22 Querer
L o que más le preocupaba a Reyes Cisneros de la cosecha era el calor.
A veces Gon lo oía hablar con su familia sobre añadir ventilación supletoria a las colmenas o amplitud a sus piqueras, y solo entonces era consciente de lo poco que sabía de apicultura, de la cantidad de términos que jamás habría escuchado de no encontrarse allí.
Pero tampoco necesitó preguntar qué significaba cada cosa, pues lo entendió todo justo la noche en la que pensaban añadir la famosa ventilación supletoria aprovechando la ausencia de sol y que las abejas dormitaban.
Aquella madrugada no durmieron mucho. Con la temperatura asfixiante de finales de junio, las láminas de cera de una de las colmenas habían acabado cediendo bajo el peso de la miel, derrumbándose sobre sus cimientos.
La mayoría de las abejas habían muerto aplastadas, o ahogadas en miel, la cual rebosaba como resina de los escombros, atrayendo a todo tipo de carroñeros.
Otras abejas, polillas, perros callejeros.
Lo limpiaron a toda prisa y, azuzados por la urgencia, ya de paso integraron la ventilación al apiario entero.
El primer rayo de sol los pilló colocando la última, sin traer consigo ni un mínimo soplo de aire que predijese un alto al fuego en aquel mes del demonio.
Gon gruñó al terminar, muerto de calor y de sueño y de cansancio, pero peor pinta aún tenía Reyes, que además de todo eso parecía tan, tan triste…
—¿Os quedáis hoy con nosotros? —preguntó el señor Cisneros, señalando la furgoneta—. Por ahorraros el viaje, digo.
Su hijo no contestó, así que Gon lo hizo en su lugar:
—No, no, gracias. Nos vamos a casa.
No se dio cuenta hasta más tarde, cuando cerraba la puerta del chalet tras ellos, de la palabra que había usado.
Casa. No «a su casa», o «la casa», ni siquiera «la casa de Reyes», no.
Simplemente «casa». Como si también fuera suya.
¿Dos semanas allí y ya se creía que le pertenecía? ¿Que tenía derecho a llamarla así?
No dejó de darle vueltas mientras se quitaban las deportivas en el recibidor, ni mientras subían a paso pesado las escaleras; y quizá por eso fue totalmente consciente de lo extraño de la situación.
Se refería a tumbarse en su cama, como cada noche desde que soñara con las manos cercenadas de la Avispa, y dejar que Reyes se le enroscase como hiedra trepadora.
Nunca hacían nada más, ni se tocaban más allá de las fronteras del dormitorio, cosa que Gon agradecía porque ni siquiera sabía si quería hacerlo.
Primero debía reunir fuerzas para contarle su teoría de que quizá no se querían, no realmente.
Pero cuando Reyes se hizo una bolita sobre el colchón, fue Gon y no Kara quien lo abrazó por detrás, envolviéndolo por entero entre sus brazos; y fue Gon y no Kara quien le dijo al oído:
—No es tu culpa.
Y:
—Seguro que les ha pasado a muchos más apicultores. Hace calor en todo el mundo, no solo aquí.
—Pero ¿y si también estoy matando a las demás? ¿Y si mi castigo es ver cómo se mueren todas ?
Muy a su pesar, Gon rio por lo bajo.
—Siento ser mensajero de tan malas noticias, Reyes, pero no eres tan importante como para que Dios o quien sea extinga a toda una especie por ti.
—Lo oyó emitir un ruidito ofendido—. Además, ¿castigo de qué?
¿Por qué? Al final no me habías traicionado, no tiene sentido castigarte después de morir por el Panal.
Uno, dos, tres minutos de silencio. Casi creía que se había quedado dormido cuando Reyes se giró a mirarlo por encima del hombro. El sol se colaba por los guiones de la persiana bajada, moteando la pared, las sábanas y su rostro, tan cerca del suyo que podía distinguir cada pestaña cobriza.
Por un instante, pensó que Reyes iba a besarlo, y el vértigo emborronó todos sus límites de golpe, sin saber ya si quería apartarse, dejarse o acortar él mismo la distancia entre los dos.
Si pudiera hacer las tres cosas a un tiempo, las haría.
Si pudiera besarle y luego olvidarlo, aunque fuese una única vez, lo haría.
Si pudiera quedarse allí para siempre, ayudando en la colmena por el día y durmiendo a su lado por la noche, sin enfrentarse jamás a Madrid, lo haría.
Sin embargo, Reyes no lo besó. Solo dijo, muy serio:
—Y volvería a hacerlo.
Gon frunció el ceño.
—¿El qué?
—Morir. No cambiaría nada de mi vida como Avispa, ni un segundo. Incluso sabiendo todo lo que me hicieron, tomaría las mismas decisiones y cometería los mismos errores porque nada habría tenido sentido sin ti. Ni siquiera Nazcar.
Se le cortó el aliento, pero Reyes no había terminado de hablar:
—No hace falta que contestes. No hace falta que digas nada, ni que tú también o que tú no, no… Solo quería que lo supieras.
No pudo más que asentir. Total, ¿qué respuesta merecía eso?
¿Qué valor tendría decir que él tampoco cambiaría nada?
Kara no había muerto por René. Kara no había sacrificado absolutamente nada por René al igual que Gon no había sacrificado nada por Reyes.
Todo cuanto ocurría a su alrededor era consecuencia de su inacción o en contra de su voluntad.
Y no sabía cuánto tiempo más podría seguir escondiéndose del mundo en esa cama antes de que a su dueño se le agotara la paciencia, antes de que descubriera que Gon no necesitaba espacio, sino…
«Como siempre».
Gon se limitó a refugiar el rostro en su cuello de nuevo, poniéndole punto final a la conversación. Reyes lo aceptó como aceptaba todas sus no-decisiones, volviendo la cabeza hacia el frente pero entrelazando los dedos con los suyos. Encajaban perfectos, en cada curva y en cada vértice, perfectos.
La única noticia que le llegó de Bego fue que estaba en la costa con sus padres.
Tenían un apartamento en primera línea de playa, con terracita y todo, y Gon no pudo evitar acordarse de las vacaciones que habían pasado ellos dos solos allí, cuando aún no vivían juntos pero se morían por hacerlo.
Por entonces él entrenaba a su primer equipillo y ella se peleaba con las prácticas universitarias. Por entonces todo pintaba bien.
Se quedó mirando la foto del mar que Bego había posteado en su IG durante mucho, mucho tiempo, deseando viajar al pasado desesperadamente.
Daría lo que fuera por revivir un solo día de aquellas dos semanas.
Bueno, ni siquiera tenía por qué ser de aquellas dos.
Le bastaría cualquier día que hubiera pasado entero con ella.
Si Reyes se dio cuenta, no dijo nada.
El gato no paraba de encaramarse al murete de la casa de Reyes ni Reyes de espantarlo, un toma y daca digno de los Looney Tunes que a Gon le sacaba risotadas y a Reyes bufidos.
En los ecos, Gon lo acunaba hasta que pasaba el dolor y ponía distancia cuando se trataba de lo contrario.
En el apiario, trabajaban duro codo con codo hasta convertirse en una única máquina, hasta que los Cisneros restantes comenzaron a tratar a Gon como a un tercer hijo.
En la casa, la mudanza y las reformas los mantenían ocupados y, sobre todo, calmados.
Ilusionados, diría incluso. Ver cómo aquel cuchitril atrofiado se transformaba poco a poco en un espejo de su dueño le emocionaba, le daban ganas de añadir también pedacitos de sí mismo, dejar su huella allí.
Lo pensaba cuando se sentaban juntos en el sofá a mirar electrodomésticos en su portátil y cuando amanecían entrelazados como los dos fósiles del Panal.
Lo pensaba a todas horas, lo fácil que sería seguir el ejemplo de Kara y besarlo, besarlo, besarlo.
Y sabía que Reyes también lo sabía, se lo veía en los ojos, cuando le cazaba mirándolo en la fábrica o en la cocina o en el dormitorio o aquel día que acabaron librando una guerra de agua en el jardín, empapados de arriba abajo mientras reían a carcajadas.
Se preguntaba cuál de los dos sería el primero en ceder.
No tuvo que esperar la respuesta mucho más tiempo.
El día que Reyes Cisneros estalló fue como otro cualquiera.
Los pilló barriendo la piscina, colmada de naturaleza muerta en vez de agua clorada.
Habían llenado ya dos sacos de basura y el rasras de los cepillos contra la desconchada pintura azul celeste le daba un toque rítmico al canto de las cigarras.
Mientras Reyes andaba concentrado en la tarea, su archienemigo felino había avanzado terreno, teniendo incluso la desfachatez de agenciarse una de las dos tumbonas que habían montado esa misma mañana.
Gon, por supuesto, le guardaba el secreto.
Tenía ganas de verle la cara a Reyes cuando lo descubriese allí plantado al sol.
Sin embargo, cuando Gon lo miró de reojo se lo encontró rígido, nudillos blancos en torno al palo de escoba y los ojos prietamente cerrados.
No perdió tiempo: soltó su cepillo, se acercó en dos zancadas, acunó su cara entre las manos.
Sabía que Reyes no sentiría su tacto, ni siquiera notaría su presencia, pero también que lo tranquilizaba saberlo a su lado, sosteniéndolo, esperándolo al final del eco.
Por cómo apretaba los dientes, debía de ser uno malo.
No horrible, porque entonces le habría pedido que lo ayudase a sentarse…
Desagradable, más bien. O quizá se equivocaba, ya que Reyes dejó caer la escoba y se aferró a ciegas a él, envolviendo sus muñecas con las manos. Una gota de sudor le rodó sien abajo.
Minutos después, fue el propio cuerpo de Reyes lo que anunció el final. Primero respiró hondo, luego exhaló largamente. Después cerró un poquito más los dedos. Aún tardó otros sesenta segundos en abrir los ojos, y cuando por fin lo hizo Gon le dio la bienvenida con una sonrisa blanda.
—Hola —le susurró, acariciándole las mejillas con los pulgares.