21 Un joyero de nácar #2
Así que se las llevó a tomar una Coca-Cola al bar más cercano para celebrarlo, donde padres y madres se les unieron durante un rato antes de volverse cada mochuelo a su olivo.
El tío de Bego se presentó casi al final, y se las arregló para pagar la cuenta cuando nadie miraba.
Por primera vez, Gon simplemente se lo agradeció en lugar de sentirse como el pobretón mantenido.
También agradeció que no mencionara a Bego, aunque a lo mejor ni estaba enterado del tema.
Fuera como fuese, antes de despedirse, Óscar le dijo:
—Lo has hecho muy bien, Gonzalo. Los padres están muy contentos contigo.
Y él contestó:
—Ha sido un placer. Son buenas chicas. Si siguen así, llegarán lejos.
—¿Y tú? ¿Sigues disponible para el curso que viene?
Le latió muy rápido el corazón.
—Todavía no me he puesto a buscar nada.
—Mmm… Bueno, no quiero darte falsas esperanzas, por si acaso, ya sabes, pero yo que tú no correría a echar currículums.
Gon no pudo evitar soltar todo el aire contenido en el pecho. Ya solo saber que había cumplido las expectativas le cosquilleaba por dentro, así que escuchar que había oportunidad de…, que a lo mejor podría…
—Me encantaría volver —le dijo, con una sonrisa genuina—. Para cualquier cosa que necesites, de verdad, cuenta conmigo. Muchas gracias por pensar en mí.
Óscar le dio una fuerte palmada en la espalda.
—Nada, hombre. Para eso está la familia.
Tenía que reconocerlo: René ax Nazcar, cuando se desprendía de sus alas de avispa y se permitía a sí mismo ser abeja, no estaba tan mal.
Nunca sería uno de ellos, eso se notaba en cada paso sinuoso, demasiado independiente, autónomo, nunca prestando verdadera atención al espacio que ocupaba.
El espía nascente no perdía detalle de los gestos ajenos, de las palabras dichas y calladas, pero al pasear por los barrios del Panal resaltaba como una maldición porque era incapaz de mezclarse entre el gentío.
Chocaba con los viandantes, frenaba bruscamente ante los puestos, caminaba muy deprisa o muy despacio.
No por torpeza, nada más lejos de la realidad.
Simplemente, había crecido en un lugar donde la masa no se movía como una sola criatura, donde cada ser era único y debía demostrarlo a todas horas.
Por eso (y quizá por otras razones un tanto más turbulentas) Kara había decidido darle un respiro del asfixiante hervidero de la capital, conduciéndolo dos horas a caballo hasta la frontera entre el Panal y su colmena natal, donde yacían unas ruinas muy distintas de las que visitaran durante su segunda semana. De hecho, ni siquiera eran ruinas.
Eran fósiles.
Protegidos bajo una simple cúpula de cristal, ambos esqueletos se enroscaban el uno en el otro, costillas intercaladas como los dedos entrelazados de dos amantes tomados de la mano.
Pocos metros atrás, la imponente arcada de piedra que marcaba el inicio de su principado empalidecía en comparación; casi parecía diminuta.
Todo empalidecería en comparación a la prueba irrefutable de que descendían de monstruos.
A Kara, ya habituado a ellos tras pasarse la vida yendo y viniendo de Rea al Panal, se le había olvidado el impacto que suponía enfrentarse a aquellos huesos pelados, arenosos, a las cuencas vacías de sus ojos y a la cordillera de espinas, colmillos, garras.
René ni siquiera desmontó, labios ligeramente entreabiertos en una expresión de profunda incomprensión.
Le gustó dejarle sin habla, por una vez.
—Dimos con ellos por accidente hace ciento cuarenta y tres años, con la renovación de caminos.
Al excavar para instalar las tuberías —señaló con el mentón las dos fuentecitas de cobre a los pies del arco.
El correr del agua reverberaba hasta el infinito en la explanada— los operarios creyeron haber topado con piedra.
Pero —y pasó a señalar la bestia más cercana— se trataba de su cresta.
La abeja reina ordenó desenterrarlo y preservarlo, como con el resto de fósiles típicos de nuestro principado.
René seguía callado, absorto en la cavidad bajo la cúpula. Una sencilla placa metálica databa la fecha del descubrimiento y la orientativa de los restos, acompañadas de la silueta grabada de ambos monstruos para facilitar la identificación de sus posturas entre la maraña de huesos.
De todo cuanto habría esperado oírle decir, lo que finalmente salió de entre sus labios lo dejó descompuesto:
—¿Crees que los enterraron juntos?
Kara lo miró. René no.
Ni siquiera sabía qué responder. Era imposible malinterpretar lo ocurrido allá abajo, aun millones y millones de años después, pues sus propios remanentes calcificados contaban su historia con mayor detalle que las leyendas humanas: cada esqueleto mordía la cola del otro, sus fauces dos cepos que jamás soltarían su presa.
«No», quiso decirle. «No hubo entierro, solo lucha. Murieron matando, y solo el tiempo cubrió sus cuerpos».
—En Nascente —continuó René, como si hubiera leído la respuesta en su lengua— las dos serpientes que se muerden la cola simbolizan el ciclo de la vida, el eterno retorno.
Las parejas son enterradas con la cabeza a los pies del otro, justo así, para que a la llegada de la siguiente era se reencuentren más pronto. O se reconozcan más rápido.
Kara chasqueó la lengua, inexplicablemente incómodo.
—Esto no es Nascente. Dudo que estos monstruos siguiesen sus costumbres.
Por fin, René le devolvió la mirada. Se le hacía extraño verlo tan solemne, conmovido por unas ruinas orgánicas que nada tenían que ver con él.
—Tampoco era el Panal, en su día —contestó, tono neutro—.
No podemos juzgar sus restos bajo nuestros estándares actuales, culturales o no, al igual que dentro de diez mil, veinte mil años, quienes hereden este mundo serán incapaces de comprender los nuestros.
Solo la miel perdura más que los huesos, pero no puede emplearse para transcribir la historia.
Al final, todo se perderá. No importará ni esta guerra, ni Nazcar, ni Quin’Xa, ni Nascente.
Quizá fue en ese justo momento que An’Ser Kara vio realmente a René ax Nazcar por primera vez. O, al menos, un atisbo de lo que se escondía tras la Avispa. No supo qué entrevió exactamente, qué creyó entender, pero ya no pudo dejar de hacerlo.
—Me cuesta imaginar un futuro sin Panal —confesó, con un carraspeo.
René emitió un ruidito indefinido antes de volverse de nuevo hacia la cúpula. Ni amago había hecho de bajar del caballo. No parecía interesarle acercarse más, solo observar, en silencio, desde allí. Tampoco parecía del todo presente, perdido en sus pensamientos como estaba.
—¿Sí? —dijo aun así—. A mí no. Casi lo prefiero, a veces.
Depende. Si fracaso, por ejemplo, si no logro recuperar Nazcar, prefiero que de todo esto no quede absolutamente nada.
Ni ruinas, ni registros del antes o el después, ni un solo indicio de que alguna vez existimos.
Así, cuando renazca, no correré peligro de recordar lo que pude tener y perdí.
Por algún motivo, Kara se sintió insultado.
¿Acaso no merecía la pena recordar a su gente, a su reina, a él ?
¿Acaso los Gemelos lo habían minado tanto que ya solo ansiaba su propia felicidad, desentendiéndose del resto de colmenas que lo vieron nacer?
¿Eran sus planes de venganza únicamente el deseo fantasma del nazcareno que había sido una vez?
Y, sin embargo, no se atrevió a replicar, ni a recriminarle la hipocresía de haber empezado una guerra que no querría continuar en otra vida.
No iba a caer en su trampa. No iba a permitir que la Avispa de Nascente plantase en su mente la imagen de un futuro sin reina, miel o rojo.
Sin ellos, las fronteras se desdibujarían, y las necesitaban para distinguir amigos de enemigos.
No podía dejarse enredar en la telaraña.
Viviera las vidas que viviera, coincidieran las veces que coincidieran en ellas, Kara no debía olvidar hasta qué punto René ax Nazcar le hacía dudar de lo innegable: de que, de ser hallados sus huesos enterrados con los suyos, sería por haberse destruido el uno al otro y no por haber deseado renacer juntos.
Mientras su madre intentaba compensar la incomodidad de la escena con abusiva (y fingida) naturalidad, su padre escogió hacer mutis por el foro, carraspeando aquí y allá hasta conseguir escabullirse al salón.
A Gon no le importó; él mismo saldría por patas de su propia vida si pudiera.
Por supuesto, Esther intentó suplicar a su padre con la mirada que se la llevara consigo, e incluso se levantó para imitarlo, pero en el último momento cambió de rumbo y se apuntó a terminar de recoger la mesa.
Aunque los tres pares de ojos restantes en la cocina lo vigilaran de reojo como a ratón de laboratorio, Gon solo podía sentirse aliviado; casi liviano. Por fin lo había dicho. Por fin se lo había quitado de encima.
No había sido fácil, claro. Bego llevaba tantos años formando parte de su familia que solían llamarla «la cuarta adopción».
Su padre se había limitado a escuchar y asentir; su madre le había preguntado si existía algún tercero en discordia.
¿Debería haberle ofendido que su primer pensamiento fuera que Bego había encontrado alguien mejor?
¿O solo era la prueba de que su relación no había sido más que un golpe de suerte?
Igualmente, Gon había tenido que asentir.
«Nos hemos dado un tiempo para pensar», había añadido después, las palabras ya insípidas de repetirlas hasta la saciedad.
Y, para dejarlo bien claro: «El tercero en discordia es por mi parte».