21 Un joyero de nácar #5
Sin querer, se preguntó si aquel era un rasgo del propio Reyes o de la Avispa.
¿Eso que le había hecho sonreír, que le henchía el pecho para luego soltar todo el aire en un suspiro, venía de uno o de otro?
¿Había vivido algo parecido en sus sueños y la similitud lo conmovía o era justo la novedad lo que le gustaba?
A fin de cuentas, Kara nunca había conocido a René en tiempos de paz.
Nunca lo había visto completamente relajado, a salvo, dedicado solo a sus abejas y a su casa y a su jardín.
Esa versión de René era exclusiva de aquel mundo.
Fueron precisamente estas preguntas las que le recordaron su conversación con Susana.
Y, no por primera vez, se planteó que lo que sentía no le perteneciera.
No que no fuese real (a esas alturas sería ridículo seguir negándolo), sino que no era suyo.
Que era de Kara, y se lo estaba robando.
Se estaba apropiando de sus sentimientos, como si heredar sus recuerdos le diera derecho a recrearlos a conveniencia.
«¿De verdad creías que no nos iba a afectar vivirlo por la noche y vernos por el día?», había dicho Reyes aquella madrugada, y quizá ahí estaba el quid de la cuestión, en ese «afectar».
A lo mejor si se lo explicaba así a Reyes, si se sentaban a hablarlo y analizaban con detenimiento qué les gustaba exactamente al uno del otro, se darían cuenta de que no podían contestar sin incluir retazos de su vida anterior.
A él, desde luego, le pasaba. Ambas avispas se le mezclaban en la cabeza, en los recuerdos, y no sabía dónde terminaba René y comenzaba Reyes, a cuál de los dos reaccionaba su cuerpo cuando Reyes Cisneros le sonreía.
A lo mejor todo aquello tenía una solución sencillísima y nadie tenía por qué perder a nadie. A lo mejor resultaba que solo estaban dejándose llevar por un amor que ninguno de los dos sentía realmente y Gon podría recuperar a su mejor amiga y a su mejor amigo en media tarde. A lo mejor…
«Como siempre», oyó la voz de Bego alta y clara en su cabeza, y suspiró.
Sí. Como siempre.
Sus huesos dieron contra el fango con un eco viscoso y él gimió. Con el aguacero ensordeciendo el más mínimo sonido, ni siquiera oyó acercarse los cascos de un caballo, pero sí el tintineo de algo pesado lanzado a sus pies.
—Entrega esto a tu reina, zángano. Ella sabrá qué significa.
Y lo dejaron allí, bajo la lluvia, con apenas dos puntadas impidiendo que se desangrara y como única luz guía las antorchas vigías de la fortaleza nascente.
Pero antes de arrastrarse de vuelta al cuartel, porque jamás marcharía sin su Avispa, Kara tanteó agónicamente sobre el barro hasta dar con la misiva.
Era un joyero de nácar. En su interior, los guantes granates de René ax Nazcar.
Sus manos aún seguían dentro.
Esa vez, el sueño acabó, pero no el dolor.
Gon abrió los ojos en mitad de una bocanada de aire que no le llenó los pulmones, sino que se le quedó atascada en la garganta, en el pecho, mientras sus manos apretaban por instinto las puñaladas torpemente cosidas.
Nada manchó sus palmas de sangre, nada abandonó sus labios a pesar de sentir aquel alarido de horror que no había llegado a soñar despellejando sus cuerdas vocales.
Gimió, todo su cuerpo a punto de hacerse añicos, el barrizal frío y pringoso, la lluvia picoteando su piel, el duro metal del joyero bajo el cuero de sus guantes.
La oscuridad del salón de Reyes no ayudaba a anclarlo al presente porque el dolor lo devoraba todo a dentelladas, porque no podía pensar, no podía escapar, no podía…
Y, sin embargo, sí sabía qué podría destruir aquel agujero negro de pavor en su interior, así que se levantó del sofá a tientas y se arrastró hasta las escaleras con unas piernas y unos brazos que creían seguir acurrucados alrededor del nácar sobre el fango.
Subió los escalones de uno en uno, apretando tanto los dientes y respirando tan frenéticamente que su cerebro se ahogaba, se ahogaba en la nada más absoluta, vacío de oxígeno y de lógica y de…
—¿Gon? ¡Gon, Dios, ¿qué pasa?! ¿Es un eco? ¿Es un…? ¡Gon!
Pero no contestó. De hecho, ni siquiera se detuvo a mirarlo.
Solo se derrumbó a la orilla de su cama y lo abrazó con virulencia desmedida porque en realidad no estaba allí, en su cuarto, alumbrado apenas por la pantalla de su móvil, sino milenios atrás, sangrando sobre dos manos sin dueño.
Se aferró a él aunque no pudiera sentirlo con la esperanza de que verlo vivo, verlo bien, lo trajera de vuelta al presente.
Al mundo real. A un mundo donde la Avispa de Nascente aún respiraba.
Poco a poco, el eco se fue, y solo quedó Reyes.
Notarlo tangible entre sus brazos cortó de golpe la ansiedad, que le salió en una exhalación trémula tras llenarse (por fin) el pecho de aire.
Era increíble, y terrorífico, cómo la ausencia de un único sentido había acallado todos los demás, hasta entonces incapaz de distinguir los «shh, shh» con los que Reyes lo arrullaba, susurros cálidos justo en su oído.
«Ya pasó, ya pasó», le decía, muy bajito, pero en lugar de soltarlo Gon lo estrechó más fuerte.
Tampoco lo dejó ir cuando intentó apartarse, aunque aflojó lo justo para que Reyes pudiera mirarlo.
—Ya está. Eh, ya está. Tranquilo.
Gon asintió, sin atreverse todavía a abrir los ojos. En la quietud del dormitorio, cada respiración de Reyes retumbaba como un trueno y todas ellas le sonaban a milagro.
—Respira, Gon.
Ah, se le había olvidado que él también debía respirar.
Con un gemido quedo, obedeció, guiándose del compás rápido pero firme que establecía el corazón de Reyes, aquel que palpitaba contra el suyo, una prueba irrebatible de que seguía vivo.
De que Gon no lo había perdido. No en esa vida, al menos. De momento.
Al final, encontró voz para decir:
—No me traicionaste. Nos pillaron.
De no tenerlo pegado de arriba abajo al pecho, se le habría escapado la forma en la que Reyes se envaró.
Ugh. Incluso quitándole tal peso de encima conseguía Gon hacerle daño.
Era como si el patrón sobre el que había sido construido su cuerpo se basara en demoler cualquiera de las posibles versiones de Reyes; como haber nacido para que muriera por su culpa, sufriera por su culpa, doliera por su culpa.
—Oh —solo musitó. Y, con un carraspeo—: ¿Desde cuándo lo sabes?
Qué alivio tan rastrero, alegrarse de seguir con los ojos cerrados para ahorrarse la expresión de disgusto que pondría en cuanto respondiera:
—Desde el día de la tormenta. En Madrid, tu tobillo.
—Ah. Por eso cambiaste.
Asintió otra vez. Si se arrepentía de haber dudado de él, aún más de haberse callado la verdad. Pero es que…
—Habría preferido la traición.
Su risa floja le calentó la punta de la nariz.
—¿Con la tabarra que has dado con el temita y ahora me vienes con estas? Aclárate, Gon.
Y, aunque la broma se oía clara en sus palabras, Gon se apartó un poquito, desligándose de él para comprobarlo en sus ojos.
Sin embargo, no llegó a hacerlo, pues las manos de Reyes lo atrajeron como un imán.
Las manos de Reyes, que abandonaron su pelo, resbalando por su nuca, hombros, brazos, muñecas, cada tendón y vena arrojando sombra sobre la piel empalidecida por la luz del móvil.
Las manos de Reyes, sus manos. Sobrecogido, las tomó entre las suyas y se las llevó a los labios.
—No quiero que vivas eso —confesó, escondiendo el murmullo entre sus nudillos.
Silencio.
Reyes tragó saliva y apoyó la frente en la suya.
Sus dedos aún olían al jabón con el que había fregado los platos de la cena porque su nuevo lavavajillas tardaría otra semana más en llegar.
Preocupaciones mundanas, problemas de una vida sencilla.
El diminuto corte que se había hecho abriendo la última caja de mudanza era la única herida contra los labios de Gon. Lo besó.
—¿Quieres hablarlo?
Su voz sonaba entrecortada, casi contenida.
—No. Todavía no.
No le preguntó qué quería hacer entonces, eso Reyes ya lo sabía.
Y aunque Gon no se lo merecía, aunque debería volver al sofá ahora que la pesadilla había acabado, Reyes murmuró un quedo «vale» y se recostó muy muy despacio en la cama, haciéndole un hueco a su lado.
Él lo tomó, liberando por fin las manos de Reyes, que desanduvieron el camino de vuelta a su pelo: muñecas, brazos, hombros, nuca.
A cambio, Gon rodeó su cintura férreamente y hundió el rostro en su cuello, allá donde su pulso latía más nítido.
Contó cada latido como de niño contaba ovejitas para conciliar el sueño, y apenas tardó en caer rendido.
No lo soltó en toda la noche .