22 Querer #3
Gon asintió, incómodo.
—Vale —dijo Reyes, en un hilo de voz. Pareció dudar antes de añadir—: Si es por lo de ayer… Lo siento muchísimo. Entendería que no quisieras saber más de mí.
—No —respondió—. No me voy por nada que hicieses, me voy porque es injusto que pase más tiempo aquí. Solo estoy empeorando las cosas.
Muy despacito, Reyes bajó el último escalón y se acercó al sofá, todavía combado tras toda la noche soportando el peso de Gon. Ahora solo su bolsa de viaje lo ocupaba, más vacía que llena porque la mayoría de sus cosas seguían en el dormitorio, o en el cesto de la ropa sucia, o tendidas.
—Pero no voy a dejarte tirado —continuó—. Si tienes un día malo, dímelo y vendré. Lo mismo si necesitáis ayuda en la fábrica, o si simplemente te apetece quedar o subir a tomar algo a Madrid…
No supo descifrar la expresión de su rostro cuando alzó los ojos de la bolsa a los suyos. Así, con el pelo todo mojado, le recordaba muchísimo a René. Casi parecía haberse dado un baño en la posada de frontera.
—Si tuviera que llamarte a cada eco malo no te merecería la pena irte.
Ya. Por eso mismo se había quedado.
—No me importa andar yendo y viniendo.
Reyes frunció los labios, pero aún tardó un par de segundos más en contestar. Bueno, más bien en preguntar:
—¿Tú quieres irte?
Lo que Gon quería era no responder. Lo hizo igualmente, pues sería hipócrita marcharse por no ser injusto con él y serlo también ahora.
—No. Me gusta estar aquí.
Con la misma lentitud de antes (la lentitud de aproximarse al cepo), Reyes dejó la toalla en el respaldo del sofá y procedió a colocarse los audífonos. Estaba haciendo tiempo para encontrar las palabras correctas.
—Pues entonces quédate —dijo cuando terminó, encogiéndose de hombros.
Así de sencillo. Gon agarró las asas de su bolsa por tener algo que hacer salvo balbucear tontamente.
—Sería injusto para ti que…
—¿Que qué? —Reyes enarcó una ceja—. Tú quieres quedarte, yo que te quedes.
Puedes dormir en el sofá como esta noche o conmigo arriba, ya me dejaste claros ayer los límites; no volveré a insistir.
Y vuelvo a disculparme por eso, también, creía que querías…
—durante un instante, su seguridad flaqueó, y desvió la vista— que te convenciera.
O algo así, no sé. No sé por qué me puse tan imbécil, perdona.
Gon no contestó, agachando también la mirada hacia la ropa apiñada en su improvisada maleta. La bola de nieve se había roto, ya no se sentía tan seguro ni tan aislado de la vida real, pero tampoco estaba preparado para abandonarla. Menos aún a Reyes.
—Vale —aceptó tras unos minutos, tenso—. Vale. Si tú quieres que me quede, me quedo.
Aunque, cuando lo miró, Reyes estaba serio. Se encogió por instinto, sin entender qué había hecho mal para ganarse esa frialdad después de reconocer abiertamente que quería quedarse con él, en el sillón o en la cama pero con él.
—Con una condición.
Se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Cuál?
—Si solo estás esperando a que Bego vuelva contigo, quiero saberlo.
Una tercera puñalada hubiera dolido menos. Gon abrió la boca para replicar, horrorizado, pero Reyes lo frenó alzando un dedo, decidido a terminar de explicarse:
—No quiero… ser en lo que ocupas tu tiempo mientras ella no está. Y, si no volviera, tampoco quiero que te conformes conmigo, ni ser el premio de consolación. Quiero ser una opción, no los restos. No quiero…
—No —le cortó.
—¿No?
Gon negó con la cabeza, pero no acertó a decir nada más. Reyes apretó los dientes.
—Me siento como un carroñero, Gon. Como si estuviera esperando el momento de que la leona se vaya para robarle lo que es suyo.
Desde luego, lo habían devorado entre los dos.
—No me importa esperar —prosiguió, y cada palabra sonaba a lija, empujada garganta arriba con un esfuerzo monumental—.
Soy paciente y esta vida la tenemos entera por delante.
Pero no me hagas sentir que te quedas por obligación, porque no es cierto.
Y ninguno de los tres nos merecemos pasar todo este tiempo sin saber qué va a pasar o qué quiere el otro o…
—Torció el gesto—. Eres tú quien decide quedarse en vez de ir a buscarla. No te estoy encerrando aquí.
Había algo… algo en su tono de voz, como un reborde amargo, asustado, un chicle masticado una y mil veces, que a Gon le erizó la nuca y le petrificó los huesos. ¿Desde cuándo pensaba Reyes así?
—¿Alguien te ha dicho eso? —preguntó, preparado para encararse con quien fuera.
Con un suspiro derrotado, Reyes negó.
—Solo mi cabeza.
Se sintió aún peor. Había estado tan preocupado por la injusticia de dejarlo en la cuerda floja que ni siquiera se había parado a pensar qué opinaría el propio Reyes del tema.
Tantos días allí, jugando a los novios pero sin serlo ni tocarse, con Gon mirando el Instagram de Bego durante horas y usándola de excusa cuando Reyes por fin se atrevía a dar el paso.
¿Cómo iba a adivinar lo que le pasaba por la cabeza, si Gon se negaba a hablar?
¿Si hasta reconocer que prácticamente se había mudado a su casa era tabú?
Si ni siquiera se le había ocurrido hasta entonces que él mismo también podía tomar una decisión. Que no solo la de Bego contaba.
Quizá sí que había estado esperando a que Begoña volviera. Esperando a que alguien le solucionara la vida.
Animal de costumbres, ¿eh?
Le latía el corazón a martillazos cuando rodeó el sofá para abrazarlo, aunque no llegó a hacerlo.
Se detuvo a un par de pasos, con la sensación de que, esta vez, Reyes lo empujaría para apartarlo y no para acorralarlo; cosa que Gon comprendía porque había sido muy claro con él: o respondía a su pregunta o nada.
Así que con mucha, muchísima cautela, alargó una mano y entrelazó los dedos con los suyos. Reyes bajó la mirada hacia allí antes de clavarla de nuevo en él.
—Lo siento —dijo Gon, con toda la sinceridad que pudo reunir—.
Siento hacerte sentir así, es lo último que quiero.
—Como no obtuvo respuesta, continuó—: También siento no haberte dado todos los datos.
Quiero a Bego. Bueno, eso tú ya lo sabías.
—Reyes alzó las cejas, elocuente—. No he dejado de hacerlo.
Os quiero a los dos. No estoy… No estoy esperando a recuperar una vida más fácil ni negándome a estar contigo. Es… No es eso. No es…
No logró encontrar cómo expresarlo, pero Reyes respiró hondo y asintió igualmente.
—Ya veo.
—Esto está siendo muy difícil para mí.
—Lo sé. —Y sonaba sincero—. No quería ponerte más presión encima. Es solo que no veía cuál era el problema.
Otra consecuencia catastrófica más de su personalidad candado. A Gon le costaba horrores abrirse, la llave toda oxidada y vieja. Pero, si nada salía, nada cambiaba. Lo cual era al mismo tiempo una ventaja y una sentencia.
—¿Ella lo sabe?
Gon pestañeó, confuso.
—Claro.
—¿Seguro? Estás viviendo en mi casa.
Balbuceó por toda respuesta. Nunca había vivido en un mundo donde Bego dudara de que la quería.
Reyes le dio un apretoncito de ánimo en los dedos.
Se le debía de haber visto en la cara, la confusión; el nuevo miedo a que Begoña no supiera que quería tenerla de vuelta a su lado.
A fin de cuentas, estaba enamorado de ella.
El problema era que tampoco nunca había vivido en un mundo donde también estuviera enamorado de Reyes Cisneros.
—Si todavía podrías querer volver con ella, tienes que decírselo. No es adivina, ninguno lo somos. Han pasado casi dos meses desde que cortasteis, Gon. Y esto es lo último que voy a decidir por ti.
Él asintió, sintiéndose culpable.
Y silencio. Silencio que se extendió durante una eternidad. Quizá más.
—Sigo esperando.
—¿A qué?
—Te he puesto una condición para quedarte —le recordó Reyes—. No has contestado.
Cuando Gon por fin se atrevió a devolverle la mirada, se lo encontró con la mandíbula rígida y muy muy recto, como si predijese el final. Como preparado para que Gon lo hiciese añicos. René nunca había temido tanto las torturas de los Gemelos como Reyes temía su respuesta.
Aunque, en realidad, después de esa conversación Gon lo tenía muy claro.
—No estoy esperándola —le aseguró. Firme, sólido—. Estoy pensando.
Reyes asintió.
—Perfe. Pues ayúdame a cambiar las sábanas, anda, que no creo que soporten más sudor de campo.
—Puaj.
—¿Puaj? ¡Si la mitad es tuyo!
—Pues doble puaj.
Con una risotada infantil, Reyes tironeó de sus manos entrelazadas para ponerlo en marcha, pero no lo soltó.
Reyes se había quedado dormido en su regazo a los veinte minutos de película, mitad por el cansancio (estrés) acumulado mitad porque Gon llevaba desde el principio acariciándole el pelo distraídamente.
Notaba su respiración tranquila contra el muslo, lo que significaba que no estaba soñando.
Siempre se colocaba en la misma postura, con el oído bueno hacia arriba y el sordo hacia abajo, y los audífonos reposaban olvidados sobre la mesita del salón.
Normalmente se habrían ido a dormir nada más cenar, pero el eco había atravesado a Reyes como un arpón y su alarido de horror aún le pitaba en los oídos.
Había caído fulminado en medio de la cocina, intentando protegerse de puños y puñales que solo existían ya en su mente.
Gon reconocía las escarificaciones a leguas, así que se había sentado a su lado en el suelo y se había limitado a sujetarle las muñecas para que no se hiriera por accidente.
Había durado mucho, muchísimo tiempo. Casi el doble que cualquier otro eco, y él no podía hacer nada salvo esperar.
En algún momento, Reyes dejó de revolverse y de gritar, ojos vidriosos pero mirada vacua.
Al menos enterró el rostro en el cuello de Gon, la única señal de que no había entrado en shock.
Habían permanecido así incluso después de que el eco terminara, cuando todo su cuerpo se convirtió en gelatina.
Gon no preguntó, pero Reyes contestó igual:
—No era una escarificación.
Ah, joder.
Habían empezado. Los recuerdos de su ejecución.