Con la miel en los labios 20 El punto final #6
86%

20 El punto final #6

Reyes siguió acariciándole hasta que la tormenta se fue.

Gon se fue después.

Cuando René ax Nazcar extrajo el cuchillo de sus entrañas lo hizo con saña, de un tirón brusco, y cuando su sangre manó a borbotones dejó que le manchase las manos.

Contrastaba terriblemente sobre su piel pálida, muy pálida, tanto que Kara se preguntó si ya estaría perdiendo la consciencia porque no tenía sentido, no tenía sentido que quien sangrara fuera él y no la Avispa.

El dolor, en fin. Kara llevaba toda una vida preparándose para la guerra, para sacrificarse por su tierra, pero nadie le había advertido de cuánto dolía morir.

Era cegador. Inexorable. Se abría paso a dentelladas, consumiéndolo todo a su paso hasta no dejar ni los restos de su entereza.

Rebañaba el tuétano de su identidad, lo dejaba vacío, una cáscara de Kara.

Nada existía más allá del dolor, ni siquiera su propio nombre.

De un destello, René volvió a acuchillarlo, y le habría hecho gracia que acertara en el mismo tajo de no ser por la sensación lacerante de acero rasgando carne, arterias y órganos. Cualquiera diría que estaba envainando la daga en su vientre y no ejecutándolo.

Kara había hecho lo mismo aquel primer día, en la posada. Había intentado golpearle en el mismo lugar, para no dañar nada más. Lo había conseguido a medias.

René no. René había hecho diana sin esfuerzo, como nacido para ello. Como nacido para matarle.

Ojalá lo hubiera estrangulado cuando tuvo oportunidad. Quizá no habría salvado el Panal, quizá no habría salvado la vida, pero al menos no se sentiría tan…

—Detente, Avispa.

Con el ceño fruncido, René se volvió hacia sus amos.

A Kara el hedor de la sangre se le pegaba a la nariz, a la lengua, y tardó en darse cuenta de que tenía la boca encharcada de rojo.

Escupió y el gargajo se estiró hasta el suelo como un mal recuerdo, tan fino como espeso, tan negro como brillante.

Si su corazón continuaba latiendo a ese ritmo estaría muerto en dos minutos.

Los Gemelos cruzaron miradas.

—Impresionante —dijo uno.

—Precioso —dijo otro.

—René —dijo Kara.

Por supuesto, este no atendió a su llamada. Solo apretó el puño con el que lo mantenía erguido, ordenándolo callar sin malgastar saliva. Tenía los nudillos blancos y las pupilas contraídas. Tan, tan pálido. Incongruente.

Entre la neblina instalada en su cerebro, Kara supo que algo iba mal.

Y nada tenía que ver con que los bordes de su visión empezaran a emborronarse, ni con el mareo propio de la pérdida de sangre, ni siquiera con la adrenalina que se le escapaba a través de la puñalada del estómago, no.

Algo iba mal. Algo mucho peor que René traicionándolo.

—La princesita decía la verdad.

—No se puede convertir en avispa lo que siempre fue abeja.

—Y aun así, mírala, picando a su misma especie para salvarse las alas.

—Otra vez.

—Otra vez.

—¿De qué est…?

Uno de los Gemelos alzó la mano y su Avispa calló. El puño de René tiritaba allá donde se tocaban, increíblemente tenso. Kara jamás lo había visto tan rígido. Petrificado y cimbreante a la vez, a punto de desmoronarse o de echar a volar.

—Lo sabemos, René.

—René ax Nazcar.

—Sabemos lo que has estado haciendo a nuestras espaldas estos dos años.

Kara notó más que vio cómo retrocedía un paso, liberándolo de su agarre. Los cientos de ojos que se habían alimentado del derramamiento de sangre ahora trepaban por la piel de la Avispa, aún hambrientos, relamiéndose ante la idea de un nuevo festín. Todo banquete tenía su postre.

—Pero respira tranquilo —continuó el Gemelo, dulce—, al final lograste tu objetivo. Serás el punto final con el que siempre has soñado.

René exhaló. Y, en un murmullo quedo:

— No.

—Sí. Gracias a ti, el Panal prosperará. Bajo nuestro cuidado.

—Gracias, Avispa.

—Gracias, Avispa —corearon todos.

Sonó a oración. Las mil voces unidas, solemnes, sagradas.

Ni una gota de sarcasmo o burla o amenaza, un agradecimiento sincero que, sin embargo, le arrancó un gemido a René desde lo más profundo del pecho.

El pavor que lo impregnaba le empaló las entrañas con la virulencia de una tercera cuchillada, y solo entonces Kara comprendió.

Así que se lanzó como enardecido hacia la Avispa al mismo tiempo que toda aquella masa de rojos que ladraban y aullaban como perros de caza.

No iba a permitirlo, no iba a consentirlo.

Se desangraría antes que dejar que se lo arrebataran, antes que soportar un mísero segundo más de los gañidos desesperados de René por entre la maraña de cuerpos que peleaban por ser los primeros en ofrecérselo a sus dueños.

Lo veía defenderse con uñas y dientes como la alimaña salvaje que era y jamás había deseado tanto una masacre como en el momento en que los guardias lo sacaron a tirones de la refriega.

Kara intentó zafarse de ellos, volver junto a él, pero fue en balde.

—¡NO! —bramó, sin atreverse a quitar los ojos del punto en que inmovilizaban a su Avispa contra el suelo. Si lo perdía de vista, sería para siempre—. ¡NO!

Sintió el siguiente tirón como una amputación.

Quizá porque la jauría ya había cazado a su presa, quizá porque ya no sentía el calor de las candelas sino el frío de la lluvia resbalando nuca abajo por su armadura, la tormenta allá fuera y el infierno allí dentro, irreal en su crueldad.

René no chillaba, rugía. Se resistiría hasta el final, como siempre.

Por alguna razón, Kara recordó los fósiles.

Aquellos asomando entre las ruinas del antiguo Panal, dos esqueletos titánicos, vestigios de los monstruos que plagaron la infancia de aquel mundo.

Recordó a René preguntando si habían sido enterrados juntos, y a sí mismo callándose la verdad, y en ese momento Kara deseó haber heredado sus fauces o sus garras, su tamaño o su fiereza, pero solo tenía esas inofensivas manos humanas y esos rectos dientes de omnívoro que de nada le sirvieron contra soldados más enteros y lúcidos que él.

De nada le sirvió sacudirse, morder, gritar, porque era solo uno y ellos muchos más. Todo un ejército de hienas.

Nunca gritaría tan alto como cuando consiguieron desterrarlo al exterior de la fortaleza, las puertas cerrándose con la rapidez de una guillotina y una mano hincada hasta el fondo en el tajo de su vientre como advertencia.

Kara se dobló en dos y gimió. Quizá incluso sollozó.

Le daba igual. Si no podía sacarlo de allí, prefería morirse.

Prefería que los desollaran juntos, que los enterraran juntos.

Ni siquiera eso le concedieron. En su lugar, alguien dijo:

—Cóselo. Sangra demasiado, y todavía lo necesitamos para dar respuesta.

Kara se revolvió. Mientras todo perdía consistencia, luz, realidad, se revolvió. Mientras oía el primer alarido descarnado, mientras lo arrastraban por el barro lejos de su voz, mientras lo arrancaban de cuajo de su lado. Se resistió hasta el final.

Jamás volvería a ver con vida a René ax Nazcar, la Avispa de Nascente .