20 El punto final
P or increíble que pareciera, por doloroso que fuera, la vida siguió.
Siguió sin Bego, sin Reyes y sin amigos.
A unos los había echado él mismo, otros se habían ido por su propio pie.
Los demás, simplemente, no sabían cómo abordar la situación, así que se mantenían al margen, a la espera. Un poquito como Gon.
Por lo que pudo pescar de aquí y de allá, el proyecto del colmenar Cisneros continuó adelante, aunque toda comunicación con Begoña pasó a recaer por entero en Titi. Reyes se limitó a sus abejas, a sus fans y a sus futuras visitas guiadas.
La casa parecía enorme sin ella. El silencio eterno sin él.
Nunca se había sentido tan solo.
Y se lo merecía, sabía que se lo merecía, pero eso no lo hacía más llevadero.
Sobre todo cuando llegó el último cambio de fase, trayendo consigo un pasado tangible, físico.
Ahora, los ecos irrumpían en su presente mediante sensaciones: la envoltura fantasma de unos guantes que no vestía, el frescor de una brisa que no corría, el calor de una fogata que no existía.
La presión firme de la mano de Jez’bel en la suya y el agotamiento muscular tras toda una sesión de entrenamiento.
Toques innegables pero sutiles, fáciles de ignorar. A veces ni los notaba.
Al principio, agradeció el cambio. Le había parecido el más amable de los cinco, un golpe de suerte entre tanta mierda.
Luego el eco le trajo el dolor seco de sus nudillos al impactar contra hueso y fue consciente de lo que suponía sentir el pasado. De lo que le esperaba. De lo que les esperaba.
Aquel día estuvo a punto de hablarle. ¿Estaría bien, estaría herido? Los recuerdos no dejaban marca, pero sí estela. Si Reyes iba a experimentar en su propia piel todo cuanto los Gemelos le habían hecho a la Avispa, iba a necesitar un hombro en el que apoyarse. Iba a necesitarlo a él.
Sin embargo, cuando abrió Instagram para contactarlo (por alguna razón, WhatsApp se le hacía demasiado íntimo), se lo encontró retransmitiendo en directo su merendola con Titi, Carol y Nadia, sonriente y burbujeante, así que cambió de idea.
Ellas lo cuidarían bien. Mucho mejor que él, incluso, aunque no entendieran por lo que estaba pasando.
De Bego, más privada con su intimidad, no sabía mucho. Dos semanas después de marcharse del piso le preguntó si se había olvidado allí su plancha del pelo y pasó a recogerla mientras Gon trabajaba.
Al menos su equipillo de baloncesto iba bien.
Viento en popa, de hecho. Era su única alegría y lo único en lo que ocupaba el tiempo ahora, lo único que lograba distraerlo del miedo a cruzársela por Pozuelo y del vacío de no tener a Reyes comentando los partidos en el sofá.
Gon no sabía qué haría con su vida cuando la sustitución finalizase, porque al Stardust, desde luego, no podía volver.
Como si hubiera roto con él y no con Bego, Reyes se había quedado a sus amigos.
Le parecía justo.
Total, Gon nunca les había aportado mucho. Reyes y Titi, en cambio, habían encajado con ellos en un único día de diciembre más rápido que Gon en nosecuantos años. Tenía sentido que no quisieran codearse con alguien como él. Mentiroso, egoísta y patético.
Quizá por eso, cuando la segunda semana de junio el mismísimo Reclamaciones Récords se personó en su piso con dos litronas y una bolsa de Doritos, su primer impulso fue mandarle de vuelta al metro.
Pero Recla era Recla; negarse a verlo sería peor remedio que la enfermedad, así que le dejó entrar.
—Joe, lo tienes todo como los chorros del oro —fue lo primero que dijo, husmeando por la cocina como un perro de caza. Buscando qué, Gon lo ignoraba.
—Tengo mucho tiempo libre —contestó sin más, encogiéndose de hombros.
Recla hizo un ruidito que podría significar mil cosas y procedió a abrir todos y cada uno de los cajones y armarios de la cocina.
«Uy», dijo, cuando en uno de ellos encontró la infinita colección de tarritos de miel que Gon había escondido para no verla.
«Aquí está», cuando extrajo un abridor del último cajón.
Se lo enseñó, victorioso.
Muy a su pesar (y muy poquito), Gon sonrió.
Durante dos maravillosas horas, Recla se dedicó a contarle su vida.
Le habló de las nuevas incorporaciones al Stardust, de las nuevas bebidas y de sus nuevas reclamaciones.
También de las oposiciones de Carol, de la paciencia explosiva de Nadia y, sorprendentemente, de Leticia, con quien había hecho buenas migas en la (fatídica) fiesta.
Gon dejó que le llenara el cerebro de algodón, a cada segundo más y más relajado.
Por un momento había creído que Recla venía a cantarle las cuarenta, pero el tío ni siquiera daba muestras de estar al tanto del percal.
Aunque lo estaba, por supuesto. Se notaba en qué nombres evitaba decir y en qué rodeos escogía dar. Recla era experto en hacerse el tonto.
Y, como era experto en hacerse el tonto, lo pescó con la guardia baja al preguntar:
—Bueno, ¿y tú cómo andas? Aparte de lo obvio, claro.
Gon se removió, incómodo, en su esquinita del sofá. No había tocado ni la cerveza ni los Doritos. No sabía qué decirle, «aparte de lo obvio».
—¿Por qué has venido?
Recla enarcó una ceja. Tenía los dedos pringados de polvo naranja y masticaba ruidosamente. Después de casi un mes viviendo solo, cualquier mínimo sonido era un estruendo.
—¿Cómo que por qué he venido? ¿No me echabas de menos o qué?
Lo cierto es que sí. Los echaba de menos a todos (echaba de menos su vida entera). Por suerte, Recla se lo vio en la cara, porque sonrió.
—Venga, hombre, que no es el fin del mundo. Te gusta un chaval, ¿y qué? Ni que fuera ilegal. Bueno, a ver. En España no, ya en otros sitios, pues…
Gon lo fulminó con la mirada, enrojeciendo furiosamente en contra de su voluntad.
Que le gustara «un chaval» era el menor de sus problemas.
Quizá porque ni siquiera se había parado a pensarlo.
Con la que le había liado el dichoso asuntito, no quería ni reconocer su existencia.
Ya tendría tiempo para digerirlo más adelante, cuando doliese menos. Cuando todo se hubiera solucionado.
Si es que se solucionaba.
Tampoco quería pensar en eso.
—Ese no es el punto —carraspeó al fin— y lo sabes.
—Ya —admitió Recla, con una sonrisita traviesa—. Pero me apetecía decirlo. Y los demás tampoco tienen problema con eso.
Otro miedo que ni siquiera se había planteado hasta entonces. Un desagradable escalofrío le bajó por la columna.
—Pero sí que tienen otros problemas conmigo.
—A ver…
Siendo sinceros, Gon había preferido no regodearse en ese detalle.
Nadia y Carol tenían razones de sobra para no querer volver a hablarle, aunque le costara comprender por qué nadie cortaría de cuajo tres años de amistad sin siquiera explicarse primero.
¿Era porque había mentido a Bego, porque no correspondía a Reyes o porque sí que lo correspondía?
¿Pensaban que había habido algo más, que quedaban más secretos por destapar? ¿Tampoco se fiaban de él ya?
Recla chasqueó la lengua.
—Es cierto que Nadia está un poco molesta contigo —concedió, entrecomillando la palabra con dedos naranjas—, pero porque piensa que podrías haberla avisado de que no tenía oportunidades con Reyes. Por eso de que está colado por ti y eso. Podrías haberle ahorrado las falsas esperanzas.
Genial. Lo que le faltaba. Gon hizo una mueca, incrédulo y dolido. Pero ¿qué imagen tenían de él?
—Se lo habría dicho si lo hubiera sabido —gruñó—, que a mí esto me ha pillado tan de sorpresa como a vosotros. Joder, ¡si ni siquiera sabía que a mí me gustaba! ¿Qué se cree, que me lo estaba callando para…? ¿Para qué?
«Para preparar el terreno», dijo el encogimiento de hombros de Recla. Le sorprendió sentirse más decepcionado que triste. Era un sentimiento nuevo, aunque no bienvenido. Todo mal.
—¿Y Carol? —no pudo evitar preguntar—. ¿También piensa lo mismo?
Recla negó con la cabeza.
—No, a ella le pica que le ocultases a Bego todo el rollo de los novios reencarnados en el Stardust, pero tampoco toma partido. No es lo suyo, ya sabes.
—Pero si ni me habla.
—Bueno, Gon —rio Recla, mientras se metía otro Dorito en la boca—, tú tampoco nos has hablado a nosotros. Tuvimos que enteramos de lo que había pasado por Titi.
Titi. La tía que había descubierto el pastel. La culpable de q… No, no. Ni de coña. ¿Cómo iba a saber la pobre que le estaba ocultando semejante panorama a su novia? Si lo raro era que no hubiera pasado antes. Ojalá hubiera pasado antes. Habría sido mucho más fácil de afrontar.
—Perdona —farfulló Gon, notándose rígido y gelatina al mismo tiempo—. No sabía cómo contestar a nada, y luego ya…
—Nah, cero disculpas —contestó él, mientras le daba una palmadita en la rodilla. Le manchó los pantalones del pijama, pero no le importó—. ¿Quién no ha tenido nunca una crisis gay con consecuencias desastrosas?
Eso le hizo reír por lo bajo.
—Dudo que hayas tenido alguna crisis gay.
—Ah, ¿¡quién sabe!? ¡Mírate tú! Hace un mes habría puesto la mano en el fuego porque eras el tío más hetero del planeta Tierra.
Eso, en cambio, le hizo desviar la vista.
Hacía un mes tenía la vida hecha y en el transcurso de una sola noche la había echado a perder.
Si pudiera viajar en el tiempo, lo cambiaría todo.
Lo recuperaría todo. Aunque, si se pudiera viajar en el tiempo, estaba seguro de que Kara ya habría encontrado la manera.
Después de todo, se las había apañado para reencontrarse con René, ya fuera por venganza o por amor.
Debió de permanecer en silencio mucho rato, porque Recla le dio un apretón en el brazo.
—¿Sabes algo de Bego?
El estómago se le encogió.
—¿Tú? —preguntó por toda respuesta.
Recla negó con la cabeza. No le quedaba nada bien ese gesto tan triste.