Con la miel en los labios 21 Un joyero de nácar #3
89%

21 Un joyero de nácar #3

Ante eso, sus padres no preguntaron nada más.

Gon había pasado entonces a tranquilizarlos con la cuestión del piso y el trabajo (en el mismo orden que Bego siguiera con él), y, como los veía agitados, también les aseguró que no le había puesto los cuernos a la niña de sus ojos.

Ahí quedó zanjado el asunto. Al menos en su opinión, claro.

Y en la de su padre, si su huida al salón contaba como tal.

Ahora Gon estaba volcado en llenar el lavavajillas, pero seguía advirtiendo las miraditas que sus hermanas y su madre cruzaban.

Más conversaciones mudas. Suspiró. Sobre todo le gustaría que Susana dijera algo.

Lo que fuera, pero algo. Aunque también preferiría que se lo dijera en privado.

Si Susana empezaba a tirar del hilo allí mismo, al final terminaría sacando a la luz más de un secreto que Gon aún no se veía preparado para compartir.

Para su familia serían demasiadas noticias de golpe; demasiados cambios.

Les debía la oportunidad de poder digerirlos uno a uno, como le habría gustado para sí mismo.

Fue Susana (¿quién si no?) quien arrancó:

—Entonces… ¿Ahora estás viviendo solo?

Gon asintió. Ella le tendió otra cuchara.

Sentada a la mesa, su madre mondaba un melocotón para Esther.

Su hermana pequeña odiaba el tacto aterciopelado de la piel, que caía en tornillo sobre el plato, y aunque ya estaba mayorcita como para que su mamá le pelara la fruta siempre se las apañaba para salirse con la suya.

Eso, desde luego, lo había sacado de su padre.

—Ay, pues si quieres puedo ir a hacerte compañía unos días, que con lo diminuto que es el piso habrás notado mucho el cambio, ¿no?

—No te adelantes, tía lista — ladró Esther, enseñándole los colmillos y todo—, aquí si alguien necesita una casa vacía soy yo. Aquí una no puede estudiar tranquila con papá dándole a la ópera esa china a la que está enganchado ahora.

Susana rebufó, escandalizada.

—Para empezar, fuiste tú quien lo metiste en la ópera, así que apechuga con las consecuencias; y, para seguir, ¿cómo te atreves a aprovecharte de que Gonzalo…?

—Ah, ¿es que no ibas a llenarle todo de ropa y maniquís? Que te tengo fichada, ya no sabes dónde meter tus trastos de la exposición y llevas semanas detrás de él para que te chive más diseños.

—¡No me los está chivando, los estoy reproduciendo !

Su madre sonreía. Gon también. Ambos sabían que ninguna discutía realmente por apropiarse del escaso espacio libre que Bego había dejado vacante. Y, aunque él también estaba ya mayorcito como para que sus hermanas pequeñas le hicieran de niñeras emocionales, el corazón se le encogió igual.

—Mira, da igual, Gon no va a querer una loca repitiendo en voz alta diecisiete temarios de universidad.

—¿Y sí va a querer vivir con miedo de pincharse con algún alfiler tirado por el suelo?

—A ver si te lo voy a pinchar a ti en la cara, por bocas.

—Niñas —advirtió su madre, mientras le pasaba un taquito de melocotón a cada hija. Esther protestó, traicionadísima, pero Susana no gastó tiempo en zamparse el suyo de un bocado con una sonrisita de triunfo. Vaya par.

—En realidad, podéis veniros las dos —intervino por fin Gon—. Yo voy a pasar un par de semanas fuera, así que mejor si hay alguien cuidándolo. Y así tampoco tiro el dinero del alquiler a la basura…

A mitad de masticar, ambas se volvieron a mirarlo.

—¿Que te vas? —farfulló Esther—. ¿Adónde? ¿Por qué?

—A Guadalajara. Reyes me ha invitado a echarles una mano con la mielada, y, a ver… me viene bien. Para distraerme y tal.

Silencio. Esta vez, solo sus hermanas cruzaron miradas. Ah, joder. ¿Tan evidente había sido? ¿Tan sangrante que hasta dos personas ajenas al grupo de amigos se habían dado cuenta? Dios, Bego debía de odiarle. Estuvo a punto de gemir, angustiado solo de pensarlo, pero entonces su madre dijo:

—Pues qué detalle, oye; así se te hará más llevadero. Con estas cosas es cuando se sabe si alguien es buen amigo o no.

¿Qué iba a opinar sino la fan n.º 1 de Reyes Cisneros?

De pronto, Gon se sintió culpable por ocultarle el resto de la historia.

Se merecía saberla. Quería que la supiera.

Pero le daba demasiado miedo, era demasiado pronto, demasiadas cosas, demasiado todo.

Ni siquiera soportaba el elocuente mutismo de sus hermanas.

Lo único que hendía el silencio era el eco de la ópera china que su padre tenía puesta en la televisión del salón.

No reconoció ni una mísera palabra y, por alguna razón, eso le hizo sentirse aún peor.

—Sí —logró decir, con la garganta hecha lija—. Reyes es buen tío.

«Buen tío». Hasta Esther torció la mueca.

—Aunque alguien debería dejárselo caer a Begoña.

—Disimulada como pocas, su madre ni siquiera lo miró mientras le brindaba un tercer pedacito de melocotón.

Gon lo aceptó, pero no se lo comió—. No porque debas contarle nada de tu vida, sino porque estaría feo si apareciera en el piso para hablar las cosas y se enterase ahí de que te has ido a Guadalajara, ¿no?

Se quedó helado. ¿Cómo…?

—Uff —resopló Esther, toda tensa.

Susana tragó saliva sonoramente. Al menos no era el único a punto de sufrir un vahído.

—Ya. —Sonó a graznido—. Pensaba mandarle un mensaje mañana, por si quería usar el piso mientras, aunque seguro que Titi ya se lo ha comentado.

—¿Titi?

Ahí su madre sí lo miró, y lo hizo con el ceño fruncido. Gon la imitó, tan perdido como ella.

—La amiga de Reyes. Es… Ellas dos siguen siendo amigas.

—No, no, si ya sé quién es —contestó. Por el tono, casi parecía más pasmada con eso que con la ruptura—. Es solo que me sorprende, nada más. Estas cosas, ya sabes… Son muy delicadas. Pero, bueno, mejor, ¿no? Eso quiere decir que Begoña confía en vosotros.

Espera.

Pudo distinguir el segundo exacto en que sus hermanas también unieron los puntos, porque abrieron mucho, muchísimo, los ojos, y lo miraron con la espalda tan recta que temió por sus vértebras.

Gon reaccionó igual, cuadrando los hombros por acto reflejo, queriendo cavar un agujero en el jardín y esconderse dentro para siempre.

Vale. Una cosa era callarse el secreto y otra alimentar la mentira, así que:

—Titi no es la otra persona.

Rápido, conciso, directo. Como arrancarse una tirita.

Su madre frunció aún más el ceño, y abrió la boca para preguntar, pero al final disfrazó el gesto comiéndose otro pedacito de fruta.

Jamás había agradecido Gon tanto el infinito respeto que su madre le guardaba a la intimidad de sus hijos como en ese momento.

Casi le dieron ganas de llorar, o de acurrucarse en su regazo en vez de en el hoyo imaginario del jardín.

En el fondo, seguía siendo un crío. Y ella lo sabía, sabía que necesitaba seguir tapado hasta la cabeza con el edredón un poquito más, porque era su madre y lo conocía mejor de lo que nunca lo conocería su propia sangre.

Y debió de vérselo en la cara, porque mientras le daba por fin lo que quedaba de melocotón a Esther, dijo:

—Si te quedas a cenar, puedo mandar a tu padre al súper para tenerte lo que quieras esta noche. ¿Te parece?

—¿Lo que quiera? —sonrió, blando.

—Sí, que a saber cuánto hace que no comes nada en condiciones. Date el capricho.

No cayó en lo mucho que Esther había abierto la boca, indignadísima, hasta que aulló:

—¡MAMÁ!

—Ay, Dios. —Puso los ojos en blanco—. ¿Qué te pica ahora, cariño?

—¡A mí nunca me has cocinado por romper con nadie! ¡Esto es Estherfobia! Peor, ¡machismo! ¡Favoritismo! Susana, bonita, apóyame, anda.

—Pasando —suspiró esta, tomando el plato de postre y el cuchillo de manos de su bendita madre—. Si mamá tuviera que hacerte el tofu ese picante cada vez que cortas con alguien nos quedaríamos sin papilas gustativas.

—¿¡Qué me estás llamando!? ¿¡Furcia!? ¡Se acabó la fiesta, fuera todo el mundo!

Y, sin embargo, no había terminado de quejarse cuando ya estaba recogiendo las migas del mantel para luego doblarlo cuidadosamente, tan hija modelo como arma de destrucción masiva.

A veces le recordaba un poco a Reyes. Podía imaginárselo allí, secundando las teatreras protestas de su hermana pequeña del mismo modo en que Bego solía aliarse con la mayor para picarla. Encajaría perfecto en su familia.

La sonrisa que le sacó ese pensamiento le puso triste.

Gon abrió y cerró los puños, intentando deshacerse del tacto fantasma de René.

Tenía los ojos llenos de lágrimas que no le pertenecían y el pecho hinchado de una emoción tan intensa que le costaba respirar.

En el eco, la Avispa de Nascente lo envolvía por completo, lo acunaba.

Sus yemas le acariciaban la nuca, la espalda, su pelo espeso le cosquilleaba bajo el mentón y su rodilla aupada sobre su cintura era un ancla a la que aferrarse.

A Gon le daba miedo la desesperación con la que deseaba perderse en la calidez del sol mañanero caldeándole la piel desnuda, en el roce de las sábanas enredadas en sus tobillos.

Al final, decidió concentrarse en respirar hondo, navegar el recuerdo como buenamente pudiera y sin que nadie advirtiera sus pestañas húmedas.

No supo si había tenido éxito o no con eso último, pero cuando abrió los ojos Susana estaba sentada al final del sofá con las piernas de su hermano sobre el regazo, como cuando de críos se turnaban para usar al otro de cojín.

Por culpa del eco, Gon no la había notado manipularlo a su antojo, como tampoco notaba su perfecta manicura tamborileando en sus rodillas.

Solo la de René, libre de guantes, trazando un caminito por su columna arriba y abajo.

—Ey —saludó ella, muy bajito.

—Ey —contestó él, en el mismo tono.

A fin de cuentas, la ópera china seguía su curso en la televisión y los ronquidos de su padre en el sofá vecino, que retumbaban como un tractor roto. El reloj marcaba las 18:12. Quizá debería desistir de su intento por echarse la siesta.

—¿Quieres?