22 Querer #2
Sonrió incluso más cuando lo vio cerrar los ojos de nuevo porque, en eso, Reyes era como un gato: expresaba cariño bajando la guardia.
Y él también bajó la guardia, pagándole la confianza con la misma moneda.
El sol empezaba a descender, el calor a amainar y Reyes escogió ese instante para ponerse de puntillas y besarlo.
Echando la vista atrás, Gon podía llegar a entender el malentendido. Sus manos sosteniendo su rostro, la sonrisa, el susurro, las caricias. De hecho, lo raro era que no hubiese pasado antes, en cualquiera de las noches que dormían juntos o en cualquiera de las mañanas que despertaban juntos.
Pero, en el momento, el beso le pescó tan de sorpresa que se apartó bruscamente, alarmado, confuso y traicionado, y eso que ni siquiera habían llegado a rozarse; y eso que Reyes se detuvo enseguida, mirándolo con el mismo desconcierto en los ojos.
Desconcierto que pronto mutó en algo infecto, sangrante como una herida en carne viva. Era frustración, y desolación, y también una pizca de desesperación.
—Bueno, mira, se acabó —siseó Reyes, cada palabra una puñalada.
—¿Eh?
—Que se acabó —repitió (escupió)—. Vamos a hablar quieras o no.
—¿De qué?
¿De qué iba a ser? No tenía lugar al que huir.
—¡De esto! ¡De esta relación MUERTA!
El gato huyó despavorido, espantado por el grito, y Gon lo envidió con la misma virulencia con la que Reyes lo miraba. La pintura desconchada crujió bajo sus deportivas cuando retrocedió un paso, buscando cualquier filo que pudiera cortar aquello de raíz.
Lamentablemente, eligió mal:
—Toda nuestra relación se basa en recuerdos, Reyes, no es real. No hay nada más allá de Kara y René, lo que sentimos por el otro no es nuestro, es suyo, no existe, no es…
—¿«No es real»? —le cortó Reyes, atónito—. ¿«No existe»?
—No.
Ya está, ya lo había dicho. Por fin se lo había sacado de encima, y dolía más de lo que había previsto. Dolía como el último clavo ardiente que era.
Reyes torció el gesto en una mueca de asco.
—Tienes suerte de que tenga seguridad de sobra por los dos, porque si no acabarías de joderme vivo.
—Deja de asumir lo que pienso o no.
—No lo asumo, lo sé.
—Basta —gruñó Gon, mostrando los dientes como un animal. El cepo, volvía al cepo, pero esta vez tenía razones para hacerlo—. No quiero hablar de esto.
—Qué novedad.
La acidez de su voz le abrió agujeros por todo el cuerpo, y cuando replicó lo hizo con el veneno de sus primeros encuentros navideños.
—He dicho que no quiero hablar más.
Para su sorpresa, Reyes no protestó. Solo asintió, tan tirante que vibraba, antes de resoplar y decir:
—¡Vale! Pues sin hablar, entonces.
Gon frunció el ceño, desconfiado, sin saber por dónde iba a salirle ahora, pero lo que menos esperaba era que Reyes lo empujase contra la pared, allá donde sería incapaz de retroceder ni un solo paso cuando intentara besarlo otra vez.
Lo que hizo justo después, insistente y vehemente, como si Gon no le hubiera dejado otra opción, como si Gon le hubiera obligado a ello.
Como si tuviera que abrirle a la fuerza para que le dejara entrar.
Ese beso era tan poco Reyes, tan poco ellos, que Gon cedió.
No se parecía en nada a la Avispa. Incluso cuando lo mordía más que besaba, René siempre le dejaba una vía por la que escurrirse, una forma de negarse.
Reyes no. Reyes le llovió encima, le volcó toda esa paciencia de la que Gon se había aprovechado durante días y días y días hasta que sintió que se ahogaba.
Se precipitó sobre sus labios como el agua de un dique roto y trajo consigo los recuerdos de Kara, cada mínima cosa que había sentido y cada miligramo de felicidad compartida en campos de espliego, laberintos de palacio, dormitorios de posada, jornadas a caballo.
Lo besó con el mismo compás vertiginoso con el que lo hacía René ax Nazcar para demostrarle que lo conocía, que sabía lo que le gustaba, hasta el dónde y cuánto y cómo; y que lo sabía porque ya lo habían vivido, ya se habían querido.
Pero, por desgracia, también trajo consigo sus propios recuerdos.
El Mercado de Navidad, el café con sabor a sangre, Reyes extendiendo una mano para recoger diminutos copitos de nieve.
Su rompevientos amarilla y sus chistes verdes.
Tatuajes multicolores y no rojos, confianza ciega y no venenosa, colmenar y no nascente.
Por mucho que se esforzara en recordarle que alguna vez fue René, lo que a Gon de verdad le aterraba de aquel beso era justo lo que más le atraía: que venía de Reyes Cisneros.
Y eso era mucho, mucho peor.
—Por favor, por favor, por favor —insistía él contra sus labios, hundiéndole las manos en el pelo para atraerlo más cerca, más todo.
—Reyes, por favor.
Mismas palabras, significados diametralmente opuestos. La súplica de Reyes sonaba frenética y desesperada; la suya dolorida y débil. Si no paraba ya, si no se alejaba ya, Gon terminaría haciendo una locura, como echarse a llorar o corresponderle por fin. Sabía cuál quería hacer.
—Por favor —repitió Reyes.
—Por favor, no —repitió él.
—Solo una vez.
—No puedo, no puedo…
Reyes apenas se apartó para ladrar:
—¿¡Por qué!?
Y Gon tuvo que rehuirle la mirada para decir:
—Porque entonces querría más. Porque entonces no podría olvidarlo y no podría…
—¿¡Y qué hay de malo!? ¿¡Qué hay de malo!?
Preferiría cortarse la lengua a contestar. Aunque tampoco hizo falta, porque él ya lo sabía, lo sabía.
—¿Crees que porque no me beses es menos grave?
¿Qué te será más fácil volver con Bego solo porque puedes decirle que no pasó nada entre nosotros?
—Gon gimió, negándose siquiera a mirarlo—.
¿Te crees que a ella le duele más que nos besemos una vez a saber que tenemos toda una historia detrás?
Tenemos recuerdos de otra vida, Gon. Es magia.
Somos mágicos, tú y yo. Mi alma ha buscado a la tuya por todo el puñetero universo hasta encontrarte pero a ti lo que te preocupa es besarme.
Visto así, sonaba incluso peor. Sonaba a lo que Gon siempre había sabido: que no se merecía ni la magia ni la calma. Quizá por eso, cuando los labios de Reyes volvieron a los suyos, él trató de escapar. Muy poco, sin fuerzas, pero escapar.
Por supuesto, Reyes le siguió. Reyes le seguiría hasta el fin del último mundo.
Ojalá aquel pensamiento no le aliviara tanto y ojalá no reconociera el sabor dulce de la Coca-Cola en su lengua y ojalá no quisiera cerrar los ojos y dejar que lo devorase hasta los huesos.
—Reyes, no —consiguió decir igualmente, girando el rostro a un lado—. Reyes… Reyes, para.
—No.
— Reyes.
—¡NO! —le chilló al oído, lo que le pillaba a mano, y Gon se revolvió contra la pared azul, empezando a verlo todo rojo.
Empezaba a asfixiarse, a agrietarse. Nada terminaba bien cuando empezaba mal, así que se lo quitó de encima con la urgencia de un hombre ahogándose. Ahí Reyes sí lo soltó, pero no se alejó mucho. Apenas medio paso. Suficiente como para que Gon pudiera reunir el valor de mirarlo a los ojos.
—Para de decidir por mí —le advirtió, aunque salió más endeble de lo que pretendía.
—¡No, para tú de decidir por mí! ¡Quiero esto!
—¡Pero yo no!
Y entonces Reyes rugió:
—¿Y QUÉ? ¿POR QUÉ LO TUYO VALE MÁS? ¿POR QUÉ TU «NO» VALE MÁS QUE MI «SÍ»?
Gon estuvo a punto de morder. Estuvo a punto de hacerle pedazos con sus propias manos. Lo habría hecho si no hubiera visto que Reyes ya se había roto él solo.
Al final, solo suspiró.
—Ya sabes por qué.
Claro que lo sabía. Se le veía en los ojos, que sabía que estaba siendo infantil y mezquino y sucio pero que no podía parar, ya no podía parar de gritar.
—¡Morí por esto! ¡Morí por quererte y me merezco tenerte! ¡Seguiría vivo si no fuese por ti! ¡Jamás me habrían pillado!
—No eres René. No soy Kara.
—¡Sí lo somos!
—No así.
Ese era el problema, ¿no?
—Gon —gimió, su rostro rasgado de dolor—. No he querido nada tanto en toda mi vida, en la mía. Por favor. Por favor.
Gon lo miró con pena, la misma pena que se lo comía de dentro afuera, como una tenia o un parásito. No había forma de suavizarlo.
—No.
Rotundo, definitivo. No.
Por un momento, Reyes solo le sostuvo la mirada, incrédulo.
Luego asintió y lo liberó por fin, cabizbajo, poniendo uno, dos, tres pasos de distancia entre ambos. Como Gon, tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y el corazón roto.
—Lo siento —carraspeó Reyes.
Pareció rumiar si decir algo más, pero en cambio apretó los labios. Una brisa inesperada arrastró un puñado de hojas secas hasta sus pies y se las quedó mirando. Gon quiso responderle que él también.
Un minuto o una eternidad después, Reyes dio media vuelta y se fue.
Siendo sinceros, habría puesto la mano en el fuego por que Reyes lo echaría de su casa esa misma noche.
Como no lo hizo, fue él mismo quien decidió quitarse de en medio.
No porque quisiera irse, ni siquiera en su piso de Lavapiés se había sentido tan rápido en casa como en aquel proyecto de vivienda, pero no podía seguir alimentándose de su dueño.
No podía seguir acaparando su tiempo, su atención y su todo sin darle nada a cambio.
Había sabido que algún día Reyes se cansaría del silencio, y aun así Gon había estirado el chicle hasta el final.
Mientras recogía sus pertenencias, desperdigadas a lo largo de un jardín y dos pisos, mascaba en bucle la discusión de la tarde anterior hasta que se le hizo bola.
Aunque no había sido una discusión, no realmente.
No podía llamársele así a dos personas suplicando que la otra le entendiese.
Reyes solo había intentado… allanar el camino.
Tomar la decisión en su nombre, ya que Gon era incapaz de hacerlo por sí mismo. Cortar la tortura de raíz.
—¿Te vas?
No lo había oído bajar. Se volvió hacia él de un respingo, como cazado en algo sucio, y se lo encontró parado en el último escalón, pelo mojado de su ducha mañanera y ropa limpia de faena. Ojeras púrpura bajo los ojos ámbar, en una mano una toalla y en la otra los audífonos.