Con la miel en los labios 19 Morir dos veces #2
81%

19 Morir dos veces #2

No terminó la frase. Tampoco hacía falta.

Para entonces, la Avispa de Nascente ya había muerto.

¿Otra mentira? ¿Otro engaño? No, no, Kara sabía distinguir su propio final; y Gon también.

Había muerto allí, rodeado de los cadáveres de sus compañeros, con el guante de René ax Nazcar contra los labios.

—Me da igual. Bien que lo intentaste.

Se tambaleó al ponerse en pie. Anoche ni siquiera se había quitado las deportivas y ahora se daba cuenta de que Reyes tampoco.

Habían caído derrotados nada más llegar.

Reyes le había derrotado nada más llegar.

Tenía los ojos todavía hinchados de llorar y ojeras de no haber dormido bien.

Hipócrita hasta para eso, cuando era Gon quien había muerto en sueños. A sus manos.

Se pasó las manos por el pelo, sin saber qué hacer.

Estaba harto de equivocarse cada vez que se decidía por fin.

¿Por qué le hacía eso? ¿Por qué le había hecho eso?

Se refería a la noche anterior, claro. A lo que dijo antes de que Reyes rompiera a llorar.

El mismo Reyes que continuaba tenso y dolido en su lado de colchón, buscando una grieta por la que colarle más mentiras.

—Tiene que haber una explicación. Tiene que… Es imposible, te quie… René te quiere, te queremos, es imp…

—¡No! ¡Ni siquiera te importaba, te lo vi en la cara! ¡Ni siquiera dudaste!

—No m…

—¡CALLA! ¡Es que CÁLLATE! ¡CÁLLATE!

Reyes calló, pero eso no arregló nada. Solo lo empeoró, verlo así de indefenso y acorralado y tan abrumado como él. Dolió más que la cuchillada y que la confesión. Lo odiaba y lo único que impedía que le estrangulase ahí mismo era lo muchísimo, muchísimo que le quería.

Tenía que salir de allí. Tenía que salir de allí o se echaría a llorar como un bebé y entonces se haría añicos y entonces Reyes volvería a reconstruirlo y entonces querría morirse de verdad.

—Estoy harto de esto —dijo en su lugar, rechinando los dientes—. Me voy.

Reyes siguió callado. No trató de detenerlo, ni de retenerlo, ni nada. Solo lo contempló marchar con los ojos vacíos de un superviviente de guerra.

Sí. Gon también se sentía un poco así.

Y, como la vida no parecía querer darle ni un respiro, al llegar a casa Bego lo esperaba sentada muy recta en el sofá.

Al principio, Gon soltó de una todo el aire que llevaba conteniendo desde que había abandonado el cuarto de Reyes, sus músculos agotados pidiéndole a gritos que se acurrucara en su regazo y durmiera de una vez.

Luego reparó en su gesto grave, sombrío, y el modo en que lo miraba lo petrificó en el sitio. ¿Qué…?

—Hola —probó.

—Hola.

—¿No tenías…? Creía que tenías la comida familiar.

—Y así es.

—¿Entonces?

—¿De dónde vienes?

¿Cómo que de dónde venía?

—Pues de casa de Reyes.

Cuando Bego enterró el rostro en las manos Gon supo que había dado la respuesta equivocada.

Otra vez. Pero no lo entendía. ¿Desde cuándo la verdad le hacía sentir tan mal ?

¿Desde cuándo necesitaba darle explicaciones a su novia de dónde había estado, con quién, cuánto tiempo?

¿Y desde cuándo sus propias palabras sonaban a excusa?

—No llegué a llevarme tus llaves, así que subí a esperarte allí. Te lo puse en un mensaje, ¿no te llegó?

—Sí. Y yo te contesté que te las dejaba bajo el felpudo. Por eso has podido entrar.

—Ah, ya. Perdona que no lo haya visto hasta ahora, me quedé dormido. ¿Te habías preocupado? Lo siento, de verdad.

Bego le sostuvo la mirada. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había hecho, qué había dicho mal? No había mentido, así que no había necesidad de que lo juzgase así, en silencio, como esperando a que confesara el crimen.

—He estado en casa de Reyes —repitió, perdidísimo. Odió que su voz saliese en un gemido débil, hueco. No podía más. Es que no podía más—. Pregúntaselo si quieres, no me he movido de ahí, no…

—Ese es el problema, Gon —escupió ella por fin—. Que estabas con el puto Reyes Cisneros.

El veneno con el que pronunció cada sílaba le cayó como una bofetada.

Solo alcanzó a parpadear lentamente, aún sin entender, mientras su novia torcía el gesto en una mueca al mismo tiempo dolorida y derrotada, enfurecida y exasperada.

No ayudó reconocerse en esa mueca, idéntica a la que él le había dedicado al propio Reyes apenas diez minutos atrás, y no entendía, no sabía…

—Titi me lo ha contado.

—¿Titi?

—Lo vuestro —siseó—, lo… lo de René y Kara. Se le ha escapado. Al parecer era un secreto.

Ah. Ah, mierda. Así que era eso.

—Bego. No es lo que parece.

—¿Que no es lo que parece? —resopló ella, incrédula. Sí, quizá Gon no había elegido la mejor frase para defenderse, quizá debería…—. ¿Qué parece si no que sueñes que te tiras a otra persona y luego te pases las veinticuatro horas del día con ella?

Otra bofetada. Gruñó, sintiéndose atrapado, estudiado con lupa en su peor momento.

¿Cómo iba a explicarle… después de escondérselo…

? La resaca no le dejaba pensar y el último sueño tampoco.

Cada vez que intentaba razonar con claridad, centrarse en algo aparte del pánico, la Avispa lo apuñalaba una vez más.

El corazón le martilleaba con fuerza en el pecho y aun así ni un solo nervio en su cuerpo reaccionaba, rígido y aterrado.

—Son solo sueños —balbuceó al fin, porque era lo único que tenía claro, la única certeza—. No hemos hecho nada.

—Júramelo.

—¡Te lo juro! Jamás te haría eso, jamás.

—Sabes que Reyes está enamorado de ti, ¿no?

Eso dolió. No que Bego dudase de él, no que tuviera que defenderse como un sucio ladrón, ni siquiera haber sido pillado en una mentira; no. Lo que de verdad dolió fue ser consciente de que todo el mundo lo sabía. Que había sido obvio para cualquiera menos para él.

No. Eso era otra mentira. En el fondo, muy en el fondo, siempre lo había sabido. Simplemente había elegido permanecer ciego y sordo y mudo porque así era más fácil, así era más sencillo.

Cuando asintió, ella se quedó pálida.

—Me lo dijo anoche, en los Bajos.

—Y luego te fuiste a su casa.

La impresión le impidió siquiera exhalar el grito ahogado que notaba atascado en la garganta. Sabía lo que parecía, puesto así. Sabía lo que estaba pensando, a qué conclusión había llegado, y no tuvo tiempo de decirle que no, que no, antes de que Bego arremetiera de nuevo:

—Y no a su sillón, porque encima soy imbécil y me he asomado por la ventana a mirar.

Cada vez era peor. La sangre le picoteaba en las palmas, en la lengua, en todo el cuerpo.

Tardó en darse cuenta de que era vergüenza.

Ni siquiera era culpable de lo que se le acusaba y aun así se sentía cazado porque tampoco andaba muy desencaminada.

Y lo sabía. Ella lo sabía. Por cómo lo estudiaba, por cómo aguardaba a que se explicara, a que hiciera algo más que devolverle la mirada y boquear de angustia.

—Te aseguro, te aseguro, que n…

—¿Sientes algo tú? —le cortó—. ¿Por Reyes?

«No», quiso decir. Quiso ladrarlo, escupirlo, rugirlo, aullarlo. No. NO.

Y, sin embargo, una vez más nada salió de entre sus labios.

La más corta de las mentiras murió junto al resto de sonidos en su garganta, la misma garganta que René había trazado con las yemas de los dedos antes de agarrarlo del pelo y clavarle el puñal.

Se desangraba. Se desangraba en el sueño y allí.

Bego cerró los ojos, respiró hondo, soltó el aire en un suspiro trémulo.

A Gon le gustaría poder ofrecerle alguna verdad que no doliese, pero estaba paralizado, cerebro borroso y lógica aún más.

Veía el final y era incapaz de evitarlo.

Conducía directo al precipicio y era incapaz de girar el volante, como si fuera un tercer Gon quien estuviera viviendo aquella escena, como si fuera un accidente de tráfico del que no podía apartar la vista.

La sensación de irrealidad se intensificó cuando Bego asintió y dijo:

—Gracias. Eso era todo cuanto necesitaba saber.

Su corazón tronaba con tal virulencia que sintió vértigo.

—Te quiero.

Sonó a súplica. Quizá lo era.

—No lo dudo —le aseguró ella, poniéndose en pie.

Era increíble, lo elegante que se movía, incluso en el dolor.

Gon la quería con intensidad cegadora—. Pero también creo que necesitas tiempo para pensar.

Y sobre todo creo que yo necesito tiempo para pensar.

Porque me quieras o no, le quieras o no, me has mentido.

Prefería la cuchillada ritual. Ojalá se encontrara de vuelta en el recuerdo, traicionado y moribundo, escupiendo sangre y amenazas en lugar de sentir ni medio segundo más que él era el traidor.

Que él empuñaba la daga. Al menos lo que ocurría en sus sueños estaba fuera de su control. Esto había sido cosa suya.

—Me voy a ir un tiempo con mis padres.

—¡No! No, esp…

—Sí —atajó, regia y firme—. La casa de los tuyos te pilla fatal para ir a Pozuelo y no quiero ponerte más presión encima. Pagaré mi parte del alquiler, no te preocupes. Tampoco por el trabajo. Pase lo que pase con nosotros, no te afectará laboralmente.

Bego solo discutía por nimiedades. Ahí empeñaba toda su pasión, los gritos y los cortes.

Para lo que realmente la hería, para lo que realmente le importaba, usaba el robot.

Así lo llamaba ella, «el robot». Gon lo había visto en acción muy pocas veces, siempre con otras personas, nunca con él.

El robot asumía cuanto su novia no tenía fuerzas para digerir y lo transformaba en lógica aplastante, voz serena y cabeza alta.

Ya no estaba hablando con Begoña. Estaba hablando con su armadura.

—Ni siquiera estaba pensando en eso —logró responder Gon, más desorientado que dolido y más dolido que ofendido.

—Lo sé. —Bego se encogió de hombros—. Pero, como ya no sé a qué atenerme contigo, prefiero dejarlo todo dicho.

No lo soportaba. La absoluta gracia de su novia, la clase con la que admitía que ya no confiaba en él.

Ni un solo mechón fuera de sitio y maquillaje perfecto, como si aquella conversación solo fuese un fastidioso trámite que tratar en domingo, como si Gon solo fuese papeleo que rellenar.

Y aunque sabía que aquel era el modus operandi del robot, que estaba programado para protegerla a ella y herirle a él, que de nada serviría ahora patalear y protestar porque Bego ya no consideraría sus palabras hasta encontrarse en algún rincón seguro, Gon tampoco pudo contenerse.

A fin de cuentas, no estaba acostumbrado a ser el malo.

—¿Por qué parece que lo tenías todo planeado?

Durante un segundo, su máscara pétrea se quebró, y pudo entrever entre los pedazos a la verdadera Bego debajo. Fue ella quien contestó, seca:

—Porque no soy imbécil. Llevo semanas viéndomelo venir. Pero tenía la esperanza de que fueras lo suficientemente valiente como para sincerarte conmigo en vez de obligarme a mí a decidir por ti. Como siempre. Así que sí, Gon, lo tenía todo preparado. Por si acaso.

Gon abrió la boca para replicar; la cerró. La cerró tan fuerte que sus dientes resonaron como canicas en la quietud del salón. Dos segundos o tres siglos después, su novia (¿su novia?) consideró que ya le había concedido tiempo suficiente y procedió a terminar de recoger sus cosas.

No tardó mucho. Se colgó el bolso al hombro, extendió el asa de su maletita de viaje.

Era de color rosa chicle y la tenía desde bachiller.

La última vez que la había llenado tanto había sido para mudarse allí con él.

Gon siempre había pensado que, si volvía a llenarla así, sería para marcharse juntos a otro lugar. Más grande, más luminoso, más todo.

Bego tampoco se despidió. Simplemente se fue, cerrando la puerta a su espalda.

Y él se quedó ahí, solo.

Como se merecía .