Con la miel en los labios 20 El punto final #4
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20 El punto final #4

—Es normal. —Carol sonrió, terriblemente suave—. Nos pasa a muchos, ¿vale? Es difícil darse cuenta de que no eres hetero cuando te gusta lo que se supone que te debe gustar, y muy fácil conformarse para evitar problemas. A veces hasta lo hacemos de forma inconsciente.

Aquello le hizo sisear.

—No me estoy «conformando» con Bego.

Dos gritos ahogados.

—¡Hostia, tío, no! ¡No estaba hablando de Bego! —aclaró Recla a toda prisa, y sonaba tan escandalizado que Gon enterró el hacha de guerra al instante—. ¿¡Cómo iba a decir eso Carol de Bego!? ¿¡Estamos locos!?

—¿Entonces?

Carol lo contemplaba, pensativa. Se mordisqueaba el labio inferior, quizá arrepentida de haber empleado esa palabra en concreto o quizá buscando otra manera de explicar…

—Hay gente que se conforma con lo que tiene, claro. Pero yo me refería a que es natural que ni siquiera te lo planteases justo porque llevabas diez años con Bego. No te hacía falta mirar más allá.

«Llevabas», no «llevas». Oír hablar de su relación en pasado le dio vértigo.

No podía soportarlo. Es que no podía soportar la idea de que Bego jamás volviera, de haber perdido así, de un chasquido, la mitad de su vida.

¿Y todo por qué? ¿De qué le servía aceptar quién era?

¿En qué iba a ayudarle? Era Bego quien tenía que aceptarle de nuevo.

—Tampoco quería mirar más allá —carraspeó por fin—. Sigo sin querer hacerlo.

A su derecha, Carol bufó como si hubiera dicho una obviedad. A su izquierda, Recla se mordió el carillo como conteniéndose para no replicar. ¿Qué? ¿Qué acababa de decir?

—Es verdad —insistió, con voz áspera—. Quiero a Bego.

¿Por qué todo el mundo le cuestionaba lo único que tenía claro?

—¿¡Ves!? —estalló entonces Recla, agitando los brazos como un loco—. ¿¡Ves lo que te decía!?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Impresionante —asintió ella, mitad maravillada mitad incrédula—. De verdad, impresionante cómo eres capaz de obviar el tema al mismo tiempo que hablas del tema. ¿Cómo lo haces?

—Es que se le ve en los ojos cuándo pone el piloto automático y todo, ¿eh? ¡Las palabras salen de su boca pero no pasan por su cerebro!

—Sí, sí.

—Biririri, me llamo Gonzalo y me gusta Reyes. Biririri, que sea bi no afecta en nada a mi vida actual. ¡Biririri, mi novia me pidió tiempo para meditar lo que quiero pero va a salirle el tiro por la culata porque pensar es para frikis!

—Los robots no suenan así.

—Ah, ¿ahora también eres experta en robots?

Gon abrió la boca para defenderse diciéndoles que era perfectamente consciente de lo que Bego le había pedido y que estaba cumpliendo, estaba reflexionando sobre lo que había hecho y que le daría todo el espacio del mundo que ella necesitase para…

Y entonces se dio cuenta de que lo estaba haciendo otra vez.

Cerrar los ojos. Fingir que nunca había mirado más allá, centrarse en una única parte del problema para no enfrentarse a la raíz.

Torturarse por haberle ocultado a Bego lo que ocurría con Reyes sin dignarse siquiera a cuestionarse por qué lo había hecho; qué había intentado enterrar realmente.

Y era verdad, se dedicaba a confesar y luego a huir, confesar y huir, confesar y huir.

¿Cómo iban a confiar en él, si se guardaba la realidad como cuando de niño se escondía las espinacas en los carrillos hasta poder escupirlas en el baño?

¿Eso era Reyes para él? ¿Un mascajo aplastado en el hueco entre encía y mejilla, una presencia foránea a la que ignorar constantemente mientras se comía lo que sí disfrutaba del plato?

¿Así lo trataba? ¿Con el mismo mecanismo de defensa que había usado con las espinacas ?

Joder, era un capullo. Y encima imbécil. A eso se refería Carol con que no era lo mismo saber que aceptar, ¿verdad? No bastaba con saberlo; tenía que hacerle frente. Tenía que tragar. Abrir los ojos, abrir la puerta.

Abrir el cepo.

Aceptar que también estaba enamorado de Reyes no fue lo más difícil de todo.

Fue la existencia de aquel diminuto «también».

Por eso le había costado tanto. Querer a Begoña era ley universal en su cuerpo y, por tanto, pasar a querer a otra persona le resultaba antinatura.

Así, la única conclusión lógica indicaba que lo que sentía por Reyes había de ser pasajero.

Un error en el tejido del mundo, un parásito heredado de la otra vida.

No era real, porque nada, absolutamente nada, conseguiría que Gon se desenamorase de ella.

Ni siquiera el destino. Ni siquiera la última voluntad de un soldado moribundo mil siglos atrás.

Pero Gon no se había desenamorado de Bego. Simplemente, había empezado a sentir lo mismo por alguien más.

Aunque tampoco era lo mismo. Borboteaba de forma radicalmente diferente, como si anidara en otro lugar de sí mismo.

Si ella había enraizado en sus huesos, músculos, tendones, cada pedacito tangible de su cuerpo; Reyes moraba en sus cinco sentidos, en sus pensamientos y reflejos, rezumaba de rojo hasta desbordarlo.

Y todo cobraba sentido cuando sumaba los dos. Gon era el resultado.

Por supuesto, no había sido tan elocuente al tratar de traducírselo a Carol. Había balbuceado, carraspeado, dado mil vueltas y al final suspirado, rindiéndose. Al parecer, no era igual para ella. Ella nunca se había enamorado de dos personas a la vez.

«Pero tampoco es imposible, ¿eh? —había dicho Recla, mientras le ponía otro café gratis.

El Stardust empezaba a convertirse en su Google particular, donde se refugiaba cuando le surgían dudas de aquel nuevo Gonzalo que se comía a bocados al viejo—.

O sea, una amiga mía tiene tres novios y encima dos de ellos están liados entre sí.

A mí me agobiaría, mucho trabajo, pero oye, ella está encantada.

—Y un suspiro dramático—. Ay, unos tanto y otros tan poco… No está bien repartido esto…».

Gon también había suspirado, aunque no por eso.

Odiaba sentirse tan perdido, tan arcaico.

Cada término nuevo que aprendía le sonaba demasiado moderno, demasiado irreal, como hecho para otras personas, no para él.

Nunca lograba reconocerse en ellos incluso si la definición encajaba perfecta, ni se encontraba cómodo al imaginarse explicándoselo a sus padres.

Si es que decidía hacerlo alguna vez, claro.

No ayudaba tener cero noticias de Bego y millones de Reyes.

Los echaba de menos, y le dolía tanto no saber nada de una como poder seguir en directo la vida del otro.

Cosa que Gon hacía casi obsesivamente, revisando sus redes sociales de madrugada, cuando se preguntaba si Reyes tendría miedo de soñar, si lo estaría pasando muy mal con los ecos, si le odiaba por extirparlo de su lado tanto como Kara debía de odiar a René por traicionarlo.

Su sonrisa solo parecía genuina en las fotos entre abejas, sus ojeras habían vuelto.

Se grabó en vivo colocando un alza en la colmena más antigua de la finca, y mientras explicaba con la fluidez de la rutina para qué servía («para que estén más fresquitas, así aireadas») Gon quiso desesperadamente estar allí, ser quien sostenía el móvil, la risa que se oía de vez en cuando al otro lado, existir en vez de observar.

Pero no podía ir a verle, porque le aterraba pensar lo que haría de tenerlo enfrente. Le aterraba pensar que su visita pudiera leerse como una elección.

Le aterraba todo lo relacionado con Reyes, en realidad.

Y Gon siempre había sido un poquito cobarde.

tienes hielo?

Se quedó mirando el mensaje. Titi seguía en línea, sin añadir nada más, así que no debía de haberse equivocado de conversación. Muy despacio (y muy confuso), Gon apoyó la mochila en la encimera de la cocina y contestó:

sí, por?

podemos llevarnos unos cuantos?

bueno, mejor la bolsa entera

en cuanto pare el chaparrón te compro otra

Antes de aceptar, más por shock que por suspicacia, Gon se asomó a la ventana abierta de par en par. Afuera, la lluvia caía incansable y torrencial, con la brutalidad típica de finales de primavera, y el intenso bochorno parecía evaporar los edificios, las calles, el asfalto.

Ellos también tenían las ventanas abiertas.

En el sofá, Reyes protestaba por algo que jamás llegaría a oír; tras el respaldo, Titi miraba muy concentrada la pantalla de su teléfono, ignorándolo.

Lo espeso del aguacero emborronaba los detalles, aunque Gon unió los puntos en cuanto distinguió el pie en alto del chaval.

os la subo

no hace falta, puedo ir yo

me pilla de camino

Titi no insistió, así que Gon se puso en movimiento y metió la dichosa bolsa de hielo en su mochila del gimnasio. Total, con la que estaba cayendo se le iba a empapar entera igual…

Tardó más en bajar a la calle que en cruzarla, y cuando llamó al timbre el martilleo de los goterones de lluvia contra la acera retumbaba al mismo ritmo y potencia que los latidos de su corazón.

Ignoró lo mucho que le costaba respirar, o el temblor de sus manos, concentrado únicamente en subir la escalera lo más rápido posible.

Con suerte, les daría el hielo y al segundo saldría pitando a su clase de spinning, esa que empezaba en diez minutos.

¿A quién quería engañar?

—Ey —saludó Titi, ya esperándolo con la puerta abierta—. Gracias, de verdad.

—Nada. —No pudo contenerse—: ¿Qué ha pasado?

Ella tampoco pudo contener poner los ojos en blanco, al parecer. Por alguna razón, se le hacía extraño que siguiera igual que la última vez que se habían visto, aunque apenas si había pasado un mes.

—¿Tú qué crees? Este, que va como cabra montesa por Madrid con todo mojado y pasa lo que pasa.

Eso le hizo sonreír. Titi también sonrió, disimulando la tensión de sus hombros, y solo entonces Gon se descolgó un asa de la mochila para sacar el hielo. Darle la bolsa, despedirse, marcharse. Darle la bolsa, despedirse, marcharse.

—¿Quieres pasar?

Darle la bolsa, despedirse, marcharse.

—Tengo gimnasio ahora.

—Ay, vaya. Otro día, entonces.

Ambos sabían que no habría otro día.