Con la miel en los labios 18 Noche de fiesta #2
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18 Noche de fiesta #2

—Hombre —resopló Reyes, divertido—, no tienes pinta de ser muy avispado en ciertos temas.

Su primer impulso fue ofenderse. El segundo, el que al final ganó la partida, fue reírse.

—Me tienes fichado.

Reyes también rio. Le gustaba cómo sonaba su risa esa noche, bajita y grave, rasposa de tabaco y alcohol.

—Déjame adivinar; te costó… dos, no, tres meses darte cuenta de que estabais saliendo. Y fuiste el último en enterarte.

Ahí se le escapó la primera carcajada. Joder, ¿tan transparente era? ¿Tan tonto?

—Si estuvieras en mi lugar también te habría costado creértelo. ¿Tú la has visto? ¿Tú me has visto?

No supo descifrar la expresión de su rostro.

Menos aún los eternos segundos que tardó en contestar, matando tiempo en darle otra calada al cigarro.

Le puso nervioso, así que aprovechó para acabarse la copa de un trago.

Aunque fue peor el remedio que la enfermedad, porque ahora no sabía qué hacer con el vaso vacío.

—Yo creo que sois tal para cual —dijo Reyes al fin, en un tono muy, muy extraño.

—No —replicó él, más seco de lo que pretendía—. Bego es mucho mejor que yo. En todo. Está a otro nivel.

—Mmm… Tienes suerte de que la cerveza me ponga contento en vez de violento, porque tendría pelea física con tu autoestima. Dejémoslo en que no estoy de acuerdo y que René no se liaría con cualquiera.

Un tanto incómodo, Gon agitó el vaso, haciendo tintinear los hielos casi derretidos. En el salón, un vocerío les indicó que Leticia se había sacado su as de la manga, pero ninguno se giró a mirar.

—No es lo mismo —carraspeó—; yo no soy Kara. Él también es mucho mejor que yo. René a mí no me habría mirado ni dos veces.

La amargura debió de filtrarse alta y clara en su voz, pues Reyes no insistió. En cambio, suspiró largamente y dejó caer el cigarrillo a medio terminar en su vaso vacío. Cuando volvió a hablar, sus labios se habían curvado en una sonrisa distraída y miraba a algún punto perdido de la calle:

—¿Sabes de lo que me estoy acordando?

—Dime.

—De cuando René le preguntó a Kara que por qué se depilaban si las abejas tenían el culo peludito.

Una nueva risa le destensó los músculos, dejándolo hecho gelatina.

Por supuesto, Reyes Cisneros siempre sabía qué tecla pulsar para afinarlo, para aflojarle los nervios.

Sabía hasta dónde tirar y cuándo ceder. Y aunque debería preocuparle que alguien lo conociera tan bien, supiera manejarlo tan bien, en realidad le aliviaba saber que podía confiarle el mecanismo entero de su cuerpo.

Quizá por eso, porque confiaba ciegamente en los límites que Reyes dibujaba en su nombre, su siguiente pregunta lo descolocó:

—¿Alguna vez vamos a hablar del resto de recuerdos?

Ah. Y él que creía que habían cambiado de tema…

—¿De cuáles?

—Ya sabes de cuáles —dijo, dándole un golpecito en la rodilla con la suya.

Esta vez, su primer impulso fue echar otra ojeada al salón, asegurarse de que nadie los miraba (de que nadie los oía). Lo ahogó enseguida porque no estaban haciendo nada malo.

—No soy Kara, te lo acabo de decir.

—Ni yo soy René —insistió. Insistió —. Por eso mismo podemos hablar de ellos, ¿verdad?

—¿Y de qué quieres hablar?

Le habría gustado no advertir cómo enarcaba una ceja. Reyes no le quitaba la vista de encima y él no le quitaba la vista de encima al piti flotando en el hielo derretido.

—¿A ti no te afectan? ¿No te… No me ves diferente?

Ni siquiera se molestó en devolverle la mirada.

No le hacía falta. No le hacía falta contemplarlo una vez más, de arriba abajo, reconocer a René en él, recordar a René en él.

Odió ser completamente consciente de lo que en verdad le estaba preguntando, odió que se atreviera a preguntarlo y, sobre todo, odió haber estado esperando que lo hiciera.

La respuesta le salió tan cierta como instintiva:

—Quiero a mi novia. Y la voy a querer toda la vida.

—Mmm.

Reyes tuvo el detalle de no señalarle que, en realidad, no había contestado a su pregunta. Más bien a otra. Una que Reyes jamás habría formulado por cuenta propia.

Así que, aun sabiendo lo condescendiente que sonaría, aun notando ya el aguijonazo en la lengua, Gon añadió:

—Ojalá encuentres algo así.

Los hombros del chaval se cuadraron al instante, cristalizado como miel de romero en su lado del balcón, postura dulce pero afilada, dorada pero opaca.

—Sí —escupió, ácido—. Ojalá encuentre un amor tan grande que lo recuerden hasta mis puñeteras reencarnaciones.

Gon no replicó. Solo aguardó a que Reyes lo intercambiara sin miramientos por un hueco entre Titi y Nadia en el sofá.

Suspiró. Desde luego, necesitaba otra copa. O una litrona.

Los Bajos de Argüelles cerraban pronto, así que también abandonaron pronto el piso.

Reyes se miraba nerviosamente en el espejo del ascensor y Gon quiso decirle que todo iría bien, que se limitara a disfrutar la noche.

Pero no lo hizo, primero porque ya empezaba a subirle el alcohol y segundo porque Reyes no había vuelto a dirigirle la palabra desde el fiasco en el balcón.

—Ey, ¿todo bien?

La música tronaba como un tifón hecho de ritmo en el centro de su cabeza, un martillo grave que impactaba sin tregua contra sus tímpanos.

Llevaban ya tres bares de los treinta mil que componían el típico Via Crucis de los Bajos de Argüelles y, como siempre, el grupo de Bego se había apalancado en el que ponía las canciones más mamarrachas del lugar.

Los demás no le sacaban pegas, demasiado ocupados en discutir a gritos frente a la barra si aprovechar el 2x1 de la Happy Hour a la que le quedaban dos minutos de vida o si tirarlo todo por la borda y liarse a pedir rondas de chupitos.

Reyes lo miró, media cara oculta tras un vaso gigantesco de kalimotxo con (cómo no) licor de mora.

—Sí —contestó cuando terminó de tragar. El alcohol le emborronaba los ojos y le humedecía los labios—. Es solo… —ladeó la cabeza— tengo el oído cargado de todo el ruido este, pero bueno. Se me pasará en cuanto me acabe el mini.

—¡Si te duele mucho nos vamos! —le gritó Recla, pasándole el primer chupito de la noche.

—¿Quieres que salgamos a tomar el aire? —añadió Nadia, pasándole el suyo a Gon.

—Gracias, pero no —rio Reyes—, tengo aguante de sobra y la noche es joven.

—¿Qué pasa?

—A Reyes le duele la oreja.

—Que no, que estoy bien, en serio.

La carcajada de Titi ahogó la música. Ahora que ya se había hecho a los amigos de Bego se la veía contenta y relajada, por fin la versión de la alcarreña que Gon conocía.

—No os dejéis engañar, que este tío nos entierra a todos de fiesta sin pestañear. ¡Venga, a la de una, a la de dos, y a la de…!

Algunos bebieron a la de tres, otros a la de cuatro, otros ya se habían terminado el chupito para cuando Titi comenzó la cuenta atrás y se los quedaron mirando con los ojos como platos, traicionadísimos por sus propios amigos.

Gon se rio, los demás también. El falso absenta le quemaba en la garganta y antes de darse cuenta le estaba robando kalimotxo a Reyes (o quizá Reyes se lo había tendido al verle en apuros), dulce y espeso y frío, muy frío.

—Como te lo bebas entero te lo cobro.

—No seas rata —resopló Gon—, que estás forrado.

Reyes rio. Reyes rio por fin de un comentario suyo y eso le quitó un gramo de los quinientos kilos que sentía en el estómago, pesados y grumosos y horribles, peores que el regusto amargo del alcohol y que la sensación de su cerebro ya empezando a vagar por libre.

Cuando volvió a prestar atención a la conversación (si es que había alguna general y no un puñado de ramificaciones mientras pagaban), Reyes parecía brillar incluso más que antes bajo los focos del pub, como recargado de pronto de energía.

No consiguió oír lo que decía, porque entonces el DJ (¿había DJ?) puso una canción que hizo chillar a la mitad del grupo y alguien (ni siquiera necesitó mirar para saber que se trataba de Bego) lo arrastró al centro de la pista.

Era extraña, la mezcla de rostros. Era como si las diferentes barajas que componían su vida se hubieran unido en una sola, cada tirada entremezclando bastos con picas, corazones con espadas, oros con diamantes.

No sabía a qué estaba jugando pero le daba igual, se dejaba llevar por la música y las risas y las copas y aunque tampoco entendía la mitad de las bromas no era el único, anécdotas rápidamente explicadas para los descolgados y todas seguidas de otro viaje a la barra.

Nunca había salido de fiesta con tanta gente junta y descubrió que le gustaba.

Descubrió que le gustaba porque nadie quedaba fuera del círculo y al mismo tiempo cualquiera podía simplemente quedarse callado y respirar.

El pub era pequeño, la pista de baile aún más; la ocupaban casi entera ellos solos y eso le daba la sensación de que les pertenecía.

De que seguían en el salón setentero jugando a Tinieblas con la música altísima.

Recla era el joker, Carol la sota de espadas y Bego el as de corazones solo porque la reina no le llegaba ni a la suela.

Otra ronda de chupitos y el limón le picoteó en la lengua y la sal se lo llevó.

Titi era la reina de diamantes, Leticia tres de oros, Víctor caballo de copas.

Escalera de color cuando las chicas se fueron a hacer cola al baño y volvieron con minis nuevos.

Gon era un triste dos de bastos pero ni siquiera le importaba porque formaba parte de algo y nadie se lo cuestionaba, ni siquiera él mismo, no esa noche.

Reyes debería ser un rey, o los ocho a la vez, como su nombre indicaba, pero no era ni lo uno ni lo otro.

Reyes tenía su propia baraja y era el sol, la luna, la estrella, el mago, los enamorados, la torre, el mundo, el juicio, el diablo, la muerte. Era todas y ninguna porque no conseguía ponerle nombre al hipocentro del terremoto que provocaba inconscientemente a su paso.