2
—Marcos, si vuelvo a encontrar una cucharilla dentro del fregadero mañana por la mañana, te la voy a clavar en un ojo.
—Eso me parece un poco hostil, ¿eh?
—Es higiene básica —respondió Daniela, pasando una bayeta por última vez sobre el mostrador.
La Santa Massa olía a café frío, detergente y mantequilla después del cierre, una mezcla extrañamente reconfortante que ya asociaba automáticamente con el final del día.
Las luces cálidas seguían encendidas y la persiana estaba a medio bajar mientras fuera Sant Antoni continuaba lleno de vida: risas en las terrazas cercanas, motos pasando, gente caminando sin prisa, parejas tomando algo…
Toni salió del obrador quitándose el delantal.
—He dejado preparada la masa de mañana.
—Gracias, te quiero muchísimo —rio Daniela.
—Ya lo sé.
Inés soltó una carcajada desde la zona de la cafetera industrial.
—Qué asco dais los dos.
Daniela negó con la cabeza mientras cerraba la caja registradora.
Le dolían los pies, la espalda y probablemente partes del cuerpo que la ciencia todavía no había identificado, pero era ese tipo de cansancio que ya formaba parte de ella.
Abrir antes de las siete de la mañana y cerrar casi a las nueve de la noche no dejaba demasiado espacio para otra cosa.
Aun así, adoraba aquella cafetería, incluso en días horribles cuando los proveedores eran un desastre, Carla olvidaba pedidos o Marcos rompía algo accidentalmente por tercera vez en una semana.
—¿Volverá mañana el hombre atractivo del traje ajustado? —preguntó Inés poniéndose la chaqueta.
Daniela levantó la vista inmediatamente.
—Ni idea.
—Ojalá —dijo Inés—. Así nos alegramos la vista un ratito.
Marcos asintió con total seriedad.
—Yo también me casaría con él.
—¿Quién habla de casarse? —rio Inés.
—Gracias por compartir eso con todos nosotros —murmuró Daniela.
Toni resopló.
—A mí sigue sin gustarme.
Carla apareció ya con el bolso colgado del hombro.
—Pues yo quiero saber cómo huele.
—Qué obsesión tenéis todos con olerlo, ¿no? —preguntó Daniela.
—Tiene que oler a hombretón —respondió Inés.
Daniela soltó una risa antes de poder contenerla, y eso era precisamente lo peligroso del hombre del traje: incluso después de irse, seguía provocando conversaciones.
—Anda, fuera todos —dijo señalando la puerta—. Quiero cerrar e irme a mi casa antes de convertirme en parte del mobiliario.
Las despedidas siempre eran rápidas.
Toni se marchó protestando por las bicicletas eléctricas, Carla grabándose para Instagram, Marcos robando una cookie para el camino e Inés deteniéndose antes de salir.
—Si mañana viene el hombre sexy, avísame, aunque no sea mi turno.
—Lárgate.
—Buenas noches —canturreó alejándose mientras Daniela le lanzaba una servilleta a la cabeza.
Después de bajar completamente la persiana y echar la llave, el silencio relativo de la calle la golpeó de pronto. Ajustó el bolso sobre el hombro y comenzó a caminar hacia la parada del autobús con el cansancio pesándole en cada paso.
Fue entonces cuando lo vio, apoyado junto a la marquesina.
Sergi.
Daniela cerró los ojos un segundo. Perfecto.
Él levantó la cabeza al verla acercarse y sonrió inmediatamente.
Era injusto admitirlo, pero Sergi seguía siendo atractivo.
Treinta años, algo más alto que ella, moreno, barba descuidada y esa apariencia eternamente desordenada de hombre que parecía acabar de levantarse incluso cuando intentaba arreglarse.
Llevaba una cazadora vaquera negra sobre una camiseta blanca y el casco de moto colgando de una mano.
Se habían conocido años atrás, cuando Daniela todavía trabajaba como camarera mientras intentaba sacar adelante La Santa Massa. Sergi, por aquel entonces, era fotógrafo freelance : divertido, espontáneo, intenso… de esos hombres que conseguían que todo pareciera emocionante al principio.
—Hola —dijo él, incorporándose.
Daniela suspiró suavemente.
—Hola, Sergi.
—Te estaba esperando.
—Ya lo veo.
Él se acercó un poco.
—¿Cómo ha ido el día?
—Ha sido muy largo.
Sergi asintió y ladeó su cuello.
—Te llevo a casa —se ofreció.
—No hace falta —respondió ella rápidamente.
—Daniela…
—He dicho que no hace falta —repitió.
Sergi se pasó una mano por el pelo con expresión cansada.
—Solo quiero hablar contigo cinco minutos.
Ella soltó el aire lentamente.
Llevaban casi seis meses así. Seis meses desde que ella lo dejó, desde la última discusión…
Seis meses intentando hacerle entender que no iba a volver con él y, aun así, Sergi seguía apareciendo.
A veces delante de la cafetería, otras cerca de su piso y otras veces simplemente enviándole mensajes larguísimos a las dos de la mañana.
No era agresivo, nunca la había asustado realmente, pero estaba cansada, muy cansada de que se comportase de aquella forma.
—Ya hemos hablado muchas veces.
—No las suficientes —pronunció Sergi.
—Sergi…
—Solo dame una oportunidad más —suplicó.
Daniela lo miró directamente.
—Te he dado demasiadas.
Eso pareció dolerle un poco y, durante un instante, sintió culpa, hasta que recordó exactamente por qué había terminado todo.
Las promesas, siempre las promesas: que cambiaría, que empezaría a tomarse las cosas en serio, que dejaría de desaparecer durante días cuando tenía problemas, que dejaría de comportarse como si toda la responsabilidad emocional de la relación fuese de ella.
Y luego estaba aquella noche, cuando le había prometido llegar temprano para ayudarla a cerrar. No apareció en el piso hasta pasada la medianoche, borracho, después de olvidar el móvil en casa de unos amigos.
Daniela llevaba años intentando construir algo estable mientras Sergi parecía vivir improvisando constantemente. Un día, simplemente, se cansó.
—No puedes seguir esperándome fuera del trabajo —dijo ella más suave esta vez.
—Te echo de menos —confesó.
—Eso no cambia nada.
Sergi bajó la mirada unos segundos antes de volver a insistir.
—Podríamos empezar poco a poco.
Daniela dejó escapar una risa incrédula.
—¿Poco a poco hacia dónde?
Él abrió la boca para responder, pero las luces del autobús aparecieron al final de la calle.
Gracias a Dios.
El autobús se detuvo frente a ellos con un resoplido de frenos.
Daniela subió el primer escalón antes de girarse un momento.
—Sergi. —Él levantó la vista inmediatamente—. Por favor… intenta aceptarlo ya. Aquello pareció apagar algo en su expresión. Aun así, asintió pensativo.
—Buenas noches, Dani.
Ella asintió suavemente.
—Buenas noches.
El autobús arrancó poco después y Daniela se dejó caer en uno de los asientos junto a la ventana, observando cómo Sergi desaparecía calle abajo. Luego, apoyó la cabeza contra el cristal.
Estaba agotada y, lo peor de todo, ya ni siquiera estaba enfadada con él. Solo cansada.
Una parte de Sergi siempre había esperado que ella solucionara también su vida, como si quererla mucho fuese suficiente para construir algo juntos, pero Daniela llevaba demasiado tiempo sosteniendo sola demasiadas cosas.
La cafetería, las facturas, los problemas, la relación…
y llegó un momento en que simplemente ya no pudo más.
Veinte minutos después bajó cerca de su calle, en un barrio tranquilo no demasiado lejos de Sant Antoni. Su piso estaba en un edificio antiguo, con un ascensor diminuto y vecinos que parecían mantener una guerra permanente por la comunidad.
Era un piso pequeño, algo viejo, pero suyo. Bueno, del banco y suyo.
Al entrar, dejó las llaves sobre el pequeño mueble de la entrada y suspiró. El apartamento apenas tenía sesenta metros cuadrados, pero resultaba acogedor. Cocina americana, sofá lleno de cojines, estanterías repletas de libros y plantas sobreviviendo milagrosamente a su falta de tiempo en casa.
Las luces cálidas hacían que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente era.
Daniela se quitó las zapatillas nada más entrar y caminó directamente hacia el baño mientras se recogía el pelo.
Necesitaba urgentemente una buena ducha y dormir. Sobre todo, dormir.
Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, cerró los ojos unos segundos intentando vaciar la cabeza.
Al día siguiente volvería a sonar la alarma demasiado temprano, volverían el café, las bandejas, los clientes y el caos.
Inés diciendo barbaridades, Marcos perdiendo cosas y, probablemente, el hombre del traje elegante.
Ese pensamiento apareció sin pedir permiso y Daniela abrió los ojos inmediatamente.
—Mierda, esto es culpa de Inés —susurró mientras se frotaba el cabello formando espuma.
Salió de la ducha envuelta en vapor, se puso una camiseta enorme y unos pantalones cortos cómodos, cenó la pasta que le había sobrado el día anterior delante de la televisión, sin prestar demasiada atención, y terminó desplomándose en la cama poco antes de medianoche.
Así era su vida últimamente: trabajar, dormir e intentar no pensar demasiado. De momento, le estaba funcionando.
—¡Un “Mi estabilidad emocional depende del café” para la mesa cinco!
—¡Voy! —respondió Marcos atravesando la cafetería con una bandeja sobre la cabeza, como si trabajara en un circo.
—Un día vas a matar a alguien con eso.
—Qué va… domino la situación totalmente —se defendió Marcos.
La Santa Massa estaba completamente llena aquella mañana de octubre.
El olor a mantequilla caliente y café recién hecho flotaba bajo las luces cálidas mientras fuera la lluvia fina empañaba ligeramente los cristales de la fachada.
Sant Antoni parecía especialmente vivo los días grises: bicicletas mojadas, paraguas cruzándose por la calle y gente refugiándose dentro de cafeterías como si el café fuese una necesidad médica.
Daniela apenas había parado quieta en dos horas.
—¿Mesa dos?
—Dos “Necesito vacaciones” y un “No puedo más con mi vida” —cantó Inés desde la cafetera exprés.
Toni dejó una bandeja de cruasanes sobre el mostrador.
—La masa madre está mejor organizada que este negocio.
—Y, aun así, seguimos abiertos —respondió Daniela cogiendo platos.