Con la miel en los labios 23 Siempre #4
98%

23 Siempre #4

Allí, pasado y presente se difuminaban en una única línea violácea arropando el horizonte azul.

Sus cinco sentidos vibraban, desorientados, confundiendo Alcarria y Panal, lavanda y espliego, Reyes y Avispa.

Filas y filas de ramilletes redondos como algodón, a lo lejos el sol una moneda incandescente que lo regaba todo de magma.

Sus recuerdos, su futuro, el pelo ignífugo de Reyes…

y su camiseta blanquísima, la única pista de que no estaba soñando sino viviendo.

A lo mejor René siempre lo había sabido, que Kara había querido llevarlo allí cuando todo acabase, para pedirle que se quedara para siempre.

A lo mejor Reyes también lo sabía.

Fuera como fuese, pasearon por la frontera entre sueño y realidad en silencio, de la mano, simplemente escuchando el zumbido eterno de las abejas al saltar de flor en flor, de vida en vida.

Aún le costaba digerir que aquello era real.

Que un lugar así existía, y que tenía el privilegio de contemplarlo y tocarlo y respirarlo.

Demasiado perfecto, demasiado bueno, demasiado todo. Como Reyes.

No quería alargarlo más, pero tampoco acortarlo, así que se dejó guiar hasta el centro mismo del océano, solo púrpura alrededor.

Una encina solitaria los miraba desde la cima de una colina minúscula; se parecía a la que les había dado sombra en el exmundo.

O quizá no, quizá todas las encinas eran iguales.

¿Cómo iba a saberlo? Hasta ese verano jamás había abandonado las entrañas de Madrid.

Como en un baile repetido durante siglos, Reyes se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

No le preguntó de qué quería hablar, ni habló en su lugar.

Solo esperó, sus manos aún entrelazadas y las abejas revoloteando sin prestarles atención.

A Gon le dio vértigo. Le dio vértigo verlo tan tirante, ya con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas.

A lo mejor siempre lo habían sabido. Reyes y René; Kara y él. A lo mejor siempre habían sabido que Gon abriría la boca y diría:

—Voy a pedirle a Bego que vuelva conmigo.

Aunque saberlo no lo hizo más fácil. La forma en la que Reyes cerró los ojos largamente, aguantando el golpe; tampoco.

Al principio, había pensado en empezar al revés.

Empezar diciéndole que le quería, y que le querría ahora y hasta el final de todas sus vidas, pero se habría sentido sucio dándole primero el beso y luego la puñalada.

Dolía igual. Dolía muchísimo. Podía notarse las piezas sueltas, una figurita de cristal a punto de romperse, pero se forzó a continuar porque Reyes se merecía un cierre.

—Tú y yo ya vivimos una vida. Déjame vivir esta con ella.

Ahí estaba, la dentellada. Reyes mostró los dientes como un perro de caza:

—No la vivimos; nos la quitaron. Me mataron.

Gon se sentía como un diente de león, soplado y despedazado al viento.

Reyes soplaba y soplaba, desmembrándolo solo para cumplir un deseo.

Nada de él quedaba entero ya. Flotaba a la deriva, desmenuzado hasta siquiera recordar qué había sido antes del aire.

Por favor, que no se lo hiciera más difícil. Por favor que abriera el cepo.

—Lo sé —consiguió responder—. No estábamos destinados a estar juntos esa vez. Supongo que esta tampoco.

—¿Y entonces para qué hacernos recordar?

—¿Para no cometer el mismo fallo…?

—No soy un fallo —rugió Reyes, fulminándolo con la mirada. Se lo merecía.

—No —admitió, con un suspiro—. No creo que lo seamos.

Por supuesto, Reyes soltó su mano para cruzarse de brazos. Suponía que así evitaría crujírsela, o abrazarse a sí mismo. O un poquito de cada. Gon dejó caer muerto el brazo, sin saber qué hacer con su cuerpo ahora que no estaba en contacto con el suyo.

—¿Entonces…?

Su voz sonaba mitad súplica mitad esperanza.

—La quiero, Reyes.

—También a mí.

Silencio.

—También a mí —repitió, aunque esta vez sonó a pregunta.

Gon habría preferido no tener que decirlo, para que ninguno conservara un recuerdo que solamente les haría daño, pero tampoco quería quedárselo enquistado para siempre, ni negarle nada más:

—Claro que te quiero. Llevo queriéndote siglos.

Fue como echar leña a un fuego ya extinto.

Reyes se enderezó, de pronto flamígero, como si hubiera encontrado un rescoldo por el que prenderlo de nuevo.

Podía verlo pensar a toda prisa, reordenar piezas, encajarlas a la fuerza en pos de una solución que Gon llevaba meses buscando; podía verlo llegar a sus mismas conclusiones y desecharlas después.

—No me importa que estés con Bego también —le dijo al fin entre dientes.

Gon suspiró.

—A mí sí.

—Pero ¿y a ella? ¿Le has preguntado a ella? Porque todavía no habéis hablado, ¡a lo mejor te sorpr…!

No. No. No.

—Bego no tiene que decidir por mí y tú tampoco —graznó, la frustración ahora ácido en su lengua.

El rayo de dolor que cruzó sus ojos dorados fue peor—.

No es… No siento que sea lo correcto. Quiero pasar el resto de mis días con ella, pero no podré hacerlo si algo dentro de mí no para de decirme que tú eres mi destino y que Bego simplemente llegó antes.

Esta es la única manera de demostrarle que la quiero y querré tanto como a ti.

Gimió cuando Reyes abrió la boca de nuevo, listo para arremeter. Por favor, no. No soportaría que despellejara cada capa de su razonamiento hasta convertirlo en cenizas, no soportaría ni un solo segundo más de agonía porque aquel «no» era igual de difícil para él.

Pero Reyes no protestó más, porque entonces lo entendió. Entendió que Gon no estaba eligiendo a quién quería más de los dos, sino tomando la mejor decisión para los tres. Lo más justo.

Y si de algo sabía Reyes, si de algo sabía René, era de justicia.

—¿Y si… y si ella no quiere? ¿Volverás conmigo?

Se le rompió el corazón. Los restos en pie, al menos. Aún más cuando tuvo que negar con la cabeza después.

—No. Tú mismo lo dijiste; no quieres ser con lo que me conforme. Y, aunque no lo serías, tampoco podría permitir que te sintieras así el resto de nuestra vida. Si no puedo ofrecerte ser la única opción, no te ofreceré nada en absoluto.

Reyes siseó, aunque Gon pudo oír el sollozo debajo.

Su propio cuerpo permanecía firme por inercia, pues por dentro se sentía volátil y pesado a un tiempo, grumoso bajo el atardecer lavanda.

Quería besarle las lágrimas agolpadas en los ojos y quería decirle que todo iría bien.

No podía hacerlo precisamente porque le quería.

—Te lo has pensado bien, ¿eh? —chirrió Reyes, mientras se enjugaba las lágrimas con la muñeca—. No me has dejado ni un hilo del que tirar.

Seguro que se llevaría aquel recuerdo consigo a la otra vida.

El rojo intenso de su pelo, el púrpura del fondo, el azul del cielo.

El blanco de su camiseta, el arcoíris de sus tatuajes y lo brillante de sus lágrimas.

Lo injustamente precioso que estaba incluso a pedacitos.

No se dio cuenta de que veía borroso hasta que no se le quebró la voz al contestar:

—Lo siento.

Y:

—Es lo que nos merecemos. Cualquier puerta que dejásemos entreabierta solo nos haría más daño a la larga.

Fue ahí, justo ahí, cuando Reyes se rindió.

Gon nunca lo había visto rendirse y fue peor que cualquier decisión que jamás hubiera tomado.

Fue tan horrible, tan incongruente, que se movió por instinto y lo estrechó con fuerza entre sus brazos.

Lo abrazó como si fuera a perderlo ya, en ese mismo instante, como si su siguiente reencarnación fuera a arrancarlo de su lado en cualquier momento.

Pero no pasó. Nada los separó. Ni siquiera el sol, cada vez más bajo; ni siquiera las abejas, cada vez más confiadas en su presencia; ni siquiera ellos mismos.

Se abrazaron durante toda una vida más, aceptando que no la vivirían juntos, no en esa ocasión. Gon aspiró el olor a champú caro de su pelo por última vez; él hundió el rostro en su cuello.

Como siempre, Reyes dio el primer paso. Reyes siempre daría el primer paso.

—A la tercera va la vencida, supongo —le susurró al oído antes de separarse un poquito.

Rieron por lo bajo. Sin querer dejarlo ir tan pronto, Gon acunó su rostro con las manos y unió su frente a la suya. El corazón le latía a velocidad de estampida y, al mismo tiempo, jamás se había sentido tan seguro de nada.

—Te encontraré, ¿vale? Si compartimos la siguiente vida, te encontraré.

—Pero ¿y si…?

—No, escúchame —le cortó, apartándose lo justo para mirarlo a los ojos. Eran tan, tan dorados…—. Ya te encontré una vez, te encontraré otra. Te encontraré siempre. —Nada sonaba más alto que las abejas, que su silencio, que su promesa—. ¿Me crees?

Reyes cerró los ojos y asintió.

A pesar de que lo único que deseaba era seguir a su Avispa al otro mundo, su deber como custodio sobrepasaba con creces su agonía y alimentaba deseos de venganza.

Así, en cuanto el sanatorio mayor de palacio le otorgó su bendición (o, más bien, en cuanto Kara consiguió coaccionarlo), tomó el joyero de nácar y se presentó uniformado en la sala del trono sin molestarse en pedir audiencia.

Sabía que Jez’bel estaría allí, esperando día y noche a que su custodio se recuperase de la puñalada y acudiese a ella.

Fue al mirarla a los ojos que volvió a sentir. Y sentir fue peor que cederle su cuerpo a la coraza, fue abrir la herida otra vez, fue oírlo morir otra vez. No quería hacerlo, pero cumplió su misión y le ofreció el joyero del que no se había separado ni convaleciente.

Ella lo aceptó, pero no lo abrió.

Sabía lo que encontraría dentro.

Kara quiso gritar.

—Nos vendiste —masculló en cambio, y su voz no sonaba como su voz, sino como la de todos sus ancestros en una sola garganta.

Pena. Lástima. Su reina se atrevía a mirarlo con lástima.