Con la miel en los labios 17 Tanto rojo falso
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17 Tanto rojo falso

H abía conseguido mantener enrejado al verdadero Kara durante los trece días de travesía, solo dejándole salir en lo más profundo de la madrugada, cuando ahogaba sus estallidos de pavor en las mantas de viaje, pero no había sido hasta cruzar la frontera que lo había sentido pelear con garras y dientes por liberarse, por tomar control legítimo de su cuerpo y arrasar Nascente entero hasta dar con su Avispa.

Y es que no pararía hasta recuperarlo. Allí no era el sereno An’Ser de la abeja reina, solo Kara.

Allí no se le aplicaban las reglas ni decoros de la colmena, porque le habían robado algo que le pertenecía y lo arrancaría de raíz de sus sucias manos tatuadas de rojo.

Si se habían atrevido a ponerle un solo dedo encima…

No hicieron falta ni amenazas ni exigencias. En cuanto avistó las primeras luces del cuartel nascente en la noche, dos guardias se desgajaron de las sombras para cortarle el paso. Tampoco fue necesario hablar, simplemente les mostró la misiva. Ninguno se movió.

—Bienvenido a Nascente, An’Ser Kara —dijo uno de ellos en la lengua del Panal—. Los Gemelos nos informaron de que vendríais.

Eso le hizo fruncir el ceño. ¿Tan claro habían tenido que se arrastraría hasta allí, que suplicaría y lloraría por la vida de René? ¿Cuánto sabían? ¿Cuánto habían averiguado a espaldas de su Avispa?

O peor: ¿cuánto le habían sonsacado?

—Os rogamos rindáis las armas —continuó el otro—. Serán guardadas a buen recaudo junto con su montura hasta que finalice la negociación.

—No daré nada antes de recibir —graznó Kara, voz ronca de dos semanas en desuso.

Entre las espesas nubes que auguraban tormenta, la luna llena asomó, iluminando el barrizal agrietado. A lo lejos, el asentamiento militar lo estudiaba con mil ojos de antorcha. Los guardias cruzaron miradas, altos e imponentes, deformados con metal y bisturí hasta renacer en monstruos.

—Ya habéis recibido. Una oportunidad. O la tomáis, o la dejáis.

Silencio.

—Primero quiero una prueba de que sigue vivo.

El guardia de la izquierda resopló, irónico.

—Podréis verlo con vuestros propios ojos cuando rindáis las armas, custodio. Ni un minuto antes.

Reconocía un callejón sin salida cuando se le presentaba, así que, muy a su pesar, Kara obedeció, desabrochándose el cinto para lanzarlo a sus pies. Ellos asintieron al tiempo, y mientras uno se agachaba a requisar su espada el otro dijo:

—Sabed que seréis registrado en profundidad. Esto es una negociación, no una batalla, no es necesario acudir armado.

Valientes palabras para tal hatajo de torturadores.

—De acuerdo —aceptó al fin—. Pero sabed vosotros que tampoco las necesito para defenderme. Llegado el caso, me basto con mis propias manos.

No supo identificar cuál de los dos bufó.

—No llegará —le aseguraron, aunque solo uno habló.

Por fin lo guiaron de camino a la fortaleza.

Había sido ideada con carácter temporal, un reflejo de la seguridad (soberbia) de sus regentes, por eso le enorgulleció ver un puñado de edificios construidos en madera, al igual que los tocones que componían la muralla, fruto de una guerra fría que ya se alargaba años.

Abatieron el portón lentamente, acompañado por el revuelo sordo de órdenes y avisos, y Kara lo cruzó con la mandíbula bien alta y cientos de ojos vigilándolo.

Un trueno acalló los murmullos a su paso; el relámpago vino mucho, mucho después. La tormenta aún tardaría en caer.

En el centro del cuartel, una sobria edificación de madera marcaba los aposentos del mayor en rango (mayores, en este caso), aunque por sus titánicas dimensiones parecía hacer las veces de comedor comunitario.

O, al menos, lo hacía en ese momento, pues el jaleo de voces, bebidas y cánticos tronaba alto y claro incluso a esa distancia.

Sonaba a fiesta. Eso no lo tranquilizó. Más bien lo contrario.

Lo registraron dentro de una tienda de tela remendada una y mil veces al otro lado del portón, y el proceso fue tan incómodo como anticipaba la palabra.

Kara se desvistió la armadura de cuero, se descruzó el paip interior, se desanudó pantalones y botas.

Mientras uno lo vigilaba, el otro revisaba cada prenda, buscando pliegues o bolsillos ocultos.

No los encontrarían. No tenía nada que esconder.

Se lo devolvieron todo sin objeciones, armadura incluida, pero no tuvo tiempo de relajarse antes de que:

—Los guantes.

Kara se quedó rígido. No. Con los dientes fuertemente apretados, ganó tiempo mientras terminaba de recolocarse la ropa. Tiempo para enfriarse, para hallar la manera de saltarse ese paso.

—No hay nada debajo.

—Los guantes —insistió el otro, imperturbable—. No sería la primera vez que os guardáis el aguijón ahí dentro.

Durante un segundo, el rechazo fue tan intenso que creyó que daría media vuelta y se marcharía de allí.

Fue nauseabundo, vomitivo, escatológico.

Solo le había enseñado las manos a tres personas en toda su vida y no quería…

no se merecían verlas. Eran suyas, sus palmas, nudillos, yemas. No quería compartirlas con nadie más.

Pero, una vez más, René ax Nazcar pesó más que cualquier tabú, así que Kara frunció los labios y se desabotonó los guantes. Se obligó a pensar que no lo hacía por Nascente, sino por su Avispa.

Dos minutos atrás se había desvestido entero y aun así no se había sentido ni la mitad de desnudo que ahora, manos expuestas y sus guantes en las de otro.

Intentando zafarse del malestar, de la náusea que le subía por la garganta, Kara se volvió hacia el vigilante y le mostró las palmas primero y el reverso después.

Cuanto antes cumpliese, antes terminaría.

El otro tardó un poco más en dar su aprobación, tanteando el forro de sus guantes vueltos del revés.

Kara esperó con la vista al frente. Incluso consciente de que para ellos no significaba nada, incluso con la forma desapasionada en la que escudriñaba sus guantes, el sentimiento de humillación le caló más hondo que cualquier insulto.

Se contuvo de cerrar las manos en puños, o de ocultarlas cruzándose de brazos.

Se negaba a mostrar ni una pizca de debilidad ante un par de guardias de poca monta. Sería denigrante.

Prefería reservarse el orgullo para cuando le tocase venderlo. Porque lo haría, haría lo que fuera. Les había dado las manos y les daría todo lo demás. Si le prometían liberarlo con vida, les daría todo lo demás.

Cuando le devolvieron los guantes, se los enfundó a toda prisa, como el pez varado que coletea desesperadamente de vuelta al mar. Aquella era su verdadera piel; el cuero grueso, negro, duro. El resto era todo nervio y, como tal, le producía dentera tenerlo al descubierto.

Para la de mitos que había crecido oyendo sobre la violencia y crudeza de los nascentes, de momento habían resultado infundados.

Sí, su aspecto era terrorífico, y René el mejor ejemplo de lo que podían hacer con una hoja afilada, pero no le habían mostrado nada menos que respeto aun desnudo y desarmado.

Podrían haberlo tratado como el zángano arrastrado que era y Kara no habría tenido más remedio que aguantar y callar.

Sin embargo, no se atrevió a bajar la guardia. Que lo tratasen como a un ser humano no le aseguraba salir vivo de allí, y a René aún menos.

Tras un par de frases en nascente, el vigilante salió de la tienda y los dejó solos.

Regresó poco después, acompañado de una mujer con los párpados tatuados en rojo.

Ella lo miró de arriba abajo, como sopesando qué hacer con él, y solo cuando habló se dio Kara cuenta de que se movía justo como su voz: pastosa, a trompicones.

Estaba borracha.

—Dice que la sigas —tradujo el propio vigilante—. Y que no toques nada del banquete. Es ritual.

—No pensaba hacerlo.

—Da igual.

La mujer no se molestó en esperarlo, simplemente dio media vuelta y desfiló bajo la llovizna.

Kara la siguió, sintiéndose a cada segundo más inquieto.

Había asumido que lo llevarían ante los Gemelos en privado, pero estaban claramente en mitad de una celebración y ninguno quería perdérsela por un mísero zángano.

A fin de cuentas, la carta había sido dirigida a la reina, no a su An’Ser.

La música nascente sonaba como una víbora, serpenteante y sibilina, se deslizaba en el hueco entre su piel y la ropa, se enroscaba en sus tobillos y nudillos, siseaba.

A cada paso que avanzaba hacia la nave central de la fortaleza más quería retrocederlo, de pronto consciente de la inmensa estupidez que estaba cometiendo.

Allá que iba, directo a la boca del lobo.

Como si René no se hubiera dejado la piel por mantenerlo lejos de allí, como si no le hubiera advertido de la crueldad de los Gemelos, de su inteligencia.

Tenía ganas de vomitar. Tenía ganas de vomitar porque lo sabía, sabía lo que iba a encontrarse allí dentro como había sabido lo que decía la misiva antes de leerla.

Pero tenía que verlo. Tenía que dejarse masticar por los dientes del lobo o jamás dormiría tranquilo pensando en que no había hecho todo lo posible, todo lo posible por sacar a su Avispa de allí. Quedase cuanto quedase de él.

Dos nuevos guardias abrieron las puertas al paso de su superiora y Kara se preparó para el horror.

Se preparó para romperse en pedacitos, para que la coraza implosionase, aplastando al Kara interior hasta que de sus junturas solo goteara puré espumoso.

Se preparó para tragarse con los ojos los restos rebañados de René ax Nazcar, para volverse loco y para matarlos a todos.

Se preparó incluso para verlo todavía vivo y para oírlo suplicar por dejar de estarlo.