1 #2
Durante las últimas semanas todo el barrio estaba alterado.
Reuniones constantes, rumores, locales que cerraban antes de tiempo, gente hablando de inversores y compras de edificios.
Nadie sabía qué estaba pasando exactamente, pero una cosa sí estaba Carla: alguien estaba comprando media manzana y eso, a Daniela, no le gustaba lo más mínimo.
Inés abrió el correo mientras seguía observando a aquel hombre de reojo.
—Ay, mira, han vuelto a hablar del “Proyecto urbanístico premium”. Me recuerda al nombre de un villano de Marvel.
Toni soltó un gruñido desde el obrador.
—Gentuza con dinero aburrida.
—Dice que quieren reunirse con los propietarios restantes.
Daniela dejó la taza lentamente.
—¿Restantes?
—Mmm.
—¿Qué significa “restantes”?
Nadie respondió porque todos sabían exactamente lo que significaba. Más locales habían vendido, otra vez.
El pequeño nudo de ansiedad habitual apareció en el estómago de Daniela.
La Santa Massa llevaba allí años. Prácticamente el barrio entero había visto crecer aquella cafetería. No pensaba dejar que cuatro ejecutivos con zapatos italianos y nombres absurdos convirtieran Sant Antoni en otro escaparate sin alma.
—Pues pueden esperar sentados —murmuró ella.
—Eso mismo dijo el dueño de la librería —comentó Marcos—. Ahora hay una tienda de velas artesanales en su lugar.
Toni hizo una mueca de dolor.
—Qué horror.
Daniela suspiró y levantó la vista sin querer.
Él seguía allí, mirándola, como si hubiese notado exactamente el momento en que su humor había cambiado. Entonces, hizo algo todavía peor: le sonrió otra vez, suave y tranquilo, como si el resto del mundo no existiera demasiado mientras la observaba detrás de aquella barra llena de tazas y caos.
Daniela sintió un calor absurdo subirle por el cuello y lo odió un poquito por ello.
—¿Cómo crees que se llama? —preguntó Inés, apoyándose sobre el mostrador mientras fingía limpiar una taza que llevaba perfectamente limpia diez minutos.
Daniela levantó una ceja.
—¿Quién?
—El hombre atractivo… —dijo como si fuera obvio y lo señaló con disimulo.
Daniela miró automáticamente hacia la ventana.
Él seguía sentado allí, revisando el móvil con esa tranquilidad ofensiva.
—No sé —murmuró Daniela—. Tiene cara de llamarse… Álvaro.
—No, no, no. Álvaro lleva pulseras de cuero y hace paddle surf.
—Es verdad.
—Ese hombre se llama algo caro —dijo Inés, pensativa.
—¿Algo caro?
—Sí. Tipo Hugo, o Nicolás, o Alejandro… alguien con demasiado patrimonio inmobiliario. —Daniela soltó una risa—. Tiene cara de “Hola, conduzco un coche alemán y rompo corazones sin querer”.
—Inés, por favor.
—O queriendo —le guiñó el ojo.
Un cliente se acercó al mostrador antes de que Daniela pudiera responder.
—Perdona, ¿me pones dos “Necesito vacaciones” y una de esas de pistacho?
Daniela señaló la bandeja.
—La “No voy a superar esta semana”.
—Esa misma —confirmó el cliente.
—Buena elección. Lleva crema suficiente como para alegrar un día entero.
El hombre asintió con total seriedad.
—Perfecto, justo lo que necesito.
Mientras Daniela preparaba la caja, Inés seguía mirando discretamente hacia la mesa del hombre elegante.
—Deberíamos ponerle nombre a una pasta nueva.
—No —la cortó Daniela.
—Sí.
—Cada vez que dices eso terminamos teniendo problemas.
—Escúchame primero.
Daniela suspiró.
—Habla —le ofreció con un movimiento de mano.
Inés sonrió lentamente.
—“Necesito un hombre”.
Daniela se giró horrorizada.
—No voy a ponerle eso a una pasta.
—Sería un éxito.
—Inés…
—La gente compraría cajas enteras.
—¡Inés!
—Yo me la comería continuamente.
Daniela dejó la caja sobre el mostrador.
—Te juro que un día voy a despedirte.
—Mentira. Soy el carisma de este negocio.
Carla apareció por detrás justo a tiempo para escuchar la conversación.
—A mí me parece un marketing excelente —confirmó ella.
—Podría llevar extra de crema —continuó Inés, ignorándola completamente—. Muy rellena… muy indecente.
Toni asomó la cabeza desde el obrador.
—¿Estamos hablando de bollería o de actores porno?
—Nunca lo sabremos —respondió Marcos pasando por detrás con una bandeja.
Daniela se tapó la cara un segundo.
—Trabajo con animales.
—Pero animales con encanto —dijo Inés.
El sonido de una silla arrastrándose hizo que Daniela levantara la vista.
El hombre del traje acababa de ponerse de pie y… madre de Dios, de pie era todavía peor.
El traje gris oscuro parecía hecho específicamente para su cuerpo y Daniela empezaba a sospechar seriamente que aquello debía de ser algún tipo de delito financiero.
Guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta y caminó hacia el mostrador con esa calma elegante que la ponía inexplicablemente nerviosa.
Inés literalmente suspiró.
—Míralo andar. Ese hombre paga impuestos de sexy.
El hombre se detuvo frente a la barra y dejó unos billetes junto a la caja.
—Estaba todo perfecto, como siempre.
—Gracias —respondió Daniela intentando que su voz sonara normal.
Él la miró un segundo más de la cuenta con esa sonrisa suave, peligrosa y ridículamente bonita.
—Que tengáis un buen día.
—Igualmente —dijeron Daniela e Inés al mismo tiempo.
Las dos se miraron inmediatamente después.
—Dios mío —susurró Inés mientras él salía del local—. Es guapísimo.
Daniela cogió una bayeta fingiendo concentrarse muchísimo en limpiar una máquina que ya estaba limpia.
—Bueno…
—Bueno, dice —se quejó Inés—. Parece una fantasía femenina escrita por una mujer divorciada.
Daniela soltó una carcajada antes de poder evitarlo.
Fuera, el hombre se alejaba calle abajo entre la gente de Sant Antoni, impecable bajo la luz de la mañana.
Inés apoyó la barbilla en la mano, observándolo.
—¿Tendrá novia?
Daniela resopló.
—Eso no nos interesa.
—Claro que nos interesa.
—No. Lo que nos interesa es que siga viniendo aquí y consumiendo todo lo posible.
—Ajá.
—Las propinas son excelentes —la señaló mientras metía los billetes en la caja registradora.
—Daniela…
—¿Qué?
Inés sonrió lentamente.
—Mira el traje.
—No voy a mirar el traje.
—Se le ajusta al trasero que es una barbaridad —pronunció Inés parpadeando varias veces. Daniela intentó no mirar, aunque fracasó estrepitosamente—. Madre mía —continuó Inés—. Si te digo yo que este te pilla contra una pared y…
El trapo impactó directamente en su cara.
—¡Cállate!
Inés soltó una carcajada quitándose la bayeta de encima.
—No te hagas la estrecha ahora, Daniela Costa.
—No soy estrecha.
—Hace literalmente treinta segundos estabas mirándole el culo.
—¡No le estaba mirando el culo! —le susurró como si estuviese molesta.
Marcos pasó junto a ellas con expresión tranquila.
—Sí se lo estabas mirando… se lo estaba mirando hasta yo —bromeó.
Carla levantó el móvil.
—Voy a abrir una encuesta.
—¡Carla, no!
—“¿El hombre misterioso del traje se siente atraído por nuestra jefa?”
Inés se quedó pensativa.
—Yo creo que sí, te sonríe mucho… —la señaló.
—Es un hombre amable —se encogió Daniela de hombros.
—Ya te digo yo lo que tiene este de amable… este te pilla a solas y te destro…
El trapo volvió a estrellarse contra la cara de Inés que rio al momento.
Daniela negó con la cabeza mientras se acercaba de nuevo al mostrador.
—¿Cómo puedes ser tan bruta? —Luego se giró hacia delante para atender a otro cliente que acababa de entrar—. Buenos días. ¿Qué desea?