18 Noche de fiesta #3
Y era extraña, muy extraña, la manera en la que los demás eran el juego pero Reyes era el futuro. Podía leerlo en su rostro como veía el pasado en la Avispa. La Avispa no era una carta sino una pieza de ajedrez. Otro juego, este no de beber sino de matar.
Cuanto más bebía, más lo miraba.
Cuanto más bebía, menos lo entendía.
—De peque, Sergio me dijo que me había metido una araña en la cama y que me había puesto huevos en la oreja, casi tienen que llevarme al psiquiatra en vez de al otorrino.
Todos rompieron a reír.
—Típico de hermanos mayores.
La voz de Bego sonaba mitad acusatoria mitad jocosa y Gon reaccionó como pinchado:
—¡No me compares! ¡Yo nunca he hecho nada tan malo!
—¿Ah, no? ¿No intentaste devolver a Susana a China por correo?
—A ver…
—¿¡Qué dices!?
—¡Sí, sí, que la metió en una caja y todo!
—¡Gon, qué malo!
—¡Tenía siete años!
—Mi sobrina tiene siete años y sabe que está mal enviar hermanos por correo.
—Es verdad, Nerea le mandaría una carta a la cigüeña para que viniera ella misma a buscarlo.
—A Gon lo de la carta le hubiera salido rana igual porque encima la tía le trajo otra hermana más.
—Te cambio a tus dos hermanas por Sergio.
—Ni de coña.
—¡Gon! ¡Que mi hermano me maltrata!
—Y tiene razones de sobra para hacerlo.
Reyes se llevó una mano al pecho, teatralmente ofendido. La fuerza, el emperador, la templanza, el ermitaño, el loco, el carro, la rueda de la fortuna.
—Cómo te atreves…
Rio. Reyes lo miró por encima de su enésimo mini, ahogando la sonrisa tras tres largos tragos. Gon la vio igual porque no podría apartar la mirada ni a punta de pistola.
Estaban bien. Estaban borrachos y estaban bien.
Como ácido, el alcohol había disuelto la amargura de su discusión (¿discusión?) y solo quedaba esa felicidad vibrante y gelatinosa que traían consigo rodajas de limón y saleros pasados de mano en mano.
No quería estar en ningún otro lugar más que allí.
En algún punto entre las doce y las dos, el bar entero desapareció.
Gon cerró los ojos, deslumbrado por la claridad de las lámparas de araña y los suelos de mármol pintados a mano por los mismos sirvientes que ahora serpenteaban entre nobles y princesas con bandejas repletas de copas cristalinas.
La música seguía retumbando en sus tímpanos y los cuerpos de sus amigos chocando contra el suyo a cada salto, ajenos al pasado.
Ah, sí, el pasado.
Cuando volvió a abrir los ojos, la incongruencia le sacó una risita.
A su alrededor, los vestidos de vuelo se desplegaban en cada giro como un bosque de abanicos, siguiendo un compás muy diferente al que registraban sus oídos, pero las sonrisas eran idénticas a las que había dejado en el futuro.
Sobre todo la de René, quien cortaba el salón como un tiburón el mar, directo hacia él.
A juzgar por sus tatuajes, debían de llevar siglos queriéndose.
—¿Dónde andas? —susurró Reyes justo en su oído.
Lo notaba de puntillas a su lado, hombro con hombro, un contraste agudo frente a la quietud del recuerdo, en el que Kara se hallaba educadamente apartado del jolgorio. Al llegar a su altura, la Avispa chocó la copa con la suya en un brindis unilateral.
Ahora que uno le hablaba y el otro le miraba, las diferencias destacaban como prendidas fuego. Reyes era más joven que René y se notaba. En la voz, en los rasgos. Gon también era más joven que Kara.
—Contigo —respondió al fin—. En un baile de paso.
Su risa le hizo cosquillas en el cuello.
—Muy apropiado.
«¿Nos vamos?», leyó en los labios de René.
—Vale —contestó.
—¿Eh?
—Que vale.
—¿Vale a qué?
Gon frunció el ceño, confuso, pero la Avispa sonrió igualmente y dejó la copa en la primera bandeja que pasó por su lado antes de dar inicio al baile que mejor se conocían: escapar.
Mientras su cuerpo permanecía quieto en el presente, ellos salieron a los jardines de palacio, la música chirriante y frenética y electrónica ensordeciendo el rozón de setos contra ropa según se perdían en el laberinto floral, buscando un rincón en el que desaparecer.
—¿Gon?
Kara no fue delicado cuando lo empujó contra la pared de un callejón sin salida, un recoveco verde y frondoso donde apenas alcanzaba la luz del salón de baile.
Algo se hizo añicos, aunque nada había caído al suelo, y oyó alto y claro incluso por encima de la canción el sobresalto de René al dar de espaldas contra el seto.
Él simplemente siguió el recuerdo. Se inclinó hacia delante para besarlo, sabiéndose por fin a salvo de miradas indiscretas, la sidra burbujeándole de dentro afuera y la sed por probarla de nuevo en sus labios.
Todo se volvió negro cuando Kara cerró los ojos, pero el beso no llegó. Lo único que sintió fue una mano firme en su pecho que lo detuvo en seco. No entendió por qué, si ahora René le rodeaba con los brazos y arqueaba el cuello hacia atrás para mostrarle el camino.
—Hora de parar de beber, Gon.
Sonaba triste. ¿Por qué sonaba triste?
—No son ni las dos.
—Por eso.
Pestañeó, perdido. Pestañeó y Reyes lo miraba con los dientes apretados, dolorosamente rígido.
Tenía la espalda pegada a un rincón y una mano anclada al pecho de Gon.
En el suelo, una copa rota. Tras ellos, el resto del mundo.
Los flases parpadeaban en patrones plateados y rojos y verdes y amarillos y vuelta al plata y poco a poco la mueca tensa de Reyes fue convirtiéndose en una sonrisa desoladora.
Antes de que Gon pudiese siquiera comprender lo que acababa de ocurrir (lo que había estado a punto de ocurrir), Reyes lo empujó de regreso al corrillo de amigos, donde Recla lo atrapó por los hombros para berrearle en la oreja.
No se apartó, demasiado desorientado para protestar, pero sí se giró para buscarlo, para decirle…
Por supuesto, no lo encontró.
Siguió bebiendo porque no había hecho nada malo.
Reyes Cisneros no volvió a su vida hasta mil años después, ya en otra discoteca que cerraba más tarde. Le había preocupado que no supiera encontrarlos, pero Titi se había reído y le había dicho que Reyes regresaría «cuando terminara de sacarle partido a la noche». Gon no lo había entendido.
Al menos hasta ese momento, mientras se lavaba las manos en los asquerosos y diminutos baños del local después de mear.
Las suelas de sus zapatos estaban pegajosas, la cerámica de los lavabos brillaba púrpura bajo los focos ultravioleta, clínex usados en el suelo, huellas dactilares en el espejo, copas olvidadas en la encimera, la música electrónica y pulsante ensordecida ahí dentro, el vértigo que venía con el alcohol, la sensación de que su interior se desbordaba fuera de los confines de su esqueleto.
La cabeza le daba vueltas y la multitud enardecida aullaba «¡Electro latino!
» allá en la pista de baile y Lucas x Arantxa garabateado con rotulador en un azulejo y la parejita montando escándalo en uno de los cubículos.
Su cerebro borracho le insistía en seguir intentando exprimir unas gotas de jabón del dispensador a todas luces vacío y cuando los enamorados salieron por fin del cubículo Gon los fulminó con la mirada a través del espejo porque la cola que se había formado por su culpa era larguísima y nadie tenía por qué aguant…
Reyes estaba limpiándose la boca con el dorso de la mano cuando lo reconoció.
A Gon se le congeló el cuerpo en el sitio y luego prendió en llamas, pero siguió mirándolo como un sucio voyeur mientras ellos intercambiaban números antes de despedirse con un beso rápido.
En el espacio de tiempo que pasó entre una cosa y otra, la sonrisa de Reyes fue afilándose y la cola avanzando hasta disolverse. Estaban solos.
Fue solo entonces que Gon se volvió para encararlo, la sangre borboteándole por dentro por alguna razón, furiosa y ciega y:
—Eres un hipócrita.
Eso le borró la sonrisa de mierda de la cara.
—¿Perdón?
—¿¡Cómo vas a encontrar algo como lo de Kara y René si no paras de quemar tíos uno tras otro!?
Reyes siseó como abofeteado, sus dientes destellantes bajo la luz ultravioleta.
—Jamás voy a encontrar algo como lo de Kara y René porque mi Kara ya está pillado.
—¿¡Y tengo yo la culpa!?
¿Por qué lo miraba así, como si no entendiera nada?
¿Como si de pronto hablaran idiomas distintos?
¿Como si Gon fuera algo infecto que no supiera cómo extirparse?
Y, al mismo tiempo, con una incredulidad feral, oxidada, injusta.
Gon no se esperaba el rugido (la explosión) que salió de entre sus labios aún hinchados de usarlos con otros:
—¡NO! ¡TIENES LA CULPA DE ENCIMA HACERME SENTIR MAL POR INTENTAR PASAR PÁGINA!
Ah, ahora era él quien no entendía nada.
—¿Pasar página de qué?
Reyes dejó escapar un grito ahogado e intentó contestar una, dos, tres veces. Cerró la boca, cerró los puños.
—¿En serio? —chirrió al fin, mirándolo con los ojos muy abiertos—. Gon, ¿en serio?
—¿Qué pasa?
—¿Me estás vacilando?
—¿¡No!?
En la oscuridad radiante del baño, Reyes parecía de otro mundo, todo rutilante púrpura, blanco violeta y sombra vibrante.
Parecía haber sido invocado con magia negra y ahora distorsionaba la realidad allá donde pisaba, desgajándola a zumbidos de enjambre.
Dio un paso hacia él y Gon se aferró al lavabo como si la cerámica fría pudiera mantenerlo a salvo.
Cuando Reyes Cisneros destruyó su mundo, lo hizo con la voz de cepo. Lo hizo con la entonación reservada para los niños lentos, para los recién nacidos y para los perros asustados. Lo hizo con cuidado pero con dolor, con tacto pero con rabia.
—Gon —comenzó, para mantenerlo a flote en su cerebro encharcado de alcohol mientras le sostenía la mirada—. Gon, tú y yo… estábamos enamorados. ¿De verdad creías que no nos iba a afectar vivirlo por la noche y vernos por el día?
Ni aun anclado al lavamanos pudo evitar ahogarse en pánico. En horror.
—Te dije que… Te advertí de que…
Reyes asintió. No. no.
—Sí. Pero no soy una máquina, no puedo apagarlo ni borrarlo. Y tú tampoco.