16 Mala señal #3
—Adiós —le dio tiempo a colar antes de que Bego cerrara la puerta tras Reyes.
Cuando se volvió hacia él, parecía agotadísima.
Derrotada. Y también un poquito angustiada.
Contagiado al instante, Gon acortó la mínima distancia que los separaba para darle un beso al mismo tiempo de bienvenida y de ánimo.
Ella se dejó hacer, aunque no se lo devolvió.
Mala señal. Bego respondía a sus besos incluso dormida.
Al apartarse, le sostuvo la carita con las manos mientras le posaba otro beso en la punta de la nariz.
—¿Día duro? —susurró, aún muy cerca.
Bego asintió, pero no le contó por qué, así que Gon tampoco insistió. A veces su novia, también, prefería simplemente distraerse.
—Ya queda menos —ofreció en cambio, el único consuelo que se le ocurrió—. Cuatro días más y se habrá acabado.
«Mmm», fue la única respuesta que recibió.
Otra mala señal.
El jueves por la mañana volvían a encontrarse en la misma posición, Gon en pijama y ella de punta en blanco, Gon medio dormido y ella nerviosísima.
Volvió a darle primero un beso en los labios, luego otro en la naricilla, y luego le susurró que todo iría bien.
Que llevaba meses preparándose esa presentación y años buscando un proyecto con el que crecer dentro de la empresa, que no quedaba nada sin atar.
Que lo haría perfecto, que sus superiores no tenían razones para negarle un cliente, que el post que Reyes había colgado en sus redes la noche anterior anunciando el tour por el apiario ya contaba con miles de interacciones y centenas de reservas.
Aunque no creyeran en ella (que no era el caso), y aunque no creyeran en el producto, las cifras hablaban por sí mismas.
Bego no necesitaba venderles la marca, le bastaba con venderles a Reyes Cisneros.
—Irá bien —repitió por quinta mil vez, muy bajito, contra sus labios—. Irá bien, y antes de que acabe el día tendrás tu primer cliente propio, justo como te mereces. Pero para eso primero tienes que salir de casa, amor.
Bego soltó un quejido infantil, tan agudo como adorable.
—Veeenga —la animó, girándola hacia la puerta—. Anoche estabas repitiendo la presentación en sueños. Te la sabes de memoria, Bego, podrías poner el piloto automático y clavarlo igual.
—No quiero poner el piloto automático —rezongó mientras se ponía los tacones—. Quiero que sean las siete y estemos de camino al Stardust en playeras.
Gon rio por lo bajo. Ya con la mano en el pomo, Bego lo miró por última vez, suplicante, como si él pudiera controlar el tiempo y llevarlos directos a la cena.
El pecho le burbujeaba, feliz de poder vivir algo tan simple, tan rutinario, como lo era despedirse de su novia en el rellano y saber que también estaría ahí para recibirla.
Le había estado vedado durante años, así que ahora atesoraba cada instante de normalidad como oro en paño.
Atesoraba incluso los problemillas del día a día, que lo hacían todo más vívido, terrenal.
No le importaría repetirlo por el resto de sus días, la despedida y la bienvenida, cuidar de la casa mientras Bego batallaba por sus sueños con uñas y dientes, asegurarse de que no tenía ninguna otra preocupación salvo crecer.
Aunque lo que su novia no sabía era que aquel día Gon no la esperaría en casa. No, aquel día Gon iría a recogerla al trabajo, simplemente porque podía, así que se apuntó en la lista de tareas llevarle ya de paso un cambio de calzado.
Eran los pequeños detalles los que contaban.
Más que la pulsera de oro rosa que tintineó en su muñeca al cerrar la puerta, más que el reloj inteligente que le recordó que su clase de spinning empezaría en veinte minutos, más que las colmenas y los restaurantes caros y el anillo que aún no podía permitirse.
El traqueteo de los tacones de Bego se alejaba escaleras abajo y Gon sonrió tontamente mientras se volvía para ponerse un café.
Al entrar al Stardust, se sintió extraño.
Solo llevaba un mes fuera, así que nada había cambiado, pero tenía la impresión de que ya nada era igual.
Sabía que se debía a la perspectiva, que no era lo mismo entrar como barista que como cliente, desprovisto de agobios y obligaciones, y aun así fue incapaz de deshacerse de aquel incómodo vértigo.
Incapaz de no sacarle mil significados a cómo lo recibió Recla, cómo lo sonrió Nadia, cómo le miró Carol.
¿Se sentirían traicionados porque los había dejado tirados?
¿Porque le iba mejor que a ellos? ¿Preferían a su sustituto, rápido y eficaz y sonriente, tal como las chiquillas del equipo de Pozuelo lo preferían a él?
¿Lo echaban de menos? ¿O ni siquiera habían notado su ausencia?
A su lado, Bego daba saltitos, conteniéndose para no ayudarles a recoger, vestida con su ropa de trabajo pero con las bambas que Gon le había llevado.
Se lo había comido a besos, y exhalado una risotada de alivio (de libertad), e irradiaba tal energía que se contagió entre sus amigos mientras Nadia le daba las últimas instrucciones al más veterano de los novatos.
Al parecer, era la primera vez que coincidirían los tres nuevos en el mismo turno.
«Relájate, la nueva ya lleva un mes, y no es que la dejemos sola, que al exnuevo lo de mandar se le da de lujo.
—Recla se volvió hacia Gon, sonriente—: ¡Me mangonea hasta a mí! »
Fue esa tarde-noche, sin Reyes ni Titi, que surgió la idea de celebrar la victoria de Begoña por todo lo alto.
Así de convencidos estaban de su éxito. Así que cuadraron calendarios, consultaron al resto de invitados no presentes en aquella cena, y para cuando les trajeron el postre ya lo tenían todo organizado.
La fecha, la hora, el plan, quiénes compartirían alcohol, quién lo compraría y dónde dormiría cada uno.
—¿Y si te dicen que no? —preguntó Nadia después, como siempre poniéndose en lo peor.
Bego se encogió de hombros.
—Pues a llorar las penas bailando. No voy a cancelar nuestra primera salida todos juntos solo porque mi jefa sea imbécil.
Primero se rieron y luego brindaron. Y luego Gon le dio un beso en la sien y ella sonrió, satisfecha y segura.
—Bien dicho —azuzó Recla, tras acabarse el refresco como si fuera vino añejo—. Además, ¡también tenemos que celebrar que aquí nuestro chico ha conseguido escapar del laberinto!
Volvieron a brindar (aunque algunos ya no tuvieran nada que beber).
—¡Y que los mieleros se van a forrar con los tours ! —añadió Nadia.
A medio camino del tercer brindis, Carol musitó:
—Y que así tendrás una excusa para entrarle a Reyes de una puñetera vez.
Nadia chilló, apartando el vaso de los demás como si quemase. Rojísima y balbuceante, intentó desmentir las «injurias» de Carol, pero, cuanto más protestaba, más se reían ellos. Al final, acabó tapándose la cara, avergonzada, mientras Recla, Carol y Bego brindaban una última vez a su costa.
Gon no. Gon se apiadó de ella y le dio un par de palmaditas de ánimo en la espalda, tratando de mantener la sonrisa en su lugar y a raya la amargura inexplicable que le trepaba por el esófago .