Con la miel en los labios 23 Siempre #2
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23 Siempre #2

No, claro que nadie los había presentado formalmente.

Al fin y al cabo, los custodios, al contrario que las demás castas del Panal, carecían de posición social propia.

No contaban como zánganos, porque hacían más que servir a la corte; pero tampoco como nobleza, pues no poseían sangre real.

En general, eran considerados una simple extensión de las princesas a su cargo, y, por lo tanto, sus privilegios daban comienzo al asumir el puesto y desaparecían al retirarse. El respeto permanecía; la autoridad no.

Sin embargo, la Avispa de Nascente parecía haber olvidado los entresijos jerárquicos de su propia cultura. Otra razón más para dudar de sus intenciones para con la abeja reina.

Y, por si fuera poco, también parecía haber olvidado eso otro.

Kara bajó la vista hacia su mano extendida, la palma terriblemente visible bajo la tela traslúcida y sus tatuajes encarnados una advertencia incluso más clara que el cascabeleo de una serpiente.

Al segundo, René reparó en su error, y aunque fue rápido en convertir el saludo nascente en uno quinxaíno, ya era tarde.

—Perdón —se disculpó después—. La costumbre.

Ya. Ese era justo el problema.

Sin poder evitarlo, Kara torció el gesto.

A su espalda, al final del corredor, Jez’bel hablaba en murmullos con el tanatólogo mayor, el único poseedor de las llaves de acceso al mortuorio real.

No parecía muy contento de encontrarse allí a esas horas de escándalo (comprensible), ni de verse obligado a compartir sus herramientas de trabajo con el enemigo (aún más comprensible), así que Kara se volvió de nuevo hacia la Avispa y dijo:

—No puedes dirigirte a un custodio sin la autorización de su princesa.

René pestañeó, visiblemente sorprendido.

Y un poco desorientado, también. Quizá porque lo habían arrancado de sus aposentos apenas media hora después de que se retirara del baile de bienvenida, sin darle opción siquiera a adecentarse primero.

Cabello anudado en un recogido vago, guantes puestos con prisa, batín de noche prendido a la cintura, ojos como pedacitos de miel cristalizada.

Parecía más frágil así, despojado de joyería y palabrería, menos amenazante.

Kara estaba seguro de que podría partirle varios huesos de un solo golpe.

Casi q uería hacerlo. Aunque sería una pena, en realidad, romper algo tan bonito.

—Entonces, ¿cómo podr…?

—Han de presentarnos ellas primero, si así lo desean. Solo entonces podrás conversar con nosotros en su ausencia.

La forma en la que entornó los ojos traicionó que aquella información trastocaba alguno de sus planes.

De pronto, ya no parecía tan blando. Ah, seguro que se había preparado toda una ruta de custodios para intentar ganarse a sus protegidas a través de ellos.

Como si no fuera esa la razón exacta por la que una princesa debía aprobar el primer acercamiento.

—¿Se aplica esta regla a todo el mundo? —preguntó René, con un tono tan perfectamente inocente que casi se lo creyó.

Kara asintió.

—Cada cual conoce su lugar en la colmena.

—¿Ni siquiera otra princesa puede hablar contigo si la tuya no quiere?

«La tuya». Ni que fuera Jez’bel quien le perteneciese a él y no al revés.

Igualmente, asintió de nuevo, aunque tampoco era del todo cierto.

Por supuesto, la abeja reina tenía potestad absoluta para establecer contacto con cualquiera de sus súbditos, y los custodios también podían relacionarse entre sí, en pos de garantizar una comunicación fluida y transparente entre princesas.

Sin embargo, eso prefirió callárselo. Cuanto más complicado se lo pusiera a la Avispa, mejor.

—Suena bastante deshumanizante.

¿Perdón?

Kara abrió la boca para replicar, mitad desconcertado mitad agraviado, pero en ese momento Jez’bel se reunió con ellos, dejando que el tanatólogo mayor se encargara de preparar la sala de examen.

Cualquiera diría que acababa de disfrutar de un largo sueño reparador, intencionadamente regia y arreglada; lo que solo profundizaba la grieta entre ella y René, descalzo, agotado y en batín.

—Ah, Avispa —saludó toda educada, dedicándole una breve reverencia—. Siento haberos sacado de la cama sin invitaros siquiera primero a desayunar, pero no hay tiempo que perder. Mi hermana ya ha esperado demasiado.

Esta vez sí, René ax Nazcar ofreció los respetos correspondientes. Sin falla, sin torpeza. Durante un par de minutos intercambiaron títulos y disculpas, ni una sola palabra o gesto fuera de guion, y Kara presenció el complicado protocolo en sumo silencio, como la sombra que debía ser.

Si la Avispa notó los tres segundos que Jez’bel dudó antes de introducirle a su custodio, no dijo nada. No con palabras, al menos, pues su sonrisa divertida al saludarlo de segundas hablaba por sí sola. Kara no se la devolvió, limitándose a cumplir su parte.

—¿Empezamos? —preguntó su princesa, echando a andar hacia el mortuorio sin molestarse en esperarlos.

Él la siguió enseguida; René también. Lamentablemente, en lugar de adelantarse los dos pasos reglamentarios, el nazcareno se colocó a su derecha y acompasó su ritmo al suyo. Todavía sonreía.

—Me lo habías pintado mucho más difícil de lo que ha sido —le dijo en un susurro—. Creía que la princesa heredera se resistiría a darme vía libre contigo.

Esperaba que no se percatara de lo fuerte que rechinaba los dientes.

—¿Por qué debería? Nos has prometido Nascente.

René sonrió aún más. Tenía los labios agrietados, seguramente por el viento del camino, pero resistieron el tirón.

La falta de respuesta le inquietó mucho más que la sonrisa.

Cuando despertó, se preguntó si en todas sus vidas comenzarían con mal pie.

Si aquella era la primera señal de que deberían evitarse, pues lo que mal empieza mal acaba; o si en cada ocasión lograrían entenderse a pesar de todo.

Si ya se habían encontrado más veces y solo recordaban la última, si habría otras después.

Si estaban condenados a repetir la historia en bucle hasta conseguir un final diferente, si no importaba tanto el final como el principio.

Si eran almas gemelas o solo una última voluntad más fuerte que cualquier otra fuerza del universo.

No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, pero tras un rato dándole vueltas llegó a la conclusión de que tampoco importaba.

No importaban Kara y René, no importaba quiénes serían después, porque lo que de verdad importaba eran ellos mismos, ahora.

Porque incluso si jamás se hubieran soñado, quizá Gon habría acabado allí igualmente, escuchando la respiración pausada de Reyes mientras el amanecer iba aclarando poco a poco el dormitorio.

Su pelo le hacía cosquillas en el cuello y olía a champú caro.

Por alguna razón, tuvo la sensación de que ya no volvería a soñar.

Al día siguiente, el casero de su piso le preguntó por WhatsApp si renovarían otro año de contrato, por eso de que el vecino del B le había cotilleado que no los veía por allí desde hacía un tiempo.

Fue amable al explicarle que el verano era la mejor época para ponerlo de nuevo en alquiler, y al recordarle que su contrato vencía a principios de septiembre.

Prácticamente a la vez, Begoña le escribió para decirle que ya estaba en Madrid.

Abrumado, Gon enterró el móvil en la guantera de la furgoneta y fingió no haber visto ninguno de los dos mensajes.

Por la noche, Reyes lo ayudó a navegar la crisis paso a paso. Contestar a Begoña, reenviarle el mensaje del casero, ordenar sus pensamientos.

Bego, como siempre, se le adelantó, respondiéndole que no se preocupara porque Leticia estaba interesada en el piso.

«Pero si es un cuchitril», tecleó él, incrédulo.

«Pero a Recla le pilla cerca del Stardust», contestó ella.

Gon se quedó mirando el globito de texto sin entender la correlación durante un minuto entero.

—Bueno —rio Reyes después—. Al menos algo bueno ha salido de esa fiesta del demonio.

El sentimiento era mutuo, aunque el alivio nunca llegó.

Solo pensar en no volver a poner pie en aquel rinconcito destartalado de Lavapiés le encogía los pulmones, el estómago, el cuerpo entero.

Allí había pasado los mejores y, al mismo tiempo, los peores años de su vida.

Allí había sufrido la cara más salvaje de la desesperanza laboral, pero también cumplido su deseo más antiguo: compartir el día a día con Bego.

Durante un instante fugaz, Gon estuvo a punto de negarse.

De decirle que aquel era su hogar, que tendrían que arrancarlo de cuajo de sus paredes y que antes la muerte que regalar sus recuerdos juntos como ropa de segunda mano.

Que Recla y Leticia se buscasen su propio nido de ratas porque ese era suyo.

En cambio, respondió neutralmente y archivó la rabia para examinarla más tarde, cuando se encontrara a solas.

Aquella noche no soñó nada.

Tampoco la siguiente, ni la siguiente. La siguiente sí.

Soñó que llegaba a las afueras del pueblo de frontera, exangüe y conmocionado, y que la tabernera enviaba a su hija a buscar ayuda médica entre gritos histéricos.

Kara seguía aferrado al joyero. No lo soltó ni siquiera cuando le cosieron las puñaladas en condiciones, ni cuando lo bañaron y alimentaron.

Nadie preguntó por qué del mismo modo en que nadie preguntó por René.

Y otras tres noches sin soñar. A la cuarta, larguísimas horas de Kara con los ojos anclados en el camino y el joyero al pecho.

Gon tardó una semana entera en comprender que los sueños nunca le habían dejado en paz.

Que nunca había tenido noches libres, ni siquiera al principio.

Simplemente, Kara no recordaba absolutamente nada de aquellos trece días de viaje.

Para protegerlo, su cerebro los había aplastado hasta reducirlos a un zumbido constante, a una masa irreconocible, y eso era lo que invadía sus sueños cuando Gon había creído no soñar.