Con la miel en los labios Epílogo Cinco sentidos
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Epílogo Cinco sentidos

E l planeta entero era de color malva.

Resaltaba contra la oscuridad del espacio como un sol ultravioleta y absorbía su atención como un agujero negro.

No podía apartar la mirada, a cada kilómetro acortado distinguiendo más y más detalles, y cuando aterrizó la inmensidad monocromática se lo comió todo, mecida por una brisa lenta, tranquila.

Los operarios sabían de su llegada, por lo que el proceso de registro e intercambio de papeleo fue eficientemente breve.

Le ofrecieron una visita guiada por los mares lilas, le ofrecieron folletos publicitarios y sonrisas amables, pero no aceptó ninguno.

Solo preguntó por él. Y solo recibió respuestas vagas, como que requería cita previa o que no se hallaba en las instalaciones en aquellos momentos.

Mentira.

Pero no importaba. No necesitaba su bendición para salir en su búsqueda, ni más indicaciones de las que anidaban en sus cinco sentidos.

Le bastaría con salir al mar abierto de los cultivos de lavanda y seguir el aroma a café recién hecho, aunque hubiera de caminar durante días, durante semanas, hasta dar con él.

Sin embargo, antes siquiera de abandonar la pista de aterrizaje, una operaria se le acercó muy poco disimuladamente y le susurró que a esas horas el patrón solía pasear por el sector suroeste, atendiendo en persona sus nidos más antiguos.

«Él mismo se encarga de las reparaciones», añadió, con una sonrisa de atención al cliente que le removió algo por dentro.

«Al menos de los primeros modelos. No le gusta que nadie más los toque».

Así que caminó por entre el laberinto de lavanda hasta el sector suroeste, sus nervios adormecidos por la familiaridad del color, del viento, del olor.

Del zumbido constante de los polinizadores, más metálico que en sus sueños pero igual de tangible.

Los veía saltar de flor en flor, fugaces destellos plateados, y de alguna manera le recordaron a los copos de nieve cayendo sobre aquel puestecillo de miel, una mano vuelta hacia el cielo y unos ojos ambarinos brillantes de emoción.

El olor a café se intensificó y sus latidos también.

Más aún cuando divisó la primera pincelada de rojo, allá en el horizonte púrpura.

Le costó mantener el paso lento mientras entraba en su campo gravitatorio, de lo mucho que le temblaban las piernas, el cuerpo entero, como si el cimbrear de los insectos robóticos se hubiera infiltrado en su sistema nervioso.

Llevaba años soñando con aquel eco y por fin lo había encontrado, por fin estaba allí. Era real. Era real.

No necesitó llamar su nombre, pues en cuanto alcanzó el primer nido él percibió su presencia y se giró para mirarlo.

Largamente, además, de arriba abajo. Luego ladeó la cabeza, intentando encajar las piezas, entre sus manos uno de aquellos nanopolinizadores rayados que ahora alimentaban planetas enteros, bosques esféricos engarzados entre estrellas.

Quizá no había conseguido salvarlas, pero las había devuelto a la vida con alambre y luz solar.

Estaba deseando decírselo, decirle que había cumplido todos sus sueños, si es que no lo sabía ya.

Suspiró. Cabello rojo, muy rojo, largo como la estela de un cometa; ojos dorados, auxiliar plateado en su oído izquierdo. Una encarnación perfecta de todos sus recuerdos y, al mismo tiempo, otra versión completamente diferente. Más adulto, más pleno, más todo.

Con el corazón en la garganta, se detuvo a pocos pasos de distancia. Él no se había movido, no había dejado de mirarlo ni un instante. En aquel mundo malva, solo las nuevas abejas tenían permiso para romper el silencio.

Tras un segundo o tras otra eternidad más de espera, también su creador lo rompió:

—¿Te…? —Tragó saliva—. ¿Te conozco?

Él respiró hondo y asintió .