Con las manos en la masa 5
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—Vale —dijo Carla, dejando tres cafés sobre la mesa como si estuviera iniciando una investigación criminal—. Operación: descubrir quién coño es Adrián Valcárcel.

Daniela levantó la vista del portátil.

—No me interesa él.

Inés soltó una carcajada tan fuerte que una señora que paseaba por la calle giró la cabeza para mirar al interior de la cafetería.

La cafetería ya había cerrado hacía media hora.

Fuera, Sant Antoni seguía húmedo por la lluvia de aquella tarde y las luces cálidas de La Santa Massa hacían que el interior pareciera todavía más acogedor.

Las sillas estaban subidas sobre algunas mesas, Toni ya se había marchado renegando sobre “las revoluciones digitales” y Marcos había prometido volver al día siguiente con ideas para merchandising del cruasán ofensivo.

Así pues, ahora solo quedaban Daniela, Inés, Carla y un portátil abierto sobre la mesa central, casi como si fueran hackers muy poco profesionales.

—A ver —murmuró Carla mientras tecleaba rápidamente—. Vanguard Urban Group.

—Qué nombre tan de villano de Marvel —dijo Inés.

—Totalmente —le dio la razón Daniela.

Daniela apoyó la barbilla sobre la mano mientras miraba la pantalla.

Aparecieron unas fotos de edificios rehabilitados, hoteles boutique , patios interiores llenos de plantas y luces cálidas, locales elegantes y fachadas restauradas.

Todo muy bonito, y eso era lo peor… porque ella esperaba algo frío, horrible, sin alma, pero no. Los sitios parecían sacados de revistas de arquitectura caras.

—Hostia —murmuró Carla.

—Esto está bastante bien —admitió Inés.

Daniela entornó los ojos.

—No os vendáis al enemigo.

—No me estoy vendiendo —respondió Inés—. Solo digo que esos apartamentos son muy bonitos.

Carla abrió otra pestaña.

—Vale, han hecho proyectos en Madrid, Valencia y Lisboa.

—Qué cosmopolitas —murmuró Daniela.

—Y parece que tienen fama de rehabilitación “respetuosa”.

—Eso suena exactamente a algo que diría una empresa antes de subir alquileres.

—También.

Pero, aun así, Daniela siguió mirando las imágenes.

Había detalles bonitos, muchos. Respetaban fachadas antiguas, mantenían elementos originales, había cafeterías pequeñas, librerías, patios… no parecía el típico proyecto monstruoso sin personalidad. Eso le resultó incómodo. Sería más fácil odiarlos si todo fuese feo.

—Mira este —dijo Carla girando el portátil.

Era un antiguo mercado rehabilitado con luz cálida, hierro restaurado, puestos pequeños, y mesas de madera.

Daniela frunció el ceño.

—Parece Pinterest.

—Parece carísimo —corrigió Inés.

—También.

Carla siguió investigando.

—Vale… aquí habla del CEO.

Las tres se acercaron automáticamente a la pantalla.

Y ahí estaba: Adrián Valcárcel. Una breve explicación sobre el CEO.

—Treinta y un años —leyó Carla—. Fundó Vanguard con otros socios hace años, especializado en rehabilitación urbana premium.

—Premium —repitió Daniela—. Qué palabra más horrorosa.

Inés seguía mirando la ficha.

—No puedo creer que exista gente así en LinkedIn.

—Parece el tipo de hombre que te dice “he reservado mesa” y automáticamente te quieres casar.

Daniela cerró el portátil de golpe.

—Basta. —Las dos empezaron a reírse—. ¿De qué bando estáis?

—Es que es joven… treinta y un años… y mira lo que ha conseguido —se defendió Inés, aunque al ver la cara enfurecida de Daniela borró la sonrisa—. Seguro que es un adefesio.

Daniela resopló mientras volvía a abrir lentamente el portátil.

—Estamos investigando al enemigo. Concentración.

Carla seguía leyendo artículos.

—Espera, esto es interesante… aquí dice que suele mantener negocios tradicionales dentro de algunos proyectos.

Daniela levantó la vista.

—¿Qué?

—Mira.

Carla giró otra vez el ordenador.

“Vanguard apuesta por integrar comercio histórico y rehabilitación moderna…” .

Daniela volvió a fruncir el ceño.

—Eso no encaja con la carta.

—Igual quieren negociar contigo porque tu local es importante para el proyecto —dijo Carla.

—O igual quieren convertir La Santa Massa en una cafetería minimalista llena de lámparas feas.

—También es posible.

Daniela volvió a mirar el logo corporativo y las fotografías de las obras que había llevado aquel CEO. Los proyectos eran bonitos, el barrio probablemente quedaría precioso… qué fastidio todo.

—Seguro que es millonario y está bueno —declaró Inés, cerrando una pestaña del portátil.

Daniela negó con la cabeza mientras recogía varias tazas vacías de la mesa.

—No hemos encontrado ni una sola foto y aun así habéis decidido sexualizar al capitalismo.

—No es culpa nuestra que las revistas económicas describan cosas como “presencia magnética” o “sofisticado y profesional” —señaló un punto de la pantalla.

—¿Quién escribe eso? ¿Mujeres cansadas de hombres mediocres?

Carla empezó a reírse.

—Escucha esto —dijo leyendo otra vez la pantalla—. “Valcárcel es conocido por su visión sofisticada y su carácter reservado”.

Inés abrió mucho los ojos.

—Ufff… reservado. Eso es peligrosísimo.

—Eso significa probablemente que es insoportable.

—No. Significa que seguro que mira fijo mientras habla y luego tú acabas pagando terapia.

Daniela dejó las tazas sobre la barra, resoplando.

Pero muy en el fondo algo seguía molestándole, porque cuanto más leían sobre Vanguard… menos parecían monstruos, y eso le resultaba incómodo.

—Bueno —dijo finalmente, cerrando el portátil—. Ya está. Fuera las dos. Necesito irme a dormir antes de convertirme en una persona violenta.

Carla empezó a guardar rápidamente sus cosas en la mochila.

—Ah, cierto. Mañana no vengo por la mañana.

Daniela levantó la vista.

—¿Por?

—Examen de la uni. Cambié el turno a la tarde, ¿te acuerdas?

—Ah, sí. Sí, tranquila.

—Si suspendo, culparé a la revolución panadera.

—Es lo justo.

Inés se colgó el bolso del hombro.

—¿Y si mañana nos hacemos más virales?

—Entonces Toni sufrirá un infarto.

—Y yo abriré una línea de camisetas del cruasán revolucionario.

—No vamos a vender camisetas.

Las dos la miraron en silencio.

Daniela suspiró.

—Vale… quizá sí.

Cuando finalmente se marcharon y la puerta se cerró tras ellas, el silencio cayó lentamente sobre La Santa Massa, ese silencio raro que solo existía después del cierre.

Las luces cálidas seguían encendidas, las mesas limpias y el olor a café todavía flotaba en el aire.

Daniela se quedó quieta detrás de la barra unos segundos, observando la cafetería. Su cafetería.

De pronto, toda la emoción del día desapareció un poco. Al quedarse sola… volvía el miedo. Caminó lentamente entre las mesas mientras miraba pequeños detalles que conocía de memoria.

La grieta junto a la pared del fondo, la planta medio moribunda que Marcos insistía en regar demasiado, las pizarras con nombres absurdos de cruasanes, las luces cálidas que ella misma eligió años atrás cuando apenas tenía dinero para cambiar nada.

Cuántas horas había pasado allí, cuántas mañanas abriendo antes del amanecer, cuántos días sin descansar y cuántas veces creyó que tendría que cerrar.

Había levantado aquel sitio prácticamente sola y, ahora, una empresa enorme podía cambiarlo todo con firmas y reuniones elegantes.

Sintió un pellizco en el pecho.

Apagó algunas luces y, finalmente, salió a la calle para bajar la persiana.

La lluvia fina había vuelto y el barrio estaba mucho más tranquilo a aquella hora.

Daniela empezó a tirar de la persiana metálica y entonces sintió una presencia detrás.

Cerró los ojos un segundo, armándose de paciencia.

—Sergi, de verdad, quiero que me dejes en paz un tiempo.

—No soy Sergi.

Daniela se quedó completamente quieta, habría reconocido aquella voz entre cientos de personas.

Se giró inmediatamente y ahí estaba él, el hombre del traje, con el abrigo oscuro, el cabello ligeramente húmedo por la lluvia y esa calma absurda suya que hacía parecer elegante incluso estar parado en una acera mojada.

—Ah.

Qué respuesta tan brillante, Daniela.

Él sonrió apenas un poco.

—Buenas noches.

—Hola.

Sin decir nada más, agarró uno de los lados de la persiana y empezó a ayudarla a bajarla.

Daniela parpadeó un momento antes de reaccionar.

—Gracias.

—Parece pesada.

—Porque lo es —le sonrió ella.

Entre los dos terminaron de bajarla rápidamente y el sonido metálico resonó por la calle vacía.

Él se incorporó al instante, mirando un segundo la enorme pancarta todavía colgada sobre la fachada.

—Sigue siendo increíble.

Daniela soltó una risa.

—El cruasán enfadado está teniendo muchísimo éxito.

—Lo entiendo perfectamente.

Ella lo observó un instante mientras él seguía mirando la pancarta con expresión divertida y otra vez pensó lo mismo: qué hombre tan absurdamente atractivo, incluso cansado y de noche, bajo la lluvia, era demasiado atractivo.

—¿Quién es Sergi? —preguntó él entonces.

Daniela apartó la mirada y se encogió ligeramente de hombros.

—Un ex.

—Ah.

—Sí. —Cambió de tema inmediatamente—. ¿Has estado trabajando hasta ahora?

Él miró un segundo su propio traje, como si acabara de acordarse de que seguía vestido igual que por la mañana.

—Sí. Últimamente tengo bastante trabajo.

—Pues espero que al menos te paguen bien.

Una pequeña sonrisa apareció otra vez en su boca.

—Más o menos.

Daniela tuvo que apartar la mirada un momento porque aquella sonrisa empezaba a ser un problema real para su estabilidad emocional.

—Debo admitir que nunca había visto una revolución basada en bollería —comentó él.

—Es porque somos innovadores.

—Y agresivos —dijo, mirándola.

—El cruasán ofensivo representa nuestros valores.

—Lo imaginé.

Daniela se cruzó ligeramente de brazos.

—Aunque creo que la peineta le da un toque artístico importante.

—Sin duda, eleva muchísimo el mensaje político —rio él.

Ella sonrió y entonces se dio cuenta de algo extraño: lo fácil que era hablar con él. No había silencios incómodos, ni esa sensación rara de tener que impresionar a alguien. Las conversaciones simplemente… fluían.

—¿Siempre quisiste tener una cafetería?

Daniela parpadeó un momento, la pregunta la tomó un poco por sorpresa.

—No exactamente.

—¿No?

Ella negó lentamente.

—Cuando era pequeña quería ser veterinaria.

Él sonrió otra vez.

—¿Y cómo terminaste aquí?

Daniela miró un segundo la fachada de La Santa Massa antes de responder.

—Trabajaba aquí cuando era más joven. Luego, la antigua dueña quiso jubilarse y el sitio estaba fatal económicamente. Así que… me arruiné para reformarlo.

—Gran estrategia financiera.

—Brillante, te lo recomiendo muchísimo si quieres tener ansiedad constante.

Él volvió a reírse y, esta vez, Daniela tuvo que mirar un segundo hacia otro lado porque aquello empezaba a afectarle físicamente.

—Pues parece que te salió bien.

Ella levantó ligeramente la vista hacia la cafetería iluminada y el orgullo apareció automáticamente.

—Sí.

A pesar del cansancio, del estrés y del miedo horrible que tenía últimamente… la Santa Massa seguía allí, llena y viva.

—Aunque ahora quieran destruirlo todo —murmuró más para sí misma que para él.

Él no respondió inmediatamente, solo miró otra vez la pancarta moviéndose ligeramente con el viento.

—Supongo que las ciudades cambian —dijo finalmente.

Daniela resopló suavemente.

—Sí, pero a veces parece que cambian solo para gente con muchísimo dinero.

Aquello quedó flotando unos segundos entre ellos y, por primera vez, él no respondió, simplemente la observó en silencio, como si estuviera pensando en lo que acababa de decir.

La lluvia empezó a repiquetear con más fuerza sobre el toldo y alrededor de ellos.

Él levantó ligeramente la vista al cielo.

—Está lloviendo bastante.

—Barcelona es dramática en octubre.

—¿Vas en autobús?

Ella asintió.

—Me deja bastante cerca de casa.

Él dudó un segundo.

—Puedo llevarte si quieres.

Maldita fuese aquella voz grave.

Daniela sintió un vuelco absurdo en el estómago, pero negó rápidamente con la cabeza.

—Gracias —respondió amable—, pero no hace falta.

—¿Estás segura?

—Sí. Además, así apoyo el transporte público revolucionario —bromeó.

Eso le arrancó otra pequeña risa.

Dios santo.

—Entonces no interrumpiré la revolución.

Ella sonrió un poco también.

Y, durante un instante extraño, bajo la lluvia suave y la luz cálida de la cafetería cerrada, todo pareció demasiado tranquilo.

—Bueno… —dijo ella finalmente—. Hasta mañana.

Él sostuvo su mirada un segundo más.

—Hasta mañana, Daniela.

Y luego se alejó calle abajo mientras ella se quedaba quieta bajo el toldo de La Santa Massa observándolo irse, otra vez.

Daniela empezaba a pensar que lo de aquel hombre no era normal.