Con las manos en la masa 7
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Daniela cerró la puerta de su piso con la espalda y soltó el bolso sobre el sofá nada más entrar.

Silencio, por fin. Después del caos de La Santa Massa, del TikTok del cruasán revolucionario y de sufrir un micro infarto cada vez que Adri sonreía… necesitaba cinco minutos de paz mental.

No los consiguió, porque en cuanto miró hacia el pequeño salón de su piso vio la mochila y recordó que al día siguiente tenía una cita, una cita real con un hombre absurdamente atractivo, con voz grave y que llevaba traje incluso para respirar.

Perfecto.

—Madre de Dios —murmuró, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Su piso seguía siendo pequeño, cálido y un poco caótico. El salón y la cocina prácticamente se mezclaban, había libros apilados junto a la televisión, una manta mal doblada sobre el sofá y una planta medio moribunda que sobrevivía únicamente por intervención divina y, aun así, era suyo.

Caminó directamente hacia la habitación y abrió el armario acelerada, luego se quedó mirándolo en silencio, como si esperara que la ropa solucionara sola el problema.

No ocurrió.

—Vale —murmuró—. No voy a ponerme nerviosa por un hombre… muy atractivo. —Tragó saliva—. Ridículamente atractivo.

Abrió más el armario y entonces empezó el desastre de verdad.

Primero sacó un vestido negro. Aquello era demasiado. Luego, unos vaqueros. Demasiado normales. Una falda. No, ni de broma. No sabía caminar con estabilidad llevando tacones y falda al mismo tiempo.

Empezó a lanzar ropa sobre la cama mientras hablaba sola.

—No quiero parecer demasiado arreglada, pero tampoco quiero que parezca que acabo de salir de una cafetería.

Arrojó sobre la cama una camiseta negra y un jersey beige .

—Aunque él irá con traje, seguro. —Arrojó otro vestido—. Claro que irá con traje. Ese hombre probablemente duerme planchado con el dichoso traje.

Acabó sentándose en la cama, rodeada de ropa, mientras contemplaba el desastre. Y entonces lo vio.

Los pantalones negros y una camiseta naranja de manga larga con escote cuadrado.

Simple y bonita. Le quedaba muy bien y no parecía que estuviera intentando impresionarlo demasiado, aunque claramente sí quería impresionarlo un poco, solo un poco.

—Vale… esto puede funcionar.

Sacó también unos zapatos negros de tacón medio y los dejó sobre la cama mientras imaginaba automáticamente a Adri apareciendo delante de la cafetería al día siguiente, con el abrigo y el traje, acompañado siempre de aquella sonrisa tranquila y esa forma suya de mirarla que hacía que se olvidara de pensar correctamente.

Daniela se dejó caer un segundo sobre la cama, tapándose la cara con ambas manos.

—Estoy perdiendo la cabeza.

Aun así, volvió a coger la ropa cuidadosamente, la dobló bien y preparó una mochila pequeña con la camiseta, los pantalones, los zapatos, algo de maquillaje y perfume.

Sí, iba a cambiarse allí, en su cafetería, antes de la cita.

No pensaba aparecer delante de aquel hombre oliendo a café, harina y estrés laboral.

Dejó la mochila junto a la puerta y entonces recordó algo importantísimo que le había dicho Inés: “Depílate”.

Daniela cerró los ojos lentamente.

—Odio que tenga razón.

Fue al baño arrastrando los pies mientras cogía la crema depilatoria del armario. Pocos minutos después, estaba frente al espejo del baño con una camiseta vieja enorme y expresión de derrota existencial mientras empezaba a extenderse la crema por las piernas.

—No va a pasar nada —murmuró—. Pero mejor estar preparada.

Porque, sinceramente, si aquel hombre volvía a mirarla al día siguiente como la había mirado ese día, las probabilidades de conservar la dignidad eran bajísimas.

Daniela estaba empezando a sospechar seriamente que el barrio entero había perdido la cabeza. Cada vez que alguien pasaba delante de La Santa Massa alzaba el puño, literalmente, como si estuvieran entrando en una revolución francesa.

Un hombre mayor pasó frente a la cafetería aquella mañana, levantó el puño solemnemente hacia la pancarta y gritó:

—¡Resistid!

Daniela parpadeó.

—¿Qué está pasando?

Inés levantó la vista desde la cafetera exprés.

—Te has convertido en el símbolo de la clase obrera.

—No quiero esa responsabilidad.

Una señora con un carrito de la compra pasó justo entonces y también levantó el puño.

—¡No os rindáis!

Daniela acabó soltando una risa incrédula.

—Esto empieza a ser surrealista.

Carla apareció prácticamente corriendo desde la puerta con el móvil en la mano.

—¡He aprobado!

—¿Qué? —preguntó Daniela.

—¡El examen de ayer!

Daniela abrió los brazos inmediatamente.

—¡Muy bien!

Carla casi se estampó contra ella al ir a abrazarla.

—Y además he hecho publicidad de la cafetería por toda la facultad. —Inés levantó una ceja—. Mis compañeros vienen esta tarde.

—¿Cuántos compañeros exactamente? —preguntó Daniela con miedo real.

Carla sonrió ampliamente y se encogió de hombros.

—Bastantes.

—Define “bastantes”.

—Bueno…

—Carla.

—Quizá unas treinta personas.

Daniela cerró los ojos lentamente.

—Voy a necesitar más café —susurró.

—Y más cruasanes —añadió Carla, orgullosa—. Además, las visualizaciones del vídeo siguen subiendo muchísimo.

Le enseñó el móvil con más comentarios y más compartidos, así como más gente usando hashtags del cruasán revolucionario.

Daniela seguía sin entender cómo demonios había acabado liderando una protesta urbana con bollería.

—¿Quieres que encargue camisetas? —preguntó Carla completamente seria.

—No.

Inés levantó una mano.

—Yo compraría tres.

—No vamos a convertir esto en una tienda de merchandising .

—Ya he mirado proveedores —admitió Carla.

Daniela la miró sorprendida.

—¿Cuándo has tenido tiempo?

—La revolución no duerme.

—Mesa cuatro —gritó Marcos desde el fondo—. Y alguien ha pedido dos cafés “con rabia contra el capitalismo”.

—Marchando.

La cafetería seguía completamente llena mientras el ruido de platos y conversaciones inundaba el local.

Carla salió entonces fuera con el móvil levantado.

—¿Qué haces? —preguntó Daniela.

—Contenido para nuestra causa.

Eso no era buena señal.

Daniela e Inés la observaron desde dentro mientras Carla empezaba a grabarse frente a la pancarta con expresión épica.

—Día tres luchando contra millonarios inmobiliarios —declaró mirando a cámara—. La revolución panadera sigue viva. —Luego hizo un zoom dramático hacia el cruasán haciendo la peineta—. El pueblo no se rinde.

Daniela se quedó mirándola.

—Esta chica necesita supervisión adulta.

—Demasiado tarde —respondió Inés—. Ya es toda una influencer revolucionaria.

Carla siguió grabando, completamente metida en el personaje.

—Aquí defendemos los negocios pequeños, la mantequilla y el derecho humano a desayunar sin pagar doce euros por una tostada minimalista.

Un hombre que pasaba por la calle levantó el puño.

—¡Así se habla!

Daniela empezó a reírse y se apoyó sobre la barra.

—No puedo creer que esta sea mi vida ahora.

Inés sonrió.

—Al final te va a llamar la televisión.

Daniela negó inmediatamente con la cabeza.

—Ni de broma.

La puerta se abrió justo entonces y automáticamente Daniela dejó de reírse porque ahí estaba él.

Adri, con su abrigo oscuro, el traje impecable y esa calma elegante suya que empezaba a provocar alteraciones hormonales importantes.

Estaba observando a Carla con una sonrisa y luego negó con la cabeza.

—Buenos días —saludó, entrando.

—Uy —murmuró Inés inmediatamente—. Ya te has puesto nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Claro.

Daniela iba a responder algo cuando Inés le limpió de pronto la mejilla con el pulgar.

—Tienes harina aquí.

—¿Qué?

—Y cara de querer casarte.

—Inés…

Adri ya estaba frente al mostrador observando los cruasanes expuestos con una sonrisa divertida, y sí, Daniela notó inmediatamente cómo el corazón le hacía cosas raras.

Las dos lo miraron desde detrás de la barra, Inés con mirada de fan y Daniela intentando parecer normal, aunque no lo estaba consiguiendo demasiado.

—Buenos días. ¿Qué quieres hoy? —preguntó ella.

Él fingió pensarlo mientras observaba la pizarra de nombres absurdos.

—Creo que hoy probaré el “Necesito estabilidad emocional”.

Daniela soltó una pequeña risa.

—Ese es de chocolate.

—Perfecto. Me representa. Últimamente tengo mucho estrés.

—¿Laboral?

Una pequeña sonrisa apareció en su boca.

—Digamos que sí.

Daniela señaló el cruasán.

—Este viene con ganas de mudarte al campo.

—Muy tentador.

Ella seguía mirándolo demasiado fijamente otra vez y, peor aún, el parecía encantado con ello.

—Mi objetivo es probarlos todos —añadió él.

Inés tuvo que girarse inmediatamente porque estaba a punto de reírse demasiado fuerte.

—¿Todos? —preguntó Daniela.

—Sí. Me gusta apoyar pequeños negocios revolucionarios.

—Qué solidario por tu parte.

—Intento poner mi granito de arena.

Daniela se mordió ligeramente el interior de la mejilla intentando no sonreír demasiado. Sinceramente, aquello ya parecía una cita incluso antes de la cita.

Él acabó marchándose hacia su mesa habitual mientras Daniela empezaba a preparar el café.

E, inmediatamente, Inés apareció pegándose a su lado.

—Te mira fatal.

—¿Fatal?

—Sí —susurró situándose a su lado, fingiendo que secaba unos vasos—. Como si quisiera arrancarte la ropa con modales…

Daniela casi derramó el café.

—¿Puedes dejar de decir barbaridades durante cinco minutos?

—No.

—Estoy trabajando.

—Y él está enamorándose.

Daniela negó con la cabeza, intentando concentrarse en la cafetera industrial.

—No exageres.

Inés se acercó un poco más.

—Pregunta importante.

Daniela ya sabía lo que venía.

—No.

—¿Te has depilado?

Ella cerró los ojos lentamente.

—Inés…

—Es una pregunta legítima.

—No pienso hablar de esto aquí.

—Eso es un sí.

Daniela suspiró derrotada.

—Sí.

Inés levantó ambos puños victoriosa.

—Esa es mi chica —rio.

—Baja la voz o me tiro por la ventana.

—Sabía que al final me harías caso —reaccionó emocionada, luciendo una risita traviesa al final.

Daniela negó completamente avergonzada mientras colocaba la taza de café en la bandeja.

—No va a pasar nada.

Inés sonrió lentamente.

—Claro, claro… —continuó Inés apoyándose sobre la barra mientras Daniela removía el café demasiado rápido—. Tú sigue fingiendo que no has pensado en él quitándose lentamente el reloj con esa voz grave.

Daniela cerró los ojos.

—Voy a denunciarte —pronunció con los dientes apretados.

—Pero dime que no te lo has imaginado —insistió. Daniela resopló e Inés abrió mucho los ojos—. Oh, Dios mío, te lo has imaginado.

—¡No!

—Daniela, literalmente estás roja como un tomate.

—Hace calor.

—Estamos en octubre.

—Pues calor otoñal.

Inés empezó a reírse mientras Daniela intentaba montar la bandeja sin perder la compostura.

—Además —continuó Inés—, ese hombre tiene pinta de besar despacio y sensual.

Daniela casi dejó caer una cucharilla.

—¿Puedes parar?

—No.

—Estoy trabajando.

—Y él debe de estar pensando en arrancarte esos pantalones negros que vas a ponerte esta noche. —Daniela cogió el plato del cruasán inmediatamente, lo depositó sobre la bandeja y comenzó a salir de la barra—. Huye, sí.

—Necesito silencio.

—Necesitas preservativos.

—¡Inés!

Marcos empezó a atragantarse de risa desde la otra punta de la cafetería.

Daniela se dirigió casi a la carrera hacia la mesa junto a la ventana, con la bandeja entre las manos.

Adri la vio acercarse y sonrió otra vez. ¿Qué necesidad había de tener esa sonrisa?

—Tu estabilidad emocional —dijo ella, dejando el plato frente a él.

—Gracias.

—Aunque no garantizamos resultados terapéuticos.

—Lo imaginaba.

Ella dejó también la taza de café sobre la mesa mientras él seguía observándola con esa tranquilidad suya tan irritante.

—Pareces nerviosa hoy —comentó él.

Daniela casi se rio de puro estrés.

—¿Yo?

—Sí.

—Eso es porque tengo una cafetería llena hasta los topes y una revolución vecinal en marcha.

Aquello le arrancó una risa de inmediato.

—Parece mucho para una sola mañana.

—Muchísimo.

Él dio un sorbo al café sin dejar de mirarla y luego dijo tranquilamente:

—He reservado mesa para esta noche.

Daniela pestañeó.

—¿Reservado?

—Sí.

—Pero no hace falta reservar ahí.

Él levantó ligeramente una ceja.

—¿No?

—No, me conocen. Si vamos un poco antes, seguro que nos hacen hueco.

Él se encogió de hombros.

—Prefiero reservar. Es a lo que estoy acostumbrado.

Daniela lo miró un segundo.

“Claro, este hombre seguro que va a restaurantes donde te sirven cosas diminutas sobre piedras negras y necesitas reservar con tres meses de antelación”, pensó.

—Bueno —murmuró ella—. Muy organizado por tu parte.

—Intento impresionar a la líder revolucionaria. —Ella apretó los labios intentando no ponerse roja como un tomate y él sonrió otra vez antes de mirar hacia la vitrina de cruasanes—. Tengo curiosidad por uno.

Daniela se giró hacia atrás.

—¿Qué lleva exactamente el cruasán “Que le den a Vanguard”?

—Bacon crujiente, cheddar fundido y cebolla caramelizada.

Él la miró unos segundos.

—Qué agresivo.

—Era la idea.

—¿Y por qué ese nombre exactamente?

Ella se cruzó de brazos.

—Porque provoca acidez.

Él soltó una risa mucho más abierta esta vez y, sinceramente, Daniela sintió un pequeño vuelco absurdo en el estómago.

—Mañana lo probaré.

Él seguía mirándola como si realmente estuviera disfrutando muchísimo de aquella conversación.

—Bueno —dijo ella finalmente—. Tengo que volver a trabajar antes de que Inés venda merchandising ilegal del cruasán revolucionario.

—Claro —asintió él.

Ella empezó a alejarse.

—Hasta luego, Adri.

La forma en que él levantó la vista al escuchar su nombre hizo que el corazón le diera otro golpe estúpido en el pecho.

—Hasta luego, Daniela.

Volvió rápidamente hacia la barra y, en cuanto llegó, Inés se lanzó sobre ella.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada.

—Daniela…

—Ha reservado en el bar.

Inés abrió la boca y luego empezó a dar pequeños saltitos.

—¡Ha reservado!

—Por favor, deja de hacer eso.

—¡Eso es muy romántico!

Daniela empezó a servir otro café, intentando parecer indiferente, aunque no lo estaba consiguiendo.

—No es para tanto.

—Daniela, ese hombre claramente quiere empotrarte.

Daniela resopló.

—Inés.

—Y, sinceramente, si yo fuera tú, también querría.

—En una de estas te juro que te despido —dijo, mirándola con los labios apretados.

—Pero, como te has depilado, entiendo que sí que quieres —acabó encogiéndose de hombros, obviando la amenaza de su jefa. Entonces empezó a mover los brazos emocionadísima—. Wiii.

Daniela se tapó media cara con la mano mientras seguía sirviendo café y decidió ignorarla. Era más seguro para todos.

—Estás muy loca —le susurró mientras dejaba otro café sobre una bandeja.