19 Morir dos veces
P ero no tardó en regresar, retorcida y sibilina, al son de la música que amenizaba el banquete. Sonrió ampliamente, enarcando una ceja, como si la presencia del custodio fuera una broma y no una prueba.
Kara no entendía nada. No podía dejar de mirarlo, allí, sentado a la derecha de los Gemelos en un asiento de honor ribeteado con los mismos trazados encarnados de su piel, estirado y relajado mientras se volvía hacia ellos.
—¿Qué es esto? —preguntó, divertido.
—Dínoslo tú.
René ax Nazcar rio.
—Un zángano perdido.
—¿Y nada más?
—¿Qué más habría de ser?
La música había parado. El resto de soldados nascentes parecía haber olvidado la fiesta, ojos clavados en sus señores y su Avispa y su prisionero.
Hacía calor, un calor asfixiante, fruto de las brasas en las que todavía ardía la carne y los candeleros en cada esquina.
El humo olía dulce y el titilar del fuego arrojaba sombras palpitantes sobre el rostro de René, que seguía sonriendo, sonriendo, sonriendo.
—Las malas lenguas —empezó uno de los Gemelos. «Las buenas lenguas», susurró por debajo el otro, como un eco— dicen lo contrario. Dicen que nuestra Avispa le ha tomado apego a una abeja del panal. —«Al panal entero», añadió el otro—. Dicen que nuestra Avispa ya no es nuestra.
Esta vez, la sonrisa de René no volvió. Kara lo vio fruncir los labios, descruzando las piernas e irguiendo la espalda para adoptar una pose más formal con la misma elegancia y naturalidad con la que las mariposas desplegaban las alas al romper la crisálida.
—Jamás traicionaría a Nascente —contestó, con la voz grave de la verdad. Kara cerró los ojos—. Os he conseguido información y territorios, lealtad de princesas y colmenas, incluso audiencia directa con la abeja reina. ¿Qué más pruebas precisáis de mi compromiso para con nuestro futuro?
Como una misma máquina, los Gemelos desviaron la vista hacia el custodio a un tiempo, y él hubiera preferido mantener los ojos cerrados, mantenerse al margen del horror, pero el hierro al rojo de sus miradas lo obligó a devolvérsela.
Aunque los llamaran gemelos, no lo eran. Ni siquiera eran mellizos.
Compartían sangre, eso lo sabía. Sangre y madre.
Y ahí habían terminado las similitudes tangibles hasta que descubrieron lo que podía hacer por ellos una hoja afilada en manos expertas.
Luego, en algún momento, habían decidido que también Nascente debía crecer a su imagen y semejanza, pues solo su devoción por la patria superaba su amor mutuo, y el reino salvaje y sin ley que los había visto nacer se plegó a su voluntad como sus rostros al del otro, poco a poco creando un único ídolo al que venerar, un único camino que seguir.
Kara les había temido como se teme a los monstruos de cuento, esos que su abuela le contaba de niño antes de dormir: una amenaza que solo existía en sus sueños, una manera de asegurarse de que se portaba bien.
Algo lejano y sin forma, sin ojos ni boca.
Algo que le ocurría a otros, nunca a él, porque no existía.
Pero cuando sus voces, ninguna más rápida que la otra, ninguna más alta que la otra, exigieron al unísono a su Avispa que lo matara, fue terriblemente consciente de que eso le estaba pasando a él.
No estaba soñando. No iba a despertar. «Mátalo», habían ordenado, y René ax Nazcar frunció el ceño.
—¿Ejecutar a un custodio? ¿Ahora? —Por primera vez, sonaba dudoso—. ¿Con lo que nos ha costado ganarnos la confianza del Panal? Permitidm…
—No es cualquier custodio —le cortó un Gemelo.
—Es el custodio de la abeja reina —le recordó el otro.
—Un custodio que irrumpe armado en nuestra casa en mitad de la noche…
—En mitad del Luxo trastáremo.
—… sin permiso de su dueña, reclamando lo que es nuestro por derecho propio.
—Nuestra Avispa.
—Su mera presencia aquí es un acto de guerra. Un insulto a dos largos años de negociaciones.
—Una abeja que actúa por cuenta propia no es abeja. La reina no llorará su pérdida.
—Nos la agradecerá.
—Será la prueba de que creemos en su buena voluntad por encima de las acciones de su enjambre.
—Tuyo fue el plan de ofrecer falsa paz.
—Tuyos los tratados.
—Tuyas las mentiras.
—Tuya la responsabilidad de que se cumpla hasta el final.
Y uno de los Gemelos extirpó el cuchillo de despellejar de la carne todavía cruda del asado y se lo tendió, sellando el contrato.
Petrificado en el sitio, René bajó la vista hacia la hoja grabada, preciosa y ceremonial, brillante en toda su gloria.
La contempló largamente, en silencio. Tan inmóvil, tan serio, parecía una estatua, un icono religioso moldeado en cobre ante el que arrodillarse.
—¿O es que le tienes cariño a la abejita?
—Claro que no —escupió la Avispa al instante, y le arrebató la daga de un tirón brusco.
Mientras se levantaba, Kara comprendió. «No toques nada», había dicho el vigilante.
«Es ritual». Todo en esa sala era ritual.
El cuchillo, la ropa, la comida, la Avispa, Kara.
Todo preparado para su llegada y para su marcha, una latiente y otra rígida.
Le habían descrito los filos nascentes mil veces y nunca le habían dado tanto miedo como la idea de que René le desollara con uno de ellos.
Rodeado de platos vacíos, huesos rebañados y pepitas escupidas; rodeado de ojos ávidos y bocas sedientas que lo miraban, efervescentes, vibrantes de expectación.
Algunos seguían masticando, algunos seguían bebiendo.
Era él. Él era el espectáculo principal. El postre, el entretenimiento y la ofrenda.
Comprender no lo ayudó a reaccionar. Al contrario.
Se sentía vacío, fuera de su propio cuerpo, tanto que apenas notó cómo sus escoltas nascentes le inmovilizaban los brazos a la espalda, le echaban la cabeza hacia atrás para exponer su garganta.
Dos pisotones en las corvas y cayó a plomo, postrado ante René ax Nazcar.
Iba a morir. Iba a morir y el hombre por el que habría dado la vida y por el que acabaría dándola se acercaba con un mohín aburrido, fastidiado, como si Kara le hubiera arruinado la velada y quisiera acabar con ello ( con él ) cuanto antes.
Un escalofrío le escaldó las vértebras cuando su mano desnuda sustituyó a la del guardia, aferrándolo del pelo con puño de hierro.
Eso, en contra de su voluntad, lo llevó a su última noche juntos, al tacto de su piel sobre la suya.
No debería haber cruzado la frontera. Incluso en la muerte, habría preferido que aquel fuera su último recuerdo de René.
Al final, su instinto, y no su corazón, había tenido razón. Nada de abeja quedaba ya en la Avispa de Nascente. Kara se había dejado libar. Y ahora iba a morir por ello.
—Te encontraré —graznó entre dientes, solo para sus oídos—. En cualquier mundo en el que nazcas, en cualquier cuerpo que ocupes, te encontraré. Te encontraré y te mataré.
No supo descifrar la expresión de su rostro (aunque, ¿había sabido alguna vez?).
—Allí te esperaré, An’Ser.
Y luego alzó el cuchillo y se lo hundió hasta la empuñadura en el estómago.
Despertó en un cuarto desconocido, los nervios despellejados de dolor llenándole los ojos de lágrimas.
Sábanas desconocidas, muebles desconocidos, cortinas desconocidas.
Todo borroso, caleidoscopio, regusto a alcohol agrio.
Quería gritar, pero solo consiguió incorporarse con un gemido largo, larguísimo, mientras comprobaba con manos nerviosas que no se estaba desangrando en la cama de Reyes Cisneros.
Ah, Reyes.
Reyes, que lo miraba con los ojos muy abiertos y pálido, sentado en su lado del colchón.
—Gon —exhaló, y alargó una mano temblorosa hacia él—. ¿Qué pasa?
Se la apartó de un bofetón. El sol entraba a raudales por la ventana y arrancaba destellos de su anillo de oro rosa.
Lo odiaba, lo odiaba. A los dos. A René y a Reyes, a uno por traicionarle y al otro por forzarle a decir la verdad, otra forma de traición.
Había dicho la verdad y luego la Avispa le había apuñalado.
—¿Gon?
Sonaba agobiado y lo odiaba.
—Me engañaste —logró mascullar, alejándose de él—. Era todo una farsa.
—¿Qué? ¿El qué?
Su cuerpo se movía con la lentitud de la resaca, deshidratado y torpe, mientras trataba al mismo tiempo de levantarse para volver a casa y de hacerse una bolita para siempre.
Le dolía todo. La cabeza, los recuerdos.
Los huesos, el presente. No sabía a qué tiempo quería hacer menos frente pero sí que quería rugirles a los dos, despedazarles a los dos.
—No me toques —escupió, cuando notó el colchón ceder a su lado—. Ni se te ocurra tocarme después de matarme.
Nunca lo había visto tan asustado. Le dolió solo un momento antes de que el horror volviera, martillazos en su cerebro que lo acuchillaban una y otra vez como la Avispa en el sueño.
—Vale —dijo él, alzando las manos para que las viera bien lejos de sí—. Vale, me quedo aquí, ¿vale? ¿Qué pasa? ¿Qué has…?
—Yo tenía razón —le cortó Gon—. Me traicionaste. Me vendiste a los Gemelos y luego me apuñalaste delante de ellos. Era todo mentira. Tú eras todo mentira.
Lentamente, Reyes comenzó a negar con la cabeza. Eso le enfureció aún más:
—¡Lo he visto! ¡Lo acabo de ver, cómo me matabas! ¡Lo acabo de sentir ! ¡Deja de mentir!
La daga atravesando piel y carne y órganos, rasgando capa tras capa tras capa; el dolor indescriptible, imposible, inconmensurable.
Había viajado más rápido que la luz y que el pavor, tan virulento que lo había arrancado del sueño milenios después, que le había abierto los ojos en una cama en la que jamás debería haber dormido.
La misma cama en la que Reyes permanecía encogido bajo la desesperación de sus gritos. Así sonaba la verdad.
—No puedes morir dos veces —dijo entonces Reyes.
Gon rugió, pero él insistió:
—Mueres en el campo de batalla, me lo has dicho, lo has soñado cientos de veces. Te suicidas, ¿te acuerdas? Para que no se te lleven los Gemelos. Y para entonces yo ya…