Con la miel en los labios 17 Tanto rojo falso #2
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17 Tanto rojo falso #2

Pero jamás se habría preparado para encontrárselo radiante e impoluto, el pelo refulgente bajo la efervescente luz de las antorchas y las mejillas arreboladas de reírse.

Una copa en una mano, un nuevo tatuaje en la garganta, una línea de tinta encarnada adornando sus ojos ahora cerrados, cazado a mitad de carcajada.

El banquete se servía en mesa de media luna y abundaba la carne, el vino y las uvas.

Todo el campamento parecía estar presente, comiendo y cantando, comiendo y riendo.

Allí, entre tanto rojo falso, René ax Nazcar borboteaba como magma, el principio y el fin, la pesadilla y el sueño. Era la vara con la que el resto se medía, nacido con el fuego en las venas y el veneno en la lengua.

Y a su lado, ambos contemplándolo como si fuera el más valioso de los tesoros, los Gemelos de Nascente.

Se movieron como uno solo cuando se volvieron hacia Kara, y cuando René abrió los ojos no tardó en imitarlos, curioso por saber qué o quién le había robado la atención de sus dueños.

La sonrisa se le borró de un zarpazo.

—Me traicionaste.

Lo había sabido desde el principio, pero punzaba igual. Al otro lado de la línea telefónica, el silencio de Reyes se alargó eones. Eran las 3:33 y había descolgado al tercer tono con voz agitada y rasposa.

—¿Te lo ha dicho él?

—¿Cómo?

—René —aclaró—. ¿Ha confesado?

En contra de su voluntad, Gon recuperó el recuerdo.

Jamás había visto a la Avispa de Nascente tan guapo, pero eso se lo guardó para sí.

Carraspeó al hablarle del registro, la sensación de desnudez picoteándole las mejillas de vergüenza ajena, y también al mencionar su nombre.

Reyes permaneció callado hasta el final, escuchando atentamente, sin interrumpirlo ni excusarse.

Luego dijo:

—Era una trampa.

Gon frunció el ceño. Su cocina en penumbra le devolvió la mirada mientras esperaba a que se explicara. Como no lo hizo, contestó:

—No le des vueltas, Reyes. Estabas bien. Parecías hasta feliz.

Más que feliz, en realidad. Parecía radiante, como pez en el agua.

Como si aquel fuera su hogar, rodeado de amigos y vecinos.

Relajado, alegre, divertido, lleno. Solo lo había visto así cuando estaban a solas, o aquella vez que había bailado con la hija del posadero, una jarra de cerveza en una mano y la cintura de la chicuela en la otra, libre de toda preocupación porque allí no era nadie, nada, nunca.

Reyes seguía sin decir nada. Supuso que, como él, era incapaz de entenderlo.

—No te preocupes —trató de consolarlo—. Tú no eres así.

—Sí que lo soy —espetó por fin, en un siseo—. Soy literalmente René, de principio a fin. Y yo jamás te traicionaría, así que tiene que ser una trampa. No hay más vuelta de hoja. Debieron de sospechar que algo pasaba y quisieron comprobarlo.

Como siempre que Gon se angustiaba, el estómago se le revolvió. Sonó escandaloso en la quietud de la noche, aunque estaba seguro de que solo él lo había oído.

—No quiero discutir —casi susurró—, pero tú no te viste, Reyes. Cómo me miraste… Sabías que te había cazado.

—Era una trampa —insistió Reyes, chirriante.

Gon se lo conocía ya lo suficiente para saber cómo sonaba su voz mascullada entre dientes fuertemente apretados, así que decidió callar.

Era muy tarde, demasiado, y habían quedado al día siguiente.

No había necesidad de alargar la tortura justo ahora.

Y, cuando se lo dijo, cuando le dijo que mejor dejarlo para mañana, Reyes siguió en sus trece, un vacío de sonido en el altavoz.

No se sintió mejor al colgar. Se sintió frío, allí solo en mitad de su cocina, descalzo y en pijama, las luces de la calle empapándolo todo de ámbar. Quería creer en Reyes. Quería desesperadamente creer que el amor de la Avispa era verdadero, pero su sonrisa abierta le perseguía como una pesadilla.

Al menos Reyes no era así. Reyes jamás le traicionaría, él mismo se lo había dicho. Jamás le haría daño. Eran amigos. Era el mejor amigo que había tenido nunca.

Aunque, ¿no había pensado Kara lo mismo…?

Bueno. Fuera como fuese, no quería soñar con el resto.

Mientras echaba la llave, Bego preguntó:

—Oye, ¿qué tal si hacemos algo esta tarde? Que con toda la tontería del proyecto nos vemos incluso menos que cuando estabas en el Stardust, y eso que vivimos en la misma casa.

La risita con la que terminó reverberó en las escaleras del edificio. Habían tomado la rutina de salir juntos por la mañana, ella al trabajo y él al gimnasio, y a Gon le gustaba la sensación de destino común.

—Claro —contestó, sin siquiera pensárselo, sin siquiera apartar la vista de los traicioneros peldaños—. Avísame al salir y te digo dónde andamos.

—¿Andamos?

—Sí, es que luego se sube Reyes.

—Uh… Había pensado más bien en… nosotros solos.

Gon se volvió hacia ella mientras abría la puerta del portal. El sol mañanero incidía con fuerza sobre el barniz agrietado del parqué y calentaba el metal del pomo. Se dijo que habría sido el chirrido de los goznes lo que había deformado el tono de su voz, volviéndolo ligeramente…

—Podemos salir a cenar mañana.

—Mañana he quedado con Leticia. —Bego no se movió del recibidor. Gon se sintió un tanto ridículo ahí parado con un pie en la calle y el otro aún en el umbral, manteniendo la puerta abierta para nada—. No nos vemos desde Navidades.

—Ah. Pues pasado.

—Es que quería descansar un poco antes de la fiesta… ¿De verdad no puedes cambiar lo de Reyes a otro día? Vas a verle este finde.

Gon frunció el ceño, confuso. Confuso y algo más. ¿Molesto…?

—Leticia también viene este finde.

—Ya, bueno —resopló Bego—, pero yo no me paso con ella las veinticuatro horas del día.

¿Perdón?

—Yo no me paso con Reyes las veinticuatro horas del día.

—Pues lo parece —espetó, saliendo a la calle a la velocidad de la rabia—, entre que quedáis mil veces y sueñas con él todas las noches.

No le dio a tiempo a replicar. No le dio tiempo a nada, en realidad, ni siquiera a reaccionar, porque entonces ella siseó «Ah, ¡el bus!

» y salió corriendo hacia su parada sin molestarse en despedirse.

Para cuando Gon encontró algo que contestar (que incluso en su cabeza sonaba a excusa), el autobús ya torcía la esquina y la dueña de la frutería vecina lo miraba fijamente mientras colocaba una fila de nísperos, como si Bego la hubiera dejado encargada de juzgarlo en su ausencia.

tío!! bego acaba de decirmelo, enhorabuena!!

gracias!!! estoy flipando qué bien qué emoción está titi que no se tiene quieta jaja

cuando suba esta noche le como la cara

en realidad iba a decirte que al final no puedo quedar hoy, que voy a sacarla a celebrarlo

aah vale vale

no te importa no?

total no hay mucho más que contar de lo de anoche

nono tranqui

ok perfe

más tiempo para cenicienta jaja

va mejor?

bueno

todo lo mejor que puede ir una anciana de 5 tacos

No hablaron de su rifirrafe mañanero durante la cena, ni ninguno de los días posteriores.

Fingieron que todo seguía su curso natural, que Bego no le había acusado de priorizar a Reyes sobre ella ni que Gon no había sabido defenderse; y a base de ignorarlo consiguieron olvidarlo.

O, más bien, lo consiguió la buena noticia, limando las asperezas entre ambos y dándole a él un poquito de cancha.

Continuaron moviéndose como una misma máquina porque diez años de perfecta sintonía no se rompían con un par de semanas malas.

Por eso no estaba preocupado. Seguro que, como siempre, la fiesta terminaría de destensarle los músculos a Bego, en cuanto pasara un par de horas cantando y riendo con sus mejores amigas.

La noche anterior a la fiesta, Bego dormía pegada a su pecho y él enroscaba los dedos en sus rizos castaños al mismo tiempo que Kara enroscaba los suyos en los mechones azafranados de la Avispa, el tacto del presente solidificando el pasado.

Casi parecía real, la visión. Si quisiera, podría fingir que era Kara y no Gon, que era René y no Bego; y no tendría prueba alguna que lo contradijese.

Se quedó dormido así, abrazado a sus dos amores, sintiéndose completo por primera vez en mucho, mucho tiempo .