16 Mala señal
P ara las pocas horas que trabajaba ahora a la semana, Gon tenía menos tiempo libre que nunca.
Pero al menos era autoimpuesto. Era tiempo dedicado a planificar, estrategizar, estudiarse todos los equipos de la chiquiliga, verse los partidos anteriores que tan amablemente le habían cedido los orgullosos padres de las niñas y prepararse los entrenamientos, partidos y discursos.
Qué decir si perdían (pasaría mucho), qué decir si ganaban (pasaría poco), cómo abordar el tema del remiendo.
El portátil que solo había usado para actualizar la escaleta se llenó de nuevos documentos y apuntes, así como su piso de puñados de post-its aquí y allá según iban ocurriéndosele ideas.
Quería hacerlo lo mejor posible.
Quería hacerlo mejor que nadie.
Quería que, cuando acabara su contrato, no fuera el único en lamentarlo.
Los partidos se los vio con Reyes, ambos apiñados en el minúsculo sofá cama.
Este los vivió como si hubiera parido personalmente a cada una de las niñas, y se encariñó especialmente (cómo no) de la recién llegada Elena.
Escuchaba sus planes en silencio, comprendiendo muy de poco en poco pero con interés, y en ocasiones bastaba con eso para que Gon encontrara la solución al propio problema que estaba contándole.
Cada vez pasaban más tiempo juntos y cada vez se sentía más cómodo a su lado.
A veces Gon bajaba en bus a Cifuentes y pasaba un par de días ayudando en el colmenar para aclararse las ideas con el aire fresco de la Mancha; otras se tiraban las horas muertas en el salón setentero de la difunta yaya Cisneros, más onírico incluso en persona.
Reyes apoyaba las piernas en su regazo y la cabeza en un cojín y cerraba los ojos mientras Gon parloteaba sobre los cortes que la minicapitana le había soltado durante el último partido.
En ocasiones, se le olvidaba que aquella no era su casa.
Que a cierta hora debía cruzar la calle para reunirse con Bego o que Reyes había quedado para cenar con otra gente que no eran ni él ni Bego ni Titi.
Le era extrañísimo, despedirse en su propio salón, o llegar a casa y verlo cambiarse de ropa por la ventana de la cocina.
Quizá porque Bego no estaba siendo la mejor de las compañías últimamente.
Los nervios la convertían en un tirachinas, siempre a punto de soltar la piedra, y cuanto más se acercaba la fecha de su presentación menos tardaba en rechinar los dientes.
Gon trataba de apoyarla, claro, y de tranquilizarla tal como ella lo había tranquilizado durante sus años en el Stardust, pero su perfeccionismo suponía una maldición de la que ninguno de los dos sabía cómo liberarla.
«¿Por qué siempre vamos al revés?», se quejó Bego una tarde, la voz rota tras tres pifias seguidas en su teatrillo de propuesta. «Cuando tú estás mal, yo estoy bien; y cuando tú estás bien, yo estoy mal. Es que ni una puta vez que coincidamos, ¡estoy harta! ¡Harta de no poder disfrutar de nada !».
Y, aun así, cuando al final del día se tumbaban cara a cara, Gon acariciándole la espalda mientras la contemplaba hacer sus ejercicios de relajación (respiraba bien hondo, contenía el oxígeno, lo soltaba lentamente; respiraba bien hondo, contenía el oxígeno, lo soltaba lentamente…), ella siempre sacaba un segundo para sonreírle.
Aquella noche, además, susurró:
—Sé que me quejo mucho, pero en cuanto presente la propuesta ya estará todo. Sea cual sea la respuesta, seré libre. Y, encima, si me paro a pensarlo fríamente, creo que va viento en popa, así que…
Gon esperó un par de segundos a que continuase, y, cuando no lo hizo:
—¿Así que…?
Bego abrió los ojos.
—Así que, en realidad, queda muy poquito para que todo sea perfecto.
Al parecer, el cambio climático era más mortífero que las avispas asiáticas y que las plagas primaverales. Las abejas se morían de calor, o ni siquiera nacían, y Reyes daba a conocer el problema en sus redes con la voz rasgada de frustración y la frente perlada de sudor.
—Hemos llegado hasta aquí —le dijo después a él, mientras caminaban entre las colmenas—.
He conseguido resucitar generaciones de historia, de la historia de mi familia, y aun así no va a servir para nada.
Va a ser peor, encima, porque antes al menos podríamos haberlas vendido a otros apicultores.
Al menos mis padres habrían tenido ahorros.
Y, vale, a mí me habría dolido, pero… —Se detuvo a contemplar las torres vacías, muy quieto, muy serio, muy todo.
La ausencia de sonido que las rodeaba tronaba más alto incluso que el zumbido de las supervivientes—.
Pero ahora se me están muriendo y no puedo hacer nada por evitarlo porque no puedo apagar el sol.
Gon no contestó. No sabía qué debía contestarse a la potencial pérdida de toda una especie.
—A lo mejor soy yo —añadió Reyes, en un susurro—. A lo mejor estoy condenado a perder todas mis colmenas, en todas mis vidas, y cuanto más lo intento peor parado sale el resto.
Esta vez sí que respondió. Y la respuesta fue tan simple como sincera:
—No.
Y, al parecer, con eso bastó. Con una sonrisa suave (pero todavía dolorida), Reyes entrelazó los dedos con los suyos durante uno, dos, tres segundos. Luego lo soltó.
Aunque, a decir verdad, no le habría importado seguir paseando de la mano, si es que era lo que Reyes necesitaba de él para sentirse un poquito menos solo entre aquellos millones y millones de abejas, mientras guardaba luto por los millones y millones que faltaban.
Dos semanas después, a más de un mes de sustitución ya cubierto, Gon vio su propia muerte en mitad de un partido eliminatorio.
Bueno, no la suya, claro. La de Kara.
Chasqueó la lengua, más fastidiado que alterado, a esas alturas acostumbrado de sobra a las visiones que insistían en apropiarse de su vida.
Seguía siendo extraño, ver una cosa y oír, oler, sentir otra, pero al menos ahora sabía cómo proceder cuando ocurría; así que ignoró en la medida de lo posible las imágenes y se concentró en la información que le ofrecían el resto de sentidos disponibles.
El eco del balón al rebotar, el chirrido de suelas subiendo y bajando por la pista, los resoplidos, alaridos y protestas de familiares, jugadoras, entrenadora, árbitro.
Oliéndose que en cualquier momento podría pasarle algo así, se había adelantado a la tragedia y se había dedicado a memorizar las voces de las chiquillas de su equipo a base de repetir y repetir grabaciones, de cerrar los ojos en los entrenamientos hasta asegurarse de que nada fallaba.
«Descansa, custodio. La guerra ha acabado», articularon los labios sonrientes de uno de los Gemelos, mientras la pequeña capitana por fin, por fin se rendía a pasarle la pelota a Elena.
Mierda. Le habría gustado verlo. Le habría gustado conservar algo más que un par de gritos ahogados, respiraciones contenidas y el gruñido bajo de Magda al darse cuenta de lo que había hecho.
Sobre el barro viscoso de sangre, Kara degolló al último soldado.
Las sonrisas sibilinas de los Gemelos se alargaban como las sombras de sus caballos de guerra bajo el crepúsculo, y el hedor intenso a sudor, plástico y spray antiinflamatorio que inundaba el polideportivo encajaba extrañamente bien con la escena.
Aplaudió cuando los vítores de júbilo rebotaron en esas cuatro paredes, y fingió apuntar algo en su inseparable cuadernillo para evitar que alguna de las niñas advirtiera su mirada borrosa, la ausencia de contacto visual.
En cambio, se aseguró de sonreír ampliamente mientras, de que lo vieran orgulloso y satisfecho.
Al menos sabía dónde terminaba el eco (nadie podía recordar después de muerto), y entonces podría disfrutar del resto del partido sin problemas.
Quedaba poco. Casi echó en falta sentir el tacto del terciopelo en los labios cuando el custodio se llevó el guante de la Avispa a los suyos.
Los recuerdos no solían repetirse, pero Gon había perdido la cuenta de las veces que había presenciado aquel ínfimo segundo, una con cada sentido y otra con todos ellos, mientras dormía.
Se preguntó por qué Reyes no vivía su muerte en bucle, como él.
¿Quizá había sido tan violenta, tan atroz, que el propio René le protegía de ella?
No, no, porque bien que lo forzaba a comerse todas las escarificaciones y tatuajes que los Gemelos le habían grabado en la piel.
Quizá le había mentido. Quizá sí había visto su muerte, y era Reyes quien quería protegerle a él.
Ese pensamiento le revolvió el estómago incluso más que el recuerdo.
No soportaría que Reyes le mintiera. En eso, Kara y él coincidían.
Ninguno de los dos quería una mentira azucarada, por muy horrible que fuera la verdad.
Si Kara había matado a René a sangre fría, si Gon iba a tener que ver cómo ejecutaba al amor de su vida por traidor, prefería saberlo de antemano.
Aunque ninguno de los recuerdos que Gon le había leído en la cara durante los ecos que Reyes había experimentado estando juntos sugería una muerte. Todo lo contrario, de hecho.
En contra de su voluntad, se puso rojo, y volvió a disimular con el cuaderno.
Pensaba mucho en eso, la verdad. En aquel momento de la semana anterior, Reyes encajado en una esquinita de su sofá, tan tenso como a punto de hacerse añicos.
Se había convertido en un recuerdo intrusivo, peor incluso que los de su vida pasada precisamente porque formaba parte de esta.
Sus labios entreabiertos, sus ojos desenfocados, sus manos cerradas en puños.
Una gota de sudor resbalando garganta abajo hasta perderse tras el collar de su camiseta.