23 Siempre
R ecordaba aquel conjunto.
Recordaba qué había cenado, bebido y dicho aquella noche, y la melodía que sonaba al vislumbrar el primer destello nacarado entre los invitados.
Recordaba haber pensado que ni siquiera la Avispa de Nascente osaría lucir el tipo de perlas distintivas de la abeja reina, y menos aún en presencia de esta, pero poco después Kara se los encontró a ambos halagando el gusto del otro.
La anciana, débil ante la adulación, había enroscado un brazo pulcramente enguantado alrededor del codo de René, quien la guiaba a través del salón de baile como paseando por los jardines.
Reina y Avispa vestían por entero de malva, xamar tradicional nascente él, atuendo real quinxaíno ella; tan dispares en su hechura como idénticas las espigas de lavanda trenzadas coronando sus cabellos rojos y canosos o las perlas engarzadas en guantes, faldas, fajín.
¿Quién no habría creído entonces, ante semejante imagen de unidad, que Nascente y Panal podían no solo coexistir, sino además prosperar juntos, codo con codo, frontera con frontera?
¿Quién no habría creído entonces en la posibilidad de una paz genuina?
¿Si la abeja reina trataba a esa avispa como alguna vez trató a su difunta princesa nazcarena y la Avispa la miraba como a la madre que jamás debió perder?
Kara había rechinado los dientes; Jez’bel había escupido un comentario mordaz.
—Lamentablemente, las perlas son de plástico —suspiró Susana, abanicándose con el folleto de la exposición—. Tuve que comprarlas a granel por internet y llevármelas a cuestas al estudio en una bolsa tan grande que Esther me llamó Papá Noel.
—Hombre, seguro que nadie pretendía que te gastaras la fortuna familiar en un trabajito de formación profesional —la tranquilizó Reyes, aunque no parecía muy atento a la conversación. Gon, desde luego, no lo estaba—. No te preocupes. Lo importante es el resultado, y dan el pego.
—Ay, Reyes… Gracias. Bueno, aquí os dejo, ¿vale? Este pasillo es todo mío, el siguiente ya es de Lorena, aunque, bueno, vosotros no tendréis problemas para distinguir dónde acaba…
Gon no contestó. Reyes sí, Reyes se despidió de ella con una sonrisa antes de volverse de nuevo hacia los dos trajes blancos.
No había mucha gente en la exposición. A fin de cuentas, el FP de Corte, Confección y Diseño de Susana no es que fuese un faro dentro del sector; así que sobre todo asistían familiares, profesores y antiguos alumnos.
Solo de vez en cuando se dejaba caer algún ojeador en busca de un nuevo fichaje para sus clientes, el sueño de cualquier diseñador novel.
Por eso su hermana estaba tan nerviosa, y por eso a ninguno le molestó que aleteara de regreso a su tutor.
Así que se quedaron allí, en silencio, muy quietos, contemplando aquel otro tipo de reencarnación hecho de joyería contrachapada, tejidos económicos y horas y horas de aguja.
Era extraño, encontrarse pedacitos de su pasado expuestos en maniquíes, descritos en una plaquita plastificada.
Por supuesto, Susana no había ocultado el origen de sus diseños, aunque «conjunto de atuendos tradicionales extraídos de los recuerdos de la vida pasada de mi hermano» sonaba tan fantasioso como los demás proyectos exhibidos.
Casi sonaba a metáfora, a cuento de hadas.
Tampoco sabía cómo sentirse al respecto.
Se le encogió el corazón al enfrentarse al tercer maniquí, vestido por entero de color negro, camisa gruesa y rígida cruzada al pecho, por encima la armadura de cuero laqueado y seda trenzada no del todo fiel a la original pero espeluznantemente similar.
El macramé que unía cada placa jamás imitaría a la perfección lo intricado de sus patrones, el simbolismo de un nudo vuelto o visible, de un cordón negro u ocre; primero porque Gon había sido incapaz de rememorar con tal detalle y segundo porque las manos que lo habían cosido desconocían todo el peso cultural que conllevaba.
Visto desde fuera, con ojos ajenos, parecía una coraza de insecto.
De zángano.
—Kara era más alto —solo se le ocurrió comentar, voz rasposa.
A su lado, Reyes asintió.
—Y más ancho.
—Ah, falta el talismán de princesa al cinto. Se me olvidó decírselo…
—¿¡Que se te olvidó el talismán de Jez’bel !? —Reyes fingió un escandalizado grito ahogado—. Mañana se te planta aquí su alter ego para apuñalarte por traidor.
Eso le hizo sonreír.
—Te apuñalaría a ti primero. Te odiaba.
Con ademán pomposo, Reyes se apartó un mechón de la cara y avanzó hacia el siguiente traje mientras decía:
—Tener haters es la prueba más clara de relevancia social. Que dé la cara si se atreve, ya me gustaría a mí tener un par de palabritas con ella.
Gon puso los ojos en blanco, divertido y sobrecogido a un tiempo. Ante ellos, un fastuoso vestido de abeja reina con sus guantes a juego. Aquel había pertenecido a Jez’bel, no a su madre. Del día de su coronación.
No por primera vez, se preguntó si ella también estaría por allí, en aquel mundo, recordando en contra de su voluntad.
Suponía que no. Después de todo, los recuerdos orbitaban alrededor de Kara y René, como si el resto no importara.
Jez’bel, los Gemelos, las otras princesas, custodios y abejas, ofrecían únicamente contexto.
Y, sin querer, pasó a preguntarse si Begoña sería solo contexto en su siguiente reencarnación.
Si el próximo Gonzalo miraría atrás y apenas tendría retazos de conversaciones, discusiones, escenas fugaces en la cocina o en el dormitorio con las que tejer una vida que, en realidad, no había vivido.
Como su hermana al plasmar aquel vestido, a ese otro Gonzalo también le faltarían datos.
Le dio miedo. Le dio miedo pensar que la decisión ya había sido tomada, antes incluso de que él mismo naciera, antes siquiera de que pudiera sopesar más opciones. Que Kara había elegido en nombre de todos sus sucesores y que Gon no tenía ni voz ni voto en el asunto.
Se resistió ante la idea. No dejaría que nadie borrase a Begoña de sus recuerdos, ni siquiera él mismo. Terminara como terminara su historia, Bego había formado tan parte de ella como el propio Reyes.
Y algo debió de verle este en la cara, porque preguntó:
—¿Estás bien?
El primer impulso de Gon fue mentir. Luego torció el gesto.
—No me siento como esperaba sentirme.
Para su sorpresa, Reyes asintió.
—Ya… A mí me da la sensación de que, cuanto más logrados están, más irreales me parecen.
Mira esto —y lo arrastró hasta el penúltimo diseño, simples prendas de montar nascentes, de las que René gastaba de camino a la frontera—, es exactamente igual.
Este axala era mío. Recuerdo el tacto, lo ligero y cómodo que era.
Y aun así nunca lo había sentido tan ajeno.
Silencio.
—¿Crees que es porque solo son copias?
Reyes se encogió de hombros. A lo mejor, como él, estaba pensando que quizá el problema radicaba en que las copias eran ellos.
—Creo que es porque se está acabando. Los estamos perdiendo.
Eso le dio aún más miedo. Nunca había tenido nada tan seguro en su vida como la de Kara, donde había crecido con sus verdaderos padres, su verdadera cultura, su verdadero nombre.
No soportaría guardar luto por otra identidad más.
Le gustaba sentirse parte de algo más grande, de algo que los conectaba a todos entre sí como el macramé de su antigua armadura las placas de cuero.
Pero, al final, los recuerdos solo eran eso, recuerdos. Contexto, datos.
Y, cuando ya no quedara ninguno por soñar, solo Reyes permanecería. Ni Kara, ni René, ni el Panal. Solo ellos.
—¿Sigues pensando que lo que sientes por mí no es tuyo?
Lo preguntó en un murmullo, como si en realidad no quisiera que Gon lo oyera. O que respondiera.
La última pieza de la exposición solo podía ser aquella.
Un xamar de gala precioso, aquel que René ax Nazcar había vestido en su primer baile en el Panal; la noche en que se habían conocido.
Deseó revivir ese recuerdo en bucle hasta el fin del mundo y, al mismo tiempo, desprenderse de él como de piel vieja.
Kara había amado a la Avispa de Nascente con locura, pero lo que Gon veía en esos guantes traslúcidos solo era eso: pasado.
Y lo que él quería era un futuro.
Así que se imaginó el futuro con Reyes. Se imaginó deshaciendo la maleta por última vez en su chalet de campo, colocando sus libros en las estanterías y su ropa en el armario.
Se imaginó durmiendo con él, despertando con él, visitando museos con él.
Se imaginó aprendiendo lengua de signos, aprendiendo un oficio, aprendiendo términos que solo otros apicultores entenderían.
Se imaginó a su lado sin reservas, sin dudas, feliz.
Se imaginó toda una vida juntos y la quiso, la quiso, la quiso.
La quiso con la misma violencia con la que quería retomar la que había empezado junto a Bego.
Quería el piso cochambroso y los diez años de amistad, quería devanarse los sesos buscando el regalo de aniversario perfecto, quería demostrarle a sus padres que se la merecía y quería incluso casarse a lo grande, sin avergonzarse por echarse a llorar al verla de blanco en el altar.
Quería los hijos a los que habían puesto nombre a los pocos meses de empezar a salir y quería todo, todo cuanto se habían prometido.
Pero no podía tener las dos, porque no eran compatibles: para vivir una, debía renunciar irremediablemente a la otra.
Pues, al igual que Kara y él, el Gonzalo que volvería con Bego si ella le aceptaba y el Gonzalo que enraizaría en la Alcarria eran personas diferentes.
No había manera de ensamblar ambas piezas.
Al final, frente al xamar de gala que lo había comenzado todo, Gon negó con la cabeza.
Reyes, en cambio, asintió. No necesitaba nada más.
—An’Ser Kara, ¿verdad? Creo que no nos han presentado formalmente. René ax Nazcar, emisario de la Nación de Nascente.