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—Quizá deberías empezar ya. —Luego, Inés levantó lentamente la vista hacia la ventana, hacia el hombre del traje—. Igual ese es abogado.
Daniela lo miró de nuevo y tuvo que tragar saliva.
El hombre del traje estaba todavía más atractivo sentado junto a la ventana con la lluvia de fondo y la taza de café entre las manos.
Tenía el abrigo oscuro doblado sobre la silla, la camisa perfectamente ajustada y una concentración tranquila mientras revisaba documentos en el móvil que hacía parecer que protagonizaba una serie cara.
Daniela se quedó mirándolo unos segundos más de la cuenta porque, sinceramente, ¿cómo podía existir alguien así en la vida real?
Inés sonrió lentamente.
—Mírale esa cara, ese pecho, esos brazos… Ese hombre ha demandado a gente, seguro…
Daniela apartó la mirada inmediatamente.
—No tiene cara de abogado.
—Tiene cara de facturar muchísimo dinero por hora.
—Eso sí.
—Y de empotrarte contra una mesa de reuniones…
—¡Inés! —la interrumpió.
La clienta de la mesa dos levantó la cabeza e Inés ni pestañeó.
—¿Qué? El capitalismo tiene cosas malas y cosas buenas.
Daniela cogió una bandeja solo para tener algo que hacer con las manos. De repente, le estaba costando demasiado concentrarse y, además, ahora tenía aquella carta, aquella maldita carta.
Mientras preparaba cafés automáticamente, empezó a mirar alrededor de La Santa Massa de otra manera.
La cafetería llevaba allí más de quince años, mucho antes de que ella la dirigiera.
Cuando era adolescente, venía algunas tardes después del instituto porque la antigua dueña le regalaba trozos de tarta al final del día.
Años después, cuando el negocio estuvo a punto de cerrar, Daniela se dejó la vida trabajando para salvarlo… y lo había conseguido.
Había convertido aquel pequeño local caótico en algo vivo, en algo querido.
La idea de perderlo le producía una tristeza absurda en el pecho.
—¿Me cobras un “Necesito vacaciones”? —preguntó un cliente acercándose a la barra.
Daniela sonrió, volviendo de sus pensamientos.
—Claro.
Sus manos siguieron funcionando solas mientras la cabeza seguía atrapada en contratos, reformas, abogados… y ciento veinte mil euros.
Ciento veinte mil. Nunca había tenido tanto dinero junto, pero aquello seguía sintiéndose casi como un insulto.
Levantó la vista sin querer y suspiró.
—Sigue mirándote —susurró Inés apareciendo a su lado.
—No me está mirando.
—Daniela, ese hombre lleva meses viniendo aquí cada mañana y deja propinas que podrían financiar países pequeños.
—Igual simplemente le gusta el café.
Inés la observó con absoluta lástima.
—Ay, cariño.
Daniela iba a responder cuando vio cómo él abría un correo electrónico nuevo en la pantalla del portátil.
No podía leer casi nada desde allí, solo frases sueltas, números y muchísimo lenguaje empresarial que ya le producía urticaria psicológica.
El hombre escribió unas líneas rápidas.
La reunión sigue prevista para las 18:00.
Adrián Valcárcel CEO — Vanguard Urban Group
—¡Joder! —gritó Marcos al dejar caer una bandeja detrás de ella.
Toda la cafetería giró la cabeza.
—¿Qué has roto ahora? —preguntó Toni desde el obrador.
—Nada importante.
—Eso no ha sonado a “nada importante”.
—Solo una taza.
—¡Era un juego bueno! —pronunció Daniela intentando armarse de paciencia.
Adrián Valcárcel dio el último sorbo a su café y se levantó lentamente. Francamente, debería existir una ley que prohibiera verse tan bien al ponerse un abrigo.
Daniela lo observó acercarse hacia la barra con esa calma elegante suya que empezaba a ponerle nerviosa por motivos completamente estúpidos.
—¿Cuánto te debo hoy? —preguntó él.
Su voz seguía siendo demasiado agradable para la salud mental de cualquier mujer cuerda y soltera.
Dejó entonces unos billetes sobre la barra y Daniela bajó la vista.
—Eso es demasiada propina —pronunció, sorprendida.
—Considerémoslo apoyo emocional para el martes —respondió él antes de girarse.
La sonrisa apareció en la boca de Daniela antes de que pudiera evitarlo.
—Pues gracias.
Él sostuvo su mirada apenas un segundo más de la cuenta y ella tuvo otra vez aquella maldita sensación, como si realmente le prestara atención, como si no mirara a la gente de forma automática.
—Que tengas buen día, Daniela.
—Igualmente.
Él se marchó poco después bajo la lluvia suave de Sant Antoni y las dos lo siguieron con la mirada hasta que desapareció calle abajo entre paraguas y peatones.
—Ese hombre tiene pinta de quitarse el reloj antes de hacer cosas ilegales.
Daniela soltó una carcajada.
—Estás fatal. Necesitas terapia.
—Y él necesita desabrocharse más botones de la camisa.
—Inés...
—Daniela, por favor. ¿Has visto las manos que tiene?
Daniela intentó seguir limpiando la barra, pero fracasó… porque sí, había visto las manos, y los ojos, y la sonrisa, y absolutamente todo.
Finalmente, resopló.
—Vale.
Inés sonrió triunfante.
—Ajá.
Daniela negó con la cabeza mientras intentaba concentrarse otra vez en la cafetera exprés.
—Sí. Es guapísimo.
—Gracias —dijo, extendiendo los brazos hacia los lados—. Por fin alguien sensata en esta empresa.