20 El punto final #5
Gon le tendió el hielo, que pasó de chorrearle la toalla a diluviar sobre el rellano. Ella se apresuró a recogerlo. Qué incómodo todo. Qué rígido. Ahora tocaba despedirse, y luego marcharse, lo tenía clarísimo, pero aun así lo que salió de entre sus labios fue un:
—No es grave, ¿no?
Su sonrisa lo dijo todo.
—Lamentablemente, sobrevivirá.
—Medio sordo no significa sordo del todo, ¿eh? Os estoy oyendo.
Por supuesto. Gon soltó todo el aire de los pulmones en un suspiro derrotado; Titi simuló no fijarse mientras se volvía hacia Reyes toda ceñuda.
—Tampoco significa cotilla. ¡Que no te levantes, te he dicho!
—¡Que estoy bien! Pero qué exagerada, Jesús…
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Gon, porque era así de imbécil.
—¿Atándolo al sofá? Estaría bien, gracias. Espera, voy a…
Y salió corriendo hacia la cocina, probablemente en busca de una bolsa de plástico donde guardar el hielo.
Gon se quedó ahí, de pie, sin poder marcharse ahora que Titi le había arrebatado la opción de despedirse y punto.
Debía esperar a que volviera o pasar a decirle que se iba.
Miró el reloj, suspiró de nuevo. Se negó a esperar en el rellano, sintiéndose ridículo y fuera de lugar, así que reunió coraje y pasó al recibidor, aún con la mano en el pomo.
—¿Necesitas algo más?
—¡No, muchas gracias! ¡Vete, vete si quieres, que andabas con prisa!
Pero lo que hizo fue mirar al otro lado, desde donde Reyes lo contemplaba con una ceja enarcada y los brazos cruzados. La pierna en alto y el bochorno exterior le conferían a la escena cierto aire de irrealidad, de absurdez. No le sorprendería si al segundo siguiente se escucharan risas enlatadas.
—Ey —saludó.
Entrada triunfal (nótese el sarcasmo). Reyes se limitó a fruncir los labios.
—¿Estás bien?
—De lujo —contestó, seco—. Titi es una dramas.
— Tú eres el dramas —resopló la propia Titi, entrando en el salón con un puñado de hielos anudados en una bolsita de farmacia—. Menos protestar y más acatar.
—¡Que no necesito hielo, que estoy bien! ¡Ni siquiera me duele!
Con un resoplido hastiado, ella soltó la bolsita justo encima de su tobillo, y Reyes aulló.
—¡AU! ¡IMBÉCIL! ¿¡Qué haces!?
—Ah, ¿no decías que no te dolía?
—¿¡Cómo no me va a doler que me tires tres kilos de hielo!?
Titi negó con la cabeza y se volvió hacia Gon.
—Peor que un crío. Anda, dile que no puede salir con eso así.
Uh. Vale, estaba confuso. Muy, muy confuso. Un tanto torpemente, Gon cerró la puerta y pasó al salón. Risas enlatadas en cualquier momento, seguro. Burlándose de él.
—Lo tienes hinchado —solo ofreció, sin saber si era bienvenido o no. La postura de Reyes decía que no; la de Titi, que sí—. No parece nada serio, aunque tendría que tocarlo para s…
—Las manos quietas —escupió entre dientes.
— Reyes.
Gon quería irse. De hecho, dio un paso atrás. Tenía cosas que hacer, sitios a los que ir, no iba a gastar ni un segundo más allí, pasándolo fatal y haciéndoselo pasar fatal también a él. Porque se lo veía en la cara, el dolor, la frustración, la rabia. Pero, antes de hacerlo, lo dijo:
—No deberías andar más por hoy o lo empeorarás.
—Haré lo que me dé la real gana.
—Decidido, entonces —resolvió Titi, con una palmada—. Aquí te quedas.
—¡No!
— Sí —gruñó ella, y, esta vez, alzó un dedo en advertencia, fulminándolo con la mirada—. ¿O es que quieres que nuestra primera reunión con marketing sea sobre ti ?
Ah, vale. Vale. Ahora entendía. Ahora todo cuadraba. Por qué Reyes no aprovechaba como siempre a chantajear a Titi con lagrimitas de cocodrilo, por qué se emperraba en asegurar que estaba bien cuando su tobillo decía a todas luces lo contrario, por qué soltó un improperio en vez de una risotada.
Era por Bego. Iban a reunirse con Bego.
—Tampoco quiero que piense que no voy por cobarde.
—Eso se soluciona fácil. ¿Quieres que le mande una foto de tu pie?
—Ni de coña.
—Pues ea. No me hagas perder tiempo, que ya voy tarde.
Titi le plantó un beso en la coronilla como despedida y Reyes gruñó, pero no hizo nada por detenerla. A él, en cambio, le dio un apretoncito en el brazo al pasar.
—Gracias por tu asistencia, Gon, te dejo libre. Perdona.
—Nada.
—Me voy corriendo, ¿vale? ¡Chaíto!
Típico de Titi. Desaparecer en un pestañeo, dejándole allí tirado sin ninguna consideración por el percal que ella misma había montado.
El estruendo de la puerta al cerrarse lo tensó entero otra vez.
Casi esperaba oír el chasquido de la cerradura, aunque no oírlo fue peor, en parte, porque lo obligaba a decidir.
Silencio.
Silencio durante uno, dos, tres segundos.
Incomodísimo, angustioso. Por puro instinto, Gon se volvió hacia el recibidor, dispuesto a escapar de la leonera cuanto antes, a huir al gimnasio y pedalear como un loco en su patética clasecita de spinning como si eso pudiera alejarlo aún más de Reyes Cisneros.
No supo por qué no lo hizo, ni por qué suspiró, dándose la vuelta para encararlo.
Al final, Reyes se movió primero. Reyes siempre era el primero en todo. Ignorando abiertamente su presencia, empezó a acomodarse la bolsa de hielo sobre el tobillo entre refunfuños.
—Puedes irte, ¿eh? —dijo, sin mirarlo—. Tú mismo lo has dicho, no es nada.
Era verdad. Era una tontería, en unas horas ya habría bajado la hinchazón, y si reposaba toda la noche al despertar estaría perfecto.
Y, sin embargo, no se fue. Quizá porque no quería, no así, escabulléndose como un ladrón sin decir ni adiós.
Estaba agotado. Triste, atrapado y cansado.
Y lo único que le había traído un mínimo de alegría había sido presenciar aquel breve rifirrafe entre Titi y Reyes, un rayito de luz tras días y días de purgatorio.
Afuera, un corrillo de sol escampó sobre su barrio, tintando las nubes de naranja. Parecían arder en vez de llover. Seguro que, si se asomaba a la ventana, vería el arcoíris a lo lejos, una corona de colores para el prado de antenas telefónicas vueltas hacia el cielo como girasoles de metal.
Dentro, las gotas de lluvia fresca que repiqueteaban sobre el suelo del balcón no conseguían hendir el húmedo calor del salón, denso como vaho de ducha e igual de difícil de respirar.
Todo era gris, borroso y ámbar. Un alto en el tiempo, una habitación desgajada del espacio.
Reyes lo miró y Gon tuvo la extraña sensación de que, mientras durase el bochorno, nada más existiría.
Nada más que ellos, el sofoco y la lluvia.
El ventanal abierto de par en par, el hielo empapando el sofá, las nubes naranjas. Nada más.
—¿Qué quieres?
Reyes tenía los labios torcidos de dolor. Gon sabía que no era por el tobillo.
Se encogió de hombros.
—Ya —masculló Reyes—. Para qué pregunto…
Aún en silencio, Gon se arrodilló para colocarle bien el hielo.
Reyes se resistió solo un segundo antes de dejarle hacer, desplomándose contra el respaldo del sofá con un suspiro larguísimo, lo que él aprovechó para revisar la lesión.
Eso, al menos, sí que sabía hacerlo. Chequear torceduras, esguinces, roturas.
A lo largo de toda su vida había vendado más dedos ajenos que propios, al igual que tobillos, muñecas, rodillas.
Con esparadrapo, con gasa, con lo que tuviera a mano.
Era el día a día del jugador de baloncesto, y más tarde del entrenador amateur sin fisio de apoyo en el equipo.
Por supuesto, Reyes no se dejaría vendar (ni falta que hacía, ahora que lo veía de cerca), pero tampoco lo apartó. Gon se lo tomó como un avance.
Mientras terminaba de comprobar que todo estaba bien, dijo:
—Lo siento.
Reyes chasqueó la lengua.
—No es culpa tuya.
—No —le cortó, notando la garganta agarrotada—. No me refería a eso. Me refería a echarte sin ninguna explicación. Fui injusto e infantil. No te lo merecías.
No vio qué expresión estaba poniendo, centrado en envolver la bolsa de hielo en un buen puñado de clínex del inagotable paquete sobre la mesa.
Aunque una toalla sería más eficaz, para evitar tanto el contacto directo con el frío como que chorrease el sofá entero, no se atrevía a levantarse a por una.
Dudaba de que Reyes le permitiera volver.
Dudaba de que él mismo se permitiera volver.
A fin de cuentas, ya había dicho lo que tenía que decir. Ya no pintaba nada allí.
Más silencio. Más lluvia. El atardecer no parecía tener fin.
En los sueños, Kara se encargaba de las heridas de René y el déjà vu le trepó como un vértigo.
No quería irse. No quería irse jamás. Tampoco pensar.
Quería quedarse ahí, en aquella bola de nieve de aguacero veraniego, únicamente arrullado por su respiración arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo.
—¿Por qué sigues aquí?
Reyes sonaba perdido. Gon no contestó.
—¿Qué significa? ¿Qué quieres hacer? ¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres de mí?
Quiso responder, de verdad que sí, pero no pudo.
No pudo porque no sabía qué decir. Y a cada segundo que permanecía callado, a cada segundo que insistía en quedarse, se volvía más y más injusto.
Tenía ganas de llorar y, al mismo tiempo, no se había sentido tan seguro en semanas.
A salvo, incluso. No querría estar en ningún otro lugar.
—Ya —repitió Reyes entonces, con un suspiro—. Para qué pregunto.
Pero no había veneno en su voz. Todo lo contrario, de hecho.
Sonaba exactamente como sonaba lo que Gon tenía dentro, una mezcla entre derrota, impotencia y anhelo tan fuerte que lo clavaba a la alfombra, impidiéndole ponerse en pie y dejarle en paz de una vez.
Cerró los ojos, bajó los hombros, respiró hondo.
Cuando descansó la sien en su rodilla, Reyes le acarició el pelo.
Primero tentativo, luego apartándoselo de la cara, hundiendo los dedos entre mechones cortos, desterrando el bochorno de su nuca con yemas todavía frías del hielo.
Nada le había hecho sentir nunca tan líquido, derretido a sus pies, un charco con forma humana.