él.
Daniela lo miró apenas un segundo. Sí, estaba agotada y hambrienta.
—Muchísima.
—Perfecto. Yo también.
Caminaron unos metros más envueltos en un silencio cómodo y otra vez aquello resultó demasiado fácil.
—¿Qué tal tu día? —preguntó ella finalmente.
Él soltó un suspiro, cansado.
—Mucho trabajo y muchas reuniones… demasiadas para mi gusto.
Daniela hizo una mueca.
—Ufff, preferiría morir.
Él sonrió.
—A veces yo también.
—¿Y haces cosas importantes en esas reuniones?
Aquello pareció divertirle.
—Depende de a quién preguntes.
Ella entornó los ojos mientras seguían caminando.
—¿A qué te dedicas?
Él la miró un segundo antes de responder tranquilamente.
—Trabajo en desarrollo urbano.
Daniela no pudo reprimir su respuesta.
—Ufff, eso suena a hombre que usa Excel —bromeó.
La risa de él resonó baja y cálida en mitad de la calle y Daniela tuvo que mirar hacia otro lado para no quedarse completamente embobada.
—No es tan terrible como suena —dijo él.
—Eso significa que sí es terrible —rio ella.
Él se encogió de hombros.
—A veces solo son reuniones largas.
—¿Y tú te sientas ahí voluntariamente, escuchando a gente hablar de gráficos?
—Intento sobrevivir —rio esta vez él.
Daniela sonrió también.
—Ahora mismo solo imagino salas llenas de hombres con café caro diciendo “sinergia”.
—Es bastante aproximado a lo que ocurre de verdad.
—Dios mío.
—Aunque intento no usar esa palabra.
Él volvió a reírse mientras doblaban la esquina hacia el pequeño bar de tapas.
El sitio estaba lleno de luz cálida y ruido agradable. Las mesas exteriores seguían ocupadas pese al clima fresco de octubre y dentro se escuchaba el sonido constante de platos, conversaciones y copas chocando.
Daniela levantó un poco la vista hacia el local.
—Te va a gustar este sitio.
—Confío en ti.
Y otra vez el corazón haciendo cosas completamente innecesarias.
Cuando llegaron a la puerta, él se adelantó ligeramente y se la abrió antes de que ella pudiera hacerlo.
Daniela se quedó quieta un segundo, no estaba acostumbrada a eso.
Sergi habría entrado primero y probablemente preguntado si tenían el fútbol puesto.
—Gracias —murmuró, entrando.
El olor a comida recién hecha la golpeó inmediatamente. Bravas, pan tostado, jamón, vino… La Barcelona nocturna en estado puro.
Un camarero levantó la vista desde la barra y reconoció inmediatamente a Daniela.
—¡Hombre! La revolucionaria de los cruasanes.
Daniela sonrió, avergonzada.
—No empieces tú también.
—Mi novia me ha enseñado los vídeos. —El camarero miró entonces a Adrián con interés evidente—. ¿Mesa para dos?
Él asintió tranquilamente.
—Tengo una reserva a nombre de Adri.
—Sí, sí, os acompaño.
Los llevó hacia una mesa un poco apartada al fondo del local, más tranquila, con luz cálida cayendo sobre la madera oscura y, entonces, ocurrió algo completa e innecesariamente atractivo.
Adri apartó la silla para ella. Daniela se quedó parada medio segundo, mirándolo… porque… ¿qué clase de hombre hacía eso todavía?
Él sostuvo la silla tranquilamente, esperando, y ella casi se sintió una señora victoriana.
—Gracias —dijo, sentándose.
—De nada.
Luego él rodeó la mesa y se sentó frente a ella con esa calma elegante tan suya. Se remangó ligeramente la camisa mientras cogía la carta, y Daniela tuvo que obligarse a mirar hacia otro sitio porque Inés iba a acabar teniendo razón en demasiadas cosas.
—A ver —dijo él, levantando ligeramente la carta—. Necesito asesoramiento profesional.
—¿Sobre tapas?
—Confío plenamente en tu criterio gastronómico.
Daniela sonrió un poco.
—Eso es muchísima responsabilidad.
—Estoy dispuesto a asumir el riesgo. —Él apoyó un codo sobre la mesa, mirándola tranquilamente—. ¿Qué me recomiendas? —preguntó—. Quiero algo muy bueno.
Daniela levantó una ceja.
—¿Muy bueno en plan persona promedio o muy bueno en plan hombre que reserva mesas?
Aquello le arrancó otra sonrisa.
—Sorpréndeme.
Ella fingió pensarlo mientras dejaba el bolso junto a la silla.
—Vale. Las bravas son obligatorias.
—Perfecto.
—Luego pan con tomate.
—Eso parece importante aquí.
—Muchísimo.
—Entendido —confirmó él.
Daniela empezó a señalar cosas en la carta.
—Las croquetas también están muy buenas. Y los huevos rotos.
Él seguía observándola mientras hablaba y, de pronto, Daniela se dio cuenta de algo.
No estaba nerviosa. Bueno… sí, un poco, pero no incómoda.
No tenía que fingir, ni impresionar a nadie, ni pensar demasiado en lo que decía.
Simplemente estaba bien allí, y eso le sorprendió más que cualquier otra cosa.
Las bravas estaban genuinamente buenas.
Eso fue lo primero que pensó Daniela después de los dos primeros vinos y media cesta de pan compartida entre los dos, mientras el ruido cálido del bar llenaba el ambiente a su alrededor.
Lo segundo que pensó fue que se lo estaba pasando muchísimo mejor de lo que esperaba.
Al principio había llegado nerviosa, esperando silencios incómodos, una cita rara o descubrir que aquel hombre solo era atractivo y ya.
Pero no. Hablar con Adri era absurdamente fácil.
Las conversaciones iban surgiendo una tras otra mientras compartían tapas, se robaban trozos de pan y discutían sobre si las croquetas estaban sobrevaloradas o no. Claramente, no lo estaban. Daniela no estaba preparada para imaginar un mundo sin croquetas.