Con la miel en los labios 16 Mala señal #2
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16 Mala señal #2

Gon no había necesitado preguntar qué estaba viendo para saberlo, porque Reyes siempre le relataba sus ecos en directo cual comentarista de fútbol para convertir la interrupción en algo divertido o, por lo menos, entretenido.

Esa vez no. Esa vez solo había apretado los dientes y aguantado hasta el final.

Y Gon podría haberse marchado a la cocina, cederle un poquito de intimidad, pero en cambio se había quedado ahí, mirando. Bebiéndose cada mínimo gesto.

Al terminar, Reyes se había desplomado contra el respaldo con un larguísimo suspiro y dicho: «Por estas cosas he tenido que descargarme Tinder».

No le había hecho ni pizca de gracia.

Una nueva oleada de aclamaciones y aplausos le informó de que acababa de perderse otra gran canasta.

Un triple, por el chirrido de las suelas de Andrea, que la situaban allá por el centro de la pista, donde se dirigían sus compañeras para felicitarla.

El partido se acercaba más y más a su fin, y, si sus cálculos coincidían con la realidad, sus chicas acababan de superar en puntuación a su oponente por primera vez desde el curso pasado.

Alzó la vista hacia el barullo por reflejo, y de pronto el sol de media mañana lo deslumbró, hendiendo con lanzas luminosas los últimos remanentes de recuerdo.

El barrizal desapareció, la daga desapareció, los Gemelos y los guantes de terciopelo negro desaparecieron, sustituidos bruscamente por una cancha verde y una Andrea que corría a velocidad de estampida hacia él.

—¿¡Has visto eso!? —aulló tras derrapar a su lado, emocionadísima como solo podía estarlo una preadolescente con TDAH—. ¿¡Lo has visto!?

Gon no pudo más que asentir. Aun contento, la mentira se le asentó amarga y culpable al fondo de la garganta.

—Anda, tira —le dijo, dándole una palmadita en el brazo para que volviera al campo—. Luego hablamos.

Allí se reunió con las demás, quienes también lo miraban, expectantes. Incluso Magda, incluso Elena. Estaban esperando una respuesta, una señal, lo que fuera. Estaban sedientas de aprobación ahora que habían probado de nuevo el sabor de la ilusión y Gon no quiso privarlas de ella.

Así que levantó el pulgar, el gesto más seguro que se le ocurrió, y las chicas se sonrieron las unas a las otras como hienas.

Kara simplemente asintió, embelesado por la extraña cadencia que moldeaba las palabras de la Avispa, el ritmo ajeno, la sutil diferencia en la pronunciación de algunas vocales.

Era como si su lengua regresase a un idioma diferente del que formaban sus labios y del que aterrizaba en sus oídos, y sonaba grave y agudo a la vez, suave y tosco, íntimo e impersonal.

Podría escucharle toda una vida y no sería suficiente.

Podría escucharle mil vidas y jamás sería suficiente.

Por suerte, varios padres tenían grabado el partido, así que Gon quedó con Reyes para ver los minutos perdidos.

Empezaba a ser tradición, una que convertía el trabajo en juego según Reyes aprendía a disfrutar del baloncesto, aunque fuese aquel desorganizado y amateur intercambio de pases y gritos.

Gon no recordaba la última vez que se había sentido tan descansado, ni una sola hora de sueño le faltaba, y quizá por eso las profundas ojeras de Reyes lo impulsaban a tratarlo con mayor amabilidad, delicadeza, deferencia.

Y, si Reyes lo notaba, que estaba siendo más blando con él de lo normal, no decía nada.

Porque el estridular de las cigarras a altas horas de la madrugada había parado, sí, pero no los sueños (las pesadillas), ni la realidad.

Aquella tarde, Reyes estaba apagado. No había otra forma de describirlo.

«¿Por qué siempre vamos al revés?», rememoró la queja de su novia.

Gon parecía condenado a sufrir cuando al resto le iba bien y a mejorar cuando al resto le iba mal.

Le hacía sentir culpable. Le hacía sentir en deuda, como si hubiera alimentado su propia suerte con la suya.

Por supuesto, no preguntó. Como él, Reyes detestaba recrearse en sus desgracias, prefería distraerse.

Así que vieron el partido, lo cual consiguió sacarle un par de sonrisas sinceras (Gon a punto estuvo de perderse el momento clave otra vez, de lo a menudo que lo miraba de reojo para asegurarse de que estaba bien), y después repasaron la escaleta por mero hábito, ya solo una excusa con la que justificar una hora más juntos.

No sabía por qué le costaba tanto aceptar que no necesitaba ninguna razón para quedar con Reyes.

Quizá porque Bego siempre le interrogaba por la noche, con esa voz distendida pero curiosa que le hacía sentir como escondiéndole algo sucio («¿Y cómo es que ha venido?

» «¿Y que habéis hecho?» «¿Es por la cosa esa de los sueños?

» «¿Es por nuestra colmena?»). Él respondía la verdad, tratando de evitar el tema reencarnación a toda costa, y fingía no oír la inquietud debajo.

En la escaleta, un nuevo recuerdo.

Gon suspiró. Tenía mala pinta. Tenía una pinta horrible.

—¿Esto es todo? —preguntó, suave.

Reyes asintió, mejilla raspando contra respaldo. Como siempre sus piernas sobre su regazo y calcetines de colores.

—Dolía demasiado como para pensar. Y, si René no puede pensar, yo tampoco.

«¿Escarificación? grande», se leía. Los signos de interrogación le erizaron el vello de la nuca.

—¿Estaba asustado? ¿Inquieto? ¿Sospechaba de algo?

Él lo miró largamente.

—Siempre está asustado, Gon. Los Gemelos nunca dejan de sonreír. Si me han pillado, no lo sabré hasta que sea demasiado tarde.

Eso era peor que las interrogaciones.

Con un carraspeo incómodo, tamborileó con los dedos sobre su rodilla.

Hasta sus huesos parecían más blandos, gelatinosos, bajo la constante presión del miedo.

Quería hacer algo más. Quería… Quería poder ofrecerle lo mismo que Kara, aunque no fuese Kara, pues aunque Reyes tampoco fuese René pasaba por lo mismo que este cada noche.

Arrastraba el mismo pánico, dolor, vacío.

Y no se lo merecía. Reyes no era ningún espía a dos bandas.

Reyes era un apicultor de pueblito con aspiraciones demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño.

Aunque, si lo pensaba, ¿no querían también lo mismo ambas Avispas? ¿Salvar a las abejas?

Fue orgánica, natural (repetida mil y una veces en otra vida), la forma en la que su mano descendió muslo abajo para tirar fugazmente de la trabilla de sus vaqueros hacia sí.

Reyes lo miró, confuso, pero al segundo tironcito comprendió y cedió, acercándose un poco más, encajando contra su costado como la pieza perdida de un puzle.

No tardó en descansar la cabeza en su hombro mientras Gon terminaba de rodearlo con los brazos sin decir nada, sin exigir nada, solo manteniéndolo pegado a él, como si acariciando cada vértebra o cada mechón suelto pudiera desterrarle la ansiedad.

Se la imaginó microscópica, polen que se adhería a sus manos, buscando otro cuerpo donde germinar.

Tras unos segundos de silencio, Reyes le devolvió el abrazo.

Hundió el rostro en la línea de su clavícula, cerró los ojos, respiró hondo.

La tensión casi imperceptible que había aferrado sus tendones comenzó a temblar hasta derretirse, convirtiéndolo en un charco rojo.

Muy muy rojo, como su pelo, ahora que Gon se fijaba.

Ahora que lo tenía tan cerca y que podía tocarlo.

Y, aunque reconoció el tono artificial del tinte y se preguntó por qué echarle más leña al fuego, ni se le pasó por la cabeza decirlo en voz alta.

Bastante irreal (blasfema) le parecía ya la imagen de sus nudillos desnudos hundidos en su pelo, tanto que su Kara interior se quedó sin aire.

Pero mucho más al fondo, muy por debajo del fango de recuerdos, sabía que había algo feo en ese abrazo. Algo que tenía que ver con cómo le latía el corazón y con no querer moverse jamás. Siguió ahogando la sensación mientras acunaba a Reyes durante lo que le parecieron horas y años y siglos.

Oyó antes el siseo alarmado de Reyes que la puerta del piso al abrirse y notó antes su cuerpo arrancándose de su lado como una mala hierba que la adrenalina trepanándolo de arriba abajo. Ahí estaba, la prueba. En ellos, claro, no en Bego.

—¿In… terrumpo? —preguntó ella, petrificada a la entrada de su propia casa.

Todavía un tanto entumecido, Gon negó con la cabeza.

—No, no, es que… Reyes ha tenido un mal sueño. De los nuestros.

A su espalda, este chasqueó la lengua. Enfrente, Bego solo dijo:

—Oh.

Y después de un largo, larguísimo silencio, añadió:

—Qué mal. ¿Qué ha sido?

Para su sorpresa, Reyes no contestó. En cambio, se puso en pie y se desperezó como un gato, escurriendo el bulto con una maestría que hubiera engañado a alguien menos observador que Bego y a alguien menos obsesionado con él que Gon.

Fue aquel silencio lo que le hizo ser consciente de que Reyes era el único con quien compartía sus sueños.

Los demás tenían permitido conocer su existencia, pero jamás su contenido.

Un deseo primitivo de protegerlo a toda costa y de algo más le agarró la médula mientras lo miraba calzarse las deportivas.

—¡Uff! —exclamó Reyes por fin, claramente teatral—. No sé a vosotros, pero a mí las muestras de debilidad me agotan, así que, con vuestro permiso, prefiero seguir lloriqueando en mi casita.

Bego bufó, mitad divertida mitad preocupada (mitad rígida).

—¿Seguro? Podemos llamar a Titi y q…

—No, no —la cortó, ya en el rellano. Gon no se explicaba cómo se había movido tan rápido, así que se levantó también, torpe y confuso—. Ya he abusado suficiente por hoy de tu novio, te lo devuelvo.

—Muy amable.

No se le pasó por alto que ambos se esforzaban por ignorarlo.

—Bueno, ¡pues me voy!

—Avisa cuando llegues.

—Sí, mamá.

—Y mándame el sondeo que te pedí.

—Ay, sí. Ahora en el coche.

—No hay prisa, pero lo necesito antes del miércoles. Por favor.

—Sí, sí, perdón.

—Hasta el sábado.

—Hasta el sábado.