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La lluvia había dado una tregua aquella tarde, pero el cielo seguía gris sobre Sant Antoni mientras Daniela cruzaba la calle con un café en vaso de cartón entre las manos y el burofax doblado dentro del bolso, como si fuese una amenaza física. Y, realmente, lo era un poco.
La reunión improvisada de comerciantes se celebraba en el pequeño centro vecinal de la esquina, un local antiguo con sillas plegables, fluorescentes horribles y olor permanente a café recalentado. El tipo de sitio donde se discutían desgracias urbanísticas.
Cuando entró, ya había varias personas sentadas alrededor de la larga mesa.
La mayoría eran caras conocidas de toda la vida: el señor Ramón, de la mercería; Maribel, de la tienda de telas; los hermanos de la ferretería y la pareja mayor que llevaba la pequeña librería de segunda mano.
Todos parecían cansados, y eso le dio mala espina inmediatamente.
—Dani —la saludó Maribel con una sonrisa triste—. ¿Te ha llegado ya?
Daniela dejó el bolso sobre una silla.
—Ayer.
Varias personas asintieron automáticamente, como si aquello fuese ya parte de una rutina.
—A nosotros hace dos días —dijo Ramón removiendo el café—. Vinieron incluso dos señores con traje.
—¿Y qué os dijeron? —preguntó Daniela, sentándose.
El hombre suspiró.
—Lo mismo que a todos. Reformas, modernización, oportunidades… ya sabes.
—Palabras de rico —murmuró alguien al fondo.
Algunos soltaron pequeñas risas cansadas.
Daniela abrió otra vez el burofax sobre la mesa. Seguía odiándolo visualmente.
—¿Y vosotros qué vais a hacer? —preguntó.
Se hizo un breve silencio incómodo, hasta que Maribel habló primero.
—Nosotros vamos a aceptar.
Daniela levantó la vista rápidamente.
—¿Qué?
La mujer sonrió con cierta tristeza.
—Dani… llevamos cuarenta años con la tienda. Cuarenta. Estoy cansada.
Su marido asintió despacio desde la silla de al lado.
—Nos ofrecen un buen dinero. Muy bueno, la verdad.
—Pero…
Daniela miró alrededor y entonces entendió algo horrible: muchos ya habían decidido irse.
—A nosotros nos viene hasta bien —dijo uno de los hermanos de la ferretería—. Mi hermano quiere jubilarse y mis hijos no quieren continuar con el negocio.
—Mis nietos llevan años diciéndome que venda —añadió Ramón, soltando una risa amarga—. Dicen que este barrio ya no es para nosotros.
Aquello le dolió más de lo que esperaba porque esa era precisamente la sensación: como si la ciudad estuviera empujándolos poco a poco hacia fuera, como si todo tuviera que volverse moderno y caro.
—¿Y nadie piensa luchar? —preguntó Daniela mirando alrededor.
Maribel la observó con cariño.
—Ay, Dani…
—No, en serio. —Notó cómo empezaba a calentarse—. ¿De verdad vamos a dejar que conviertan toda la manzana en apartamentos de lujo y cafeterías para gente que paga diez euros por dos cutres tostadas?
—Ya cobras siete por algunas cosas —murmuró alguien.
—Ese no es el tema.
Varias personas rieron suavemente, pero Daniela seguía sintiendo aquella presión desagradable en el pecho.
—La Santa Massa lleva aquí años, la mercería lleva décadas, la librería igual. ¿Y simplemente nos marchamos?
—No es tan simple —dijo Ramón con calma—. Es cansancio, Daniela.
Y eso la frenó un poco… porque podía verlo en sus caras.
La mayoría eran mayores, muchos llevaban toda una vida trabajando y aquella oferta probablemente significaba descansar por fin.
—¿Cuánto os ofrecen? —preguntó ella más bajo.
Las cifras empezaron a salir poco a poco y todas eran absurdamente altas. Indemnizaciones, compensaciones, acuerdos de salida… Daniela se hundió un poco más en la silla porque entendía perfectamente por qué aceptaban y, aun así, seguía sintiendo rabia.
—Yo no quiero irme —murmuró finalmente.
La frase salió casi sin pensar.
Maribel sonrió con tristeza.
—Lo imaginábamos.
—No quiero otro local moderno. No quiero “espacios gastronómicos premium”. Quiero mi cafetería.
—Pero quizá podrías empezar algo nuevo —dijo alguien.
Daniela negó con la cabeza inmediatamente.
No entendían, la Santa Massa no era solo un negocio, era el sitio donde había pasado prácticamente toda su vida adulta, donde aprendió a hacer café, donde lloró en el almacén cuando casi no podía pagar a los proveedores, donde celebró muchos cumpleaños y donde Toni le enseñó muchas recetas.
Era donde medio barrio se refugiaba cuando tenía un mal día.
No podía imaginar que su cafetería acabase desapareciendo sin más.
—Pues deberías hacer presión —dijo una voz desde el fondo.
Era Carla, la dueña de una pequeña tienda ecológica que tampoco había vendido todavía.
—¿Presión cómo?
—Asociación vecinal, redes sociales, prensa… lo que sea.
Daniela levantó ligeramente la cabeza.
—¿Crees que serviría?
La mujer soltó una pequeña risa.
—Contra millonarios con abogados probablemente no, pero al menos les tocarías las narices.
Eso sí sonó tentador. Mucho.
—A mí me gustaría que alguien les plantara cara —admitió Ramón removiendo el café—. Aunque solo sea para recordarles que aquí vive gente.
Aquella frase se quedó flotando en el silencio posterior.
Daniela miró otra vez el burofax y pensó en los renders modernos, los locales minimalistas, las palabras corporativas y la sensación horrible de que alguien hubiese decidido que el barrio necesitaba ser reemplazado.
No, no pensaba ponérselo fácil, aunque estuviera completamente aterrada.
La Santa Massa no iba a desaparecer sin pelear antes.
—Deberíamos hacer una reunión más grande —dijo Daniela incorporándose un poco en la silla—. Con vecinos también, no solo comerciantes.
Carla asintió inmediatamente.
—Eso pensaba yo.
—¿Y para qué, exactamente? —preguntó uno de los hermanos de la ferretería—. Si el edificio ya está vendido.
—Para hacer ruido —respondió Daniela—. Para que no puedan hacerlo todo tranquilamente como si aquí no viviera nadie.
Ramón soltó una risa cansada.
—Ay, juventud.
—No es juventud, es rabia.
Y lo era, porque cuanto más escuchaba hablar de “revalorización”, “modernización” y “nuevas oportunidades”, más sentía que estaban hablando del barrio como si fuese un objeto viejo que había que reemplazar, como si las personas fueran un detalle secundario.
—¿Y qué pasa si simplemente no aceptas? —preguntó Carla.
Daniela volvió a mirar el burofax.
—Legalmente no pueden echarme todavía. Me quedan cuatro años y medio de contrato.
—Entonces, quédate.
—Sí, claro. Y luego empezarán las obras, las llamadas, las reuniones, la presión…
—Eso lo harán igualmente.
Y tenía razón.
Daniela se pasó una mano por el pelo, soltando el aire lentamente.
—No quiero pasarme los próximos años peleando con una empresa inmobiliaria.
—Pero tampoco quieres irte.
Aquello la dejó callada unos segundos.
—Mi padre me traía a desayunar allí algunos domingos —murmuró casi sin darse cuenta—. Yo tendría… diez años o así. La antigua dueña me dejaba entrar al obrador a robar trozos de cruasán.
Maribel sonrió suavemente.
—Te pasabas allí metida media vida.
—Sí.
Daniela bajó la mirada hacia el café.
—Nunca pensé que acabaría llevándolo yo, y mucho menos que un día alguien decidiría que el local donde había construido prácticamente toda mi vida necesitaba convertirse en algo más rentable.
—Pues precisamente por eso deberías luchar —dijo Carla.
—¿Contra una empresa multimillonaria?
—Contra la idea de que todo puede comprarse.
El silencio posterior fue breve, pero pesado.
Todos sabían la verdad: al final, probablemente, sí podía comprarse casi todo, solo que algunos tenían más tiempo para resistir.
Uno de los hombres mayores terminó levantándose lentamente de la silla.
—Yo, sinceramente, ya no tengo fuerzas para guerras urbanísticas —dijo ajustándose la chaqueta—. Bastante he trabajado ya.
Y nadie pudo reprochárselo porque esa era otra parte horrible de todo aquello. La empresa estaba apostando exactamente por eso: por el cansancio, por la edad, por las ganas de descansar y por la gente que simplemente ya no quería pelear más.
La reunión empezó a disolverse poco después. Sillas moviéndose, despedidas cansadas y conversaciones en voz baja mientras fuera comenzaba a anochecer sobre Sant Antoni.
Daniela salió a la calle con el bolso colgado al hombro y el burofax otra vez doblado dentro.
El aire olía a lluvia reciente y a comida de los restaurantes cercanos. Las luces de las cafeterías empezaban a reflejarse sobre el asfalto húmedo mientras la ciudad seguía viva a su alrededor, como si nada estuviera cambiando.
Y quizá ese era precisamente el problema: que las ciudades cambiaban constantemente, aunque la gente no quisiera.
Caminó despacio hacia La Santa Massa observando los locales de la calle de otra manera. La mercería, la librería, la pequeña tienda de discos, el colmado antiguo de la esquina. ¿Cuántos seguirían allí dentro de unos años?
¿Cuántos acabarían convertidos en espacios modernos llenos de lámparas minimalistas y cafés con nombres en inglés?
Cuando llegó frente a la cafetería, levantó la vista hacia la fachada iluminada.
La Santa Massa, las letras blancas, las plantas colgando, las pequeñas mesas exteriores todavía mojadas.
Sintió un pellizco extraño en el pecho. No podía perder aquello, simplemente no podía.
Sacó las llaves y abrió la puerta mientras el olor familiar a café y mantequilla la envolvía inmediatamente y, por primera vez desde que había recibido el burofax aquella mañana, el miedo apareció de verdad y sintió deseos de llorar, porque quizá luchar no fuera suficiente.
El jueves empezó mal exactamente a las ocho y doce de la mañana.
Daniela lo supo en cuanto sonó el teléfono fijo de La Santa Massa y vio el número desconocido en la pantalla mientras intentaba sobrevivir al primer café del día.
—Como sea otro proveedor cambiando precios, voy a prender fuego a algo —murmuró cogiendo el auricular—. La Santa Massa, buenos días.
—Buenos días, ¿hablo con Daniela Costa?
La voz masculina al otro lado sonaba tan seria y seca que automáticamente le cayó mal.
—Sí.
—Le llamamos del despacho jurídico García & Asociados Abogados, representantes legales de Vanguard Urban Group.
Perfecto, ya estaban allí los abogados corporativos.