Con la miel en los labios 18 Noche de fiesta #4
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18 Noche de fiesta #4

—Yo qué —ladró enseguida, muy parecido a la amenaza de un lobo atrapado. «No te atrevas», decía. «No te atrevas a acercarte más, decir nada más, abrir el cepo».

—¿Por qué crees que estás aquí?

Eso lo desconcertó.

—¿Aquí dónde? ¿En este mundo? En plan, ¿renacido?

— No . Por qué crees que estás aquí, en el baño, gritándome.

Ah, esa se la sabía. Vuelta al principio.

—Porque eres un hipócrita.

—¿Por qué?

—¡Ya sabes por qué! ¡Porque no dejas de dar por culo con que quieres el amor que tenían Kara y René y preguntándome si me afecta o no me afecta y luego te metes aquí con el primero que pasa!

Reyes entornó los ojos, quizá fulminándolo con la mirada o quizá buscando algo en su respuesta con lo que apuñalarlo. Quizá dolido. Cimbreante de rabia seguro.

—Puedo hacer las dos cosas. Esperar al amor y pasármelo bien.

—¡Ya lo sé! —rugió Gon, exasperado—. ¡No es eso! Me da igual a quien te tires, pero lo haces así , como si…

—¿Como si?

—¡Como si me castigaras por decirte que no!

Se oyó a sí mismo y con eso bastó. Ni siquiera hizo falta que Reyes le pusiera en evidencia.

Asqueado por sus propias palabras, Gon retrocedió, dispuesto a salir de allí y fingir que jamás había gritado, que jamás había entendido, que Reyes no lo miraba como lo estaba mirando y que no iba a decir lo que iba a decir.

Pero Reyes lo dijo igualmente, dijo:

—Admítelo. Te afecta. Sientes algo por mí.

— Que NO.

Y acto seguido hizo lo que cualquier animal herido haría al abrirse el cepo.

Huir.

—¿Nos vamos?

La versión más borracha de su novia se le colgó del cuello.

Gon también estaba borracho, tanto que se sentía a punto de volatilizarse (o de vomitar), pero ya no aguantaba más tiempo alterado y asustado, fingiendo divertirse cuando no dejaba de vigilar la marea de rostros, el corazón dándole un vuelco al menor rastro de rojo.

—Nooo… —protestó Bego con un puchero—. Yo me quiero quedar un poco más… ¡Nadie se ha ido todavía!

—Te recuerdo que mañana madrugas.

Ella gimoteó.

—La comida es por mí. Que se esperen si llego tarde.

—Tú déjamela a mí, Gonzalito —intervino Leticia, apoyando la barbilla en el hombro de Bego como un loro de pirata—. Yo te la llevo después, no pasa nada.

—¿Es que no te lo estás pasando bien?

—No es eso, amor. Me ha sentado mal el alcohol.

—Eso es la falta de costumbre —rio Leti.

—Estamos viejos —añadió Recla, con tono fúnebre.

—Viejo tú —replicó Carol.

—Ay, ¿te vas?

Salida de la nada, Titi lo miró extrañamente esperanzada. No le gustó. Le gustó aún menos el suspiro de alivio que soltó en cuanto asintió.

—¿Puedes llevarte a Reyes, porfa? Pensaba irme yo con él y luego volver, pero ya que vas para allá…

Por supuesto. Una oleada de desagradable ácido le trepó por la garganta, impidiéndole contestar. Bego lo hizo por él:

—Ea, adjudicado. —Y le dio un beso fugaz en los labios—. Avísame cuando llegues, ¿vale? Espera, que te saco las llaves… Déjamelas bajo el felpudo…

Mientras ella se peleaba por encontrar las llaves en su diminuto bolso, Gon se quedó ahí, plantado en mitad de la discoteca, maldiciendo su suerte.

No quería ver a Reyes. No quería cruzarse medio Madrid con Reyes, ebrios y en carne viva, porque seguro que entonces le hablaría otra vez y no quería escuchar ni una sol…

—Está fuera. —Titi sonreía, ya a otra cosa—. Dile que yo me quedo, ¿vale?

—¿Está solo?

Ella rio.

—Claro. Ahí anda, echando hasta la primera papilla.

El instinto de Kara por proteger a la Avispa pesó más que cualquier acusación en un baño, y su cuerpo se movió solo, marchando sin siquiera despedirse hacia la salida, abriéndose paso a empujones entre crías en minifalda y niñatos en camisa.

No reparó ni en el portero que intentó ponerle el sello de la discoteca, demasiado ocupado en escanear la ratonera de Argüelles en busca del rojo que antes rezaba por evitar.

Le costó encontrarlo, mimetizado ante un mural de grafitis desvaídos junto a una de las escaleras de acceso a los Bajos. La fresca brisa nocturna no logró llevarse el hedor característico de la bilis, pero al menos a él lo ayudó a despejarse un poco la cabeza.

Reyes gruñó al verlo; Gon no dijo nada. No le preguntó cómo estaba (se veía a simple vista) ni le ofreció ningún tipo de confort, solo se reclinó contra el mural a una distancia educada y esperó a que terminase con las manos en los bolsillos y la vista al frente.

Trató de no pensar en cuánto tiempo más podría escudarse en el silencio.

Trató de no pensar, en general.

—Supongo que Titi te ha encasquetado el marrón.

Se encogió de hombros.

—Iba a irme igual.

Reyes escupió al suelo una última vez.

—Pues vamos.

Mierda.

Gon cerró los ojos con un largo, larguísimo suspiro de hastío. La caminata había aplacado en parte la borrachera, lo cual serían buenas noticias si quisiera afrontar con total lucidez el hecho de que no tenía llaves de casa. Había salido corriendo antes de que Bego se las diera.

Se planteó regresar a por ellas, pero entonces Reyes habló por primera vez en siglos:

—Puedes dormir en mi sillón, si quieres. Es grande.

Derrotado, Gon se volvió hacia él. Se habían separado algunos metros atrás, cada uno en dirección a su portal, y su llavero de abejita pendía entre sus dedos.

Dudó. Dudó uno, dos, tres segundos antes de rendirse al destino y cruzar la calle.

Con suerte, ahí acabaría la noche. Con suerte se tumbaría en el sofá, esperaría despierto a que Bego volviera a casa y entonces volvería a su lado.

Volvería a su lado.

No se tumbó en el sofá.

En su lugar, siguió a Reyes en piloto automático, primero hasta su portal, luego hasta su piso y luego hasta su cuarto. Se detuvo justo en la puerta, sintiéndose fuera de lugar mientras lo miraba rebuscar en sus cajones algo que prestarle para dormir.

Quería llorar. Quería llorar porque incluso si la noche terminara al segundo siguiente ya habría durado demasiado.

No encontraba la forma de parar. De pensar y de no pensar a un tiempo, de ponerle fin a la vorágine sorda que lo entumecía de arriba abajo y de dentro afuera.

Y parecía que Reyes también se sentía un poco así, porque acabó sentándose al borde de la cama con las manos hundidas en el pelo y una huella de pánico en sus pupilas dilatadas.

—No tengo nada para dejarte —le dijo, inmóvil—. Te quedaría pequeño. Perdona.

Su voz todavía sonaba pesada de alcohol, grumosa en las erres y débil en las eñes. Gon prefería mil veces que lo insultara a que le hablase con tal cuidado. Aunque Reyes tenía razones de sobra para mantenerse en guardia, claro.

—Ahora te saco una manta para el sofá.

Pero Gon no se tumbó en el sofá.

Gon se internó en el dormitorio y se recostó en el colchón, resoplando de alivio cuando el edredón acogió sus huesos cansados.

A su lado, Reyes se envaró, y el gemido angustiado que le llegó a los oídos hizo vibrar el cuarto entero, como un glitch de videojuego antiguo.

Él cerró los ojos, respiró hondo. Olía a tabaco, a tequila y a René ax Nazcar.

Lo reconocería en cualquier parte. Lo había reconocido en cualquier parte.

Cuando abrió los ojos, Reyes también estaba tumbado.

De costado y cara a cara, mirándose.

En la semipenumbra, el espacio entre los dos le parecía al mismo tiempo kilométrico e insignificante. También los segundos de silencio que se alargaron, se alargaron, una tortura profetizada que se cumplió en cuanto Reyes abrió los labios y:

—¿Puedes… por favor…? ¿Puedes por favor admitirlo?

—Reyes…

—Solo admitirlo —se apresuró a decir, con la urgencia de una herida mortal. Gon quiso chillar —, solo reconocerlo en voz alta. No necesito que hagas nada al respecto, ya sé que… Lo sé desde el principio, que no. Solo quiero saber que no me estoy volviendo loco.

Durante unos momentos, creyó que aguantaría, porque lo justo era callar. Luego pensó en que aquello era lo único que jamás le había pedido y lo único que jamás podría darle, así que se lo dio:

—No te estás volviendo loco.

Reyes rompió a llorar.

—Lo siento —susurró Gon, sin atreverse a moverse—. Lo siento muchísimo.

No dijeron nada más .