Con las manos en la masa
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—¿Me pones otro “No puedo más con mi vida”? Por favor…
Daniela levantó la vista de la caja registradora y sonrió.
—¿Con doble de azúcar? ¿Necesitas apoyo emocional extra? —bromeó Daniela.
El hombre soltó una carcajada y señaló la vitrina.
—Sí, y añádeme una cookie de chocolate. He tenido una reunión de vecinos a las siete y media de la mañana.
—Ufff, eso son palabras mayores. Ahora te lo llevamos todo a la mesa.
Marcó el pedido en la pantalla mientras el olor a café recién molido y mantequilla caliente envolvía La Santa Massa [1] como cada mañana.
El local estaba lleno del ruido habitual: cucharillas chocando contra tazas, conversaciones cruzadas, el vapor de la cafetera exprés y la música suave que salía del viejo altavoz que Toni juraba que llevaba roto desde 2018.
La Santa Massa ocupaba una esquina soleada del barrio de Sant Antoni, con una fachada color crema llena de plantas y letras blancas ligeramente desgastadas.
Daniela siempre decía que el local parecía una persona agotada intentando seguir siendo atractiva, algo con lo que se identificaba profundamente.
Fuera, el barrio ya estaba completamente despierto.
Bicicletas pasando por la calle, gente paseando perros, turistas perdidos mirando Google Maps como si aquello fuese una expedición al Amazonas y vecinos entrando directamente a la cafetería sin siquiera echar un vistazo a la carta, porque nadie iba allí por la carta: iban por el café, por los cruasanes de mantequilla de Toni y porque La Santa Massa era uno de esos sitios donde todo el mundo acababa hablando con todo el mundo, aunque no quisiera.
—¡Marcos! —gritó Daniela girándose hacia la barra—. ¡Lleva un “No puedo más con mi vida” a la mesa tres!
—Voy.
Marcos apareció con una bandeja bajo el brazo, el pelo despeinado y expresión de haber dormido exactamente veinte minutos.
—¿Sabes qué necesita ese hombre? —dijo cogiendo la taza y apartando la mirada del último cliente—. Terapia.
—Y dormir —concretó ella.
—Y probablemente divorciarse.
Daniela soltó una risa mientras él desaparecía entre las mesas.
A unos metros, Carla estaba enseñándole un vídeo de TikTok a otro compañero en vez de trabajar.
—Carla, si vuelvo a verte enseñando vídeos durante el turno, te reduzco el sueldo.
—Es un vídeo de un perro haciendo té matcha —se excusó la joven.
—Eso no mejora la situación.
—Un poco sí.
Daniela negó con la cabeza mientras cogía otra taza. Detrás de la cristalera del obrador, Toni, su panadero, levantó la vista de una bandeja de ensaimadas.
—La jefa tiene razón. Enséñamelo luego.
—No pienso participar en esto —murmuró Daniela.
—Ya participas. Has contratado a TikTok con piernas.
Iba a responder cuando sintió un codazo en las costillas.
Inés, la camarera, apareció a su lado con una sonrisa peligrosamente amplia.
—Ahí está el chico guapo otra vez.
Daniela no necesitó preguntar a quién se refería.
La puerta se abrió y él entro con ese aura de elegancia que poca gente poseía, como si el tiempo se paralizase mientras él daba siempre sus primeros pasos en el interior del local.
Durante las últimas dos semanas, aquel hombre había aparecido cada mañana exactamente a la misma hora, siempre impecable, tranquilo y absurdamente atractivo.
Daniela seguía sin saber cómo alguien podía parecer tan elegante a las ocho y cuarto de la mañana.
El hombre atravesó la cafetería con paso calmado, el móvil en una mano y la otra dentro del bolsillo del pantalón de traje oscuro perfectamente ajustado.
Alto, más de metro ochenta seguro, castaño oscuro, mandíbula marcada, ojos de un color grisáceo y esa clase de rostro que hacía parecer injusto el reparto genético de la humanidad.
Y luego estaba la sonrisa, aquel era el verdadero problema: la sonrisa.
No sonreía mucho, pero cuando lo hacía… Madre de Dios.
—Ese hombre parece oler caro —susurró Inés.
—La gente no huele a caro.
—Él sí. Seguro que huele a madera elegante.
Daniela intentó ignorarla justo cuando el hombre levantaba la vista del móvil y la miraba directamente y sonreía… otra vez.
El muy desgraciado.
—Buenos días —dijo él acercándose al mostrador.
Su voz era grave, tranquila y demasiado agradable para alguien con esa cara.
Daniela tragó saliva discretamente.
—Buenos días.
—Lo de siempre.
Claro que era lo de siempre. Americano doble y cruasán de mantequilla, acompañado de una propina ridículamente alta que estaba empezando a irritarla por motivos que prefería no analizar.
—Marchando un desayuno elegante.
Una sombra divertida cruzó los ojos de aquel hombre.
—Suena prometedor.
Inés apareció pegándose al mostrador como una cotilla profesional.
—¿Quieres también apoyo emocional de azúcar?
Daniela cerró los ojos un segundo.
—Inés.
—¿Qué? Estoy creando experiencia de cliente.
El hombre soltó una risa baja.
—Con el café será suficiente, gracias —respondió él.
Daniela marcó el pedido intentando concentrarse en la pantalla y no en el hecho de que aquel hombre llevaba el traje gris marengo mejor que cualquier hombre que hubiese conocido.
—Te lo llevamos enseguida.
Él asintió suavemente.
—Gracias, Daniela.
Y ahí estaba otro problema: recordaba su nombre.
El hombre se dirigió a su mesa habitual junto a la ventana mientras revisaba algo en el móvil e Inés esperó exactamente tres segundos antes de volver a hablar.
—Ese hombre podría arruinarme la vida y yo le daría las gracias.
—Estás enferma —le susurró Daniela.
—Daniela, por favor, ¿has visto esa sonrisa? Ese tío seguro que empotra tan bien que te reorganiza la personalidad.
Daniela se atragantó con su propia saliva.
—¡Inés!
Varias personas giraron la cabeza, pero Inés ni se inmutó.
—¿Qué? Solo digo que tiene pinta de…
—No termines esa frase —la señaló con el dedo.
—… hacerte olvidar tus traumas.
Daniela cogió la taza de café americano antes de lanzársela a la cabeza a Inés.
—Voy a llevarle el café para no escucharte más.
—Mírale las manos cuando vuelvas.
—¿Por qué iba a mirarle las manos?
Inés la observó con expresión de absoluta lástima.
—Ay, cariño…
Daniela agarró la bandeja y caminó hacia la mesa de él, intentando ignorar el calor absurdo que le subía por el cuello.
Él seguía mirando el móvil cuando ella dejó el café en la mesa.
—Americano doble y un cruasán elegante.
Él levantó la vista y sonrió otra vez. Definitivamente, aquello debería ser ilegal.
—Gracias.
—Que aproveche.
Él asintió sin apartar del todo la mirada de ella.
Daniela volvió rápidamente al mostrador, tratando de convencerse de que el corazón no le latía más rápido, aunque no funcionó demasiado.
—Te ha mirado el culo.
Daniela dejó la bandeja sobre la barra con más fuerza de la necesaria.
—No me ha mirado el culo.
Inés levantó una ceja.
—Soy camarera desde los dieciocho —le recordó su amiga—. Sé reconocer cuándo un tío está mirando un culo.
—No estaba mirando mi culo —insistió ella.
—Estaba calculando el número exacto de hijos que tendréis.
Daniela abrió la boca para protestar, pero Toni apareció en ese momento desde el obrador sosteniendo una bandeja de cruasanes.
—¿Quién quiere hijos?
—El ejecutivo sexy de la mesa siete —respondió Inés.
Toni giró la cabeza hacia la ventana y frunció el ceño inmediatamente.
—No me gusta.
—¿Por qué?
—Porque tiene cara de subir alquileres.
Daniela soltó una carcajada.
—Eso no es una cara, Toni.
—Claro que sí. Los ricos tienen una expresión concreta, como si estuvieran constantemente decepcionados por el precio del aceite de oliva.
—A mí me parece amable —dijo Carla apareciendo de pronto con el móvil en la mano—. Además, ayer me sostuvo la puerta.
Toni la señaló con un cruasán.
—Así empiezan, pero no te ilusiones…
—Qué dramático eres. Quizá no es rico, quizá solo trabaja en el banco, o es comercial… —continuó Daniela.
—Soy panadero, tengo derecho a ser dramático.
Daniela escondió la sonrisa mientras empezaba a preparar otro café.
La cafetería seguía llena y el murmullo constante de conversaciones hacía que La Santa Massa pareciera viva, cálida y caótica.
Fuera, la luz de la mañana se colaba por los ventanales, iluminando las plantas colgantes y las migas sobre las mesas que Marcos juraba haber limpiado hacía cinco minutos.
—Mesa cuatro —cantó Marcos entrando con una caja vacía bajo el brazo—. Han pedido seis “Necesito vacaciones” y dos “Mi jefe me odia”.
—Eso no es un desayuno, es una llamada de auxilio —murmuró Daniela.
Marcos dejó la caja junto al mostrador y bajó la voz.
—Por cierto, tu hombre trajeado sexy sigue mirándote.
Daniela levantó la vista automáticamente…
y sí. Él seguía sentado junto a la ventana, impecable entre el caos acogedor de la cafetería, con una mano sujetando su móvil y la otra alrededor de la taza de café, la corbata oscura ligeramente aflojada, el reloj caro asomando bajo la manga de la camisa y esa expresión tranquila de hombre que jamás había tenido que correr detrás de un autobús en su vida.
En ese momento, levantó la vista y volvió a pillarla mirándolo.
Una sonrisa lenta apareció en su boca. El imbécil sabía exactamente lo que hacía.
Daniela apartó la mirada tan rápido que casi tiró una cuchara.
—Madre mía —susurró Carla—. Eso ha sido sexual.
—No ha sido sexual —protestó Daniela.
—Ha habido tensión —aseguró Marcos—. Yo he sentido tensión y estaba mirando una tostadora.
Inés se apoyó en el mostrador, observándola con una sonrisa maliciosa.
—Te gusta el trajeado.
—No me gusta el trajeado.
—Te lo tirarías encima de una mesa.
—Inés, por favor, que hay clientes —dijo mirando de un lado para otro.
—Y todos me darían la razón.
Daniela abrió la boca, indignada, justo cuando sonó el móvil de Inés.
Ella miró la pantalla y resopló.
—Otra vez los de la asociación de comerciantes.
—¿Qué quieren ahora?
—Ni idea. Seguro que más dramas por las obras.
Daniela frunció ligeramente el ceño.