20 El punto final #3
—Tranquilo —consiguió responder. Se sentía volátil; efervescente—. Es que… quiero…
Y entonces René volvió a colocarse el mechón de pelo tras la oreja.
Y la hojita por fin cayó, aterrizando entre ellos con un crujido leve.
—Mira qué bien —celebró René, barriéndola todo ufano del colchón—. Ya empezaba a pensar que en realidad tenía una araña o algo así. Eran las arañas lo que te daba miedo, ¿no? ¿O eran las mantis?
Podría haberle dejado reanudar su perorata, o aprovechar la distracción para excusarse, pero ahora que había visto el cepo ya no podía seguir ignorándolo. Ya ni siquiera necesitaba la excusa de quitarle la hoja.
Porque, por primera vez en toda su vida, era consciente de que nadie lo frenaba.
No existían dioses que vigilaran cuándo y cómo decidía abrir el cepo, ni leyes que dictasen quién o qué merecía el riesgo. Nadie le daría permiso, nadie escogería en su nombre. La única barrera entre René y sus manos era él mismo.
Kara empezó a desabotonarse los guantes. René se envaró.
—¿Kara?
Esta vez no respondió, y pudo distinguir el segundo exacto en el que entendió lo que ocurría porque sus pupilas crecieron como lunas y un grito ahogado le entreabrió los labios.
René se quedó muy quieto, rígido incluso, mientras lo contemplaba quitarse primero un guante y luego el otro sin vacilar, de un solo movimiento fluido.
Y, como en un sueño, Kara los dejó a un lado, sobre el colchón, antes de extender una mano hacia él.
Siempre había pensado que, llegado el momento, temblaría.
Que todo su cuerpo se resistiría a la blasfemia, que el estómago se le encogería en un nudo de nervios y que la náusea le rondaría la garganta.
Jamás habría imaginado que se sentiría tan seguro, que contendría el aliento como si fuera a tocar algo sagrado y no algo nacido de la misma inmundicia que él.
Pero René no tenía nada de inmundo, y por eso lo tocó.
Siguió con las yemas de los dedos la curva del mechón más cercano, pendiendo entre ambos como suspendido en el espacio.
En sus oídos, el suspiro trémulo de la Avispa.
En sus dedos, el rojo. Tan suave como lo había imaginado aunque mucho más ligero, en los extremos la textura pajiza del trigo tras todo un verano bajo el sol.
El color rico e intenso contra su piel, tan irreal que parecía palpitar al compás de las candelas del dormitorio.
Nunca el corazón le había latido con tal brío como cuando enroscó aquel mechón entre sus nudillos y se lo llevó a los labios.
René lo besó después. Acunó su cara entre sus manos y lo besó muy, muy lentamente, al tiempo que Kara cerraba los ojos y dejaba que las suyas le hablasen de René ax Nazcar.
Del tacto de su pelo al hundir los dedos en su espesura, del peso al apartárselo sobre un hombro y de la calidez de su piel.
Los tatuajes no tenían relieve; las escarificaciones, por supuesto, sí.
Trazó los rosales de sus costados y las ondas sísmicas de sus brazos y la línea de su mandíbula y todo, todo cuanto encontraba a su alcance.
Le alivió que René no se desvistiera sus guantes de terciopelo.
Dudaba estar preparado para eso. Bastante abrumado se sentía ya con tanto por recorrer, por explorar.
Bastante al borde de las lágrimas se sentía ya solo de pensar en no haberse atrevido a dar el paso, de morir sin llevarse aquello a la siguiente vida. Había merecido la pena.
René siempre merecería la pena.
La siguiente vez que Recla se plantó en su casa, traía a Carol consigo.
Ella se comportó como siempre, seca y brusca y ácida, pero el interrogatorio policial (¿Estás durmiendo?
¿Y comiendo? Pero ¿bien o mal? ¿Sigues yendo al gimnasio?) al que lo sometió nada más sentarse en el sofá le relajó los hombros.
Recla, también en su línea, se limitó a zamparse sus Doritos mientras seguía la escena con la misma atención desmedida que le prestaría a una serie de Netflix.
Por supuesto, después del interrogatorio, que remató con una amenaza para que volviera al gimnasio («Eso, eso, que hacer deporte libera morfinas», «Endorfinas, Recla»), vino la bronca. Gon estaba preparado, así que aguantó el chaparrón sin inmutarse, abierto a escuchar por mucho que doliera.
Ahí le quedó claro que Carol le quería, lo cual fue al mismo tiempo sorpresa y confirmación.
La verdad, había esperado dentelladas en lugar de preocupación sincera por su salud mental y la de Reyes.
«No sé qué rollo os traéis con eso de los sueños raros, pero entenderás que desde fuera suena a bulo», había dicho, muy seria, para luego asegurarle que sabía que Gon jamás se inventaría algo así y que esperaba que Bego lo supiera también.
Y, con su crudeza característica, le pasó el número de su psicólogo.
No para el corazón roto, claro: para las visiones.
No le ofendió. A fin de cuentas, él también había tachado a Kara de alucinación, al principio.
Así que le dio las gracias y se guardó el contacto, aun consciente de que jamás pediría cita.
Ya era demasiado tarde para eso. Porque, pese a los problemas que le había causado su alter ego, prefería seguir viviendo en un mundo en el que la magia existía a exponerse a la posibilidad de perderlo. El Panal era lo único que le quedaba.
Durante toda la sucesión de reproches, ni Recla metió baza ni Carol mencionó a Nadia. Gon agradeció ambas cosas, aunque agradeció aún más que terminara.
Al menos hasta que llegó el silencio, pesado y espeso, súbitamente tenso, y sus antiguos compañeros de trabajo cruzaron miradas, hablando sin palabras.
En casi cuatro años de amistad nunca lo habían excluido de una conversación.
Se sintió incómodo. Sintió que estaban discutiendo quién soltaba la bomba.
Un sabor amargo impregnó su lengua al preguntar:
—Hay algo más, ¿verdad?
En efecto, había algo más.
—¿Tú sabías que Carol también es todoterreno?
— Recla —ladró ella, poniendo los ojos en blanco—. ¿En serio? ¿«Todoterreno»? ¿Qué tienes, cincuenta tacos?
Espera, ¿eso era todo? Pero si…
—Sí —asintió Gon, perdidísimo—. Hemos… O sea, ha salido el tema varias veces.
No es que Carol lo llevara en secreto, precisamente. De hecho, él ni recordaba cuándo o cómo se había enterado, o qué había pensado al respecto.
—Dabuti, porque se me había ocurrido que, como ahora sois compis de acera, podríais…, ya sabes, charlar del asunto y tal.
Increíble. Ese tío, increíble. Gon se volvió hacia Carol con la interrogación en los ojos y esta se encogió de hombros, confirmándole de quién había sido semejante idea de bombero. Intentó recordarse que Recla no quería cotillear, solo ayudar, cuando preguntó:
—¿Charlar de qué, exactamente?
—Ah, pues… —balbuceó Recla, pillado en un renuncio— de todo y de nada.
Lo típico de compartir experiencias… Por ejemplo, Carol dice que ella lo sabía desde peque pero que a su cerebro se le olvidó que le gustaban las chicas porque le habían dicho que estaba feo eso.
—No dejaba de gesticular aparatosamente con los brazos—.
¡El poder de la mente! ¡Va a ser verdad que solo usamos el diez por ciento del cerebro… !
A su lado, Carol se tapó la sonrisa con la mano, como hacía cuando algo le provocaba risa y vergüenza ajena a partes iguales.
Decía de Recla, pero a ella lo del disimulo tampoco se le daba mucho mejor.
Le invadió una oleada de cariño por esos dos idiotas tan intensa que por casi se le pasa que Recla había terminado su perorata.
—Es buena idea —sonrió—, pero es que no tengo ninguna experiencia que compartir. Soy novato en esto de… —le costó decirlo en voz alta— ser bi.
—Bueno, eso se es toda la vida, no de la nada —contraatacó Recla, inasequible al desaliento—.
¿Nunca te ha hecho tilín ningún señor? ¿Capitán América?
¿DiCaprio? Mi primo salió del armario con Thor, el de las pelis.
Que es ir a lo fácil, si me preguntas; no conozco a nadie que no quiera triscarse a Thor.
Gon le hizo el favor de meditarlo solo porque Carol seguía sin intervenir, como supervisando el intercambio. Era listísima, Carol. Quizá sabía lo que pasaba.
Sin embargo, por mucho que buscó y rebuscó en sus recuerdos, no encontró nada raro.
Ninguna pista, ningún cabo suelto. Todo empezaba y terminaba con Reyes, y ni siquiera había sido consciente de ello hasta unas semanas atrás.
Tampoco sabía qué se suponía que debía hacer con ese dato de sí mismo.
Si no le había afectado hasta entonces, si ni siquiera se había dado cuenta hasta entonces, ¿por qué no podía continuar como hasta entonces, sin más? No cambiaba nada.
—¿No? ¿En serio? —exclamó Recla cuando él negó con la cabeza—. ¿¡Ni Michael B. Jordan!?
—No sé quién es ese.
A Recla se le escapó un grito ahogado y Carol rio.
—No preocuparse —dijo ella, divertida—, con que te guste uno ya te dan el carnet bi.
Gon se calló que habría preferido no tener carnet de nada, pero algo debió de verle en la cara, porque añadió:
—Poco a poco, Gon. Saberlo y aceptarlo son dos procesos totalmente diferentes, incluso si no tienes ningún problema con el primero, y a ti además te ha pillado en una situación muy complicada.
Frunció el ceño.
—No… entiendo a qué te refieres. Ya lo he aceptado.
—Nop —pio Recla—. Lo has admitido, que es otra cosa. Seguro que ni te has parado a pensarlo desde la fiesta.
—Pues no —gruñó, incómodo de pronto—, porque no me afecta en nada.
Hubo otro cruce de miradas, pero esta vez Gon cazó al vuelo lo que se decían. Enrojeció de vergüenza, sorprendido in fraganti en su mayor defecto: escurrir el bulto. Cerrar los ojos, ignorar la realidad. Si no lo miraba, no existía. ¿Habría hecho lo mismo también con eso, durante toda su vida?