Con la miel en los labios 23 Siempre #3
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23 Siempre #3

Reyes no tenía tanta suerte. Después de todo, la memoria de la Avispa de Nascente siempre había sido clave para su supervivencia, y la había entrenado como tal. Ni un solo segundo sin registrar, ni un solo horror sin presenciar.

Un domingo, Reyes despertó temblando.

—Te he visto —dijo, con un hilo de voz—. En el cuartel, en Nascente. He visto lo que te hacía y lo que me hacían a mí después.

Se miró las manos, pálido, sus ojos llenos de lágrimas.

Y, sin embargo, el primero en romper a llorar fue Gon.

Llorar les vino bien. Fue casi terapéutico, y les dejó los músculos derretidos y las ideas claras.

Por fin Gon tenía un objetivo a corto plazo, algo en lo que volcarse para devolverle todo cuanto Reyes había hecho por él.

Con ojos todavía vidriosos, este lo contempló levantarse a por su portátil y reacomodarse a su lado en el sofá.

—¿La escaleta para qué? —La voz le salió ronca.

En lugar de responderle, Gon escribió «rojo» en el buscador del documento. Veintisiete resultados. Subrayó catorce de ellos. Luego buscó «Gemelos» y subrayó otros diez.

—Son trece días de camino hasta Nascente —comenzó a explicarse al fin—. Pasamos una noche en la posada de frontera, trece días de vuelta y cinco en el Panal. Durante dos años, una noche. ¿Me sigues?

Reyes se sorbió los mocos.

—No.

Ay. Odiaba verlo así. Con el corazón en un puño, se inclinó para darle un beso en la sien. No se alejó mucho después.

—Mira —probó de nuevo, más suave, girando la pantalla hacia él—. Estos son los sueños que has tenido sobre los Gemelos. Hay veinticuatro apuntados, como el número total de visitas al cuartel y, además, todos están marcados ya con alguno de los demás sentidos. Lo que significa…

Lo miró. Reyes aún tardó dos o tres segundos más en soltar un grito ahogado, comprendiendo de golpe. Las lágrimas volvieron, pero, esta vez, no eran de miedo. Eran de esperanza.

—Se han acabado —le dijo Gon igualmente, porque quería que lo escuchara. Quería prometérselo —. Solo queda el final, y ya lo has soñado. Un eco malo más y se acabó. Todo lo que venga después será tranquilo. Divertido, incluso. Creo que te faltan un par de bailes por cubrir, ¿no?

Despacito, como sin ser consciente, Reyes asintió.

Y luego cerró los ojos y respiró muy muy hondo antes de soltar todo el aire en una larga exhalación trémula.

Gon no pudo evitar dejarle otro beso en el pelo, contento de poder quitarle un peso de encima.

Todavía quedaba lo peor, pero al menos sabían dónde y cuándo terminaría.

Ahora solo faltaba prepararse para combatir el dolor cuando llegase y aguantar. Aguantar.

—Solo uno —repitió Reyes, muy bajito, y Gon asintió—. Solo uno más.

Hicieron un primer tour de prueba y salió bien.

Reyes no sufrió ningún eco, no se le olvidó ninguna línea y los visitantes llenaron las redes de piropos y de fotos de sus tarritos de miel gratis.

Con Gon y un par de jornaleros más en el campo, podrían permitirse tres, cuatro, incluso cinco visitas diarias.

Un flujo constante de dinero para invertirlo en colmenas más frescas, resistentes al calor.

Adoraba ver cómo el imperio de Reyes avanzaba lento pero seguro. El de René, en cambio, abandonaba poco a poco sus dominios. Este dejaba un regusto amargo a su paso, melancólico, aunque también suave y blando. Se parecía bastante a la aceptación.

En cualquier momento, nada quedaría de su vida pasada en ellos, y eso estaba bien. Ya era hora de ser Gon y Reyes, no Kara y René. Ya habían ocupado demasiado de su tiempo.

Y, aunque le daba vértigo (pánico) quedarse a solas consigo mismo, sin más recuerdos que los propios, no había nada que Gon más deseara en el mundo que volver a ser simplemente Gon.

Sin guerras, sin torturas, sin traiciones. Solo nóminas, alquileres y autobuses. Solo la rutina de una vida mundana, quizá no maravillosa pero sí tranquila, sencilla, segura.

Eso era lo único que deseaba para los dos (para los tres): tranquilidad, sencillez, seguridad.

Tal vez fue justo aquella mínima conclusión lo que le dio la respuesta.

Reyes Cisneros vivió su muerte a las 15:15 del 21 de julio.

Fue peor de lo que habían planeado. Fue agónico, terrorífico, eterno.

Comenzó nada más poner la comida en la mesa y se alargó hasta pasada la medianoche.

Y, aunque Reyes consiguió tragar el Enantyum que tenía guardado para la ocasión con la esperanza de que «le dejara KO, como siempre», pronto comprobaron que la suerte no les sonreía.

Gon estuvo a punto de llamar a Urgencias tres veces; Reyes lo detuvo todas ellas.

Como con el Enantyum, lo único que podrían hacer allí para combatir una tortura inexistente sería sedarlo, y ninguno quería arriesgarse a que el eco simplemente quedase en pausa, listo para reanudar su caminito en cuanto despertara.

Poco después, Reyes desconectó. El súbito silencio resonó más alto que todos sus alaridos anteriores.

Ahí fue cuando Gon lo subió en brazos al dormitorio con la mayor delicadeza posible, donde lo recostó en la cama y donde lo arrulló hasta el final.

Se aseguró de mantenerle las manos frente a los ojos, para que su cerebro conmocionado tuviera una prueba constante de que seguían intactas, de que seguía a salvo.

De tanto en tanto, entre horas de oleaje, Reyes enfocaba la vista en ellas fugazmente y respiraba hondo, reuniendo fuerzas para el siguiente maremoto de horror.

Gon le besó los nudillos, la sien y las mejillas.

Al anochecer lo oyó además emitir un quejido quedo antes de que pasara a clavarle las uñas con saña.

Le dejó hacer. Le dejó hendirle semilunas en la piel en un intento fútil por anclarse al presente, por aligerar el dolor, por acelerar el proceso. No sirvió de nada, claro.

Ya bien entrada la madrugada, Reyes se llenó los pulmones una última vez y soltó todo el aire contenido durante eones.

Gon esperó, expectante, pero cuando no lo notó volver a tensarse entre sus brazos supo que se había acabado.

De hecho, lo sintió derretirse entero sobre el colchón, desmadejado y agotado, vacío.

—¿Ya? —se atrevió a preguntar, voz ajada del desuso.

Oyó el roce de mejilla sobre sábana. Un asentimiento.

—¿Has muerto?

Asintió otra vez. Solo entonces se permitió Gon respirar hondo también, liberando la tensión de toda una vida.

—Lo siento mucho.

La luz aún encendida de la cocina trepaba escalón a escalón hasta colarse en el cuarto, una penumbra cómoda, casi bienvenida.

Le permitió distinguir cómo Reyes alzaba la cabeza para devolverle la mirada, aliviado pero infinitamente triste.

Sí, él también se sentía así. Por eso le apartó el pelo empapado de sudor de la cara y le acarició las mejillas hasta que cerró los ojos.

Allí entrelazados en lo más profundo de la noche, le vino a la mente la imagen de los dos fósiles encapsulados.

Y, por primera vez, no deseó quedarse suspendido en el tiempo, acurrucado en esa bola de nieve de cristal que era la Alcarria. Por primera vez quería salir al sol, avanzar, vivir. No hipotéticamente, como algo que le pasaba a los demás, sino como algo real, tangible.

—Quedan muy pocos —susurró Reyes.

Gon asintió. Sonaba a sentencia de muerte y a luz al final del túnel.

—¿Te quedarás hasta el último?

Le besó las puntas de los dedos antes de decir:

—Me quedaré cuanto quieras.

No era una promesa. Era un hecho.

Una semana después, Gonzalo vivió la muerte de Kara.

Al contrario que la de la Avispa, su eco llegó y marchó con la velocidad de una estrella fugaz, visto y no visto, un pestañeo.

En un momento contemplaba distraídamente cómo Reyes fingía poner matarratas a lo alto del murete (era una latita de comida húmeda gatuna) y al siguiente se abría la garganta de un tajo rápido.

Kara se desangró en pocos minutos y Gon también.

Para cuando Reyes se giró hacia él, alarmado por su gruñido de dolor, ya había terminado.

El último sentido había terminado. Ya no sentía el tacto del terciopelo en los labios ni el borboteo de sangre en la tráquea. Ya no sentía nada más que el sol en el pelo, el canto de la piscina bajo los codos y el agua en el resto del cuerpo.

Cauteloso, Reyes regresó a su lado. Gon se sumergió un segundo para limpiarse la cara y al salir nadó hacia él, ya sentado en la escalerilla metálica, esperando. Ni Reyes preguntó ni Gon se explicó (estaba claro qué acababa de suceder), así que se limitó a dejarse tocar el pelito y cerró los ojos.

Podría tener eso.

Podría tener eso todos los días, para siempre.

Podría besarle cada mañana y luego ir juntos al colmenar.

Podría darle a Kara y René el futuro por el que habían muerto, podría ser feliz allí, lejos de todo cuanto conocía porque lo conocía a él.

Podría empezar de cero y descubrir a ese nuevo Gonzalo que no había sabido que existía antes de Reyes.

Le quedaban tantas cosas por descubrir de sí mismo, tantas de Reyes, tantas, tantas…

—Tenemos que hablar.

Reyes asintió, sin dejar de tocarlo.

—¿Ahora?

Se encogió de hombros.

—Cuando quieras.

Lo vio sonreír. «Cómo han cambiado las tornas, ¿eh?», decía esa sonrisa. Pero tiempo era lo único que Gon podía darle a cambio del que Reyes le había dado a él, así que esperaría. Ninguno de los dos le debía audiencia.

Al final, Reyes suspiró y dijo:

—Déjame llevarte a un sitio.

Ocho meses exactos tras aquel primer encuentro en el Stardust, Reyes Cisneros lo llevó a los mares lilas.