Con las manos en la masa 6
26%

6

—¡Un “Necesito estabilidad emocional” para la mesa siete!

—¡Marchando!

—¡Y dos “Que le den a Vanguard” sin piñones!

—Eso no lleva piñones —comentó Daniela.

La Santa Massa estaba absolutamente desbordada aquella mañana.

El vídeo del cruasán revolucionario había explotado por completo en redes sociales durante la noche y ahora la cafetería parecía una mezcla entre negocio local, centro social y zoológico humano.

Había gente haciéndose fotos con la pancarta, clientes preguntando por merchandising y una chica grabando un TikTok delante de la cristalera, diciendo lo siguiente:

—Estoy literalmente en la cafetería antisistema.

Toni parecía estar al borde de un infarto.

—¡Se nos han acabado los cruasanes de pistacho!

—¡Pues véndeles revolución! —gritó Marcos atravesando la cafetería con una bandeja.

Daniela iba de un lado a otro intentando mantener el caos bajo control mientras el ruido de conversaciones, tazas y la cafetera exprés llenaba el local y, sinceramente, una parte de ella estaba disfrutándolo muchísimo.

Aunque la otra parte seguía teniendo ansiedad permanente por el futuro del local, las corporaciones y el hecho de que probablemente el CEO multimillonario ya hubiera visto un cruasán haciéndole una peineta setecientas veces en internet.

Perfecto. Todo bien.

La puerta se abrió justo entonces y apareció un hombre trajeado con una carpeta negra bajo el brazo.

Daniela ya sintió ganas de cometer atrocidades.

—¿Daniela Costa?

—Depende, ¿quién pregunta?

—Traigo una notificación certificada.

Claro que sí, porque el Universo no podía dejarla ser feliz ni treinta minutos seguidos.

Firmó el burofax apoyándolo sobre la barra mientras Inés aparecía automáticamente a su lado.

—¿Qué quieren ahora?

Daniela abrió el sobre rápidamente.

Más lenguaje corporativo, más palabras elegantes para arruinar vidas.

Ocho días, solo ocho días.

—¿Qué pone? —preguntó Inés.

—Reunión oficial con Vanguard.

—Qué romántico —ironizó su amiga.

—Quieren negociar otra vez.

Inés miró el papel.

—¿A las seis y media de la tarde? Quieren destruirte después de la jornada laboral.

Daniela dejó escapar el aire lentamente.

—Pues que lo intenten.

Aunque en realidad empezaba a ponerse nerviosa de verdad. Hasta ese momento, todo había sido emails, cartas, abogados…, pero una reunión cara a cara ya era otra cosa.

Qué ilusión… encima habrían leído el correo electrónico que ella había enviado días atrás. Cerró los ojos y suspiró.

La puerta volvió a abrirse en ese momento y Daniela levantó la vista instintivamente.

Ahí estaba él, el hombre del traje con su abrigo oscuro, su camisa impecable y su cabello ligeramente despeinado por el viento, acompañado de esa expresión tranquila que empezaba a afectar seriamente a su cerebro.

Inés vio inmediatamente cómo Daniela se tensaba un poco y sonrió maliciosamente, como el mismísimo demonio.

—Uy…

—Cállate —la amenazó Daniela.

—Tu ejecutivo favorito ha llegado.

—No es mi ejecutivo favorito.

—Todavía.

—Puede ser un comercial… —susurró Daniela.

—¿Con ese abrigo, ese traje y ese reloj? Lo dudo.

Él caminó hacia la barra observando el caos de la cafetería con una pequeña sonrisa divertida.

—Veo que la revolución está funcionando.

—Nos estamos radicalizando rápidamente —comenzó ella, alzando las cejas.

—Lo sospechaba.

Sus ojos bajaron un segundo al burofax abierto junto a la caja y Daniela habría jurado que una sombra de diversión había cruzado su cara.

—¿Lo de siempre? —preguntó ella, intentando ignorar el hecho de que aquel hombre seguía viéndose indecentemente bien incluso rodeado de caos panadero.

Pero él negó suavemente.

—Hoy voy a cambiar.

Daniela levantó una ceja.

—Qué arriesgado.

Él miró la pizarra de nombres absurdos y entonces sonrió lentamente.

Oh, no, esa sonrisa era peligrosa.

—Quiero un “Capitalismo relleno de crema”.

Inés tuvo que girarse inmediatamente para no empezar a reírse delante de él.

Daniela lo miró fijamente.

—No puedes pedir eso.

—¿Por qué?

—Porque es ofensivo para el movimiento revolucionario —pronunció seria.

—Vaya —ladeó su cabeza—, mi intención es integrarme.

Ella lo miró de la cabeza a los pies.

—Pareces un infiltrado.

A él se le escapó una risa.

—Prometo consumir de forma responsable.

—Eso diría un ejecutivo.

—Qué acusación tan grave —pronunció él con voz grave, aunque acabó sonriendo.

Daniela seguía mirándolo con los brazos cruzados mientras él mantenía esa calma divertida tan irritante.

—Vale —dijo finalmente ella—. Un “Capitalismo relleno de crema” para el señor del traje y reloj caros.

—Gracias.

—¿Algo más?

Él fingió pensarlo.

—Quizá un café suficientemente fuerte para sobrevivir a una revolución vecinal.

—Eso sube un euro.

—Me parece justo.

Él se marchó hacia su mesa habitual junto a la ventana mientras Inés se acercaba inmediatamente a Daniela.

—¿Te das cuenta de que coqueteáis como si fuerais dos jovenzuelos?

—No estamos coqueteando.

—Daniela, acaba de pedir literalmente un “Capitalismo relleno de crema” mirándote fijamente.

Ella cogió una taza demasiado rápido.

—Voy a hacer el café.

—Porque estás nerviosa.

—Porque tengo trabajo.

—Porque tiene voz de desabrochar botones lentamente.

Daniela señaló la cafetera exprés como si fuera un arma.

—Te juro que voy a tirarte esto a la cabeza como no te calles.

Preparó el café intentando ignorar la sonrisa de él, la manera en que la miraba y el hecho terrible de que probablemente era el único hombre del mundo capaz de pedir un cruasán ofensivo y sonar atractivo haciéndolo.

Cuando llevó el desayuno a la mesa, él apartó el móvil inmediatamente, como si realmente le interesara más hablar con ella.

Daniela dejó la taza frente a él.

—Aquí tienes tu traición capitalista al movimiento.

—Gracias.

Él observó el cruasán unos segundos.

—Debo decir que esperaba algo más capitalista.

—¿Cómo exactamente?

—No sé, más caro, más pretencioso. Quizá servido sobre una piedra pizarra absurda.

Daniela soltó una risa.

—Eso lo hacen las cafeterías que destruyen barrios.

—Terrible gente.

—Son lo peor —le dio la razón.

Él levantó ligeramente la taza.

—Brindo por vuestra resistencia, pero ¿contra qué es, exactamente?

Hubo una pequeña pausa.

—Contra los hombres con demasiado dinero y vocabulario empresarial —respondió ella rápidamente y sonrió.

Él dio otro sorbo al café sin apartar la mirada de ella y, sinceramente, aquello empezaba a ser un problema. No la miraba de una forma incómoda ni intensa. Era peor: parecía que realmente le gustaba escucharla hablar.

Daniela se removió ligeramente de pie junto a la mesa mientras él dejaba la taza sobre el plato.

—¿Qué? —preguntó ella al notar que seguía observándola.

Él bajó la vista hacia sus manos apoyadas sobre la bandeja.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —preguntó tranquilamente.

Daniela levantó una ceja.

—Depende de lo personal que sea.

Una pequeña sonrisa apareció en su boca, luego miró discretamente hacia los lados, como si estuviera a punto de compartir información de estado.

—¿Puedo invitarte a cenar alguna noche?

Daniela se quedó completamente quieta. Su cerebro hizo un ruido extraño al cortocircuitar. ¿Qué?

Él seguía observándola tranquilamente, esperando, y ella notó inmediatamente el calor subiéndole por el cuello.

Madre de Dios.

—¿Te estás sonrojando? —preguntó él suavemente.

—No.

—Interesante.

—No me estoy sonrojando —protestó ella.

—Claro.

Daniela intentó recomponerse mientras sujetaba la bandeja, como si esta pudiera darle estabilidad emocional.

Él apoyó un codo sobre la mesa, sin dejar de mirarla.

—Ese tal Sergi que mencionaste ayer… no es nadie para ti, ¿no?

Ella negó rápidamente con la cabeza.

—No. Eso… está acabado.

Algo en su expresión se relajó un poco, así que volvió a repetirlo con total calma, como si no acabara de desordenarle las neuronas momentos antes.

—Entonces me gustaría invitarte a cenar —se reafirmó.

Daniela abrió la boca y la volvió a cerrar. Sinceramente… ¿cómo respondía una persona normal a un hombre así? Y encima con esa voz.

Se removió un poco nerviosa y miró instintivamente hacia atrás. Grave error, porque Inés estaba junto a la cafetera industrial con la mandíbula completamente desencajada, escuchándolo absolutamente todo.

En cuanto Daniela la miró, Inés empezó a mover la cabeza efusivamente, como una desequilibrada.

Sí.

Sí.

Sí.

DI QUE SÍ.

Daniela quiso morirse y volvió a mirar al hombre del traje.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

Aquello pareció divertirle muchísimo.

—Puedes llamarme Adri —dijo, cruzando los dedos de sus manos.

Madre de Dios.

Daniela asintió intentando parecer una persona funcional. No lo estaba consiguiendo demasiado, así que él sonrió otra vez.

—Entonces… ¿te parece bien? —insistió él.

Ella tragó saliva.

—Sí —dijo directamente.

La sonrisa de él cambió un poco, se tornó más suave, y eso fue todavía peor.

—Perfecto —dijo él, totalmente relajado. Daniela seguía sintiendo el corazón completamente desorganizado—. Podemos ir al restaurante de aquí cerca cuando acabes tu jornada. Hacen buenas tapas. O, si lo prefieres, podemos ir a algún sitio más…

Ella lo interrumpió rápidamente antes de que dijera algo tipo “restaurante de lujo solo apto para unos pocos bolsillos”.

—El bar está bien.

La sonrisa volvió inmediatamente.

—Vale.

Él parecía absurdamente satisfecho con esa respuesta.

—¿A qué hora te iría…?

Pero Daniela ya se estaba girando, necesitaba alejarse inmediatamente antes de que el cerebro le explotara.

—Un momento —dijo señalando hacia la barra—. Tengo trabajo.

Literalmente huyó.

Él la observó alejarse atravesando la cafetería mientras una sonrisa lenta aparecía en su cara.

Daniela llegó hasta la cafetera exprés respirando demasiado rápido e Inés apareció automáticamente agarrándola de ambos brazos.

—¿Vas a tener una cita con el hombre sexy del traje?

—Cállate.

—El empotrador…

—Inés… —le llamó la atención, ya que su amiga parecía emocionadísima.

—¿Has visto cómo te miraba?

Daniela se tapó la cara con ambas manos.

—Creo que voy a vomitar.

—No vas a vomitar, lo que tienes que hacer es comprarte algo bonito...

—No sé qué hacer —gimió desesperada, escondiéndose bajo la barra.