Con la miel en los labios 21 Un joyero de nácar
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21 Un joyero de nácar

– E n las fotos parecía más grande.

—Espero que no le digas eso a todos.

Tomada por sorpresa, Titi rompió a reír a carcajadas, y Reyes corrió a rescatar la enorme caja de cartón que peligraba entre sus brazos.

—¡Cuidado! —protestó, escandalizadísimo—. ¡Aquí dentro están los recuerdos de toda una vida!

—Es solo la basura que tenías en los cajones del escritorio, Rey.

—Sí, pero de toda una vida. ¡La mía!

Mientras discutían sobre si conservar el bolígrafo con el que había aprobado Selectividad entraba en la categoría de síndrome de Diógenes o de cabezonería, Gon continuó descargando cajas de la camioneta familiar de los Cisneros.

El hermano de Reyes hacía lo mismo a su lado, aunque más rápido, por eso de que todavía quedaban cosas por traer.

Gon las llamaría trastos, pero antes la muerte que tomar partido en el debate del día.

Solo cuando terminaron se detuvo a mirar la casa.

Titi tenía razón a medias. No es que fuera más pequeña, es que nunca la habían visto en su hábitat natural, ahí plantada en mitad de kilómetros y kilómetros de campo vacío.

La carretera comarcal apenas contaba como tal, más vereda que calzada, y la broza creía salvaje a cada orilla, acompañando el intenso calor de junio con cantos de cigarra.

A lo lejos, una arboleda tímida junto a un río aún más tímido.

Aún más lejos, la silueta blanca de la fábrica de miel.

Terreno llano, infinito, seco. Costaba creer que existiera un punto del planeta tan desierto y, a su vez, tan lleno de vida.

La casa en sí no se diferenciaba mucho de las fotos que Reyes le enseñara en su día.

Igual de agrietada e igual de olvidada, dos pisos encajonados tras un murete del que la naturaleza había tomado posesión.

Tejas sueltas, ventanas polvorientas, un grafiti feísimo en la pared.

Tampoco el jardín se libraba, tan extenso y descuidado que parecía otro pedazo más de campo.

Casi la totalidad de las teselas de la piscina se hallaba en paradero desconocido y la barbacoa al final del caminito de piedras suplicaba por un viaje al vertedero.

Era perfecta para Reyes. Lo sería incluso más cuando la reformara.

—¿Te gusta?

Gon se encogió de hombros.

—Muy tú.

—¿Encantadora y con potencial?

—No, con pinta de tener pulgas.

Su risa encajó sin fisuras entre las cigarras y el crujir de suelas sobre hojarasca.

El polvo que había levantado la marcha de la furgoneta aún flotaba en el aire cuando Reyes le abrió paso teatralmente a la finca, primero a través de la verja de entrada y después por la puerta principal del chalet, las ruedas de su maleta traqueteando a un volumen de espanto en el parqué.

Al menos el interior no estaba tan mal. Anticuado, antiguo, pero habitable. Como Titi bien había dicho antes de subirse a la furgoneta con Sergio: «Mansión encantada por fuera, yaya castiza por dentro».

—¿No habría sido mejor reformarla entera y luego ya mudarte?

Reyes emitió un ruidito pensativo.

—Sí, pero prefiero ir haciéndolo poco a poco, que tampoco es que gane tanto como para gastarme todos los ahorros de golpe…

Eso a Gon le hizo gracia. Primero porque sus propios ahorros apenas darían para un sillón de IKEA, después porque reconocía el sonido de la mentira en su voz.

Una mentira a medias que no hacía más que confirmarle que aquello era un intento desesperado por distraerse de la pesadilla.

Gon no le culpaba. Al fin y al cabo, por eso mismo estaba allí.

Porque, sintiera lo que sintiera, terminaran como terminaran, jamás se perdonaría si lo dejaba tirado justo en los peores recuerdos.

Reyes se cuidó de mantenerlo fuera de cámara mientras les hacía un tour en primicia a sus (por fin) 80K seguidores de Instagram. Como sabía que tardaría, Gon fue abriendo las cajas para ahorrarle tiempo (y peligro, que no se fiaba de prestarle el cutter ni un segundo).

Funcionaban bien. Se complementaban bien.

Incluso con todo lo que habían decidido barrer bajo la alfombra de momento, incluso con los silencios y las preguntas sin respuesta, funcionaban bien.

Siempre lo habían hecho. Y, aunque en parte Gon se sentía culpable por no haberse marchado nada más darle los hielos a Titi, nada lo ayudaba tanto a respirar como la cháchara de Reyes en el piso de arriba, a cada paso un crujido de madera vieja.

Bego no quería verle, lo entendía. Así que esperaba que ella entendiese que Reyes lo necesitaba allí, como amigo. Esperaba que no se lo tomase como que… como lo que no era. Aunque ni siquiera Gon sabía lo que era o no, aparte de una promesa de que permanecería a su lado hasta el final.

Final para el que quedaba muy, muy poco.

Reyes bajó de un salto el último escalón y, aunque tenía una sonrisa en los labios, no le alcanzaba los ojos.

Ah, ahí estaba otra vez. Se refería al eco, claro.

Gon podría reconocer sus efectos sin siquiera mirar, solo con oír cómo rechinaba los dientes, así que se ahorró la pregunta y separó una de las sillas de la mesa de la cocina con el pie mientras tiraba de la trabilla de sus vaqueros para acercarlo.

Al primer intento de sentarse Reyes calculó mal y casi volcó.

Al segundo, se golpeó el codo contra el pico de la mesa y prácticamente rebotó del impacto.

—A la tercera va la vencida —pio, ya bien sentadito (todavía un tanto pegado al borde derecho, eso sí)—: ¿Adónde crees que irá nuestro sentido del tacto del presente cuando viene el del pasado?

Él se encogió de hombros.

—¿A nuestra siguiente reencarnación?

—Pues que le aproveche el golpetazo a quien sea —rio Reyes—. Aunque creo que no me he hecho nada… —Se miró el codo—. Nop, ni raspón. Reyes uno; René cero. ¡Hasta he conseguido bajar las escaleras yo solito! Bueno, al final he tenido ahí un susto, pero… Deja de mirarme así.

Gon torció el gesto; Reyes frunció el ceño.

—Si me estuvieran rajando, te aseguro que lo sabrías —insistió—. Así que no hace falta que andes vigilándole como a un abuelo amnésico, sé perfectamente dónde y cómo estoy. No me voy a romper.

Ya, ya lo sabía. Por eso Gon se limitó a chasquear la lengua y asentir antes de continuar abriendo cajas, y por eso Reyes permaneció inmóvil, esperando a que el eco terminara.

Ni siquiera se atrevería a sacar el móvil, por si lo sujetaba demasiado flojo y se le caía, por si lo sujetaba demasiado fuerte y se hacía daño. Resopló, aburrido.

Sin sentido del tacto, la realidad perdía consistencia.

Durante los anteriores al menos habían podido contar con lo tangible para anclarse al presente, pero ahora ni eso les quedaba.

Su propio cuerpo, desde el más corto de los nervios hasta la inmensa superficie de su piel, trataba de convencerlo de que se encontraba de pie, o galopando, o bailando, o huyendo.

O mil cosas más. «Es como estar anestesiado entero pero sin delirar», había refunfuñado Reyes el día siguiente a la tormenta. «Vamos, que no tiene ni puta gracia».

—¿Hasta cuándo te quedas?

Era una pregunta lícita. Gon volvió a encogerse de hombros.

—Este domingo es el último partido. Después me pasaré a ver a mis padres, pero aparte de eso estoy libre.

Reyes lo miraba muy fijamente.

—Puedes quedarte cuanto quieras —dijo—, y venir cuando quieras. Nosotros estaremos ocupados con la mielada, pero eres bienvenido también en la fábrica. Nunca sobran un par de manos más. Tú avísame y te preparo el sofá cama.

Dentro de esa caja había Barbies y Action Mans.

Gon se los quedó mirando, rememorando el banquito de mimbre sobre el que los viera la primera vez, en el cuarto de invitados de la casa de Reyes.

Aquella noche se había preguntado por dónde empezar a cambiar, cómo ser un poquito más Reyes y un poquito menos Gon.

Había querido un pedacito de su felicidad, de su vida, y ahora que podría tener ambas la sola idea lo roía por dentro.

Podría quedarse unas semanas, hasta que terminaran los sueños.

Podría ayudar con las colmenas, olvidarse un rato de su piso vacío en La Latina, donde las horas pasaban eternas, y también de que aún ignoraba si lo renovarían para el siguiente curso.

No le hacía daño a nadie. Más bien al revés.

Le gustaba estar allí, le gustaba ser útil.

Le gustaba todavía más estar con Reyes, que respiraba y latía y reía como ya no lo hacía René.

Quería estar ahí cuando ocurriera, ya que Kara no había podido.

Se lo debía. Se lo debía a los tres.

—Te iré diciendo —contestó igualmente, todavía sin mirarlo—. Muchas gracias.

Reyes sonrió.

—¡Nada! Aquí hay espacio de sobra para los dos. Y para las pulgas.

Ah, mierda. Cómo le quería.

Ganaron el último partido y las chicas lo abrazaron con la fuerza de un aluvión de osos pardos.

Gon rio, emocionado y orgulloso y melancólico mientras las felicitaba una a una.

Por supuesto, habían quedado muy lejos del podio, pero a ninguna parecía importarle demasiado, seguramente porque la sensación de unidad con la que finalizaba la temporada pesaba mucho más.

Almudena reía y reía y las demás revoloteaban a su alrededor como si siempre hubiera formado parte de ellas.

No necesitaban medalla de oro, teniendo eso.

Gon se lo tomó como la victoria que era.

Había trabajado a contrarreloj con esas chicas, ya que no sabía si volvería a verlas tras el verano, y aunque no tenía muy claro cómo había conseguido dar frutos tan rápido le alegraba haber dejado buena huella.

Le daba pena pensar en que ahí pudieran terminar sus andanzas juntos, pero así era la vida.

No podía controlar su renovación, solo su presente.