Con la miel en los labios 23 Siempre #5
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23 Siempre #5

—No me dejaste otra opción. Te dije que no quería la corona, te pedí ayuda…

Y elegiste a una avispa antes que a mí. —Ni siquiera le permitió protestar antes de enderezarse sobre el trono de ámbar, sagrada como su madre, y como su abuela antes que ella, y como las mil reinas de las que descendía—.

Lo elegiste sin saber ni la mitad de su historia.

¿Te contó que fue él quien asesinó a Ozara ax Nazcar?

No era su primera visita al Panal; la conocía.

Fue él quien la envenenó con miel roja. Usó la misma historieta de abejita fugada de Nascente con ella y la mató.

Por y para Nascente. Por y para sembrar el caos, desestabilizar las colmenas y destruirnos desde dentro.

Y lo hizo cumpliendo órdenes de los Gemelos.

Kara ni se inmutó. No, no se lo había contado.

Y, sin embargo, nada en sus palabras logró sacudirlo, ni hacerlo dudar, porque había tenido su puñal enterrado en las entrañas y lo conocía, lo conocía incluso mejor que a esa cáscara de la princesa con la que había crecido, a la que había jurado servir y proteger con su vida.

Porque René ax Nazcar era un sacrificio en sí mismo.

Jamás había dejado de sacrificar todo cuanto amaba por un sueño.

Su libertad, su verdad, su princesa y futura reina.

Su custodio. A la hora de la verdad, al verse acorralado, la Avispa siempre había escogido el bien mayor.

Allá en el cuartel había apuñalado a Kara para mantener el engaño y lo habría hecho las veces necesarias para asegurarle un hogar a su gente.

No había querido desperdiciar años de trabajo, de secretos.

Había querido honrar la confianza que Kara había depositado en él incluso aunque eso supusiera vivir el resto de sus días sabiendo que habría muerto creyéndolo un traidor.

Ahora era su turno. Ahora le tocaba a él sacrificarse.

—¿Y por eso rendiste el Panal? ¿Porque «elegí» a René?

—No he rendido el Panal —siseó ella, ofendida—. Nascente y yo hemos alcanzado un acuerdo.

—¿Qué… acuerdo?

Jez’bel bajó la vista hacia el joyero de nácar en su regazo y acarició el cierre con la yema de un dedo exquisitamente enguantado.

¿Es que ni siquiera iba a enfrentarse a su primera ejecución?

¿Tan poco respeto le tenía a la Avispa de Nascente?

¿O es que para ella apenas suponía una pieza más del tablero, un peón que inmolar en su nombre?

¿Quién era esa mujer?

—En pos de evitar una invasión sangrienta y muy, muy lenta —comenzó, impasible—, el Panal accede a ser anexionado a la Nación de Nascente. A cambio, Nascente se compromete a respetar y conservar nuestra lengua, cultura y fronteras internas, así como proveer a cada colmena de un regente digno.

«Un regente digno». El jadeo asqueado que escapó de su boca no llegaba a reflejar lo que le hervía por dentro. Por supuesto, ella lo ignoró y prosiguió:

—La reina del Panal tendrá poder de decisión sobre los candidatos propuestos por Nascente para regir los principados, pero solo en ella recaerá seleccionar un heredero de entre sus propios descendientes o de entre dichos regentes, guiándose por su capacidad de liderazgo y no por su fertilidad.

Así construiremos un Panal más justo, libre de las ataduras de la tradición y del tabú.

Horror. Era lo único capaz de sentir: un absurdo, colosal horror.

De un plumazo, Jez’bel había destruido hasta el último pilar del enjambre.

Sin princesas, sin hermanas, sin nodrizas…

¿Qué sería de ellas, despojadas de pronto de sus títulos y colmenas?

Solo la abeja reina conservaría un mínimo de autoridad, y siempre supeditada a la nascente.

Temblaba de arriba abajo y no podía hacer nada, no podía hacer nada, porque ya llegaba tarde.

—No mantendrán su promesa, Jez’bel.

—Tú tampoco lo hiciste.

Si trataba de hacerle sentir culpable, no lo consiguió.

En cambio, Kara cuadró los hombros y la miró directamente a los ojos.

No volvería a sentirse responsable por una princesa que solo miraba por sí misma, una princesa que usaba a su familia y pueblo como moneda de trueque.

Y, sí, por supuesto que el Panal había necesitado cambiar, por supuesto que sus reinas habían necesitado recuperar la autonomía de su cuerpo, gobernar en lugar de parir, eso Kara lo había visto claro desde el momento en que la difunta abeja reina había designado a Jez’bel como sucesora, pero la solución nunca debería pasar por mancharse las manos de sangre.

—Esto se sabrá, Jez’bel. Los principados no lo permitirán. Lucharemos, les impediremos cruzar nuestras fronteras. Tú misma convocaste al ejército.

Ella negó con la cabeza. Las perlas de su madre asomaban entre sus mechones negros, muy negros. Parecía un firmamento derramado.

—Sí. Por precaución, en caso de que los Gemelos desestimaran mi propuesta.

—Y alzó el joyero de nácar—. Pero esto significa que estamos a salvo.

Yo les di una verdad, y ellos responderán con otra.

Kara, por favor. Ya están de camino, ya está todo en marcha.

No tiene por qué morir nadie más. No atacarán si no atacamos nosotros primero.

—Pues atacaremos.

Más serpiente que abeja, Jez’bel entornó los ojos.

Negros, muy negros, como su cabello o los guantes de terciopelo de René, aquellos que le había regalado la noche que Kara lo había tocado con las manos desnudas por primera vez, para que los guardara para siempre consigo.

Él le había dado los propios a cambio, añejo y duro cuero, otra promesa muda.

Se preguntó si René los habría llevado encima al morir, si lo habrían quemado con ellos, si ahora serían un mismo montón de cenizas esparcidas al viento.

Desde luego, Kara llevaría los suyos consigo al morir.

—¿Te rebelas contra tu reina, zángano?

Kara izó el mentón, deliberadamente orgulloso y regio y leal:

—¿Qué reina? Esta colmena no tiene reina.

La cólera en sus ojos lo repugnó. No la odiaba, jamás podría odiarla, pero en aquel momento tuvo que volverle la espalda para no perder el control.

Necesitaba regresar a la frontera, necesitaba informar a los generales de la situación.

El Panal debía volar unido una última vez, demostrar que se movían como un solo animal, que enjambre no significaba sumisión ni reina significaba obediencia ciega.

—Kara.

Toda abeja tenía su aguijón.

—Si das un solo paso más, revocaré tu rango. Anularé tu apellido, An’Ser, y tu familia habrá de abandonar su hogar. Ya no gozarán de los privilegios derivados de tu servicio y vetaré su sangre en el Panal. Jamás volveréis a ser custodios.

Toda abeja podía picar, al menos una vez.

— Kara.

Y moriría, pero moriría matando. Moriría por la tierra que su reina no había tenido el valor de proteger y por la Avispa que sí lo había tenido.

Esta vez, Jez’bel ni suplicó ni lo siguió, y Kara dejó de ser An’Ser.

Esperaba que su familia lo perdonase. Esperaba que, de recuperar su cadáver, lo enterraran con los guantes negros de René ax Nazcar al pecho, bajo los mares lilas a los que jamás pudo llevarlo, para que su carne alimentase a las mismas abejas que los vieron ir y venir, ir y venir, ir y venir.

Para que, algún día, la tierra libase su cuerpo de vuelta a la vida y solo hubiera de seguir el rastro del aroma aún impregnado en el terciopelo.

Incluso sabiendo que la encontraría allí, se le paró el corazón al verla.

Madrid bullía de actividad aquel 14 de agosto, un hormiguero de turistas y nativos correteando de aquí para allá, pidiendo cervezas y refrescos y hielo, mucho hielo.

Bego había elegido una cafetería de la que ninguno de los dos guardaba recuerdos, más cerca de su oficina que de su piso (todavía) compartido, la mesa a la sombra de un árbol un tanto retirada del resto de comensales.

Concentrada en su móvil, como siempre, parecía haber sido extraída directamente de alguna película de alto standing, de esas con presupuesto infinito para vestuario.

Se sintió pequeñito. Se sintió feo y desgarbado en comparación, pero, por primera vez desde que la conocía, apartó toda esa miseria a un lado para centrarse en lo importante: ella.

—Ey —saludó al llegar.

—Hola —saludó Bego, resuelta, mientras se subía las gafas de sol a la cabeza—. ¿Qué tal?

Como no se levantó para darle dos besos, Gon se sentó en la silla frente a la suya.

—Bien. ¿Tú?

—Hasta arriba de trabajo, ya sabes, lo típico. Pero bien.

Solo diez años de relación le permitieron ver a través de su falsa postura relajada.

Misma razón por la que él ni se molestaría en disimular los nervios, el miedo: Bego se los leería en la cara quisiera o no.

Una hojita de árbol cayó en su regazo y Gon jugueteó con ella, buscando la mejor manera de empezar, de decirle…

—¿Sabes? —Cómo no, Bego tomó la delantera—. Este es mi segundo café para hablar del tema en una semana.

—¿Sí? ¿Con quién fue el otro?

—Con Reyes.

Se le encogió el estómago. No sabía cuándo dejaría de doler, ni si pararía algún día, pero seguía pensando que había hecho lo correcto.

Los pocos sueños que pasaban a saludarlo eran cada vez más breves, cada vez más inconexos, aunque tras todos ellos despertaba con los ojos borrosos de lágrimas. No pudo evitar preguntarlo:

—¿Qué quería?

—Lo mismo que tú, supongo.

Se removió, profundamente incómodo.

—No creo.

Ella enarcó una ceja. Llevaba puesto el pintalabios marrón que su madre le había regalado en Navidades; le sentaba bien. El verano siempre le había sentado bien.

—¿No vienes a disculparte y asegurarme que no ha pasado nada entre vosotros?

Vale, quizá sí que habían quedado para lo mismo. Gon se apresuró a asentir, reblandecido al imaginarse a Reyes allí, en esa misma silla, decidido a pasar el mal trago solo para sanear el terreno. Por los tres, también. Eso era cosa de los tres.

—En parte —aclaró después—. Pero vengo sobre todo a otra cosa.

—En eso también se te adelantó.

Suspiró.

—Pero, por supuesto —añadió Bego—, quería oírtelo decir a ti.

Así que Gon se lo dijo:

—Te quiero.

Y:

—Y quiero estar contigo. Solo contigo. Y entendería que no quisieras volver conmigo, pero yo quiero. Volver contigo. Seguir contigo.

Bego asintió, pero luego apretó los labios.

—¿Eres consciente de la presión que me pones encima?

De verdad que se había preparado para todo tipo de respuesta menos para esa.

Gon parpadeó, descolocado. Ella le sostenía la mirada, muy seria, muy recta, y cuando procedió a explicarse cada palabra sonó cuidadosamente escogida, discurso moldeado y amasado una y mil veces hasta adquirir la consistencia exacta que buscaba transmitir:

—Me has elegido por encima de un amor mágico. Os reencarnasteis para buscaros. ¿Cómo puedo superar eso, cómo puedo ser mejor que…?

—No te he elegido porque seas mejor —la cortó Gon, pálido—.

Ni por obligación, ni por lealtad. —Bego desvió la vista.

Hacía años que no la veía tan insegura y lo odió, se odió como nunca—.

Vamos, es que ni siquiera he elegido; no os he pesado en una balanza ni hecho lista de pros y contras.

Solo me he preguntado qué quería hacer con el resto de esta vida, que es la mía, y la respuesta fue pasarla a tu lado.

Ya, está, ya lo había dicho. Estaba dicho.

La adrenalina le bombeaba en las venas porque ya nada más dependía de él.

Había dicho lo que tenía que decir, Bego le había escuchado, ambos habían mostrado sus cartas.

Podría explicarle por qué la había mentido (por qué le había dado tanto miedo enfrentarse a la verdad), pero en realidad eso ella ya lo sabía.

En sus manos quedaba decidir si podría volver a confiar en él.

Porque quererle le quería, Gon se lo vio en la lágrima que se enjugó con una elegancia tan característica suya que le dejó sin respiración, su corazón encogido de lo mucho, muchísimo que la quería. Del vértigo a perderla del todo.

—No quiero quitártelo, Gon.

Le temblaba la voz. A él también, a él le temblaba el cuerpo entero cuando dijo:

—No me estás quitando nada. Por favor, Bego. Quiero estar contigo hasta el final, lo he querido siempre. Y tú siempre has querido que te lo demostrase, así que…

Nervioso pero seguro, asustado pero firme, Gon apartó la hoja caída para sustituirla por una cajita diminuta, cuadrada, negra. La dejó ahí, sobre la mesa, sin abrir.

Al comprender, Bego rompió a llorar.

Pero luego le dijo que sí.

Esa noche, Gonzalo soñó con Kara por última vez.

En el sueño, el custodio de la abeja reina besaba el guante de su Avispa en mitad del campo de batalla.

Olía a sangre y a horror y a lo que debía de oler la muerte del mañana, pero él ya no tenía miedo.

Ya no tenía miedo, ni dudas, ni sentía dolor.

Solo el tacto del terciopelo contra los labios, sedoso y espeso, pesado, como aquel primer mechón de pelo rojo entre sus dedos.

«Te encontraré», se dijo en aquel último segundo de vida, con los ojos cerrados, trasformando la amenaza en promesa. «En cualquier mundo en el que nazcas, en cualquier cuerpo que ocupes, teencontraré,

te encontraré,

te encontraré» .