22 Querer #4
Le había dado tanto miedo que ni siquiera reaccionó. Solo se quedó allí, sosteniéndolo contra su costado, preguntándose cómo iban a navegar la recta final. Qué podía hacer él más allá de quedarse mirando, cómo podía hacérselo más llevadero. Seguía sin encontrarle solución.
—¿Vemos algo? —había sugerido entonces Reyes, en un hilo de voz—. Todavía no quiero irme a dormir.
Normal. Gon tampoco querría darle oportunidad al pasado de volver a cazarle tan pronto.
Y, sin embargo, ahí estaba ahora, profundamente dormido y a salvo.
Reyes también se merecía un respiro, tanto de su vida anterior como de la actual, así que a él ni se le ocurriría despertarle para cambiarse a la cama.
Por eso pausó la película y buscó en Netflix algo que se hubiera dejado a medias en Madrid, sin parar de tocarle el pelo.
Por casualidad, topó con la última serie que Bego y él habían visto juntos, la del acosador sociópata. Si no recordaba mal, le quedaban un par de episodios para finiquitarla. Sería una buena opción. Total, no creía que ella se los hubiera reservado para por si acaso.
Sin embargo, en cuanto pulsó play el resumen del episodio anterior le encogió el estómago.
Recordaba qué habían estado haciendo en cada escena, qué había comentado ella, qué había contestado él.
Momentos corrientes, domésticos, idénticos al que en ese instante compartía con Reyes.
Se preguntó si seguiría en la playa, si ya habría vuelto, si se habría pasado por el piso alguna vez.
Si lo echaba de menos tanto como él a ella.
«No somos adivinos», había dicho Reyes la tarde anterior.
Antes de poder arrepentirse, Gon echó mano al móvil y abrió WhatsApp.
Su última conversación fluida con Bego había sido a mediados de mayo.
Después de eso solo había unos cuantos mensajes aislados hasta junio, cuando Gon avisó de que pasaría un tiempo en Guadalajara.
Ella solo había contestado un seco «ok» y él no se había atrevido a preguntarle cómo estaba.
Tampoco se atrevía a preguntarle a Reyes cómo había ido la reunión de marketing a la que había faltado por torcerse el tobillo, qué le había contado Titi.
No podía seguir así.
Así que, con una sola mano, escribió a Begoña.
La puso al corriente de la situación y de lo que sentía, aunque eso último ya se lo hubiera dicho tras la fiesta.
Le dijo que estaba pensando, como le había pedido, y que no se viera obligada a responder a ese mensaje.
Le dijo lo mismo que a Reyes, en resumen, aunque por escrito quedó mucho más largo de lo que había planeado, y eso que no era chico de muchas palabras.
Después de releerlo una y mil veces, añadió un «perdón por las horas» al inicio y lo envió.
La biblioteca del Panal abarcaba toda una planta, un laberinto de estanterías de duro roble y lomos brillantes.
A Kara, al contrario que a Jez’bel, lo de leer no le interesaba mucho, y aunque René también parecía ser más de acción que de diván ya llevaban media hora recorriendo los pasillos, las puntas de sus guantes transparentes rozando cada tomo.
El custodio lo seguía a la zaga, saludando con un gesto de mentón al resto de lectores con los que se cruzaban.
Princesas, otros custodios, familiares de princesas que visitaban el Panal solo para tomar libros prestados y aquellos aristócratas a quienes se les concedía acceso.
A fin de cuentas, esa biblioteca guardaba toda su historia.
Y su historia, por supuesto, incluía también aquello.
—Pero qué cantidad de refranes sobre abejas tenéis, ¿no?
Kara rio por lo bajo, acercándose adonde la Avispa había echado el ancla.
La sección de tradición oral ocupaba apenas un rinconcito del enorme bosque barnizado, pero era popular entre los pocos infantes autorizados debido al montón de antiguos libros ilustrados que contenía.
Atraído por el colorido de sus cubiertas, René también parecía haber caído en la trampa.
—¿Qué esperabas?
Pero René no lo escuchaba, concentrado en la tanda de refranes. Iba torciendo el gesto más y más a cada segundo y a Kara le dieron ganas de reírse otra vez.
—¿Qué pasa?
—Todos son… nefastos. «Veneno mortal, bajo dulce miel se esconderá» —recitó, con cara de circunstancias—. ¿Esto le enseñáis a los niños? Cuánto optimismo.
—Mejor prevenir que curar —sonrió Kara, y René resopló—. Los refranes advierten de cosas malas, es normal.
—Mentira. Alguno tiene que haber que prediga cosas buenas.
—No son profecías —se rio (ahora sí).
—Pues mi abuela las trataba como tal.
Sus abuelas, al parecer, se hubieran llevado muy bien.
A veces se las imaginaba intercambiando cotilleos en el patio, aunque la suya había muerto cinco años atrás y la de René (por fortuna) el verano anterior a la toma de Nazcar.
Quizá anduvieran desgranando guisantes juntas en la otra vida mientras esperaban a que la paz alcanzara a sus nietos.
Se las imaginaba carcajeándose como gallinas, una toda arrugada y morena; otra espigada y rubia.
Con mucha, mucha suerte, ellos también llegarían a arrugado y moreno; espigado y rubio.
Hola, Gon. Gracias por escribirme, no esperaba que lo hicieras. Por aquí todo bien, de vacaciones en la playa.
Yo también sigo dándole vueltas, así que todo lo que me has dicho ayuda mucho. ¿Te parece que quedemos para hablarlo mejor cuando vuelva? Aún tengo muchas dudas, y seguro que tú también.
Me gustaría que, decidamos lo que decidamos al final cada uno, lo hiciéramos juntos.
Vamos viendo, ¿vale? Por mi parte no hay prisa, ya me dijo Titi que estaréis liados con las colmenas hasta finales de julio. Espero que la nuestra sobreviva. Dale recuerdos a Reyes. Un beso.
Reyes lo miró de reojo mientras cambiaba de marcha.
Eran las 14:55 de un día aleatorio de primeros de julio y regresaban del colmenar con láminas y láminas de cera chorreante de miel recién recolectada en el maletero.
Ellos también chorreaban, pero de sudor, y a Gon no se le iba la sensación de que seguía metido en el buzo de apicultor.
—¿Todo bien? —preguntó Reyes, ahora con la vista fija en el caminito de tierra.
—Sí. Anoche escribí a Bego y acaba de contestarme. Te manda recuerdos.
—Oh.
Silencio. Como Gon no dijo nada más, él insistió:
—¿Algo que deba saber?
Negó con la cabeza.
—Solo la puse al día. Me ha dicho de quedar cuando vuelva de la playa.
—Eso es bueno, ¿no?
Asintió.
—Aunque no creo que vaya a tener una respuesta para entonces.
Reyes resopló. Por las ventanillas bajadas se colaba el sofoco del mediodía y el polvo que levantaba la furgoneta. El soniquete de ruedas aplastando gravilla era extrañamente sedante.
—No necesitamos respuestas, Gon, necesitamos que no nos vuelvas locos. Comunicación para novatos.
Eso le hizo gracia.
—¿Novato? Te saco diez años de ventaja, chaval. A ver cuánto aguantabas tú en una relación seria.
—Bueno —sonrió Reyes—, con suerte lo averiguamos juntos.
Y eso le dejó sin aliento, lo que hizo que la sonrisa de Reyes creciese aún más.
—Mucha confianza tienes tú —consiguió graznar Gon, intentando no imaginárselo.
El otro se encogió de hombros, todavía risueño.
No parecía agobiado porque hubiera hablado con Bego.
Más bien lo contrario; en paz. «Juntos», había dicho, justo como ella.
El pensamiento le cosquilleó en las palmas y en el estómago.
A él también le aliviaba que los tres tuvieran ya todas sus cartas sobre la mesa.
Y, sin el peso de creer que Begoña le odiaba o que a Reyes le dolía tenerlo allí, se sentía mucho más libre.
Impulsado por ese mismo alivio, Gon quitó una de las manos de Reyes del volante para darle un breve beso en los nudillos y luego la devolvió a su lugar. Le resultó fácil, sencillo. Natural, incluso. Tan orgánico como cualquier gesto de cariño compartido con Bego allá en Madrid, e igual de sincero.
Reyes no encontró nada con lo que replicar a eso. A no ser que ponerse rojo contara como tal, claro.
Gon sonrió.
—¡Ay, hay uno de avispas!
—¿A ver?
Emocionadísimo, René hundió la nariz en el libro de refranes, pero antes siquiera de tomar aire para leerlo en voz alta Kara lo vio arrugar la nariz. Por supuesto, se rio otra vez. Desde algún lugar del laberinto de estanterías de la biblioteca, alguien les chistó.
—¿Qué dice? —insistió Kara, ahora en susurros.
René gruñó, pero cedió:
—«Cuando suda la abeja, se vuelve cera y miel; cuando la avispa, veneno y hiel».
—Hombre —resopló él—. Me dirás que no es verdad, envenenador de Nascente.
Al instante, la Avispa lo fulminó con la mirada. Cuanto más fruncía el ceño, más gracia le hacía.
—Pues en Nascente también tienen refranes sobre abejas —replicó, petulante, mientras devolvía el libro a su estante.
—Ilumíname.
Se volvió hacia él, sonriente como un niño malcriado, y, con tono acorde:
—«El traidor, como la abeja, la miel en la boca y el aguijón en la coleja».
—Otro que te define a la perfección.
Esa vez consiguió disimular la risita cuando René enarcó una ceja.
—Para eso tendría que ser abeja.
—Lo eres.
Kara tendría que haber calculado el impacto de sus palabras.
Aunque mejor así, porque disfrutó de verlo perder pie y apoyarse en la estantería, mitad conmocionado mitad conmovido.
Kara sonrió de nuevo, aunque más blando.
No podía esperar a enseñarle los Bosques de Miel.
Se estaba guardando la sorpresa para el final, para cuando todo aquello terminara.
En cuanto estuvieran a salvo lo llevaría a los mares lilas, donde la primera abeja había curioseado sus tatuajes, y le pediría que se quedara a su lado para siempre.
Podía reconstruir hasta el más mínimo detalle: el contraste entre el infinito violeta, el azul del cielo y el rojo de su pelo; el zumbido de los enjambres, la quietud del campo. Allí comenzaría su nueva vida juntos.
—Lo soy —repitió René, muy bajito, saboreando las palabras como si de un milagro se trataran.
Con el pecho prieto de emoción contenida, Kara comprobó de un vistazo que seguían solos y le dio un pequeño beso en la sien.
Recibió la mejor noticia del verano en mitad de un descanso.
Acababan de terminar de adecentar el jardín y parecía otro: el césped reverdecido aún húmedo del riego, el grafiti desterrado para siempre, el borboteo del agua de la manguera llenando (por fin) la piscina…
Habían descartado la opción del camión cisterna por ahorrarse costes, pero a cambio no podrían estrenarla mínimo hasta mañana, entre el llenado y los tratamientos.
La espera merecería la pena, eso sí. Encima ahora que un alicatador había reparado el mosaico se había quedado nuevecita.
Sin nada más que hacer esa tarde, charlaban de todo y de nada.
En aquel momento, por ejemplo, estaban debatiendo qué día subirían a visitar la exposición de fin de curso de Susana.
Reyes trataba de sonsacarle qué conjuntos del exmundo había replicado y Gon se resistía porque quería que fuera sorpresa.
Cada uno echado en una tumbona junto a la piscina, refrescos en el suelo, una sombrilla recién comprada protegiéndoles del sol.
Fue entonces cuando el tío de Bego lo llamó.
Siendo sinceros, Gon no retuvo mucho de la conversación.
Se limitó a asentir y balbucir, incrédulo, respondiendo con monosílabos porque no se creía su suerte, ¡no se creía su suerte!
Al tío de Bego desde luego no le importó, encantadísimo de poder darle alas a su verborrea insignia.
Quien no parecía nada encantado era Reyes, incorporado sobre los codos y mirándolo sin apenas pestañear, esperando una señal, un susurro, un chivatazo, lo que fuera, para saber cómo proceder cuando colgase.
Cuando finalmente lo hizo, Gon respiró muy, muy hondo, y luego dijo:
—Era el tío de Bego. Me renuevan para el curso que viene, que el entrenador ha decidido no volver.
Reyes aulló, el gato salió escopetado del murete, él rio.
Antes de darse cuenta Reyes se le había echado encima para celebrarlo y sus carcajadas histéricas ahogaban cualquier otro sonido del jardín.
En ese instante, se le olvidó todo. Lo único que existía era la inmensa felicidad de un año más de empleo asegurado y además de lo que le apasionaba; el calor del atardecer, el tintineo de los hielos de sus bebidas y Reyes encaramado a su tumbona felicitándole en bucle al oído.
Gon solo sonreía, cada vez más amplio, cada vez más vibrante de alegría mientras le devolvía el abrazo, apretándolo contra su pecho.
La piel de Reyes ardía bajo sus manos. No sabía cuándo las había colado por debajo de su camiseta, ni cuándo habían comenzado a trepar por su espalda hasta que este se apartó lo justo para mirarlo a los ojos.
Así, justo así, su pelo revuelto era un incendio de verano y Gon quería arder en él.
Reyes lo miró desde allá arriba, sonrojado de calor y de algo más, energía cimbreante y eléctrica en cada vértice en el que se tocaban.
Estaban tan cerca que era ridículo alargarlo más tiempo y aun así Reyes esperó y esperó y siguió esperando a que diera el primer paso, a que cruzara aquella mísera distancia entre ambos de una vez por todas, pero en cambio Gon cerró los ojos y relajó el cuerpo, dándole vía libre.
En cualquier momento, Reyes le besaría. Por fin, por fin.
En cualquier momento tendría sus labios en los suyos.
Sin embargo, el beso nunca llegó. Solo un largo, larguísimo suspiro.
—Siempre parece que te estás rindiendo.
Gon abrió los ojos, desconcertado.
—¿Y qué quieres que haga?
Con otro suspiro, Reyes bajó de su regazo, sentándose en el borde mismo de la tumbona, allá donde no se rozaran ni por accidente. Parecía triste. O derrotado.
—Querer —respondió—. Quiero que quieras, no que te rindas.
¡Pero quería! ¡Él quería ! Y, aun así, permaneció inmóvil. Reyes negó con la cabeza mientras se ponía en pie, camiseta arrugada y hombros tensos.
—Ya te lo dije, Gon. No voy a decidir más por ti.
Ante eso, Gon no pudo hacer otra cosa salvo asentir .