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La puerta se abrió justo entonces. Una ráfaga de aire húmedo entró primero, seguida de un hombre vestido con una chaqueta azul marino y una carpeta rígida bajo el brazo.
—¿Daniela Costa? —preguntó, mirando alrededor.
Ella levantó ligeramente la mano.
—Sí, soy yo.
—Traigo una notificación certificada para usted. Necesito una firma aquí.
Perfecto, exactamente la clase de frase que nadie quería escuchar un martes por la mañana.
Daniela dejó la bandeja sobre la barra mientras el hombre sacaba unos documentos.
—¿Qué es esto?
—Notificación formal relacionada con la propiedad del edificio.
El nudo en su estómago apareció inmediatamente.
Firmó rápido, intentando no pensar demasiado mientras el hombre arrancaba la copia y se despedía dirigiéndose a la puerta rápidamente.
Inés ya estaba pegada a ella antes de que desapareciera por la puerta.
—¿Qué pone?
—No lo sé todavía, no lo he abierto —Daniela le mostró el sobre.
—Tiene pinta de poner “Vas a acabar llorando”.
—Gracias por el optimismo.
Daniela abrió el sobre mientras volvía detrás de la barra.
El membrete elegante ocupaba toda la parte superior del documento.
VANGUARD URBAN GROUP
El nombre, automáticamente, ya le cayó mal.
Comenzó a leer.
“Estimada señora Costa: Tras la reciente adquisición patrimonial del inmueble situado en…”
¿Adquisición patrimonial?
Qué manera tan elegante de decir “Hemos comprado el edificio donde está toda tu vida”.
Sintió cómo algo se tensaba en su pecho.
—¿Dani? —preguntó Inés, más seria esta vez.
Daniela siguió leyendo.
“Nos ponemos en contacto con usted con el objetivo de iniciar conversaciones
relativas a una posible rescisión anticipada de contrato…”
—Hijos de puta —murmuró.
—¿Qué?
—Quieren negociar el local —dijo ella rápidamente.
Inés abrió muchísimo los ojos.
—¿Qué significa negociar?
Daniela pasó rápidamente a la segunda página.
“La compañía desea ofrecer una compensación económica favorable…”
¿Compensación económica favorable? Como si aquello fuera un trámite, como si La Santa Massa fuese simplemente una casilla dentro de una hoja de cálculo.
—¿Cuánto? —preguntó Inés.
Daniela leyó unos segundos más y casi soltó una carcajada, incrédula.
—Madre de Dios.
—¿Qué?
—Ciento veinte mil euros.
—¡¿Qué?! —gritó.
Varias personas giraron la cabeza y Daniela bajó inmediatamente la voz.
—Shhh.
Ella misma estaba en shock. Ciento veinte mil euros. Nunca había tenido tanto dinero junto en toda su vida y, aun así, sintió ganas de arrugar la carta y prenderle fuego.
Aquellas corporaciones no entendían nada. No entendían que aquello no era solo un negocio. Era Toni amasando a las cinco de la mañana, Marcos saludando a medio barrio, Carla grabando TikToks detrás de la cafetera exprés y las mesas llenas incluso en los días malos.
Era su vida entera.
“Asimismo, se contempla la posibilidad de prioridad comercial
en los nuevos espacios rehabilitados…”
Daniela resopló.
Claro, ahí estaba: el nuevo local moderno, frío, minimalista y seguro que lleno de plantas caras y tostadas de nueve euros.
—Quieren convertir esto en una cafetería beige para gente con portátil —murmuró.
—Dios mío, son psicópatas.
La puerta volvió a abrirse y Daniela levantó la vista automáticamente.
Ahí estaba él: el hombre del traje.
Entró sacudiéndose unas gotas de lluvia del abrigo oscuro mientras el murmullo habitual parecía bajar de volumen alrededor suyo. Seguía siendo absurdamente atractivo, y eso empezaba a molestarle personalmente.
Traje gris oscuro impecable, cabello ligeramente húmedo, reloj caro, expresión tranquila. El muy desgraciado parecía salido de una campaña de perfume y Daniela estaba demasiado enfadada con el Universo para soportarlo esa mañana.
Adrián se acercó al mostrador y la observó un segundo más de la cuenta.
—Buenos días.
—Hola —respondió casi sin mirarlo.
Inés los miró alternativamente, como si estuviera viendo un partido de tenis profesional.
—Lo de siempre —dijo él suavemente.
Daniela marcó el pedido, intentando no pensar simultáneamente en el burofax, el alquiler o el hecho de que aquel hombre tuviera la voz demasiado bonita.
—Americano doble y el cruasán elegante —comentó ella que ya se sabía su pedido de memoria.
Una pequeña sonrisa apareció en la boca de él.
—Exacto.
Él sacó la tarjeta mientras ella todavía tenía la carta medio abierta junto a la caja.
Los ojos de él bajaron un instante al membrete de la carta: Vanguard Urban Group, pero Daniela ni lo notó.
—Ahora te lo llevamos.
Él asintió y caminó hacia su mesa habitual junto a la ventana.
Inés esperó exactamente dos segundos.
—¿Y si es rico?
—¿Qué? —preguntó Daniela girando su cuello hacia ella.
—Tiene pinta de rico.
—Todo el mundo tiene pinta de rico comparado con nosotros.
—No, no. Rico de verdad, rico elegante.
—Inés, por favor…
—Mira ese abrigo. Ese hombre jamás ha mirado el precio del aceite de oliva en un supermercado.
Daniela preparó el café mientras seguía leyendo fragmentos de la carta entre líneas.
“La compañía considera prioritario alcanzar acuerdos amistosos…”
Claro, amistosos… como un secuestro elegante.
Colocó el café y el cruasán en una bandeja antes de caminar hacia la mesa de él, el cual levantó la vista del móvil inmediatamente al verla acercarse.
Y ahí estaba otra vez: esa sensación absurda de que el hombre le prestaba demasiada atención.
—Tu desayuno elegante.
—Gracias —contestó con una sonrisa.
Ella dejó la bandeja sobre la mesa intentando no pensar en el burofax doblado junto a la caja y la observó un segundo más.
—¿Todo bien?
Y maldita sea… porque por su voz sonaba sinceramente preocupada.
Daniela forzó una sonrisa.
—Sí. Todo bien.
Él no pareció creérselo del todo, pero tampoco insistió.
—Me alegro.
Ella volvió rápidamente al mostrador antes de empezar a contarle su vida a un hombre cuyo nombre y apellido ni siquiera conocía.
Cogió otra vez la carta y siguió leyendo.
Más lenguaje corporativo, más palabras vacías y más frases cuidadosamente diseñadas para sonar humanas, pero sin serlo realmente.
Hasta que llegó al final.
“Quedamos a la espera de concertar una reunión con usted.
Atentamente:
Adrián Valcárcel. CEO de Vanguard Urban Group”
Daniela se quedó completamente quieta y parpadeó. Finalmente, leyó el nombre por segunda vez.
—¿Adrián… Valcárcel? —pronunció más alto de lo que en realidad deseaba.
Desde la mesa junto a la ventana, el hombre levantó la vista lentamente.
Sus ojos se encontraron con los de ella y, entonces, enarcó una ceja, como si acabara de darse cuenta de algo. Después, sonrió lentamente y siguió desayunando.
—¿Qué significa exactamente eso de “rescisión anticipada”? —preguntó Inés, inclinándose peligrosamente sobre el papel, como si estuviera leyendo una autopsia.
Daniela seguía mirando el nombre al final de la carta: Adrián Valcárcel.
Qué nombre tan absurdamente elegante para alguien que acababa de arruinarle la mañana.
—Significa que quieren que nos marchemos antes de que termine el contrato.
Inés parpadeó.
—Pero ¿pueden hacer eso?
—No pueden obligarme… creo.
—¿Crees? —gritó Inés.
Daniela dejó escapar el aire lentamente y volvió a leer fragmentos del documento, intentando traducir del idioma corporativo al idioma humano.
—Vale… a ver… —murmuró—. Lo que entiendo es que la propietaria ha vendido el edificio.
—¿Doña Amparo ha vendido?
—Supongo que sí.
Eso le produjo una punzada inesperada.
Doña Amparo llevaba años alquilándole aquel local. A veces, bajaba simplemente a tomarse un café y criticar turistas. Daniela siempre había asumido que moriría siendo dueña de aquella finca y, aparentemente, no era así.
—Entonces… —Inés señaló el papel—, ¿los nuevos propietarios son estos?
Daniela volvió a mirar el encabezado.
Vanguard Urban Group.
Hasta el nombre sonaba antipático.
—Sí, y el CEO es ese… Adrián Valcárcel.
Desde la mesa junto a la ventana, el hombre del traje seguía desayunando tranquilamente, sin prestar atención aparente a nada.
Qué suerte tenían algunas personas de existir sin estrés financiero.
—¿Y qué quieren hacer exactamente? —preguntó Inés.
Daniela ojeó otra vez el burofax.
—Rehabilitación premium de la finca.
—Eso significa “gente rica”, ¿verdad?
—Muchísima gente rica.
—Qué horror.
—Quieren reformarlo todo. Los pisos, los bajos, probablemente hasta las tuberías. Hablan de espacios gastronómicos nuevos, modernización comercial y no sé qué mierdas más.
—¿Espacios gastronómicos? Dios mío, ¿quieren convertir esto en una cafetería pija?
Daniela resopló.
—Y mira esto… —señaló otra línea—. “Unificación estética de locales”.
—¿Qué significa eso?
—Que quieren cargárselo todo.
La frase salió más amarga de lo que pretendía.
De pronto podía verlo: las mesas de madera desapareciendo, las plantas, las paredes llenas de fotos, el obrador de Toni, el viejo letrero de La Santa Massa… todo convertido en uno de esos locales donde la gente trabajaba con su portátil fingiendo ser feliz.
Sintió un nudo desagradable en la garganta.
—¿Cuánto te queda de contrato? —preguntó Inés con voz seria.
Daniela pasó páginas rápidamente hasta encontrar la fecha.
—Cuatro años y medio.
—Pues que les den.
Daniela soltó una risa nerviosa.
—Básicamente —asintió ella.
Aun así, el miedo seguía ahí, porque sabía perfectamente cómo funcionaban esas cosas. Primero llegaban las cartas elegantes, luego las llamadas, las reuniones, la presión constante… y tarde o temprano acababas sintiéndote pequeña frente a empresas enormes llenas de abogados.
Inés volvió a mirar la carta.
—¿Y no deberías hablar con alguien que entienda de esto?
—¿Un abogado?
—Sí.
Daniela suspiró.
—Supongo —respondió, encogiéndose de hombros.