21 Un joyero de nácar #4
Gon aceptó el barquillo de chocolate que Susana le ofrecía.
Y, si ella se fijó en que su hermano se movía raro, que masticaba demasiado despacio o que no reparó en sus dedos pringados de chocolate derretido hasta vérselos de pasada, no dijo nada.
Con suerte lo achacaría a la modorra tras una buena cabezada.
Le habría gustado estar en completo control de sus cinco sentidos para enfrentarse a esa conversación, pero no se podía tener siempre lo que se quería y Gon era el perfecto ejemplo de ello.
—Entonces… ¿Reyes?
Suspiró.
—Reyes.
—Pff. Esther va a pillarse el cabreo del siglo.
Lo dijo con la boca llena, lo que puntuaba la seriedad del asunto en un ocho sobre diez. Pocas cosas hacían olvidar a Susana sus modales.
Gon resopló.
—Pues que no me venga con el rollo de que me avisó, que ya bastante estrangulado me tiene su puñetero hilo rojo del destino.
Solo a su hermana le permitía mirarle así, mitad compadecida mitad divertida. Sin embargo, sabía que no se libraría tan fácilmente, ni de Esther ni de Susana diciendo:
—Pero al final tenía razón. Al final el tío te la ha liado otra vez.
«Otra vez», eufemismo de «como en el exmundo». Cuando chasqueó la lengua, molesto, no la sintió en la boca, solo oyó el restallido. De verdad, qué hastío, esa anestesia imposible. La odiaba.
—En realidad no. Me faltaban recuerdos, pero ahora que he visto la mayoría sé que no lo hizo. Les tendieron una trampa y yo me la tendí a mí mismo porque me negaba a reconocerlo. La culpa es mía.
Era complicado escoger las palabras adecuadas cuando tenía a René respirando contra su pecho a ritmo somnoliento, tranquilo. Si no estaba a punto de volver a quedarse dormido entre los brazos de Kara, poco le faltaba.
—Pero tú quieres a Bego, ¿no?
Aunque Gon no encontraba ninguna correlación entre querer a Bego y la falsa traición de la Avispa, contestó sin dudar:
—Más que a mi vida.
En cambio, sí dudó antes de añadir:
—Igual que a Reyes.
Su hermana se comió otro barquillo de chocolate y masticó a pasito de hormiga, haciendo tiempo disimuladamente para ordenar sus pensamientos.
De las cinco personas que componían su núcleo familiar, Susana era la que tenía relación más estrecha con todas las demás, incluso con su padre, a quien se le daba tan bien abrirse a sus hijos como a Gon tomar decisiones.
Quizá por eso estaba así de tenso, porque su hermana era una mezcla perfecta de los cuatro y su opinión reflejaría sin falta la del resto.
—¿Igual, igual? —preguntó Susana al fin, aunque Gon no tenía claro si para confirmar o para ganar más tiempo.
Fuera como fuese, asintió.
Ella desvió la vista.
—Sí se puede —se defendió él al instante, incorporándose sobre los codos—. Me lo ha dicho Carol, no es raro, hay gente que…
—Ya lo sé —le cortó Susana, y Gon calló—. Sé que no es nada raro ni nada malo ni mentira. No te estoy juzgando, no es eso.
—¿Entonces?
Mientras la veía encogerse de hombros, el tacto de René fue poco a poco abandonando su mundo, devolviéndole su cuerpo a oleadas.
Primero regresó la sensación de saciedad, luego la rigidez de su espalda por llevar demasiado tiempo tumbado, luego el material suave de la falda de Susana bajo sus gemelos, y así hasta completar el cuadro.
—Simplemente creo que tú no eres así.
Habría notado cómo se le encogía el estómago con o sin eco.
—¿Así cómo?
—Eres mi hermano, te conozco. Te… A ti te basta con poco. Nunca has querido nada más.
Gon quiso preguntarle qué significaba eso, pero se contuvo porque ya lo sabía.
Total, él mismo lo había pensado un millar de veces: que nada de eso le pegaba.
Que siempre había sido un chaval sencillo, sin grandes pretensiones, su mayor sueño ganarse el pan entrenando chiquillos y formar una familia con la mujer de su vida.
Ni llegar a la NBA, ni declarar guerras, ni, desde luego, nada tan extravagante como enamorarse de dos personas a la vez.
Menos aún estar con dos personas a la vez, cosa que Gon ni se planteaba porque nadie querría compartir algo que ya de por sí tampoco tenía mucho que ofrecer.
—No sé, Gon —suspiró Susana, dándole un breve apretón en la rodilla—.
Conoces a Reyes de tan poquito… Y, oye, que conste que no te culpo, el chico tiene su encanto, y estoy segura de que él no quería poneros en esta situación, pero…
—Volvió a encogerse de hombros—. No sé, yo no tiraría por la borda diez años de relación por unos sueños.
Esa última frase le hizo fruncir el ceño.
—¿Qué tienen que ver los sueños aquí?
—Hombre —Susana esbozó una sonrisa de circunstancias—, de ahí viene todo, ¿no? Os hicisteis amigos por eso.
—Nos habríamos hecho amigos igual —la corrigió Gon, de pronto en guardia—, y mucho antes, incluso. Titi y él se juntaron con los del Stardust primero.
—Ya, pero ¿habrías dudado sin los sueños?
—¿Eh?
—¿Te gustaría Reyes si no fuera el otro Reyes?
Cerró fuertemente los ojos, tratando de entender…
—Son la misma cosa.
—Vale, te lo pregunto de otra forma: ¿qué te gusta de Reyes que no sea de la Avispa?
Que Susana ni siquiera se hubiese molestado en aprenderse su nombre cuando todo su puñetero proyecto final se basaba en los recuerdos de Kara le puso furioso.
¿Quién se creía para apropiarse de sus telas y brocados y guantes sin tener ni un mínimo de consideración por quienes los habían vestido?
Precisamente Susana, que veía cómo otros abusaban de la cultura en la que no habían podido crecer, debería respetar la suya.
Pero es que no se la creía. No era real para ella, porque del exmundo no quedaban pruebas, solo testigos.
Y ¿cómo defender algo invisible, algo no solo de otro tiempo sino también de otra realidad?
¿Cómo explicarle que René era Reyes del mismo modo en que el blanco era blanco en cualquier universo, independientemente de su nombre?
—Te he dicho que son lo mismo.
Su voz salió más brusca de lo que había pretendido, ronca y grave, casi un rugido.
O una advertencia. Y, aunque no era ni una ni otra, Susana apretó los labios y asintió, sin querer caldear el ambiente.
A fin de cuentas, ambos sabían que no se podía razonar con él una vez empezaba a verlo todo rojo.
Y, sin embargo, tras un par de segundos de rígido silencio, dijo:
—Tú… tú dale un par de vueltas, ¿vale? No quiero que luego te arrepientas de nada. Porque de empezar algo con Reyes…
—No voy a empezar nada con Reyes.
—Porque de empezar algo con Reyes —insistió, dura, clavándolo al colchón con la mirada—, lo empezarías con él, no con René. Te tiene que gustar quién es, no quién fue.
«Qué gilipollez», quiso escupir.
Pero lo que hizo fue levantarse del sofá y refugiarse en su antigua habitación, donde las fotos de Bego pegadas al armario le dieron ganas de chillar.
—¡Eh, tú! ¡Esto es propiedad privada!
Y Reyes salió corriendo detrás del diminuto delincuente, que lo esquivó con soltura y desapareció de un salto tras del murete. Satisfecho, Reyes se detuvo, pero en cuanto dio media vuelta el gato regresó a su trono, echándose al sol cuan largo era en el punto más alto del muro.
—Pienso cobrarte alquiler —refunfuñó el chaval.
El minino solo bostezó, meciendo panchísimo la cola.
Por su parte, Gon negó con la cabeza, y continuó raspando los últimos remanentes del grafiti en la pared.
El jardín entero olía a disolvente, un hedor acre y puntiagudo que ya impregnaba los trajes viejos de apicultor que habían sacrificado para eso.
En el suelo, el último paquete de mascarillas que Gon había comprado en pandemia por fin abierto, aunque nada conseguiría escudarlos por completo del amoniaco.
Cuando la mielada les dejaba un rato libre, volvían allí y escogían alguna tarea de la lista de reformas.
Marchaban del colmenar a la fábrica, de la fábrica a la casa nueva, de la casa a la cama, siempre en bucle.
Por las noches estaban tan cansados que se iban a dormir nada más cenar, él tirado en el sofá y Reyes en su habitación del piso de arriba.
Apenas una semana había bastado para convertir la novedad en rutina, y la extrañeza de los primeros días había dado paso a un zumbido mecánico que Gon sentía muy parecido al ronroneo de un gato, cómodo en esa burbuja temporal de trabajo duro y sueño profundo totalmente aislada de la realidad.
Incluso cuando Titi pasaba a echarles una mano el tema candente se obviaba, como si vivieran en un universo alternativo en el que Gon siempre había estado allí, como si siempre hubieran sido ellos tres, el colmenar y el resto de Cisneros.
Era tan fácil desconectar de su verdadera vida en Madrid que casi le daba miedo olvidar por qué había venido.
Pero, en realidad, nunca conseguía deshacerse del todo de ella.
La sentía ahí, en los rebordes de su cerebro, como la sombra de un tiburón bajo un bote salvavidas, rondando, esperando el momento de abrir las fauces y tragárselo entero.
Se intensificaba cada vez que se quedaba mirando cómo Reyes subía a dormir o cómo se quitaba la caperuza entre colmenas, asfixiado de calor y con las mejillas rojas.
O como ahora, mientras lo contemplaba trastear con el grifo del patio, aún todo ceñudo con un mohín indignado.
—¿Se considería maltrato animal enchuflarle un manguerazo?
—Seguirá volviendo igual.
—¡Pero es mi casa!
Gon no pudo contener la sonrisa.
—Me da que él no piensa lo mismo.
Con un gruñido, Reyes arrastró la manguera hasta allí y se desquitó con la pared de ladrillo, sujetando la pistola de riego a presión como si de un arma de fuego se tratase.
El agua caliente convirtió el amoniaco en nubes de vapor insoportables, pero ninguno se quejó.
De hecho, Gon continuaba sonriendo tras la mascarilla, divertido.
Era crónica de una muerte anunciada que al final Reyes acabaría encariñándose con el gato, por mucho que ahora protestara.