6 #2
Inés la zarandeó un poco.
—Vas a salir con el ejecutivo sexy y luego vas a contarme absolutamente todo.
Daniela apartó las manos de la cara lentamente y automáticamente miró hacia la mesa junto a la ventana.
Él seguía allí, observando en su dirección, aunque, por suerte, desde allí el mostrador no le daba el ángulo total para verla por completo.
Daniela seguía quieta y, de pronto, le dio un ataque de realidad. Llevaba el moño medio deshecho, el delantal lleno de harina, las ojeras de abrir la cafetería a las seis de la mañana y probablemente olía a café tostado y a estrés psicológico.
Se miró rápidamente de arriba abajo y suspiró.
Madre de Dios.
Luego, se armó de valor y volvió a la mesa donde él esperaba respuesta.
—Hoy no puedo —dijo más relajada.
Él levantó una ceja.
—¿No?
—Tengo cosas que hacer.
Mentira. Iba a llegar a casa y, probablemente, sufrir un colapso nervioso pensando en él, pero eso no hacía falta explicarlo.
Él la observó unos segundos más.
—¿Y mañana? —preguntó con toda la calma del mundo. Daniela se quedó quieta otra vez, sin poder reaccionar. Él la miró de la cabeza a los pies y ladeó su cabeza con una leve sonrisa—. Daniela —repitió él suavemente—, ¿te va bien que mañana vayamos a cenar?
El corazón le dio un golpe completamente ridículo porque, de repente, aquello sonaba mucho más real.
—Sí —acabó respondiendo casi sin voz.
La sonrisa que apareció en su cara hizo que algo dentro de Daniela dejara de funcionar correctamente.
—Perfecto. —Ella seguía completamente bloqueada mientras él se levantaba tranquilamente de la silla—. Pasaré a buscarte cuando cierres.
Daniela simplemente asintió, sin poder decir nada. Claramente, había perdido la capacidad del habla.
Él sonrió otra vez y ella quedó desarmada por completo al verlo sonreír.
Adrián cogió el móvil de la mesa, lo guardó dentro del bolsillo del abrigo y la rodeó lentamente para dirigirse hacia la barra.
El perfume le llegó un segundo al pasar junto a ella y sí, Inés tenía razón, olía peligrosamente bien.
Daniela permaneció quieta en mitad de la cafetería, intentando recordar cómo respirar mientras él se acercaba a la caja.
—¿Me cobras? —preguntó él mirando a Inés.
Ella estaba, literalmente, babeando.
—Claro —respondió demasiado rápido.
Inés le dio el cambio sin dejar de observarlo, como si estuviera viendo un documental de National Geographic sobre hombres demasiado atractivos.
—Gracias.
Luego él volvió a mirar hacia Daniela y otra vez mostró esa sonrisa tranquila.
—Hasta mañana.
Daniela tardó un segundo entero en reaccionar.
—Hasta… mañana.
Y lo vio marcharse calle abajo a través de la cristalera, con ese porte elegante suyo, las manos en los bolsillos, el abrigo moviéndose ligeramente mientras caminaba entre la gente de Sant Antoni, como si el Universo entero estuviera perfectamente organizado para él.
Qué rabia daba.
Y qué guapo era.
—¡Depílate!
Daniela dio un brinco tan fuerte que casi tiró una taza.
—¡Joder, Inés!
Inés salió disparada de detrás de la barra, agarrándola por los hombros.
—Es muy importante.
—No va a pasar nada.
—Daniela, por favor. Ese hombre te mira como si quisiera arrancarte la ropa con educación.
—¡Baja la voz!
Marcos empezó a reírse desde la zona de la cafetera exprés.
—Yo solo digo que se veía desde el primer día —comentó este.
Inés asintió exageradamente.
—Está completamente loco por ti.
Y entonces empezó a dar pequeños saltitos, agarrándole el brazo.
—¡Vas a tener una cita con el ejecutivo sexy! ¡Una cita!
Daniela consiguió soltarse finalmente mientras se removía nerviosa.
—No es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? —gritó Inés escandalizada—. Daniela, ese hombre parece salido de una fantasía sexual.
Ella se tapó media cara con la mano, muerta de la vergüenza.
—¿Qué vas a ponerte? —preguntó Inés inmediatamente.
Daniela abrió la boca, pero no le salía nada, seguía sin poder reaccionar.
—¿Daniela? —Ella no respondió—. ¿Daniela? —insistió.
Ella seguía mirando la puerta por donde él acababa de salir.
Inés la agarró otra vez por los brazos y empezó a zarandearla.
—¡Reacciona!
—¡No lo sé! —acabó, agobiada.
—¡Piensa en los conjuntos!
—Algo normal.
—¿Normal cómo?
Daniela se pasó una mano por el pelo, completamente alterada.
—Pues… no sé… algo sencillo, vamos al bar de aquí al lado.
Inés la miró como si acabara de insultar personalmente a la feminidad.
—Escúchame atentamente. Ropa interior bonita.
—Inés...
—De encaje.
—No.
—Eso les gusta muchísimo.
Daniela dejó caer la frente sobre la barra.
—Voy a encerrarte en el almacén.
—Y perfume bueno. Importantísimo —la señaló con el dedo.
—No pienso acostarme con él —pronunció entre dientes.
Inés soltó una carcajada.
—Claro. Y yo no pienso mirar el culo del camarero nuevo del bar de la esquina.
Marcos levantó la mano.
—Yo sí lo pienso mirar.
—Este local es un infierno —murmuró Daniela, desquiciada.
Inés volvió a agarrarle la cara entre las manos, con dramatismo.
—Daniela Costa. Escúchame bien. Mañana vas a cenar con un hombre que parece cobrar por respirar. Depílate y ponte ropa sexy.
Daniela cerró los ojos lentamente y asintió solo para que su amiga se callase.