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Estoy convencida de que lleva relojes que cuestan más que mi coche y felicita a la gente por responder correos un domingo.
Además, si alguien puede avisarle de mi parte, espero sinceramente que pise una pieza de Lego descalzo cada mañana durante el resto de su vida y que se le mojen las mangas siempre que se lave las manos.
Muchas gracias.
Daniela Costa.
La Santa Massa.
P.D.: No pienso irme.
Daniela terminó de leer el correo electrónico una última vez.
Perfecto. Absolutamente impulsivo. Exactamente como debía ser.
—¿De verdad vas a enviar eso? —preguntó Inés, apoyándose sobre el mostrador mientras intentaba mirar la pantalla.
Daniela levantó la barbilla con dignidad.
—Sí.
—Hay varios delitos ahí dentro.
—Y todos merecidos.
Sin darse tiempo para pensar más, pulsó enviar y el sonido del correo saliendo duró un segundo, pero el nivel de satisfacción que sintió fue espectacular.
Cerró el portátil lentamente y miró a Inés, levantando los dedos en una V de victoria.
Inés resopló mientras negaba con la cabeza.
—Voy a acabar visitándote en prisión.
—Y yo te llamaré para que me traigas cruasanes.
Daniela se dejó caer un poco sobre la barra con la adrenalina todavía recorriéndole el cuerpo.
Miró por la ventana unos segundos, pensando. No podía quedarse quieta esperando; tenía que hacer algo. Lo que fuera.
Entonces, se incorporó de golpe.
—Necesito una sábana enorme.
Inés parpadeó.
—¿Qué?
—O un trapo gigante. Algo para hacer una pancarta.
—Daniela…
Pero ella ya estaba acelerándose sola.
—Podríamos colgarla fuera o en el balcón del edificio. Hacer carteles, pegatinas o…
—¿Estás segura de que quieres empezar una guerra contra esos multimillonarios?
—No es una guerra.
Inés levantó una ceja.
—Ah, ¿no?
Daniela empezó a caminar nerviosa detrás de la barra mientras hablaba sola.
—También voy a ponerle un nombre nuevo a un cruasán.
—Eso me preocupa muchísimo más que la pancarta.
—“Que le den a Vanguard”.
—Muy sutil.
—O “Especulación de mantequilla”.
—Ese me gusta más.
—O “Capitalismo relleno de crema”.
Inés empezó a reírse.
—Dios mío, vas a acabar siendo noticia local.
—Perfecto —se encogió de hombros.
La puerta se abrió y las dos levantaron automáticamente la vista.
El hombre del traje acababa de entrar otra vez, bajo la lluvia suave de octubre, con el abrigo oscuro, el cabello ligeramente húmedo y esa expresión tranquila de hombre que jamás había tenido una mala foto en toda su vida.
Daniela sintió inmediatamente cómo el cerebro le bajaba unas cuantas revoluciones.
Él levantó la vista hacia ella y sonrió un poco.
—Buenos días.
Su voz seguía siendo demasiado agradable.
—Buenos días.
—¿Lo de siempre? —preguntó Daniela intentando aparentar normalidad.
Él asintió mientras sacaba el móvil.
—Sí, por favor.
—Ahora se lo llevo.
El hombre caminó hacia su mesa habitual junto a la ventana y se sentó tranquilamente mientras revisaba algo en el teléfono y más personas comenzaban a ocupar la cafetería.
Daniela fue hacia la cafetera industrial todavía pensando en pancartas, abogados y en prender fuego, simbólicamente, a una corporación.
Cogió el portátil para apartarlo de la barra y, entonces, se quedó completamente quieta.
Parpadeó una vez y lentamente volvió a abrir el ordenador.
—¿Qué pasa? —preguntó Inés.
Daniela tragó saliva.
—Mierda.
—¿Qué clase de mierda?
Ella empezó a abrir el correo a toda velocidad.
—No puede ser.
—Daniela.
—Mierda, mierda, mierda…
Inés se acercó inmediatamente.
—¿Qué?
Daniela abrió el mensaje enviado y ahí estaba, perfectamente visible, el correo grupal de la asociación de comerciantes y, dentro de los destinatarios, un correo electrónico que le erizó el vello: [email protected].
Daniela se quedó inmóvil mirando la pantalla y luego se pasó ambas manos por la cara.
—Acabo de enviarle un email a una corporación multimillonaria diciéndole a su CEO que espero que pise piezas de lego descalzo y se le mojen las mangas el resto de su vida.
—Eso sigue siendo graciosísimo.
—¡Inés!
—Vale, sí, quizá ahora algo menos.
Daniela dejó caer la frente contra el borde del mostrador.
—Voy a acabar demandada.
—Bueno… al menos irás guapa al juicio.
—¿Crees que es tarde para fingir mi muerte?
—Un poco sí.
Daniela soltó un gemido de sufrimiento antes de obligarse a levantarse.
—Tengo que hacer el café.
—Eso es espíritu de servicio —rio Inés.
Ella preparó el americano doble automáticamente mientras intentaba no pensar en corporaciones, abogados, demandas o CEOs psicópatas leyendo su correo.
Cogió el cruasán, respiró hondo y caminó hacia la mesa junto a la ventana.
El hombre del traje seguía mirando el móvil, pero ahora… sonreía, y no era una sonrisa inocente precisamente.
Daniela dejó la taza frente a él.
—Su desayuno elegante.
Él levantó la vista lentamente y seguía sonriendo, pero ahora parecía incluso estar conteniendo una risa.
Qué extraño.
Apagó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa antes de mirarla directamente.
Daniela entornó un poco los ojos.
—¿Tiene un buen día hoy?
—Bastante.
—Me alegro mucho —le sonrió ella.
Una sombra divertida apareció en sus ojos marrón claro.
—Acabo de recibir un email que me ha alegrado la mañana.
Daniela asintió lentamente.
—Bueno… eso está bien. Bravo por usted —le sonrió.
—Mucho.
Ella sostuvo la sonrisa educadamente apenas un segundo más antes de darse la vuelta y regresar hacia la barra.