Con las manos en la masa 3 #2
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Daniela cerró los ojos un segundo mientras apoyaba una mano sobre el mostrador. Apenas eran las ocho y cuarto de la mañana y ni siquiera se había terminado su café. Tan temprano y ya pensando en matar a alguien.

—Dígame.

—Nos ponemos en contacto con usted para concertar una reunión relativa a la propuesta de rescisión contractual enviada esta semana.

Dios, hasta hablando parecían un PDF.

—Ya leí la carta.

—Excelente. Entonces comprenderá la conveniencia de iniciar conversaciones lo antes posible.

Conveniencia, qué palabra tan de imbécil con traje.

Daniela miró alrededor de la cafetería. Toni seguía dentro del obrador, Marcos intentaba colocar sillas sin morir en el intento e Inés todavía no había llegado porque, según ella, “las mañanas son una agresión del sistema”.

—No me interesa rescindir nada —respondió ella secamente.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—Entendemos que desee valorar la situación con calma.

—No, creo que no lo entiende. Estoy diciendo que no quiero irme.

Hubo otra pausa, más larga esta vez.

—Precisamente por eso creemos oportuno reunirnos en diez días para explorar opciones beneficiosas para ambas partes.

Daniela empezó a enfadarse de verdad. Aquella forma de hablar… tan fría, tan educada, tan empresarial, hacía parecer que estaban negociando mesas y no la vida de personas reales.

—Mire, me quedan cuatro años y medio de contrato.

—Correcto.

—Y pienso cumplirlos.

—La compañía considera que una salida anticipada podría resultar considerablemente favorable para usted.

—Pues la compañía va a tener que soportarme cuatro años y medio.

Podía imaginar perfectamente al abogado anotando cosas en un bloc de notas o en el ordenador.

—Aun así —continuó él—, el señor Valcárcel desea mantener una reunión con los arrendatarios restantes para…

—Pues el señor Valcárcel puede esperar sentado.

—Inés acababa de entrar justo a tiempo para escuchar aquello y levantó ambas cejas lentamente.

Daniela siguió hablando antes de que el abogado pudiera responder—.

No voy a rescindir el contrato. Así que, si quieren reformar el edificio o convertir Sant Antoni en una colección de cafeterías beige para influencers con ansiedad, tendrán que hacerlo conmigo dentro.

Y, dicho esto, le colgó directamente.

Inés dejó el bolso sobre la barra.

—Buenos días para ti también.

Daniela colgó el auricular con demasiada fuerza.

—Los odio.

—¿A quiénes?

—A los abogados corporativos, los ejecutivos, los hombres que usan palabras como “sinergia”. A toda esa gente.

Inés sonrió lentamente.

—Uyyy, hoy estás agresiva.

—Quieren hacer una reunión dentro de diez días.

—¿Y vas a ir?

—Claro que voy a ir.

—¿Con intención de negociar?

Daniela la miró horrorizada.

—Con intención de prenderles fuego —contestó mirándola fijamente.

—Mucho mejor —acabó encogiéndose de hombros.

La cafetería todavía estaba medio vacía a aquella hora de la mañana y el sonido de la lluvia suave contra los cristales hacía que todo pareciera más gris de lo normal.

Daniela se quedó quieta unos segundos, mirando el burofax encima de la barra y luego miró el portátil.

En ese momento tuvo una idea terrible.

—No pongas esa cara —dijo Inés inmediatamente.

—¿Qué cara?

—La cara de “voy a tomar una decisión impulsiva”.

Daniela ya estaba abriendo el ordenador.

—Voy a escribir a la asociación de comerciantes.

—Ay, Dios mío.

—No voy a insultar a nadie.

—Eso es exactamente lo que diría alguien a punto de insultar a gente.

Daniela empezó a teclear con demasiada energía, primero despacio y luego cada vez más rápido, porque cuanto más pensaba en “revalorización urbana”, “espacios premium” y “rescisión amistosa”, más ganas tenía de estrangular a algún ejecutivo con corbata.

Inés intentó mirar la pantalla.

—¿Qué estás escribiendo?

—Nada.

—Eso nunca augura nada bueno.

Daniela siguió tecleando y cuando terminó carraspeó y leyó el correo.

Buenos días a todos.

Acabo de recibir la maravillosa llamada de nuestros nuevos señores feudales corporativos, Vanguard Urban Group, también conocidos como “personas que probablemente no tienen vergüenza”.

Por si alguien todavía tenía dudas: sí, quieren convertir media manzana en otro espacio premium, lleno de plantas demasiado caras y cafés que costarán lo mismo que una pequeña hipoteca.

Personalmente, me fascina muchísimo el concepto de “rehabilitación urbana”, que parece una manera elegante de decir: “vamos a cargarnos todos los negocios con personalidad y sustituirlos por sitios donde sirven tostadas con aguacate a doce euros”.

También me gustaría aprovechar este correo para preguntar si alguien conoce al misterioso CEO Adrián Valcárcel.

Tengo curiosidad, necesito ponerle cara al hombre que probablemente desayuna dinero y utiliza frases como: “optimización del espacio comercial” mientras destruye a comerciantes de barrio antes de las nueve de la mañana.