20 El punto final #2
—Sé que sigue quedando con Titi de vez en cuando, pero poco más. —Dudó antes de añadir—: Leti me dijo que estaba bastante en la mierda, como tú. Lo normal, si me preguntas. —Y suspiró—. Es que menuda has montado, Gonzalito. Cuatro corazones rotos en una sola noche.
El suyo entre ellos. Gon quiso sonreír, pero no le salió.
—¿En qué quedasteis antes de que se fuera? En plan… ¿Seguís juntos, habéis cortado…? ¿O estáis en pausa?
Podría repetir una a una cada palabra de esa conversación. Se la sabía de memoria, de las veces que había vuelto al recuerdo, siempre buscando qué podría haber hecho, dicho o callado para obtener otro resultado. Nunca lo encontraba.
Se encogió de hombros.
—Me dijo que necesitábamos un tiempo para pensar.
—Mmm… Sip, comprensible.
Gon asintió.
Pasaron un par de minutos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, antes de que Recla preguntase:
—¿Y qué vas a hacer?
No entendió ni la pregunta ni el tono.
—Nada. Es Bego la que quiere pensar.
—Hombre —resopló Recla, con una sonrisa de circunstancias—, a lo mejor deberías darle un par de vueltas tú también.
—¿Yo? ¿A qué?
—A Reyes, tío.
No fue la última noche que vivieron juntos, pero desde la ejecución de la Avispa de Nascente Kara la consideraría como tal.
Quizá porque anidaba en su cráneo, como un espíritu anclado al lugar donde murió.
Ya no se iría jamás. Y Kara tampoco quería que lo hiciese. Eso era lo único que le quedaba de él.
Se habían dado el capricho de dormir a cubierto, mitad porque ya empezaban a acusar los casi dos largos años de viaje continuo y mitad porque notaba la tensión en los hombros de René según se acercaban a la frontera.
A cada encuentro las falsas negociaciones se enredaban más y más, y ya hacía tiempo que Kara le había perdido la pista a la cadena de mentiras.
En cualquier momento algo fallaría, algo no cuadraría, y los Gemelos descubrirían la verdad.
Lo último que sabía era que la princesa tesaria había aceptado fingir una colaboración en secreto con Nascente, ávida por limpiar su nombre y el de su colmena del asesinato de Ozara ax Nazcar.
Tan pequeñita y tan dispuesta, huesos de pájaro y lengua de serpiente.
Que el Panal hubiera absorbido su reino como principado apenas cuarenta años atrás solo le sumaba credibilidad al engaño, teniendo en cuenta la mala fama de su miel venenosa y el ninguneo que habían sufrido sus princesas desde la anexión.
Si alguien podía igualar a la Avispa de Nascente con promesas vacías de lealtad, esa era Her’nan de Tesar.
Pero, como la propia Avispa, también corrían peligro de que la princesa jugase a doble banda. Nadie les aseguraba la falsedad de los acuerdos.
Quizá, cuando llegase la hora, se uniría realmente a Nascente para recuperar la autonomía de su tierra.
Bueno. Era un riesgo que debían correr.
La posada de aquella villa no ofrecía ni de lejos tantas comodidades como la de frontera, con su bañera de madera de cedro y sus jabones aromáticos, pero Kara la prefería simplemente porque no era la posada de frontera.
Allí ningún rincón les traía malos recuerdos: ningún ataque de pánico, ningún hueso roto, ninguna mancha de sangre.
Allí solo habían dormido, charlado y cenado.
Habían hecho la última sentados en mariposa sobre la cama que no usarían para lo primero, y en esos momentos René completaba el listado parloteando sobre Nazcar, como siempre.
También como siempre lo miraba Kara, escuchando a medias.
Normalmente le prestaba atención, le fascinaba oírle hablar del Barrio de Cobre, de sus padres y su hermana, de sus vecinos, pero aquella noche estaba sufriendo serios problemas de concentración.
Todo culpa de la hoja de olivo que René tenía todavía enredada en el pelo pese a que la posadera les había concedido el inmenso favor (nótese la ironía) de compartirles algo de agua para limpiarse el polvo del camino, ambos salpicando como críos junto al establo mientras trataban de sacarle el máximo partido a los dos pequeños cubos.
Ahora, ya seco gracias al intenso calor veraniego, la melena le caía suelta por los hombros y el verde de la hojita contrastaba contra su rojo.
Kara no podía apartar la mirada del mechón enroscado, ni de cómo se lo colocaba una y otra vez tras la oreja con esos dedos finos, aristocráticos, revestidos del terciopelo más negro jamás tejido.
Sus brazos parecían un recorte de noche cerrada, un vacío en el espacio.
Podría llevar alguno de sus mil guantes traslúcidos, de tela ligera y fresca, pero Kara lo conocía ya lo suficiente como para distinguir sus pares preferidos, cuáles escogía para sentirse más seguro, cuáles le eran más cómodos, cuáles más molestos.
El terciopelo negro significaba inquietud.
Tupido y señorial, capaz de disimular cualquier mínimo temblor.
En el fondo, la Avispa de Nascente jamás había dejado de ser abeja. Una vez recuperadas las costumbres arrebatadas, se refugiaba en ellas por instinto, sin ser consciente de ello.
Le gustaba. Le gustaba verle hacerse de nuevo a los guantes tanto como ansiaba verle sin ellos.
René volvió a colocarse el mechón y la hoja de olivo desapareció debajo fugazmente.
Una parte de Kara seguía atento a sus palabras, siempre alerta, captando retazos desparejados de recuerdos.
Algunos sonaban muy parecidos a los suyos.
Su abuela desgranando guisantes en el patio, un cesto para las vainas vaciadas y otro para las semillas; él ayudándola con manos torpes con su primer par de guantes.
—La mía lo hacía en la cocina —dijo Kara, como en trance, todavía perdido un poquito en su memoria y otro poquito en la hoja.
René le regaló una sonrisa blandísima, de las que reservaba para saludarlo al despertar.
Quizá sospechaba que su mente iba y venía.
No le sorprendería. No es que estuviera siendo muy sutil—, fuese invierno o verano.
—¿Y eso?
—Decía que sin guantes iba más rápido, y ahí dentro no la veía nadie.
René rio por lo bajo, recostando la espalda en el cabecero de la cama. La ropa de noche nascente se abría a los costados y sus tatuajes trepaban por su piel descubierta como rosaledas de tinta.
—Típico de abuela.
Sí, típico de abuela. Como sus manos, llenas de arrugas y nervios, dedos nudosos como ramas de árbol.
Debería haberle dado asco verla tocar la comida sin guantes, pero en cambio Kara se la quedaba mirando boquiabierto, sobrecogido y maravillado a un tiempo, y ella se lo permitía porque le creía demasiado pequeño para conservar el recuerdo.
La hojita crujió bajo el terciopelo. René no la oyó, ocupado ya en relatarle otra anécdota familiar.
En noches como aquella, a Kara le tentaba fingir que aquel dormitorio les pertenecía.
Que todo había acabado y que pasaban sus días libres en una finca perdida, más cerca de su colmena natal que del Panal.
Se imaginaba a sí mismo relajado y tranquilo, sabiendo que estaban a salvo, que estaban bien.
Se imaginaba cocinando alguna receta de su madre mientras René desgranaba guisantes a su lado.
—Kara —lo reprendió, enarcando una ceja—. Te estás pasando.
Cuando se imaginaba a René en su cocina ficticia, tampoco llevaba guantes.
—Perdón —dijo, pero no lo sentía.
Tampoco se lo imaginaba con el pelo suelto, ni trenzado, ni adornado con abalorios de cristal, no.
En el campo se lo recogería bien arriba, para que no le molestara mientras empujaba uno a uno los guisantes, y si aun así algún mechón rebelde le caía en los ojos ahí estaría Kara para recolocárselo tras la oreja.
Justo como hacía (otra vez) el propio René, al tiempo que lo fulminaba con la mirada y se removía en el sitio, visiblemente agitado.
—¿Tengo algo en la cara o qué?
—Perdón —repitió Kaza con un carraspeo, esta vez más consciente de la ansiedad en su pregunta—. No, no. Bueno, sí. Tienes una hoja en la cabeza. —La señaló—. Ahí.
—¿Y me lo dices ahora?
Con un resoplido, René se ahuecó el pelo, esperando que cayera por sí misma. No tuvo tanta suerte, claro.
—¿Ya?
—No.
—Pues, anda, no te quedes ahí pasmado mirando y quítamela.
Por alguna razón, Kara dudó. No por tocarle el pelo, eso lo había hecho incontables veces: lo había aferrado con mayor o menor vehemencia, trenzado por entero en los trayectos de bochorno insufrible, acariciado sus espesas ondas en lo más profundo de la madrugada, tras comprobar que René dormía.
Pero, si lo pensaba bien, en realidad nunca lo había tocado. No de verdad.
Le dejó sin aire las ganas que tenía de hacerlo.
De quitarse los guantes y descubrir por fin su textura, su peso, cómo resbalaría entre sus dedos en una caricia infinita, largo y denso y todo cuanto había querido desde que lo viera por primera vez, allá en la sala del trono.
Llevaba años obsesionado con el río rojo, siempre conservándolo en su campo visual incluso antes de saber por qué, siempre sediento, siempre tragándose el deseo, ahogando aquel sucio secreto bajo capas y capas de vergüenza y tabú.
Se había resistido con uñas y dientes, primero impulsado por el odio y luego por el miedo.
Si la Avispa lo traicionaba, Kara no querría haberle tocado.
Si lo perdía, no querría tener su recuerdo grabado en la piel.
Y aun así, aun así…
—¿Kara? —llamó René, preocupado—. ¿Qué pasa?
Qué no pasaba, más bien. Abrió la boca para explicarse, para decirle que una simple hoja de olivo le había hecho comprender que no había nada de impuro en tocarlo como no lo había habido en su abuela desgranando guisantes ni en la abeja recorriendo con sus patitas afelpadas sus tatuajes nascentes ni en absolutamente nada en aquel mundo, pero la cerró porque no supo articularlo.
Llevaba toda su vida atrapado en el cepo y solo ahora veía con claridad sus fauces metálicas mordiéndole las muñecas.