Con la miel en los labios 18 Noche de fiesta
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18 Noche de fiesta

oye, nosotros ya estamos

vamos yendo y os ayudamos con lo que sea?

sí porfa, que quedan mil cosas por hacer yreyessiguearreglándose ni que fuese a venir lareinadeespaña

claro que voy a ir

estoy literalmente saliendo por la puerta

si tenéis hielo traed

va

@Bego perdóneme su majestad

no hay perdón que valga, que le corten la cabeza

salimos ya

En cuanto Titi les abrió la puerta, Bego, tan efectiva como siempre, asumió el control de la situación.

A ninguno le molestó. Por mucho que Titi se hubiera ofrecido a hacer de anfitriona, los tres sabían que a la pobre le agobiaba sobremanera conocer gente nueva, y cuanto más se acercaba la hora de la fiesta más se bloqueaba.

Así que se pusieron manos a la obra con los últimos preparativos, que consistían únicamente en emplatar el picoteo y cortar rodajas de limón (al parecer, habían llegado a esa edad en la que pasaban de beber en vasos de plástico a ponerse copas como Dios manda).

Con toda la tontería, entre el grupo de Bego y los del Stardust iban a ser bastantes, pero Titi y Reyes habían insistido en celebrar la prefiesta en su piso para que la invitada de honor no tuviera que tirarse la mañana siguiente recogiendo su propia casa.

Aunque, a decir verdad, habría sido Gonzalo el encargado de limpiar, ya que ella tenía comida familiar, también de celebración…

La tía estaba sembrada y él encantado. Que disfrutase. Se lo merecía.

De Reyes, ni rastro.

Cuando Gon se dio cuenta de que sobraba en el salón, Bego y Titi peleándose con una barra de sonido y todo lo demás ya en su sitio, partió en su busca.

Por supuesto, no tardó en encontrarlo.

Se apoyó en el marco del baño de brazos cruzados y esperó a que Reyes se explicara, aunque el modo en que miraba el neceser de maquillaje de Titi le daba una ligera idea de lo que ocurría.

No recordaba haberlo visto nunca tan serio.

Sí enfadado, dolido, rabioso, triste, alegre.

Pero no así, como luchando internamente consigo mismo.

Ni siquiera se giró a saludarlo, ni siquiera lo miró.

Al final, Gon le dio un empujoncito:

—¿Qué pasa?

Reyes tardó en contestar. Solo lo hizo después de que el timbre de la puerta marcara el pistoletazo de salida de la fiesta, trayendo consigo felicitaciones a gritos, presentaciones y carcajadas.

—Me… encanta cómo se maquilla René. La raya roja. Titi se ha comprado una igual.

Abrió la mano para enseñarle el delineador.

—¿Y quieres hacértela?

Asintió.

—¿Qué te frena?

Se removió como oxidado, incómodo.

—Es algo que hacía… antes. No quiero que me lean como algo que no soy.

Ah, así que era eso. Gon frunció los labios y asintió. Luego se concedió un par de segundos para rumiar su respuesta, ya que ni compartía la experiencia ni quería meter la pata vadeando en terreno ajeno.

—Si te gusta y te apetece, deberías hacerlo, como has hecho todo lo demás. No es un paso atrás, ni una duda. Es solo maquillaje, no te hace menos… —«Hombre», iba a decir. Se decidió por—: Reyes.

Su reflejo lo miró desde el espejo, un tanto atónito. O conmovido. O ninguna de las dos.

—Y, además —añadió Gon, con un carraspeo—, es verdad.

—¿El qué?

—A René le queda muy bien.

Esta vez, aquel tercer Reyes sonrió. Muy poquito, muy suave, pero sonrió. Se lo tomó como una victoria.

—Ojalá el maquillaje también fuera neutro aquí —fue lo que contestó.

—Poco a poco, supongo. —Gon se encogió de hombros; Reyes asintió con un suspiro—. Pero tampoco hace falta que cargues tú con el peso de empezar a hacerlo neutro, sobre todo si te da angustia.

—Ya…

En lugar de esconder el eyeliner en un puño, ahora lo giraba entre los dedos, pensativo.

Bueno, pensativo no. Más bien frustrado.

Gon supo traducir aquel ademán nervioso como lo que era: ácido.

A Reyes no le asustaba mostrar otra capa más de sí mismo; sino la posibilidad de que un mísero trazo rojo pudiera desbaratar todas las demás, cuidadosamente construidas durante años, modeladas a su legítima imagen y semejanza.

Lo que de verdad le asustaba era perder.

Entonces, se le ocurrió.

—Hoy vamos a beber primero aquí —le recordó Gon, usando el tono más resuelto posible—. Estamos en tu casa y en familia, date el capricho. Cuando vayamos a irnos al bar, si ves que sigues dudando, te lo quitas antes de salir y pista. No hace falta destruir la… ¿Cómo la llamas…? La c…

—La cisnorma —rio, muy bajito.

—Eso. No tienes que destruir la cisnorma en un solo día, Reyes.

Lo vio respirar tan hondo como tenue había sonado su voz. Uno, dos minutos de silencio. Quizá tres. Cuando estaba a punto de marcharse para dejarle pensar a gusto, el reflejo de Reyes lo miró directamente a los ojos y, soltando todo el aire de golpe, dijo:

—Te quiero muchísimo.

Y aunque Gon sabía que no era… Aunque sabía lo que significaba ese te quiero, no pudo evitar ponerse nervioso, removerse en el sitio, tragar saliva. También sonreír, para disimular. Sonrió de verdad ya después, al verlo por fin decidido y feliz en lugar de frustrado y atrapado.

—Bueno, pues me voy para el salón, ¿vale? Bego se pone histérica si me la quedo mirando mientras se pinta.

Reyes volvió a reírse mientras abría el delineador.

Durante un segundo, creyó que estaba teniendo una visión.

Se quedó ahí, paralizado, contemplando a la mismísima Avispa de Nascente poner pie en el presente.

La música amortiguó las risitas de las amigas de Bego mientras ella se las presentaba a Reyes, pero no los resoplidos de los del Stardust. «Lo que os dije —protestaba Recla, poniendo los ojos en blanco—: efecto Cisneros.

Es imposible ligarse a nadie a menos de veinte metros a la redonda del tío».

Carol bufó. «Tampoco es que tengas tú mucho éxito de normal, ¿eh? »

Por primera vez, Reyes se movía como René.

Sonreía a las chicas como a las princesas, a Bego como a Jez’bel y a él como a Kara.

Incluso sentado en el sofá, a Gon le sacudió un vértigo muy parecido a un vahído y se aferró con fuerza al reposabrazos para recordarse dónde (cuándo) se encontraba.

Pero es que Reyes estaba guapísimo, estaba increíble, la tinta afilando sus párpados en un cometa de sangre y un broche metálico sujetándole media melena y cuando Gon bajó la vista hacia su copa le pareció incongruente que apenas llevase bebida la mitad, con lo borracho que se sentía solo de verlo.

Empezaba fuerte la noche y no eran ni las diez.

Las pizzas llegaron, los últimos rezagados también.

Traían consigo litronas y más bolsas de hielo.

Después de brindar varias veces por Bego y el dúo abejitas, Leticia sacó una baraja de cartas y Reyes apartó el mantelito de crochet para que su pobre abuela no se revolviera en su tumba.

Fue Titi quien lo dobló y guardó en un cajón, aunque esto Gon solo lo vio por el rabillo del ojo, porque las manos de la Avispa barajando eran mucho, mucho más importantes.

Llevaba el anillo de oro rosa que se había probado aquel día juntos.

Este era de su talla. ¿Desde cuándo lo tenía?

A pesar de que la fiesta no era en su honor, también lo felicitaron a él.

Al parecer, todo el mundo había estado esperando que dejara el Stardust y «empezara a vivir».

Y no podía quejarse, la verdad, ahora mismo su vida era perfecta.

Así que sonrió y les dio las gracias y le pasó un brazo por la cintura a su novia mientras el grupo se dividía entre quienes querían jugar a las cartas y quienes querían ponerse al día, estos últimos charlando en la periferia del salón o empezando a recoger las cajas de pizza y las primeras litronas vacías.

El alcohol le burbujeaba por dentro y le calentaba las mejillas, pero nada más.

Lo normal, vaya. Siempre necesitaba beber el doble que los demás, o más fuerte, para alcanzarles en borrachera.

No como Bego, que con apenas medio sorbo de cerveza ya lideraba la marcha.

Adorable. Adorable y graciosa y preciosa.

—No sabía que fumabas —se oyó decir, de pronto en la diminuta terraza del salón.

Reyes, acodado en la barandilla, solo sonrió.

—Por desgracia, soy fumador social. Como vaya mínimamente pedo y vea a alguien con un piti, tengo que acompañarlo.

Eso le hizo reír. Se acodó a su lado. Abajo, la calle bullía de actividad, un avispero de madrileños y turistas en busca de un lugar donde gastarse el sueldo.

—Pues no andas muy acompañado.

Reyes dejó escapar el humo en pequeñas bocanadas de risa silenciosa. Se le enroscaba entre los dedos como un millar de anillos más, y en el pelo, y en el espacio entre los dos.

—Estaba con Leti —dijo, con un suspiro teatral—. Me ha dejado aquí tirado en cuanto ha oído que iban a echarse un Yo Nunca, la muy ludópata. Se cree que es un juego al que se puede ganar.

Cuando Gon cotilleó el salón por encima del hombro, Leticia sonreía malévolamente, a dos turnos de soltar la mayor bomba del año.

Era su estilo. En la fiesta de graduación, su «yo nunca me he liado con Víctor» había desencadenado lo más parecido a una guerra mundial en el grupo universitario de Bego, y las consecuencias todavía resonaban incluso esa misma noche, el famoso Víctor sentado un par de sillas más allá, vigilándola con ojos nerviosos.

—A ver —rio Gon, volviéndose de nuevo hacia Reyes—, no va muy desencaminada tampoco.

—Menudo peligro tiene.

—Nah, solo le gusta sembrar el caos, pero no a malas. La mitad de las parejas del grupo empezaron gracias a ella.

Reyes le dio una larguísima calada al piti, los párpados entrecerrados en un asomo de sonrisa. La madrugada le quedaba bien, y el humo. Y el eyeliner, claro. El eyeliner lo que más.

—¿Bego y tú también?

Tardó en conectar los puntos.

—No, no. A Leticia la conoció en la uni, nosotros venimos de mucho antes.

—¿Y quién os dio el empujoncito entonces?

Frunciendo el ceño, Gon lo miró.

—¿Qué empujoncito?