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—¡Más arriba!
—¡Me voy a matar, Daniela! —gritó Marcos.
—¡Pues sujeta recto!
Marcos soltó un gemido dramático desde la escalera mientras intentaba mantener la pancarta extendida sobre la fachada de La Santa Massa.
Inés estaba al otro lado, sujetando cinta adhesiva industrial con expresión de absoluta concentración mientras el viento suave de octubre amenazaba con convertir aquello en un accidente laboral.
—Está torcida —declaró Toni desde la puerta.
—Tu cara está torcida —respondió Marcos.
—La peineta del cruasán apunta raro —añadió Carla sin apartar el móvil.
Daniela bajó de la acera para observar la obra maestra desde lejos. Sinceramente, era preciosa.
La pancarta ocupaba prácticamente toda la fachada de La Santa Massa. Las letras, enormes, estaban pintadas a mano en un rojo oscuro que llamaba la atención y, justo debajo, había un cruasán dibujado haciendo una peineta con una expresión furiosa.
Arte, puro arte revolucionario panadero.
—Es bellísima —murmuró Daniela, emocionada.
—Probablemente también sea ilegal —corrigió Inés.
—Eso le da personalidad.
Carla seguía grabándolo absolutamente todo con el móvil.
—Lo de la peineta… mmm… —dijo Inés, no muy segura.
—¿Qué peineta? —preguntó Marcos—. Ese cruasán tiene libertad de expresión.
Carla levantó el móvil hacia la pancarta.
—Día uno luchando contra millonarios inmobiliarios —anunció con voz épica—. El cruasán revolucionario ya está aquí.
Daniela sonrió orgullosa mientras los vecinos que pasaban por la calle empezaban a mirar la fachada. Luego llegaron los aplausos.
Primero dos chicas jóvenes y después un hombre mayor con bolsas de la compra. Luego, una pareja desde la terraza de enfrente.
—¡Así se habla! —gritó alguien desde la calle.
—¡No vendáis!
—¡Viva el cruasán antisistema!
Daniela se quedó completamente sorprendida.
—Gracias —dijo, riéndose mientras saludaba con la mano—. ¡Consumid bollería revolucionaria!
—¡Ese cruasán representa al pueblo! —gritó Marcos desde la escalera.
Toni resopló desde la puerta.
—Jamás pensé escuchar esa frase en mi vida.
En menos de diez minutos, ya había varias personas haciéndole fotos a la pancarta.
Daniela odiaba admitir que aquello le estaba encantando muchísimo.
—Vale, dentro todos —ordenó finalmente—. Antes de que venga la policía o, peor, los abogados.
—Yo prefiero a la policía —murmuró Inés.
La cafetería empezó a llenarse rápido aquella mañana, más rápido de lo normal.
Varias personas entraban riendo y aplaudiendo.
—¿Sois los del cruasán haciendo la peineta?
Aquel era, probablemente, el mejor marketing que habían tenido nunca.
—Mesa cuatro.
—Dos “Necesito vacaciones”.
—Y un “Capitalismo relleno de crema” —añadió Marcos.
La puerta volvió a abrirse justo entonces y Daniela levantó la vista automáticamente.
Ahí estaba otra vez, el hombre atractivo del traje, aunque esta vez no entró directamente, primero se quedó quieto frente a la fachada, observando la pancarta enorme colgada sobre La Santa Massa.
Sus ojos recorrieron las letras, el mensaje y, finalmente, el cruasán ofensivo.
Luego soltó una risa incrédula y negó lentamente con la cabeza.
—Increíble —murmuró, claramente asombrado.
Daniela sintió una satisfacción completamente ridícula.
Después, él entró por fin en la cafetería con su abrigo oscuro, su traje impecable y el cabello perfectamente colocado pese a la lluvia suave, con esa presencia elegante que hacía parecer más pequeña toda la cafetería.
—Buenos días —saludó tranquilamente.
—Hola, ejecutivo sexy —dijo Marcos automáticamente.
Daniela casi le lanzó una taza y el hombre sonrió un poco.
—Buenos días también para ti.
Inés se giró lentamente hacia Marcos.
—Ahora le hablas tú. Yo me pondría nerviosa.
Él caminó hasta su mesa habitual junto a la ventana mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Daniela intentó concentrarse en la cafetera exprés y no en el hecho de que aquel hombre acababa de ver una pancarta insultando a corporaciones y seguía pareciendo peligrosamente atractivo.
—¿Lo de siempre? —preguntó ella.
Él levantó la vista del móvil, otra vez con esa sonrisa tranquila.
—Por favor.
—Marchando un desayuno elegante.
Una sombra divertida cruzó sus ojos.
—Espero sobrevivir a la revolución —bromeó el hombre.
—Dependerá de tu nivel de apoyo al cruasán antisistema.
—Haré lo posible.
Daniela preparó el americano intentando ignorar la sensación absurda de que le gustaba demasiado hablar con él.
Cuando llevó el desayuno a la mesa, él apartó finalmente el móvil.
—¿Cómo va la revolución? —preguntó.
Daniela dejó la taza frente a él.
—De momento no hemos derrocado a ningún multimillonario, pero el día es joven —dijo, cruzándose de brazos.
Él soltó una risa baja.
—Confío en vuestro liderazgo.
—Tenemos un cruasán armado y muy poca supervisión adulta.
—Eso suele ser peligroso.
—Muchísimo.
Él seguía mirándola como si estuviera disfrutando exageradamente de aquella conversación y Daniela odiaba el calor que le subía por el cuello cada vez que ocurría.
—Bueno —dijo ella, retrocediendo un paso—. Que aproveche el cruasán revolucionario.
—Gracias. Apuesto a que sí.
Volvió hacia la barra intentando convencerse de que era completamente normal sentir mariposas por un hombre cuyo nombre y apellido ni siquiera conocía.
No funcionó demasiado.
Carla apareció de pronto agitando el móvil como una persona completamente desequilibrada.
—Daniela.
—¿Qué?
—Treinta mil visualizaciones.
—¿Qué?
—¡Treinta mil!
Daniela casi dejó caer una taza.
—¿Cómo que treinta mil?
—La gente está compartiendo el cruasán revolucionario.
Marcos levantó un puño desde la zona donde se ubicaba la cafetera exprés.
—¡El pueblo ha hablado!
—Hay comentarios preguntando si vendemos merchandising —continuó Carla completamente histérica—. Y una chica ha puesto: “protegería esa cafetería con mi propia vida”.
Inés se apoyó sobre el mostrador mirando el móvil.
—¡Hostia! ¡Qué fuerte!
—Si esto sigue así —dijo Carla conteniendo un grito—, en una hora nos hacemos virales.
Daniela se quedó quieta unos segundos, procesándolo, y luego miró hacia la fachada visible desde la cristalera. La pancarta, el cruasán haciendo la peineta, la gente haciéndole fotos…
Por primera vez desde que recibió el burofax, sonrió de verdad.
Carla seguía mirando el móvil como si estuviera monitorizando una guerra internacional.
—Cuarenta y ocho mil.
—¿Qué? —preguntó Daniela mientras colocaba platos.
—Visualizaciones.
Marcos levantó ambas manos.
—El cruasán revolucionario ha conectado con el proletariado.
—Voy a llorar —murmuró Inés, emocionada—. Somos los activistas de la mantequilla.
La cafetería estaba muchísimo más llena de lo normal y, cada pocos minutos, alguien nuevo entraba preguntando alguna variante de “¿Sois los del TikTok?” o “¿Dónde está el cruasán haciendo la peineta?”.
Toni seguía fingiendo que todo aquello le molestaba muchísimo mientras claramente disfrutaba de que se agotaran los cruasanes antes del mediodía.
—Mesa tres —cantó Daniela—. Y que alguien le diga a Carla que deje de grabar clientes sin consentimiento.
—Estoy documentando la revolución.
—Estás buscando seguidores.
—También.
El hombre del traje seguía sentado junto a la ventana con el café ya casi terminado mientras revisaba algo en el móvil. De vez en cuando, levantaba la vista hacia la pancarta exterior y sonreía ligeramente, como si todavía le hiciera gracia.
Daniela acababa de dejar una bandeja cuando él levantó la mano llamando su atención.
—¿Sí?
—Tengo una duda importante.
Ella cruzó los brazos.
—A ver.
Él señaló hacia la calle.
—¿El cruasán ofensivo representa oficialmente al movimiento o actúa por libre?
Daniela tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
—Es un símbolo del pueblo —bromeó ella.
—Entiendo.
—Aunque estamos considerando radicalizar más la bollería.
—Eso suele pasar en toda revolución.
Él soltó una risa y apoyó el brazo sobre la mesa, observándola con demasiada atención para alguien que solo venía a desayunar.
—Debo decir que vuestra estrategia de marketing es excelente.
—No es marketing .
—Claro…
—Estamos luchando contra el capitalismo salvaje.
—Con cruasanes.
—La mantequilla mueve montañas.
Una sombra divertida apareció otra vez en sus ojos.
—Lo tendré en cuenta.
Daniela seguía sintiendo esa sensación rara cada vez que hablaba con él, como si las conversaciones fueran demasiado fáciles o como si él realmente disfrutara estando allí.
Y eso era peligroso si una lo pensaba detenidamente.
—¿Cómo va la fama viral? —preguntó él.
—Según Carla, en dos horas tendremos merchandising y una secta.
—Ambas cosas parecen plausibles.
—Lo peor es que lo dice completamente en serio —sonrió ella.
Como si la hubiera invocado, Carla apareció de pronto.
—Setenta mil —dijo pasando por su lado con una bandeja y varios cafés sobre ella.
Toda la cafetería giró la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Daniela.
Marcos levantó un puño.
—¡La masa madre resiste!
El hombre del traje bajó ligeramente la cabeza escondiendo la sonrisa tras la taza de café y Daniela lo vio.
—¿Te divierte nuestra desgracia? —preguntó entornando los ojos.
Él dejó la taza despacio.
—Me parece admirable vuestra pasión revolucionaria.
—Ajá.
—Y el cruasán enfadado tiene muchísimo carisma.
Ella pestañeó varias veces.
—Gracias.
—Aunque creo que, jurídicamente, podría considerarse una amenaza diplomática.
Ella soltó una carcajada antes de poder evitarlo y él pareció disfrutar muchísimo de haber conseguido provocarla.
Cuando finalmente terminó el café, se levantó lentamente de la mesa y agarró el abrigo del respaldo de la silla.
—¿Te vas ya? —preguntó Daniela antes de pensar la frase.
Él levantó una ceja.
—¿Eso ha sonado a decepción?
Mierda.
—No.
—Ya… mmm… interesante.
Ella lo miró avergonzada, pero él sonrió tranquilo, completamente consciente de que acababa de ponerla nerviosa.
Maldito ejecutivo atractivo.
Se acercó entonces a la barra para pagar mientras Daniela intentaba recuperar la dignidad.
—¿Seguro que no queréis vender camisetas del cruasán revolucionario? —preguntó él.
—No des ideas a Carla.
—Ya estoy mirando proveedores —dijo ella desde el fondo.
El hombre dejó el dinero sobre la barra y mucha propina otra vez, lo que provocó que Daniela suspirase.
—Sigues dejando demasiada propina.
—Apoyo a pequeños negocios antisistema.
—Qué solidario —ironizó ella.
—Intento aportar mi granito de arena a la revolución.
Ella negó con la cabeza riéndose un poco y él volvió a mirarla de esa manera tranquila tan suya que ya empezaba a descolocarla demasiado.
—Hasta mañana, Daniela.
—Hasta mañana.
Se quedó observándolo mientras salía a la calle y se alejaba bajo la lluvia suave de octubre, con las manos en los bolsillos del abrigo.
Y sí, seguía caminando como si protagonizara un anuncio de relojes caros.
—El hombre del traje está loquito por ti —pronunció Inés, dándole un pequeño golpe con el codo en el costado.
Daniela dio un respingo, pues no la esperaba allí.
—No digas tonterías.
—Daniela, por favor, ese hombre te mira como si quisiera empotrarte contra la cafetera y…
Daniela casi se atragantó con el aire.
—¡Inés!
—¿Qué?
—No puedes decir esas cosas.
—Claro que puedo, soy libre como el cruasán revolucionario. —Daniela intentó volver a la cafetera exprés mientras Inés seguía mirando hacia la calle—. Además, seguro que…
—No termines esa frase —la cortó Daniela.
—… ese hombre te desabrocha lentamente la camisa mientras mantiene el contacto visual…
Marcos empezó a reírse desde la otra punta de la barra.
—Yo también lo he pensado.
—¡Callaos todos!
Inés seguía imparable.
—Y seguro que luego te mira y te habla con esa voz grave y…
Daniela le estampó un trapo en la cara.
—Cállate.
Inés apartó el trapo lentamente.
—Sabes que es verdad.
Y lo peor era que Daniela empezaba a sospechar que quizá sí.
Daniela levantó la vista otra vez casi sin querer. Ahí seguía él, al otro lado del cristal, alejándose calle abajo entre la lluvia fina y la gente con paraguas oscuros mientras el abrigo se movía ligeramente con cada paso.
Sinceramente… qué rabia daba lo atractivo que era ese hombre.
No era solo la cara, ni los ojos, ni aquella sonrisa tranquila que aparecía siempre justo antes de decir algo que la ponía nerviosa.
Era el conjunto. La forma de caminar, la calma absurda que tenía, ese porte elegante de hombre que jamás tropezaba con nada en su vida, la voz grave, las manos, el reloj asomando bajo la manga del abrigo…
Daniela apoyó una mano sobre la barra mientras lo observaba perderse entre la gente de Sant Antoni.
—Estás mirando su culo otra vez.
Daniela dio un brinco tan exagerado que casi tiró las cucharillas al suelo.
—¡Joder, Inés!
Inés apareció a su lado con una sonrisa.
—Solo estaba… pensando.
—En sus glúteos, ¿verdad?
Daniela se tapó la cara un segundo.
—Necesito cambiar de amiga.
—Y yo necesito que ese hombre me mire una vez así antes de morir.
Daniela volvió a mirar automáticamente hacia la calle. Ya casi no se veía entre la gente, solo el abrigo oscuro alejándose bajo la lluvia.
—Tiene voz de hacerte perder el sentido común —susurró Inés.
Daniela cerró los ojos lentamente.
—Voy a tirarte dentro de la cafetera.
—Pero dime que no te imaginas cosas cuando habla.
—¡No me imagino cosas!
Inés soltó una carcajada.
—Daniela, por favor. Ese hombre te da las buenas noches y te deja embarazada.
Daniela agarró un trapo directamente.
—Te odio.
—Pero sabes que tengo razón.
—Lo único que sé es que necesito trabajar para no escucharte.
Inés sonrió satisfecha mientras Daniela volvía a la cafetera industrial intentando recuperar su estabilidad mental.
—Mesa cinco —dijo Marcos desde el fondo—. Y una chica ha preguntado si vendemos pegatinas del cruasán revolucionario.
Daniela respiró hondo.
Perfecto, mucho mejor pensar en bollería antisistema que en hombres trajeados atractivos y con voz grave.